La Mesa Infinita de Güicho y Camucha, Tulio Ramírez
Si alguna persona ha convocado a encuentros para resolver diferencias y garantizar la convivencia ha sido el compadre Güicho. Cada vez que se ha presentado una situación de tensión que ha puesto en peligro el matrimonio, propone ipso facto una Mesa de Diálogo para dirimir las profundas diferencias «de forma pacífica y civilizada».
La pobre e «incrédula» Camucha siempre termina deshaciendo las maletas e incorporándose, con el mejor de los ánimos, a las conversaciones. Estas se dan con frecuencia en un terreno neutral. El ambiente de la casa recuerda mucho las peleas, por lo que no es el más adecuado. La sensación de sentirse «acorralado» le impide al compadre hablar en libertad y sin temor a ser cacheteado.
Los ambientes neutrales casi siempre han sido los escenarios para estos diálogos. Sin embargo, eso de la neutralidad ha sido relativo. En una oportunidad instalaron la Mesa en casa de Chencha, la vecina de enfrente. Peor fue el remedio que la enfermedad. La parcialidad de la anfitriona dio al traste con el intento. Güicho dio por terminadas las conversaciones sin lograr acuerdo alguno, quedando además bravo con Chencha.
En otra crisis, Camucha accedió a que se instalara la Mesa en el Lebranche Borracho. No había pasado ni media hora de conversaciones cuando el compadre se levantó intempestivamente para jugar una partida de Truco. Lo habían retado los hermanos Marcano, quienes «por casualidad» estaban en el local. Los Marcano le habían ganado la quincena el sábado pasado. Era una cuestión de honor la revancha.
Lo cierto es que estas Mesas de Diálogo le han servido a Güicho para que Camucha desista de su idea de abandonarlo. Bajo juramentos reiterados de «ahora sí me portaré bien», terminan las negociaciones sin lograrse algo concreto que vaya más allá de las promesas.
Mientras tanto, entre una Mesa y la siguiente, Güicho normaliza la conducta que ocasionó la Mesa anterior; y Camucha, tan resiliente ella, acaba doblándose para no partirse.
En 20 años, la convivencia entre Camucha y Güicho ha sido una montaña rusa. Por lo menos cada 2 años se presentan desencuentros de alto tenor con las consecuentes amenazas. «Es la última que te tolero, me voy de la casa», «dile a la bicha esa que te lave la ropa, me voy», «te dejo, me voy donde tu mamá, ella sí me trata bien», «la caña va a acabar con tu vida y con la mía, mejor me voy».
Al repasar esos años de idas y venidas, resulta imposible no sentir una ligera brisa de déjà vu geopolítico. La dinámica matrimonial de esta pareja parece calcada, punto por punto, del catálogo de negociaciones entre el gobierno y la oposición venezolana.
Santo Domingo, Oslo, Bridgetown, Barbados o la casa de Chencha, es igual; la locación cambia, los facilitadores rotan, pero la liturgia permanece intacta. Hay una foto inicial con rostros adustos, un comunicado ambiguo firmado sobre un mantel de papel y la promesa solemne de que «esta vez sí habrá voluntad real de acuerdo».
Como en las mesas nacionales, el vagabundo de Güicho ha ido perfeccionando la noble diplomacia de ganar tiempo. Será mi compadre, pero conociéndolo como lo conozco, las ha convocado, no para resolver el conflicto, sino como espacio táctico para enfriar el ambiente doméstico.
Por su parte, Camucha ha acudido a la cita con una lista interminable de condiciones previas para terminar aceptando un orden del día donde solo se discutirá la mejor hora para servir la cena.
Al igual que el país, Camucha se ha descubierto atascada en un bucle infinito. Güicho sigue administrando la casa a su antojo, la comadre atempera sus demandas, y los mediadores de turno recogen sus carpetas esperando la convocatoria a la próxima Mesa.
Quizás por eso los venezolanos observan esta nueva ronda de negociaciones con un optimismo bastante cauteloso. A diferencia de los vecinos de Güicho y Camucha, a quienes poco les importa si sus pleitos se resuelven o si terminan como otro chiste a contar en reuniones de bar; nosotros sí abogamos porque esta no sea solo una más en esa larga lista de Mesas de Diálogo.
