lunes, 2 de agosto de 2021

 

Los venezolanos ante el diálogo gobierno-oposición, por Tulio Ramírez

Los venezolanos ante el diálogo gobierno-oposición
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Twitter: @tulioramirezc


Estoy consciente de que pisaré algunos callos. Conozco el riesgo. En estos tiempos, opinar es peligroso, no importa el tema. Si dices que las caraotas se comen con azúcar, te caen encima sin piedad por «colaboracionista», «traidor a la patria» o «incitación al odio». Superaré mis propios miedos e intentaré caracterizar a los venezolanos según su posición con respecto al diálogo entre el gobierno y la oposición. Si usted se ve reflejado en alguno de estos grupos, no es mera coincidencia.

¿Qué cómo logré la información? Acudí a esas fuentes inagotables que son las colas y los chats donde participo. En esos espacios uno se topa con cientos de managers de tribuna, expertos en política, economía, terapias de pareja, gastronomía, deportes y en lo que salga. Son capaces de dictar cátedra con la autoridad y vehemencia característica del que poco sabe. Opinan sobre cualquier cosa, sin necesidad de preguntarles absolutamente nada.

Aclaro por si acaso: mi propósito no es hacer sesudos análisis políticos, eso se lo dejo a los que saben. Solo pretendo brindar una panorámica fenomenológica de lo que piensa la gente acerca de estos diálogos. Veamos.

Al primer grupo lo llamaremos los «optimistas eternos». Son los que, ante un eventual diálogo o un evento electoral, suelen anunciar: «Ahora sí se fregaron, hasta aquí los trajo el río». Cuando les es esquivo el triunfo, caen postrados como novios recién dejados. Es solo hasta el anuncio del próximo evento, cuando nuevamente se les dispara la adrenalina. Por supuesto, apoyan el diálogo porque «eso ta’ listo». Su grito de guerra: «Los tenemos contra la pared».  Confieso que una vez pertenecí a ese grupo

En el otro extremo están los «pesimistas catastróficos». Su lema: «Esto se lo llevó quien lo trajo». Son los que no solo desconfían de lo que el gobierno haga o prometa sino que desconfían de lo que haga o prometa la oposición. Para este grupo, la solución llegará por mar o por paracaídas porque «desde adentro no se puede hacer nada». No apoyan el diálogo porque «no aprendemos, va a ser lo mismo de siempre».

Entre estos bandos hay muchas otras categorías. Por ejemplo, están los Candy, Candy«. Son los que entienden la política como un acto de paz, amor y hermandad. Dicen algo así como «Venezuela somos todos y, todos sin distingo, debemos sacarla adelante con amor y desinterés». El asunto es que cuando bajan a la tierra no aterrizan sino que se estrellan. Apoyan el diálogo «con la condición de que sea sincero, transparente, de buena fe y entre panas».

Otro sector es el de los que reiteradamente dejan claro que «no comen de la política». Como las águilas, ven los acontecimientos desde arriba y desde lejos. Despotrican de las colas, de los precios, de los servicios, de las cadenas, pero no van a una marcha ni por el carajo. Por supuesto, ni opinan sobre el diálogo. Si los apuras mucho señalan_ «Por mí que dialoguen lo que quieran, no me interesa. Total, ninguno de ellos lleva la comida para la casa».

Finalizo con los «púyalo, pero mosca». No calzan en la categoría de los «optimistas eternos» ni en la de los «pesimistas catastróficos». Apuestan por una salida pacífica y electoral, pero son capciosos y desconfiados porque conocen las marranadas del adversario. Están picados de mapanare, pero no dejan de meterse en el conuco, porque allí es donde se consigue la verdura. Con estos paisanos me identifico mucho.

Por supuesto, hay muchos más grupos. Están los Avengers quienes no quieren el diálogo porque «aquellos solo salen a golpes, patá y Kung-fu». También están los «simuladores», que son chavistas de clóset y comienzan sus discursos con voz gutural, sentenciando: «La oposición lo que debe hacer es…». Bueno, se me acabó el espacio, pero hay más, lo juro.

