domingo, 15 de marzo de 2026

 

Santiago, el profesor ucevista, por Tulio Ramírez

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Acabo de leer el libro La universidad en tiempos de autoritarismo: ¿exilio o permanencia? Voces del profesorado venezolano, compilado y editado por los profesores ucevistas Audy Salcedo y Ramón Uzcátegui, ambos radicados en Chile. En sus páginas se consiguen testimonios desgarradores de profesores universitarios que decidieron probar suerte en otros países, así como también de aquéllos que se quedaron aguantando la pela y pasando roncha (creo que ahora lo llaman resiliencia).

El tema me motivó a indagar sobre colegas que no se fueron y que todavía me consigo por los pasillos de nuestra querida UCV. Santiago es uno de ellos. Aclaremos, Santiago no es su verdadero nombre, por razones obvias lo llamaremos así. Le comenté que escribo una columna quincenal en TalCual, y que me gustaría hacer pública su historia guardando el anonimato. Asintió, y lo mejor, no le importó que tenga tan pocos lectores.

Santiago me cuenta que ingresó a la UCV en 1981 por concurso de credenciales y realizó su concurso de oposición en 1983. «Era una época en la cual, ser profesor de la primera universidad del país, era algo así como el sueño dorado de todo recién graduado». Se lo creo porque también sentí lo mismo cuando me gradué.

Me comentó que un día después de recibir su título, ingresó como coordinador social de un módulo de servicios del Ministerio de Sanidad, lo que no era nada malo en esos tiempos. Sin embargo, no desistió de su sueño. Se dedicó a la búsqueda de una oportunidad para ingresar al cuerpo docente de la UCV. «Todos los días compraba El Nacional, para enterarme si había convocatorias a concurso. Hasta que un día apareció el tan ansiado anuncio». Concursó y ganó en buena lid.

A los 3 meses, cobró su primer sueldo como instructor a tiempo completo. Se le iluminan los ojos cuando recuerda que le dieron un cheque y corrió raudo a cobrarlo en el Banco Nacional de Descuento, el que quedaba cerca de la entrada de la UCV en Valle Abajo. «En esa época no había cuenta nómina. Había que ir a la agencia bancaria a cobrar por taquilla, ligando que hubiera línea». 

Recuerda que fueron casi 29 mil bolívares. Un realero en esos tiempos. Fue al banco sin su maletín, por lo que tuvo que meterse aquel billetal en ambos bolsillos del pantalón. «El bojote era tan pronunciado que me sentía como un pistolero con un par de revólveres, uno en cada cinto. Ese montón de plata equivalía a 6 mil 600 dólares. Ganaba unos 2 mil 200 dólares mensuales».

Sin quitar el ojo del fondo de la taza de café, me comenta que a partir de ese momento cambió su vida. «Con ese sueldo pude casarme; comprar un carrito usado en buenas condiciones; dar la inicial de un apartamento y endeudarme con una hipoteca. Hasta pude invitar a mi familia y la de mi esposa a celebrar el día del padre en una tasca de la Candelaria, pagando yo solito toda la cuenta».

Continúa, «vivía sin lujos, pero sin apuros. Disfruté de una beca-sueldo para estudiar el doctorado en Francia. Asistí a más de 18 congresos internacionales gracias al financiamiento del Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico de la universidad. Y ni hablar de los beneficios sociales. Mis 3 hijos nacieron en clínicas privadas, gracias al HCM de la Asociación de Profesores».

Hoy, después de 45 años de su ingreso, ya jubilado, aunque activo porque sigue dando clases, con la pensión que recibe como profesor titular a dedicación exclusiva, no puede comprar una lata de atún para almorzar. «Vivo de los bonos que el gobierno me deposita por el Sistema Patria. Ese dinero solo alcanza para pagar el condominio y algunos servicios».

Con los ojos llorosos continúa, «he adelgazado en los últimos tres meses más de 10 kilos, el médico me dice que sufro de desnutrición. Tomo las pastillas de la tensión cuando un profesor amigo que sufre de lo mismo, me regala una. Sin embargo, puedo ir a la UCV a dar mis clases gracias a que vivo en la avenida Victoria y me voy caminando. Si me tocara pagar pasaje, no podría desayunarme la empanadita que compro en el cafetín de Ingeniería».

¿Cuentas con alguien que te envié alguna ayuda desde el exterior?, le pregunté. «Mi hijo que vivía en Texas me mandaba alguito, no mucho. Ya no lo puede hacer. A pesar de que tenía el parole, lo agarró la migra y lo mandaron a Venezuela. Vive alquilado en Catia y anda buscando trabajo. Está tan jodido como yo. Los otros dos se la pasan buscando medio para completar un real, no pueden ayudarme».

