lunes, 18 de mayo de 2026

 

El comunismo y sus ridiculeces, por Tulio Ramírez

El comunismo y sus ridiculeces
FacebookTwitterWhatsAppTelegramEmail

X: @tulioramirezc

De vez en cuando me da por revisar mis archivos. Entre recortes de periódicos amarillentos, revistas viejas, documentos que tuvieron algún momento de gloria, hojas escritas a mano (Habilidad que será apreciada en los futuros currículos), consigo verdaderas joyas. 
Una de esas gemas fue un recorte de El Nacional de febrero de 2011. El título, «Prohíben reencarnación del Dalai Lama». Esta reseña la elaboró la Agencia EFE de Pekín. Resulta que el Comité Central del Partido Comunista Chino había decidido prohibir la reencarnación del Líder Espiritual, quien a los 75 años sentía a la pelona cerca y quería dejar finiquitado lo de su regreso de ultratumba. 
Así son los regímenes comunistas. Aspiran controlar la vida de las personas con leyes absurdas y represión desmedida. Coartan la libertad individual en todos sus ámbitos. Recuerdo que, en Corea del Norte, los hombres van a la barbería y solo pueden escoger entre cinco tipos de corte de pelo que están permitidos. Ninguno similar al de Kim Jon Um. No es que yo cree en las reencarnaciones, pero prohibir por un acto de gobierno que se den, es ridículamente insólito. El que quiera reencarnar que lo haga. Solo hay que tener cuidado en no reencarnar en un cochino porque existe la posibilidad de que formes parte de una chicharronada. 
Lo cierto es que estos regímenes son expertos en eso de hacer cosas ridículas. Por ejemplo, Mao decidió en 1958 que los gorriones eran «contrarrevolucionarios» porque se comían el grano. El Gran Timonel ó al pueblo acabar con ellos a punta de pedradas. Las aves murieron o migraron quedando los sembradíos a merced de las langostas.En vez de una gracia, salió una morisqueta. Murieron millones de chinos por la hambruna.






En 1961, los líderes comunistas de la República Democrática Alemana, construyeron un muro con el ridículo argumento que había que «evitar que los alemanes del oeste se fueran en tropel a vivir el paraíso comunista». Cuando se les volteó la tortilla, argumentaron que sus camaradas huían al oeste, engañados por la propaganda capitalista. No pierden una. Siempre la culpa es de la vaca.

En Rumanía, Nicolae Ceaușescu estaba obsesionado con aumentar la población. Se le ocurrió la brillante idea de controlar los embarazos creando mediante el Decreto 770 de 1966, la «Policía de la Menstruación». Las mujeres eran sometidas a exámenes ginecológicos mensuales en sus lugares de trabajo para asegurar que no estuvieran usando anticonceptivos. La orden del Partido era parir a toda costa. No me jodan.

Enver Hoxha, convencido de que el mundo entero iba a invadir a la Albania comunista, ordenó construir, entre 1960 y 1980, 750.000 búnkeres de hormigón y acero para defender «la Patria Mesma». Nunca hubo invasión. Hoy, esos armatostes se usan como gallineros, niditos de amor o simplemente son estorbos imposibles de demoler.

En 1970, Fidel Castro decidió que Cuba debía producir 10 millones de toneladas de azúcar para pagar sus deudas con la URSS. Se paralizó el país entero. Médicos, maestros y artistas fueron enviados al campo a cortar caña. No llegaron a la meta y el esfuerzo descuidó el resto de la economía. Hoy, no hay azúcar ni para el café, tienen que importarla. 

De 1975 a 1979 en Camboya, Pol Pot y los Jemeres Rojos llevaron la ridiculez a otro nivel. Decidieron que la historia debía reiniciarse, por lo que se inventaron «el año cero». Quemaron libros, prohibieron el dinero y declararon que el uso de lentes era signo de ser un intelectual traidor.Si usabas lentes eras un «enemigo del pueblo» ya qué, si leías mucho, no estabas trabajando para el pueblo «mesmo». 

En Venezuela, no hemos sido menos. El socialismo del Siglo XXI ha sido prolijo en eso de crear actos administrativos totalmente ridículos. Solo basta recordar que, para combatir la escasez de proteínas, ordenaron a la población construir gallineros verticales en los balcones de los edificios, criar conejos para comerlos y hacer sembradíos organopónicos en los espacios públicos.

Al final, la torta de siempre. Los gallineros generaban más suciedad y contaminación que huevos; los conejitos, la gente los criaba, se encariñaban con ellos y hasta dormían en la cama de sus dueños. Las siembras organopónicas tampoco funcionaron, se marchitaban por la ración diaria de orines de borrachitos, motorizados y taxistas. 

Hubo otras cosas risibles como la creación del viceministerio para la Suprema Felicidad Social del Pueblo. Se fundó justo cuando la inflación comenzaba su ascenso meteórico y desaparecían los productos básicos en los anaqueles. Hoy ya no existe, por lo que ya no es objeto de chistes en bares y velorios.