Tulio Ramírez es Abogado, Sociólogo y Doctor en Educación. Director del Doctorado en Educación UCAB. Profesor en UCAB, UCV y UPEL

lunes, 19 de julio de 2021

 

A Cuba se le corrió el maquillaje, por Tulio Ramírez

A Cuba se le corrió el maquillaje
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La revolución cubana, al igual que todas las revoluciones comunistas, cuida mucho su apariencia ante el mundo. Lo que se ve desde lejos a través de la propaganda dista mucho de lo que sucede en la dura realidad. Envían mensajes muy bien diseñados, vendiendo paraísos idílicos o «Narnias socialistas». El objetivo: buscar estremecer las fibras de jóvenes soñadores e inconformes de todas partes del mundo.

Así pasaba con la Unión Soviética, la China de Mao, Corea del Norte, Albania, Checoslovaquia y en general en todos los países de Europa del Este. Vendían la idea de un espacio Disney que «los capitalistas llamaban con mala intención, la Cortina de Hierro». Eso fue lo que leí en un número de la revista soviética Sputnik, que un querido colega comunista, profesor de la UCV, dejaba una vez al mes en mi cubículo, con disciplina y puntualidad evangélica o marxista. Corrían los tempranos 80 y la URSS se veía sólida y envalentonada.

Aquellos coqueteos con el socialismo real eran como los amores por Internet de hoy en día. Uno se formaba una idea de esos países por la narrativa de los camaradas (que por lo demás, tampoco habían visitado esos países), por las revistas que llegaban editadas en español y por los pocos documentales y películas que se exhibían en los cine-foros de Sociología o en la Casa del Periodista. Por supuesto, los pocos libros soviéticos y cubanos que circulaban por los predios universitarios eran forrados con papel periódico para «despistar al enemigo». Eso era parte del encanto. 

Recuerdo que en una de esas revistas soviéticas que llegaban a Venezuela se mostraba la fotografía de un grupo de jóvenes sonrientes, bien comidos, con cachetes rosados, vestidos a la usanza de los campesinos rusos, pero con ropa recién sacada de la tintorería.

Estos camaradas corrían alegres por una pradera con grama impecablemente cortada, similar a la que vemos en los estadios de fútbol del mundo. La leyenda decía: «Así vivimos los jóvenes soviéticos y así queremos que vivan todos los jóvenes del mundo». ¡Una guará, caballo! ¿Quién no se iba a meter a comunista con tanta pelazón por estos lados?

También recuerdo la revista Cuba Internacional. Llegaba a Venezuela y se vendía en los pasillos de Ingeniería. Sus artículos destacaban la felicidad del pueblo cubano, su espíritu de lucha y su decidida determinación a defender la revolución y a Fidel. Las fotografías hablaban por sí solas. Fidel manejando un Jeep sin escoltas por las calles de La Habana; Fidel abrazado por niños en el patio de una escuela recién inaugurada; Fidel cortando caña al lado de los campesinos; Fidel esto, Fidel lo otro y todos felices como perdices.

Al igual que los amores por Internet, llega el momento de conocer en persona a la que nos ha quitado el sueño. En ese momento es cuando comienza Cristo a padecer. En 1993 fui a un congreso en la isla. Desde que me monte en el avión de Cubana de Aviación en Maiquetía, iba con el entusiasmo y la emoción de un fan enamorado. Como la Penélope de Serrat tenía una imagen en la mente construida con base en la propaganda, así como cuando uno compra por fotografías.

Para hacerles el cuento corto: la decepción fue inmediata. Pobreza extrema, apartheid contra los propios cubanos, racismo evidente, prostitución por hambre, niños desnutridos y pedigüeños, una ciudad arruinada, caras famélicas y resignadas, basura por doquier; un jabón o un desodorante a cambio de lo que sea y sobre todo mucho miedo en la población. 

En ese momento entendí el porqué esos países tienden a aislarse del mundo. Si abrieran fronteras, quedarían solo los dirigentes.

