lunes, 29 de junio de 2026

 

El muchacho de mandado, por Tulio Ramírez

El muchacho de mandado
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X: @tulioramirezc


El término «muchacho de mandado» (o «mandadero») posee en Venezuela una profunda carga histórica, sociológica y lingüística. Ha sido tradicionalmente utilizado en el habla coloquial para referirse a la persona encargada de realizar tareas menores, recados o compras para otros.

En los años 60 en todo barrio caraqueño existían los «muchachos de mandado» o «mandaderos». Por lo general, eran los chicos más pobres, los que no iban a la escuela o que, si iban, tenían que combinar estudio y trabajo para ayudar a la familia.

Estaban a la disposición de los vecinos. Por 2 puyas, una locha o un mediecito (monedas ya desaparecidas), iban raudos y veloces al abasto del Barrio a comprar la manteca que requería doña Guillermina o a llevar a Teresa, la costurera, la blusa que le mandó para arreglar, misia Esther, la esposa del albañil.

Aunque muchos de ellos eran flaquitos por la falta de nutrientes, cargaban las pesadas bolsas de las compras y se echaban al hombro las gaveras de refresco desde el camión a la casa de quien le pagaba, o botaban bolsas de pesadísimos escombros en aquellos procesos de conversión de ranchos de madera y zinc en casas de ladrillo y cemento.

Ellos se ofrecían como ayudantes a bajo costo o para comprar los cigarrillos de los constructores.

Esa figura informal tomó formalidad laboral en las oficinas públicas y privadas desde mediados de los 60. Por supuesto, el nombre transmutó a uno más sofisticado gracias a las empresas gringas que se asentaron en el país. El «Muchacho de Mandado» se convirtió en Office Boy. De la calle pasaron a trabajar en oficinas, con un salario y dentro de una estructura jerárquica laboral organizada.

¿Sus funciones?, llevaban y traían la correspondencia entre las oficinas, compraban el periódico al jefe, llevaban el café de las 3 de la tarde a las secretarias y depositaban en el banco los cheques de la quincena a los ejecutivos medios.

No se les exigía estudios. Con saber leer y medio escribir, podían hacer el trabajo. Recuerdo que por allá por los 70 trabajé como Office Boy en un instituto público. Lo hacía durante las vacaciones del liceo.

Allí conocí al señor Chaparro, otro Office Boy, cuarentón y muy sociable, que ni leía ni escribía, pero no se equivocaba en la entrega de la correspondencia. Memorizaba la instrucción y distribuía los sobres guiándose por la manera en que los ordenaba en los bolsillos del paltó.

Por ejemplo, el memo para Compras lo metía en el bolsillo derecho del paltó; el de Personal, en el izquierdo; la correspondencia para Consultoría Jurídica, en el bolsillo interno del saco; la que iba para Nómina, la llevaba en la mano derecha y en la izquierda la de Contabilidad.

En una oportunidad le sugerí que usara una carpeta y las metiera todas allí. Me confesó que no era buena idea, porque si se le llegaba a caer, se desordenarían todos los papeles. Y luego no sabría cual era cual.

Usó esa técnica, hasta que se jubiló. Por supuesto, aunque el calor reventara, siempre iba a trabajar con el paltó y nunca se lo quitaba.

A mediados de los 90, el cargo adquirió otros nombres. Los llamaban Ejecutivos de Comunicaciones Internas, Coordinador de Enlaces Interdepartamentales o Asistentes de Mensajería Corporativa. Cambiaba el nombre, pero no la función. Muy importante es no confundirlos con los tradicionales motorizados. A diferencia de estos, que andaban en la calle, eran personal interno con derecho a comer en el comedor de la empresa.

Hoy la función pervive por más que se le inventen nombres al cargo. Por supuesto, la presencia del Intranet la hace cada vez menos imprescindibles, pero siempre hará falta quien haga ese papel, por menos exigente que sea.

Más allá del ámbito laboral, la frase «muchacho de mandado» se utiliza frecuentemente en el argot político venezolano de forma peyorativa. De manera sarcástica, se emplea para  calificar a un actor político, funcionario o vocero que no posee poder real de decisión, sino que actúa simplemente como ejecutor o subordinado de las órdenes de un superior jerárquico nacional o extranjero.

Más vale que me detenga aquí. Cualquier lector podría pensar que me estoy refiriendo a alguien en especial. Mejor seguiré los sabios consejos de la comadre Camucha. En una situación como ésta, Camucha diría «hágase el pendejo compadre, que lo están viendo». Hasta dentro de 15 días apreciados lectores.

lunes, 15 de junio de 2026

 

Doctores y «doctores», por Tulio Ramírez

Doctores y "doctores"
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X: @tulioramirezc


Recuerdo que en mi época juvenil se le llamaba Doctor a todo aquél que hablaba bien y vistiera paltó y corbata. Y no era por una suerte de auto percepción «pordebajista», sino por signo de respeto a quien se comportaba como una persona culta, aunque en realidad no hubiese estudiado absolutamente nada.

