Algo no cuadra, por Tulio Ramírez
Aunque a algunos les parezca mentira, en Venezuela hubo una época en que ser Bachiller era sinónimo de persona culta, estudiada y talentosa. Y no me refiero solo a la época en la cual los bachilleres ocupaban cargos importantes como Secretarios de los Presidentes Municipales o Administradores de la Hacienda Pública en los estados. Alguien […]
Aunque a algunos les parezca mentira, en Venezuela hubo una época en que ser Bachiller era sinónimo de persona culta, estudiada y talentosa. Y no me refiero solo a la época en la cual los bachilleres ocupaban cargos importantes como Secretarios de los Presidentes Municipales o Administradores de la Hacienda Pública en los estados.
Alguien podría argumentar que esos Bachilleres eran los tuertos en el país de los ciegos. El analfabetismo en la Venezuela del siglo XIX era una enfermedad endémica. Quizás en las grandes capitales de estado podían encontrarse más jóvenes que habían culminado la educación secundaria, pero igual, no había como para tirar para el techo. Eran un avis rara.
Pero no quiero hacer un ejercicio de historiografía al rememorar esas épocas lejanas. Más bien me voy a referir a la Venezuela de mediados del Siglo XX. De seguro muchos de mis pocos lectores fueron testigos-protagonistas de lo que aludiré en este artículo.
En esa Venezuela de los 60 y los 70 del pasado siglo, gracias a la política de construcción masiva de escuelas y liceos después de la caída del ante/ante/penúltimo Dictador, encontrar un bachiller era tan fácil como comprar una empanada de cazón (con relleno de raya) en cualquier tarantín playero.
Soy bachiller de esa época. Fui el primero de mi familia en llegar tan lejos. Estudié en un liceo público con doble turno. Usé pantalón y camisa de caqui, además de la bata para entrar al laboratorio de Biología y Química. Quienes nos enseñaban iban de punta en blanco. Los profesores con paltó y corbata, menos el de Educación física, por supuesto; y las profesoras, de peluquería y entaconadas.
No sé si todos eran graduados, pero las demostraciones de dominio del contenido y actuación pedagógica, así lo sugerían. Eran exigentes y estrictos, muy alejados del «pobresitismo» y del «te lo dejo pasar esta vez». Su problema no era hacerse popular entre los estudiantes para ser electo padrino de promoción.
«Disparaban primero y averiguaban después»; me explico, corregían y calificaban, sin indagar «las circunstancias personales que afectaron tu rendimiento en el examen». Mucha disciplina y demanda cognitiva hacían posible que se lograse una nota aprobatoria decente. Recuerdo que, para etiquetar a un alumno como excelente, argumentaban «es un alumno brillante, de 17 puntos».
No todos lograban hacerse bachilleres con tan alto promedio. Un bachiller aventajado podía haberse graduado con promedios de 15 o 16, los de 17 para arriba eran muy pocos. Los promedios de 20 puntos literalmente, no existía.
En una oportunidad el profesor y amigo, Amalio Sarco Lira, en sus años mozos ex coordinador del proceso de admisión de la OPSU, me comentó que, en 20 años en ese organismo, solo había visto un promedio de 20 puntos en línea logrado por un estudiante de un Liceo público de Cumaná. Un geniecito, pues.
En lo a mí respecta termine mi bachillerato con promedio de 16 coma tantos, y era considerado por mis condiscípulos como un estudiante «aventajado e inteligente». Eran otros tiempos, donde, por cierto, los estudiantes repetían y no pasaba nada. Reparaban, aprobaban y continuaban hasta graduarse. Superar los benditos polinomios en tercer año no era cosa de coser y cantar.
Hoy, me entero que 423 bachilleres se graduaron con promedio de 20 puntos. Eso significa que en todas las asignaturas cursadas en los 5 años del bachillerato (unas 48), obtuvieron la máxima calificación. Es como si un pitcher de grandes ligas, en sus 18 salidas de la temporada, lanzara no hit no run en todos los juegos.
Para un recién llegado, la conclusión sería muy fácil, los promedios de 17 de mi época frente a los abundantes promedios de 20 puntos de hoy, informarían sobre un avance gigantesco en materia de calidad en la enseñanza y en los aprendizajes. Dicho con otras palabras, mi humilde 16 coma tanto se vería hasta mediocre frente a las lumbreras de hoy.
Pero la cosa no queda allí. Resulta que son tantos los altísimos promedios (de 18 en adelante), que miles de bachilleres con esas altas calificaciones, que no lograron entrar a las carreras de su preferencia. ¿La razón?, tener por delante a otros miles de bachilleres con promedios más altos.
Otros países seguramente nos ven con envidia, jactarse de tener más bachilleres lumbreras que cupos universitarios disponibles, es un lujo que pocos se pueden dar.
Pero, algo no me cuadra. Los resultados del Sistema de Evaluación en Línea de la UCAB (Sedcel) para 2024 y 2025 han informado más del 80% de los casos de una muestra de casi 11 mil estudiantes de 3er año de bachillerato, obtuvo calificaciones en Matemática están por debajo de 08 puntos. Es decir, están raspados.
Por otra parte, la Secretaría de la UCV informa que un 80% de los participantes en la prueba Simadi para ingresar a esa casa de estudios, obtuvo una calificación menor a 10 puntos en las pruebas de Matemática y Comprensión Lectora. Para rematar, esta misma Secretaría ha informado que el nivel de abandono por bajo rendimiento durante los 3 primeros semestres de las carreras, es alarmante.
Con estos datos, creo que prefiero el modesto 16 coma tanto de mi época, a los deslumbrantes 20 en línea, de hoy en día.