Espero que las manifestaciones que se están realizando en Cuba sirvan para que muchos jóvenes que creen en «el futuro mejor» que garantiza el socialismo, se den cuenta de que ni los propios cubanos lo soportan. A Cuba socialista se le corrió el maquillaje, no es tan bonita como creíamos.

lunes, 5 de julio de 2021

 

El Premio Nacional de Periodismo. Sin sorpresas, por Tulio Ramírez

El Premio Nacional de Periodismo
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Estaba haciendo mi rutina diaria de ejercicios y caminata de cuatro kilómetros, cuando sintonice accidentalmente la emisora que estaba transmitiendo la entrega del Premio Nacional de Periodismo. Les juro que la primera intención fue cambiar de emisora. Esta es una reacción casi pavloviana que, de manera inconsciente, realizo cada vez que escucho una voz que exalta de manera hiperbólica al gobierno y la revolución.

Mi psicóloga dice que esa es una conducta totalmente irreflexiva, producto de un trauma sufrido en algún momento de mi vida. Mi hipótesis es que ese trauma fue adquirido después de 1998, ya que no se puede pasar por este mundo, vivir la revolución bolivariana y salir con la psiquis ilesa.

Mi hipótesis finalmente era correcta. En las sesiones de hipnosis, las técnicas de regresión me llevaron directo a algún Aló, Presidente. Ese es el momento en el cual comienzo a sudar frío, con movimientos involuntarios y gritos desgarradores pidiendo auxilio.

Las evidencias indican que, efectivamente, la causa de mi rechazo automático a cualquier transmisión en cadena proviene de una experiencia nefasta que me sucedió escuchando alguno de los programas dominicales que animaba el extinto presidente Chávez.

Hoy estamos en la etapa de identificar cuál de estos dominicales produjo el desequilibrio. Indagamos y fueron 378 transmisiones. Yo no las vi todas, lo juro, pero mi psicóloga insiste en que debo verlas íntegramente para identificar con certeza cuál fue la que causó el daño. 

Esa tortura es la única manera de iniciar un tratamiento adecuado. Lo preocupante del caso es que mi terapeuta debe estar presente. Con la suerte que tengo, de seguro el programa causante de mis fobias es uno de los últimos. Esto supone que mi bella tratante ya tiene aseguradas las hallacas y el whisky de diciembre. A 30 dólares por sesión, saquen cuentas.

No quiero dispersarme. El objeto de este artículo no soy yo y mis traumas. Decía pues, antes de saltar de tema, que por alguna extraña razón, me detuve en el dial que emitía la entrega de los benditos premios. Eso no quiere decir que estoy curado milagrosamente ni mucho menos. Lo que me enganchó fue que el primer premio se lo otorgaron, in memorian, a José Vicente Rangel, quien murió en diciembre de 2020 a los, a los, uhm… mejor paso.

Me pregunté, ¿será que ya no tienen a más periodistas en el PSUV para premiar? Pero no, inmediatamente comenzaron a nombrar a los ganadores en las diferentes menciones. Por supuesto, como era de esperarse, todos eran de los medios controlados por el gobierno, ni siquiera se mencionó alguno de los llamados medios «superveraces y superobjetivos» que se autocensuran por temor a ser cerrados por Conatel.

Los premiados eran periodistas de VTV, Telesur, Vive TV, VEA, Correo del Orinoco, Ciudad Caracas, Últimas Noticias, Correo del Sur, RNV o funcionarios de dependencias del gobierno dedicadas a la comunicación.

Esto es una constante. Con independencia del premio, al parecer, nunca habrá un opositor con suficientes méritos para merecerlo. Así ha sucedido con los premios nacionales de Historia, de Teatro, Literatura, Música, Arquitectura. Si premiaran a la venezolana más educada, ustedes saben quién se lo ganaría, aunque parezca un chiste.