Al preguntarle sobre su espíritu combativo de antaño, me contesta, «mi esposa me advierte que, si me hago visible en las protestas, es capaz que le quiten la bolsa CLAP que le dan como jubilada en el ministerio». Le comento que lamento mucho su situación y que, de no cambiar las cosas, me veo en ese espejo.

Di por terminada la conversación cuando sacó un pañuelo arrugado para limpiarse «una basurita que le cayó en el ojo». Me daba pena seguir hurgando sobre su situación actual que, por cierto, es la de la mayoría de los profesores jubilados e inclusive activos. Al pararme de la mesa me tomó por un brazo y dijo:

«Pero yo soy ucevista y no me la calo. Si bien es cierto que le temo más a mi mujer que al gobierno, cada vez que convocan a protestar, busco la boina azul que tengo escondida y salgo a vociferar mi descontento. Por supuesto, como hombre corrido en siete plazas, uso como recurso la desinformación. Le digo a la doña que voy a la iglesia San Pedro para rezar por todos los jubilados ucevistas y así me escapo».

Santiago es apenas uno de los tantos Santiagos que hay en la UCV.

lunes, 23 de febrero de 2026

 

Parió la abuela, ahora tenemos a los Therians, por Tulio Ramírez

Parió la abuela, ahora tenemos a los Therians
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La verdad, uno no deja de sorprenderse ante las cosas que están sucediendo. En mi época, y no soy tan viejo como la gente cree por la manera como escribo, las cosas eran aburridamente normalotas.

Por ejemplo, los inquilinos eran inquilinos, aunque luego intentaran quedarse con el inmueble; los extranjeros se adaptaban donde migraban sin presión alguna; los hombres eran hombres, las mujeres, mujeres, y los que hoy llaman otres, eran los otros y las otras, y listo, no pasaba nada.

Hoy todo es un enredo. Hay países donde los que se apropian de los inmuebles ajenos están protegidos por la ley. Si los legítimos propietarios reclaman su propiedad, van presos.

En otros países, los nacionales que se niegan a calarse costumbres que van contra las leyes son reprimidos por «conducta intolerante e irrespetuosa» contra quien huyó de la represión de su propio país por hacer lo mismo. Pero la locura y la sinrazón abarca también a los organismos internacionales.

El secretario general de la ONU acaba de felicitar a Irán por el 47 aniversario de la revolución islamista y nombrado su representante, como vicepresidente de la Comisión de Desarrollo Social. Sobre los más de 40 mil muertes por manifestar hastiados de ese régimen autoritario, simplemente «Chiiito». 

Igual sucedió con el representante de Cuba, quien fue designado miembro de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. ¡Qué riñones!, es como premiar a «Hannibal Lecter» por incentivar a la población a comer proteínas.

Pero estos entuertos no se limitan a la aplicación un poco extraña de las leyes en algunos países ni a organismos internacionales que premian lo que debería combatir. El asunto alcanzó la cotidianidad. Les cuento.

Cuando era muchacho era muy común que los jodedores le pusieran sobrenombres a la gente. El apodo era acorde con las habilidades, parecido físico o defectos.

Así, llamaban «el Picure», «el Conejo», «Ratón» a quien era dientón y «Cara e´Caballo» a quien sufría de prognatismo mandibular. Eran sobrenombres impuestos por el grupo y aceptados por las víctimas, a veces con resignación y otras con disgusto, pero ni modo.

Hoy la cosa ha cambiado. Ya no hay necesidad de endilgarle a alguien un sobrenombre asociado a un animal. Ahora hay personas que creen ser un animal, y desean ser reconocidos como tales. ¿Qué tal? Ante la curiosidad, me puse a indagar sobre ese asunto y conseguí que a ese moderno trastorno lo llaman therian. El término proviene de theriantropy (del griego therion, bestia, y anthropos, humano). 

Se refiere a personas que sienten una identificación interna, espiritual o psicológica con un animal no humano (llamado theriotipo). Lo que faltaba. Resulta entonces que hay personas que se sienten perros y en vez de ir al médico van al veterinario cuando se sienten mal (pensé que lo hacían porque era más barato que la consulta con un internista).

Otros se creen gatos y maúllan (supongo que, en vez de cerveza, beben leche). Otros se creen lobos y hasta aúllan a media noche (las mentadas de madre de sus vecinos deben ser de película).

Otros más exóticos se creen águilas, caballos y tigres, pero no he sabido de alguno que se crea cucaracha, renacuajo o lombriz de tierra. Al parecer las escogencias son cuidadosas y obedecen a ciertos criterios estéticos.

Hasta ahora no he conocido casos como esos en mi entorno inmediato, pero no me atrevo a meter la mano en candela. Cada cabeza es un mundo y eso se respeta. El que quiera dormir en una madriguera, que lo haga.

