martes, 14 de julio de 2026

 

Recuerdos del 67, por Tulio Ramírez

Recuerdos del 67
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X: @tulioramirezc 


Ha pasado más de una semana y mi cuerpo todavía tiembla. El crujido del doble terremoto del 24 de junio sigue resonando en mis oídos. La sensación de que el techo y paredes se te caen encima, es indescriptible e incomparable con cualquier otra situación límite que haya vivido; y aclaro que viví de cerca el terremoto de 1967.

Apenas contaba con 11 años cuando ese sábado 29 de julio a las 8:00 p.m., me tocó, junto con mi hermano, subir las escaleras para rescatar a mi hermanita menor quien quedó solita en su cuna ya que, ante el movimiento sísmico, salimos del apartamento como una tromba. Cuando íbamos por el piso 2, mi madre gritó desesperada ¡dónde está María Elena! Así nos percatamos que la habíamos dejado en su cuna. El pánico se nos exacerbó.

Subir era ir contra una marea humana enloquecida. Cientos de personas bajaban en tropel, a codazos y empujones. Como un río desbocado, bajaban vecinos en bata de baño, en ropa interior y otros cargando ancianas o arrastrando niños que no podían llevar el ritmo de sus padres. Recuerdo que escuché el eco de los cuerpos rodando por los escalones y el horror de ver que la masa les pasaba por encima. En cada escalón apenas cabían dos personas. 

Contra esa avalancha humana, logramos llegar al apartamento que, afortunadamente, seguía con la puerta abierta. Cargamos a la niña y logramos llegar a salvo al estacionamiento. Pasamos toda la noche en la calle. Al día siguiente nos enteramos de los edificios caídos en Los Palos Grandes y la Guaira y de la cantidad de muertos tapiados bajo los escombros. 

Esto último lo supe de primera mano, ya que nos encontrábamos frente al antiguo cementerio de Petare, lugar donde trasladaron los cadáveres. Vi los cientos de cuerpos rescatados de los escombros, depositados uno a uno frente a la morgue abarrotada. El olor y el silencio de la muerte se instalaron en mi cuadra.

En la tarde del día siguiente, ya nos habían instalado en unas inmensas carpas del ejército, colocadas en un terreno baldío a pocas cuadras de nuestro edificio. Inmediatamente entre el personal militar y los bomberos nos alinearon para una revisión médica rápida y una inyección de algún toxoide. Dividieron los espacios para colocar a cada familia. Nos asignaron camas de campaña y frazadas para cada miembro del grupo familiar. Lo mismo sucedió en zonas como el Parque del Este, el Parque Miranda, Los Chorros y otros lugares.

Con los días, el miedo comenzó a ceder. En medio del desastre, el Estado nos hacía sentir que importábamos, que estábamos a salvo. El suministro de productos enlatados y otros tipos de alimentos no perecederos fue constante. Los niños recibían los llamados cuarticos de leche a diario: y los bebés las fórmulas lácteas necesarias, según cada caso. En esas condiciones pasamos 7 días. Volvieron a nuestros hogares una vez que los bomberos nos autorizaron a regresar. Los ingenieros del Banco Obrero habían hecho las debidas inspecciones.

Por supuesto, lo del 24 de junio, en términos sísmicos, no es comparable con el de 1967. El terremoto del Cuatricentenario fue de 6,5 según la escala de Richter, pero alcanzó los grados VII y VIII (Muy fuerte a Destructivo) en la escala de Mercalli. Las zonas más afectadas fueron Altamira y Los Palos Grandes, y llegó a IX (Ruinoso) en Caraballeda (La Guaira), donde las estructuras sufrieron daños severos y colapsos parciales. 

Es cierto que no podemos comparar la intensidad y magnitud de la tragedia. Sin embargo, hay algo en lo que la diferencia es abismal: la atención a las víctimas y la ayuda oportuna. Lo mismo se evidenció con la vaguada de 1999. La movilización de apoyo a los afectados, el rescate de sobrevivientes y la rápida disposición de los cadáveres es recordada. 

Lo que estoy viendo ahora es insólito y triste a la vez. Mientras en mi memoria de niño quedó grabada la imagen de un ejército que ordenaba, cobijaba y alimentaba con eficiencia; la postal actual es la de familias en La Guaira buscando a los suyos entre el cemento con sus propias manos y con el dolor expuesto a la intemperie.

La verdadera réplica de este terremoto no viene del subsuelo; es el eco de una indolencia institucional que duele tanto o más que el crujido de las paredes cayéndose encima. Cincuenta años de «progreso» con revolución incluida, para terminar, siendo técnicamente más vulnerables y humanamente más huérfanos.