Quiero aclarar, no pude escuchar toda la transmisión. Mi estómago no es tan fuerte. No me hago la ilusión de estar curado totalmente. Solo estoy haciendo esfuerzos para superar mi problema a través de terapias de shocks autoadministradas y sin supervisión. Debo desarrollar más niveles de tolerancia. Los 30 dólares por consulta me obligan a la autoterapia. Aunque, a decir verdad, a estas alturas no estoy seguro de querer curarme.


lunes, 21 de junio de 2021

 

Qué difícil es hablar con un joven adoctrinado, por Tulio Ramírez

Qué difícil es hablar con un joven adoctrinado
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Una de las características más resaltantes de los movimientos comunistas consiste en crear realidades paralelas a través de un muy bien aceitado y creativo aparato de propaganda. Cuando están en la oposición, usan el recurso propagandístico de manera tan eficiente que logran convertir a muchachos naturalmente díscolos y rebeldes en máquinas disciplinadas, incapaces de arreglar su cuarto, pero convencidos de la impostergable tarea de «lograr una sociedad justa y de iguales».

La propaganda comunista no solo distorsiona la realidad existente para mantener encendida la llama de la necesaria «gesta libertaria en beneficio de los pobres y necesitados», también crea realidades imaginarias que sustituyen a las realmente existentes en los países comunistas.

La idea es reconceptualizar todo para ajustar la realidad real a la pensada. Por ejemplo, las reglas democráticas que garantizan la alternancia en el poder, las califican como «mecanismos burgueses de pan y circo para hacer creer al pueblo que tiene el poder de elegir». De igual manera, las políticas públicas distributivas que aseguran la inversión social para crear igualdad de oportunidades, son tildadas de «migajas lanzadas al pueblo para mantenerlo sumiso ante los poderosos».

Van creando la imagen maniquea de una sociedad dividida entre «buenos» y «malos», donde los «buenos» (o sea, ellos) tienen la supremacía moral y el deber histórico de «destruir a los malos», hasta por el bien de «los malos».

Peor sucede cuando se trata de defender a los países comunistas. En esos casos recrean paraísos donde todos son felices como lombrices, nadie se enferma, impera la igualdad y se sienten orgullosos de la vida en pobreza «porque lo importante es la dignidad revolucionaria». Rematan diciendo que tanta felicidad hay que defenderla a través de la solidaridad internacional para evitar que «sucumban ante las agresiones imperialistas».

Desde esta filosofía simplista y plana, que reduce enormemente la capacidad de pensamiento autónomo, se construyen canciones, consignas, afiches, proclamas y manifiestos dirigidos a crear una sensiblería colectiva y un resentimiento acumulado contra todo lo que representa el bienestar material, el éxito individual o la meritocracia.

Cuántos jóvenes soñadores he visto alabar el queso cubano a pesar de que la pudrición llega hasta el otro lado del mundo.

Es impresionante observar la capacidad de justificación de lo injustificable. Se convierten en maestros y doctos sobre el socialismo cubano, pero cuando indagas un poco más descubres que nunca han pisado la isla.

Para ellos, la realidad cubana es la realidad contada en afiches, canciones, documentales y la narrativa de sus camaradas. Lo otro, son inventos de «los imperialistas y sus lacayos la burguesía criolla».

Esta perorata viene al caso por haber tenido la oportunidad de conversar con un joven partidario de las políticas oficialistas. Durante las siete horas invertidas para echar gasolina, departí con un portugués dueño de abasto, una costurera sesentona y buenamoza y un joven estudiante revolucionario. Mencionó que hacía la carrera de Derecho en una universidad «democrática y popular» donde, por cierto, nunca ha habido elecciones ni de reina de carnaval.

La vehemencia con la que el joven defendía sus ideales, nos recordaba los discursos escuchados hace más de 40 años durante mi época de estudiante ucevista. Hablaba de Cuba como si se refiriera a Asgard y de Fidel como si de Odín se tratara.