Por supuesto, igual trato se le daba a todo el que usaba bata blanca, sea médico, odontólogo, psicólogo, bioanalista o farmaceuta. La condición de salvadores de vida suponía mucho tiempo de estudios, por lo tanto, un respeto especial. Hasta al optometrista de la óptica de la esquina, que no sé por qué usaba bata blanca, también le llamaban Doctor.

Esa era, y sigue siendo, una costumbre generalizada en nuestros países. Se les llama «Doctor», con independencia de si poseían solo el título de pregrado o el título de Doctor. Igual sucedía con los abogados. 

Esto, más que un desliz lingüístico, que indudablemente lo es, es el resultado de la evolución en América Latina de las instituciones coloniales, las Reales y Pontificias Universidades, y la legislación republicana del siglo XIX.

Durante el período colonial, la Corona española fundó en el Nuevo Mundo, universidades bajo el modelo de la Universidad de Salamanca. Con ese referente fueron creadas la Real y Pontificia Universidad de San Marcos en Lima, la de México o la Universidad de Caracas, entre otras. 

En estas universidades, las disciplinas se dividían en facultades menores (Artes, Filosofía) y Facultades Mayores (Teología, Derecho y Medicina). Los que egresaban de las Facultades Mayores completando el ciclo más alto, recibían formalmente el título académico y la borla de Doctor. No era para menos, salvaban vidas, la libertad y el alma.

Con la llegada de las repúblicas independientes en el siglo XIX, las estructuras universitarias se reorganizaron, y surgieron leyes de ejercicio profesional. Por ejemplo, para ejercer la medicina, the derecho y la farmacia de forma legal, el Estado y las universidades exigían la presentación de una tesis pública al finalizar la carrera, otorgándose el grado de «Doctor en Ciencias Médicas», «Doctor en Leyes» o «Doctor en Farmacia y Bioquímica». Un proceso similar ocurrió con la odontología al separarse de la medicina general.

Aunque a mediados del siglo XX las reformas universitarias estandarizaron los títulos de tercer nivel hacia denominaciones más específicas como «Médico Cirujano», «Odontólogo», «Farmacéutico», «Abogado» y «Licenciado», la costumbre de más de un siglo ya había moldeado el lenguaje social. 

Ahora bien, debido a las estructuras fuertemente jerárquicas y estamentales que se impusieron desde la colonia, el común de la gente le asignó al Título de Doctor una connotación no precisamente académica. Se utilizaba como signo de respeto, autoridad y, sobre todo, de distancia social.

Esta historia la cuento para tratar de entender la raíz histórica del significado que se la ha dado a la palabra Doctor fuera de los ámbitos académicos. Este análisis histórico y sociológico me ha permitido comprender la naturaleza del «error» semántico. De igual manera, también me ha servido para entender, por retruque, el interés de algunas personas por hacerse doctores «a juro y cómo sea». 

Esto último no es criticable, todos tienen el derecho a obtener ese grado. Afortunadamente no estamos en la Colonia donde solo los de piel clara, buen apellido y mucho dinero podían aspirarlo. Hoy basta con que prive la vocación académica, el interés por la investigación y los recursos para pagar la matrícula, para iniciar estos estudios de cuarto nivel.

Tampoco es criticable hacerse doctor solo para pavonearse y «chapear» socialmente. Si implicó un esfuerzo intelectual y una Tesis Doctoral rigurosamente hecha y que aporta conocimiento significativo, es totalmente válido y legítimo, aunque se perciba como un interés un tanto vanidoso y arrogante.

Otra cosa muy diferente es obtener el Doctorado sin esfuerzo alguno y eludiendo los rigores y exigencias propias de este tipo de estudios. No me refiero solo a los que se compraron un Título falso (nueva moda en este país), sino a aquéllos que se han inscrito formalmente en algunos programas doctorales que se ajustan a «las necesidades del cliente». 

De acuerdo a denuncias que han salido en los medios, en algunas «universidades» se obtiene este Título en tiempo record y sin exigencias de asistir a clases. En el mejor de los casos, se presentan como Tesis Doctorales, autobiografías, «reflexiones» de 30 páginas o temas de composición sin dibujo sobre lo que hicieron en la última Semana Santa. Por supuesto, mucho más grave es cuando ni siquiera se presentan Tesis.

