Yo también los quiero de vuelta, por Tulio Ramírez
Uno debe ser agradecido. Desde pequeño me enseñaron en casa que cuando toca reconocer la labor realizada por alguien, no hay que tener mezquindad. Y si el agradecimiento se hace a cuerpo presente, mucho mejor.
Soy de los que piensa que un reconocimiento no hecho oportunamente, no es tal. Agradecer en ausencia no surte ningún efecto en quien lo recibe, porque a veces ni se entera.
Esa expresión de gratitud in ausencia es solo un intento de quedar bien ante terceros y una forma de apaciguar el remordimiento por no haberlo realizado oportunamente.
Si bien es muy común que los arrebatos de reconocimiento de la valía del otro suelen hacerse en velorios, también lo es que con frecuencia dejamos pasar la oportunidad aun estando el otro vivito y coleando.
Por eso la gente ante la sospecha de un homenaje o reconocimiento, tararea en voz alta aquella canción que dice «Lo que me vayan a dar, que me lo den en vida». Para después no tiene sentido.
Volvamos al punto. ¿Cuántas veces nos hemos arrepentido por no agradecer a tiempo? De malagradecidos está lleno el mundo.
Incluyo dentro de esta categoría a quienes actúan por pedestre y cochina envidia o por incomprensibles descuidos. En este último caso no se aminora la miserabilidad.
Esos «descuidos inconscientes» tienden a ser omisiones que escoden una envidia in pectore que obstaculiza reconocer explícitamente lo valioso del otro.
Pero nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Los desapegos e indiferencias, como toda acción, generan una reacción. Luego vienen los arrepentimientos.
Sucede con los amigos, con las parejas, hasta con los hijos. Si no los reconoces como parte importante de tu vida, no te reconocerán como parte importante de las de ellos. Así se va cerrando el circulo hasta quedar solo con tu nostalgia.
Ahora, no siempre estos guayabos están asociados a la ausencia de personas muy cercanas.
También ese sentimiento de nostalgia profunda, se siente cuando el que se ausentó, aunque no lo hayamos conocido personalmente, marcó en algo nuestras vidas, bien porque nos sirvió de modelo o bien porque sus acciones causaron tanto impacto positivo a la colectividad, que son difíciles de olvidar.
Por ejemplo, los ingleses, en estos momentos de tanta incertidumbre y confusión política deben estar extrañando a la Reina Isabel o a Sir Winston Churchill, lideres que orientaron a esa nación en circunstancias complicadas de su historia.
Sus palabras sabias, la reciedumbre de su carácter y la firmeza en sus decisiones, les dieron a los ingleses la fuerza suficiente para no sucumbir. Ese pueblo debe estar eternamente agradecido.
En Estados Unidos cuánta gente estará agradecida con Henry Kissinger por haber logrado, con su habilidad diplomática, la culminación de la guerra de Viet Nam.
Por su actuación, muchos muchachos volvieron vivos a sus casas. Hoy, ante tantos escenarios de conflictos, los norteamericanos que vivieron aquellos comienzos de los 70, seguramente extrañaran a este personaje.
Los venezolanos también somos un pueblo agradecido. No somos mezquinos al momento de reconocer y agradecer a quienes han contribuido a hacernos crecer como pueblo civilizado.
Hoy sentimos la ausencia de quienes nos enseñaron valores universales como la tolerancia y la convivencia.
Extrañamos a de quienes nos enseñaron a tener una mirada crítica sin perder nuestro don de gente, a quienes supieron interpretar nuestro malestar sin inducirnos a la estéril violencia.
Por lo anterior, estoy seguro que la gran mayoría de los venezolanos los quiere de vuelta. Todavía no nos recuperamos de la manera como fueron sacados de la vida de los venezolanos. La indignación nos retuerce.
Pero estamos seguros que volverán y los recibiremos como se merecen. Les reiteraremos, cuando estén de nuevo con nosotros, lo mucho que los queremos y admiramos.
Si, amigo lector, aunque les parezca extraño, yo también los quiero de vuelta. Venezuela no merece estar un segundo más sin ellos.
Me uno al clamor de la gente, la Radio Rochela debe regresar a nuestras vidas para recordarnos, con su dosis de buen humor, que es mejor tener una mala democracia en la mano que cien utopías revolucionarias volando.