Ante la solicitud de los contertulios de una explicación coherente que justificara la enorme fortuna que tenían Fidel y Chávez en sus manos al momento de morir, la respuesta, luego de un silencio desconcertante, fue automática. «Esas son otra sarta de mentiras inventadas por la CIA para desacreditar el legado histórico de ambos comandantes en jefe». No se diga más. Lo siguiente será defender al camarada Alex Saab, «héroe de la revolución bolivariana».

lunes, 7 de junio de 2021

 

Camucha la negociadora, por Tulio Ramírez

Camucha la negociadora
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Mi comadre Camucha se convirtió en una de las mejores negociadoras de Carúpano. Es tan despierta y aguerrida que todos le temen. Esa habilidad la adquirió a partir de una nefasta experiencia en la cual salió trasquilada cuando la contraparte le prometía toda la lana del mundo. Intentaré reconstruir la historia con detalle, porque de ella podemos aprender algunas lecciones.

Recuerdo cuando su primer marido, un pescador margariteño de apellido Marcano, bebedor y mujeriego como el que más, fue descubierto en tierras de Macarapana, con una jovencita de Puerto Santo a la que le tenía montado un rancho y un puesto de empanadas. El amancebamiento tenía un buen tiempo y todos estaban enterados, menos Camucha. Al descubrir la traición, la comadre le cortó todos los servicios y lo dejó en la calle con solo lo que tenía puesto.

Marcano, un resabiado de mil mañas, le planteó que era necesario conversar porque habían unos tripones de por medio y le daba mucha pena que crecieran sin un padre que los protegiera. Camucha, colocando el interés de sus hijos por encima de su orgullo herido, le abrió las puertas de la casa para negociar los términos de la separación.

Pensó que iba a ser una negociación sensata, toda vez que, para bien o para mal, tenían una historia en común y unos hijos por quienes velar. El matrimonio no se salvaría, de esa estaba segura, pero la solicitud de Marcano le convenció de que la relación acabaría en buenos términos. Era lo mejor, los hijos sufrirían menos ya que tendrían un padre que velaría por ellos.

Por supuesto, había cosas que dividir, pero eso era lo de menos. Para Camucha estaba claro que el peñero, el motor y la casa no entraban dentro de la partición porque los había heredado de sus padres. El resto solo eran cachivaches sin ningún valor. De Marcano, eran las redes y unos chinchorros viejos que se trajo de Margarita. Podía llevárselos cuando quisiera.

Pero la cosa no comenzó tan bien. Marcano puso un par de condiciones para hablar sobre el futuro. La primera, que Camucha no debía invalidar la tarjeta de débito que estaba a su nombre. Total, debía disponer de la mitad de los ahorros mientras abriera otra cuenta.  La segunda, Camucha le debía permitir usar el peñero y el motor para ir de pesca. Con eso garantizaría el pan a sus hijos.

Camucha accedió de buena gana. Si tales concesiones iban a permitir un acuerdo en favor de los niños, bienvenido sea.

La conversación se pautó para el día siguiente, pero Marcano no apareció. Camucha estaba preocupada. Algo le pudo haber pasado en el mar, ya que la noche anterior le pidió la lancha para ir a pescar unos corocoros para la comida de la semana.

De pronto, el instinto femenino le afloró y se fue rauda y veloz al banco para constatar el estado de la cuenta de ahorros. Marcano había retirado todo por el cajero automático.

Fúrica se dirigió a Macarapana. Intuía que estaba en la casa de la amante. Al llegar, los  vecinos le informaron que ambos se habían marchado en un peñero a Güiria para, desde allí, partir a Trinidad al día siguiente. Más nunca Camucha supo de Marcano. Aprendió una lección para el resto de su vida. En una negociación la contraparte no le regalará nada por nada, y si puede quitarte algo, lo hará.

Esta historia la cuento a propósito de las negociaciones propuestas por la oposición al gobierno de Maduro como punto de partida para superar la enorme crisis política, económica y humanitaria que sufre el pueblo venezolano.

El mandatario puso como condición para poder dialogar tres exigencias que debían ser cumplidas en su totalidad: el cese de todas las sanciones, el reconocimiento de la AN y la devolución de las cuentas bancarias y activos. Me pregunto, ¿si se accede, no es posible que el gobierno le haga a la oposición lo mismo que Marcano le hizo a Camucha? Pedir todo para no entregar nada. Amanecerá y veremos.