Esta nueva especie de «doctores», no han hecho ni harán investigación, ni han escrito ni escribirán artículos en revistas académicas. Simulan ser especialistas, engolan la voz para referirse a autores que nunca han leído, imprimen tarjeticas con el PHD pegado al nombre y hasta se les ve fumando pipa; cuando hasta ayer, compraban la Gaceta Hípica y cigarrillos al detal en el Quiosco de la esquina del ministerio. 

lunes, 1 de junio de 2026

 

Yo también los quiero de vuelta, por Tulio Ramírez

Yo también los quiero de vuelta
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X: @tulioramirezc

Uno debe ser agradecido. Desde pequeño me enseñaron en casa que cuando toca reconocer la labor realizada por alguien, no hay que tener mezquindad. Y si el agradecimiento se hace a cuerpo presente, mucho mejor.

Soy de los que piensa que un reconocimiento no hecho oportunamente, no es tal. Agradecer en ausencia no surte ningún efecto en quien lo recibe, porque a veces ni se entera.

Esa expresión de gratitud in ausencia es solo un intento de quedar bien ante terceros y una forma de apaciguar el remordimiento por no haberlo realizado oportunamente. 

Si bien es muy común que los arrebatos de reconocimiento de la valía del otro suelen hacerse en velorios, también lo es que con frecuencia dejamos pasar la oportunidad aun estando el otro vivito y coleando.

Por eso la gente ante la sospecha de un homenaje o reconocimiento, tararea en voz alta aquella canción que dice «Lo que me vayan a dar, que me lo den en vida». Para después no tiene sentido.

Volvamos al punto. ¿Cuántas veces nos hemos arrepentido por no agradecer a tiempo? De malagradecidos está lleno el mundo.

Incluyo dentro de esta categoría a quienes actúan por pedestre y cochina envidia o por incomprensibles descuidos. En este último caso no se aminora la miserabilidad. 

Esos «descuidos inconscientes» tienden a ser omisiones que escoden una envidia in pectore que obstaculiza reconocer explícitamente lo valioso del otro.

Pero nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Los desapegos e indiferencias, como toda acción, generan una reacción. Luego vienen los arrepentimientos. 

Sucede con los amigos, con las parejas, hasta con los hijos. Si no los reconoces como parte importante de tu vida, no te reconocerán como parte importante de las de ellos. Así se va cerrando el circulo hasta quedar solo con tu nostalgia.

Ahora, no siempre estos guayabos están asociados a la ausencia de personas muy cercanas.

También ese sentimiento de nostalgia profunda, se siente cuando el que se ausentó, aunque no lo hayamos conocido personalmente, marcó en algo nuestras vidas, bien porque nos sirvió de modelo o bien porque sus acciones causaron tanto impacto positivo a la colectividad, que son difíciles de olvidar.

Por ejemplo, los ingleses, en estos momentos de tanta incertidumbre y confusión política deben estar extrañando a la Reina Isabel o a Sir Winston Churchill, lideres que orientaron a esa nación en circunstancias complicadas de su historia.

Sus palabras sabias, la reciedumbre de su carácter y la firmeza en sus decisiones, les dieron a los ingleses la fuerza suficiente para no sucumbir. Ese pueblo debe estar eternamente agradecido. 

En Estados Unidos cuánta gente estará agradecida con Henry Kissinger por haber logrado, con su habilidad diplomática, la culminación de la guerra de Viet Nam.

Por su actuación, muchos muchachos volvieron vivos a sus casas. Hoy, ante tantos escenarios de conflictos, los norteamericanos que vivieron aquellos comienzos de los 70, seguramente extrañaran a este personaje.

Los venezolanos también somos un pueblo agradecido. No somos mezquinos al momento de reconocer y agradecer a quienes han contribuido a hacernos crecer como pueblo civilizado.

Hoy sentimos la ausencia de quienes nos enseñaron valores universales como la tolerancia y la convivencia.

Extrañamos a de quienes nos enseñaron a tener una mirada crítica sin perder nuestro don de gente, a quienes supieron interpretar nuestro malestar sin inducirnos a la estéril violencia.

Por lo anterior, estoy seguro que la gran mayoría de los venezolanos los quiere de vuelta. Todavía no nos recuperamos de la manera como fueron sacados de la vida de los venezolanos. La indignación nos retuerce. 

Pero estamos seguros que volverán y los recibiremos como se merecen. Les reiteraremos, cuando estén de nuevo con nosotros, lo mucho que los queremos y admiramos. 

Si, amigo lector, aunque les parezca extraño, yo también los quiero de vuelta. Venezuela no merece estar un segundo más sin ellos.

Me uno al clamor de la gente, la Radio Rochela debe regresar a nuestras vidas para recordarnos, con su dosis de buen humor, que es mejor tener una mala democracia en la mano que cien utopías revolucionarias volando.