Lo más reciente es el llamado a las víctimas y sus familiares a olvidar y acompañarlos para continuar construyendo el socialismo que los llevó a la miseria, la cárcel o al exilio.

«Vasié, no será p’a jodeme», respondió doña Paulita, madre de uno de los encarcelados no amnistiados, ante la pregunta de un periodista sobre si atendería el llamado gubernamental a «marchar unidos por la patria mesma».

lunes, 4 de mayo de 2026


Consideraciones sobre lo que no ha sucedido, por Tulio Ramírez

Consideraciones sobre lo que no ha sucedido
FacebookTwitterWhatsAppTelegramEmail

X: @tulioramirezc 


No sé si se trata de un cromosoma cargado con el gen de la mala pata o una simple y vulgar secuencia de coincidencias desafortunadas, pero es demasiado frecuente que me toque escribir los artículos, justo horas antes de suceder los acontecimientos que, desde días anteriores, se han anunciado que ocurrirían. Explico este enredo.

Por desfase temporal, siempre me ha tocado escribir sobre lo que «podría suceder», y no sobre «lo que efectivamente sucedió». Cuando llega nuevamente mi turno para publicar, la noticia «que sucedió» es vieja, por lo que hacer un análisis es totalmente extemporáneo debido a que ya nadie habla de eso. O sea, mi crónica sería algo así como «periódico de ayer».

Al escribir sobre «lo que podría suceder», corro el riesgo de pelarme en el pronóstico, perdiendo credibilidad ante mis pocos lectores. De igual manera, escribir tardíamente «sobre lo que sucedió», me torna un opinador desactualizado. Total, si no me agarra el chingo me agarra el sin nariz.

La última vez que me pasó fue cuando la AN designó al nuevo Fiscal. Les cuento. Eso fue el jueves 9 de abril y mi artículo se publicó el lunes 6 de abril, 3 días antes. Me aventuré a pronosticar que esa designación era un tiro al piso. La Dra. Magaly Vásquez era una imperdible. Con sus credenciales, no había mucho que deliberar. Me equivoqué, no imperó la meritocracia.

Por supuesto, luego quería escribir algunas consideraciones para protestar por la manera como se hizo esta designación. El asunto es que para el día de mi siguiente publicación (20 de abril), ya medio país lo había analizado y no se hablaba tanto de ello. Me quedé con la pluma engatillada. 

Hoy corro el riesgo de que me pase lo mismo. Debo entregar mi colaboración para mañana jueves 30 de abril y, un día después, el viernes 1 de mayo, la encargada dará a conocer el monto del «incremento responsable de salario».

¿Cómo no tratar el tema?, la expectativa es general. Esta vez no caeré en la trampa de adelantar pronósticos. Dos equivocaciones en menos de 4 semanas es como mucho. Más bien hablaré sobre el significado del término «incremento responsable del salario». Voy que quemo.

Cuando se habla de aumento de salario, por lo general se hace en términos cuantitativos. Uno suele escuchar «el aumento del salario mínimo será de un 25% y en la misma proporción será el incremento en los pasos de las escalas salariales» o «el incremento del salario mínimo será de 9 mil bolívares y bla, bla, bla». Nunca se dice si esos aumentos son responsables o no.

Cavilaba buscando la lógica a este discurso cuando recordé lo singular y pintoresco de las narrativas chavistas. Aquel novedosísimo «delito» de «corrupción espiritual» con el que condenaron a la juez Afiuni es ejemplo de ello. 

También me viene a la memoria aquella creación de la «falta forzada» que ni es absoluta ni es temporal, sino todo lo contrario. Cómo olvidar aquella sentencia que hizo de la peladera de bola, una virtud revolucionaria, «ser rico es malo».

Desde la tradición lingüística del socialismo del Siglo XXI, el análisis semántico a la expresión en cuestión me conduce a deducir el siguiente significado. El «incremento responsable del salario», no alude al monto de lo que se aumentará sino al estilo de vida al que se obliga a quien lo recibirá. 

De cajón que, con ese incremento, tendremos que llevar una vida inevitablemente responsable. Viviremos como ascetas. Tendremos que olvidarnos de los tragos de los viernes con los amigotes; se potenciará la fidelidad porque no alcanzará para una canita al aire; nos convertiremos en veganos porque será imposible comprar carne; beberemos guarapitos porque no tendremos ni para una aspirina; haremos joggins porque no alcanzará ni para el pasaje del autobús.

En definitiva, viviremos alejados de vicios y tentaciones. Comeremos lo justo, jugaremos carga la burra sin apostar ni siquiera granos de caraotas y contemplaremos las estrellas porque ir al cine será cosa de enchufados. Por supuesto, nuestros hijos se educarán aprendiendo de los llamados «saberes populares y ancestrales», porque no habrá cómo costear los estudios. 

Sospecho que ese concepto fue creado en el ya desaparecido Ministerio para la Suprema Felicidad Social del Pueblo, ente encargado por velar por la idem del idem. Por lo pronto, y sin más otra consideración, envío mi colaboración al periódico, sin riesgo a equivocarme sobre el desarrollo de un incremento que no ha sucedido.