El muchacho de mandado, por Tulio Ramírez
El término «muchacho de mandado» (o «mandadero») posee en Venezuela una profunda carga histórica, sociológica y lingüística. Ha sido tradicionalmente utilizado en el habla coloquial para referirse a la persona encargada de realizar tareas menores, recados o compras para otros.
En los años 60 en todo barrio caraqueño existían los «muchachos de mandado» o «mandaderos». Por lo general, eran los chicos más pobres, los que no iban a la escuela o que, si iban, tenían que combinar estudio y trabajo para ayudar a la familia.
Estaban a la disposición de los vecinos. Por 2 puyas, una locha o un mediecito (monedas ya desaparecidas), iban raudos y veloces al abasto del Barrio a comprar la manteca que requería doña Guillermina o a llevar a Teresa, la costurera, la blusa que le mandó para arreglar, misia Esther, la esposa del albañil.
Aunque muchos de ellos eran flaquitos por la falta de nutrientes, cargaban las pesadas bolsas de las compras y se echaban al hombro las gaveras de refresco desde el camión a la casa de quien le pagaba, o botaban bolsas de pesadísimos escombros en aquellos procesos de conversión de ranchos de madera y zinc en casas de ladrillo y cemento.
Ellos se ofrecían como ayudantes a bajo costo o para comprar los cigarrillos de los constructores.
Esa figura informal tomó formalidad laboral en las oficinas públicas y privadas desde mediados de los 60. Por supuesto, el nombre transmutó a uno más sofisticado gracias a las empresas gringas que se asentaron en el país. El «Muchacho de Mandado» se convirtió en Office Boy. De la calle pasaron a trabajar en oficinas, con un salario y dentro de una estructura jerárquica laboral organizada.
¿Sus funciones?, llevaban y traían la correspondencia entre las oficinas, compraban el periódico al jefe, llevaban el café de las 3 de la tarde a las secretarias y depositaban en el banco los cheques de la quincena a los ejecutivos medios.
No se les exigía estudios. Con saber leer y medio escribir, podían hacer el trabajo. Recuerdo que por allá por los 70 trabajé como Office Boy en un instituto público. Lo hacía durante las vacaciones del liceo.
Allí conocí al señor Chaparro, otro Office Boy, cuarentón y muy sociable, que ni leía ni escribía, pero no se equivocaba en la entrega de la correspondencia. Memorizaba la instrucción y distribuía los sobres guiándose por la manera en que los ordenaba en los bolsillos del paltó.
Por ejemplo, el memo para Compras lo metía en el bolsillo derecho del paltó; el de Personal, en el izquierdo; la correspondencia para Consultoría Jurídica, en el bolsillo interno del saco; la que iba para Nómina, la llevaba en la mano derecha y en la izquierda la de Contabilidad.
En una oportunidad le sugerí que usara una carpeta y las metiera todas allí. Me confesó que no era buena idea, porque si se le llegaba a caer, se desordenarían todos los papeles. Y luego no sabría cual era cual.
Usó esa técnica, hasta que se jubiló. Por supuesto, aunque el calor reventara, siempre iba a trabajar con el paltó y nunca se lo quitaba.
A mediados de los 90, el cargo adquirió otros nombres. Los llamaban Ejecutivos de Comunicaciones Internas, Coordinador de Enlaces Interdepartamentales o Asistentes de Mensajería Corporativa. Cambiaba el nombre, pero no la función. Muy importante es no confundirlos con los tradicionales motorizados. A diferencia de estos, que andaban en la calle, eran personal interno con derecho a comer en el comedor de la empresa.
Hoy la función pervive por más que se le inventen nombres al cargo. Por supuesto, la presencia del Intranet la hace cada vez menos imprescindibles, pero siempre hará falta quien haga ese papel, por menos exigente que sea.
Más allá del ámbito laboral, la frase «muchacho de mandado» se utiliza frecuentemente en el argot político venezolano de forma peyorativa. De manera sarcástica, se emplea para calificar a un actor político, funcionario o vocero que no posee poder real de decisión, sino que actúa simplemente como ejecutor o subordinado de las órdenes de un superior jerárquico nacional o extranjero.
Más vale que me detenga aquí. Cualquier lector podría pensar que me estoy refiriendo a alguien en especial. Mejor seguiré los sabios consejos de la comadre Camucha. En una situación como ésta, Camucha diría «hágase el pendejo compadre, que lo están viendo». Hasta dentro de 15 días apreciados lectores.

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