*Lea también: Las cosas como que están cambiando, por Tulio Ramírez

Mientras no obligue a nadie a hacer lo mismo, ni se la pase atacando a la gente, porque se crea perro guardián, no pasa nada. Lo que sí he visto es que algunas personas públicas han tenido comportamientos que hacen sospechar que son unos therian de closet.

Dan demasiadas señales de padecer este trastorno. Actúan a diario como perros de presa, hienas, chacales o aves de rapiña, y no creo que sea con la intención artificial de vender una imagen intimidante y atemorizante, creo más bien que es por identificarse y sentirse como tales.

lunes, 9 de febrero de 2026

 

Las cosas como que están cambiando, por Tulio Ramírez

Las cosas como que están cambiando
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Acompañé el pasado 2 de febrero a los decanos de las Facultades de Ciencias Políticas y Jurídicas de la UCV, la LUZ y ULA, así como al secretario de la Universidad de Carabobo, quienes se citaron en el TSJ para consignar ante ese máximo tribunal, una demanda contra el Ejecutivo nacional por incumplimiento del artículo 91 constitucional, referido a la obligación de revisar periódicamente los montos del salario de los trabajadores. 

Junto a estas autoridades universitarias, se encontraban personalidades del mundo gremial como la presidente de la Federación Venezolana de Maestros, la presidente del Colegio de Enfermeras del Distrito Capital, el presidente de la Asociación de Profesores de la UCV, así como otros representantes de diversos sindicatos y agrupaciones gremiales. Con ellos también asistieron una centena de profesores universitarios quienes se solidarizaron con tal petición.

Sobre la justeza de esta acción no quiero profundizar. Todos, y los incluyo a ellos, sufrimos las penurias asociadas a recibir un salario que no alcanza ni siquiera para sobrevivir.

Con los sueldos previstos en el instructivo Onapre, el cual, de acuerdo al mismo TSJ, es tan inexistente como los presos políticos o los guardaespaldas cubanos, nos convertimos de la noche a la mañana en uno de los países con los más altos niveles de pobreza en el mundo.

Quizás algún camarada diga que mi «sesgo ideológico de ultraderecha, contrarrevolucionario y fascista» me impide ver la realidad objetivamente. Le diría sin ningún empacho que está en lo cierto. Decir que «todos somos pobres» es como exagerado.

Cómo olvidar la cantidad de honestos trabajadores que con sus sueldos de funcionarios públicos, han logrado importar autos Ferrari, viajar por el mundo, celebrar cumpleaños en Dubái y hasta tener una mansión vacacional en Punta Cana. Ante ese argumento seguramente replicará: «el problema es que ustedes no se saben administrar». 

Siempre resulta difícil intercambiar puntos de vista con quienes no están dispuestos a ver lo que no está oculto. En alguna parte leí que la diferencia entre los que practican la fe religiosa y los que practican la fe socialista, consiste en que los primeros creen en algo que no ven, mientras que los segundos se niegan a creer en algo que todo el mundo ve.

Pero no es ese el tema que inspiró esta nota. La idea original es comentar algunos hechos curiosos que noté mientras acompañaba a los decanos. En primer lugar, al llegar me sorprendió una muy nutrida marcha de empleados públicos con franelas nuevecitas y recién entregadas, exigiendo el retorno del que te conté.

Esa marcha, «coincidencialmente» se organizó para el mismo día de la entrega de la demanda. Uno de los marchistas nos dijo que fueron convocados, con carácter de urgencia, la noche anterior. Las instrucciones eran marchar para solicitar una fulana «constituyente de los trabajadores bolivarianos», todos debían tener a la vista el gafete con el distintivo de la dependencia pública donde trabajan.

Las consignas eran inaudibles debido al altísimo volumen que salía de un equipo de sonido montado en un camión de festejos, con el que reproducían canciones alusivas al que se llevaron. El ruido impedía saber si, al igual que nosotros, los marchistas pedían aumento de salarios o, para llevarnos la contraria, pedían su disminución. Me quedé con la duda.

Por cierto, liderizaba la marcha ministerial, nada más y nada menos que el ministro del Trabajo, es decir, el patrono. Pero lo verdaderamente llamativo fue que, una vez llegado al sitio de concentración, se escabulló a la vista de todos en su camioneta oficial, dejando a los marchistas debajo de una pepa de sol y en hora de almuerzo, sin almuerzo. 

Lo sorprendente es que, así como llegaban, se retiraban en tropel. Eso no lo había visto antes. Otra cosa que me dejó patitieso fue la actitud de los funcionarios policiales. Al llegar la marcha ministerial, se apostaron donde nos encontrábamos los universitarios e hicieron una suerte de cadena protectora que impedía el contacto con los funcionarios públicos. Eso tampoco lo había visto. 

Merece un comentario aparte el comportamiento de la gran mayoría de los marchistas. Sus caras no reflejaban confrontación ni se mostraron desafiantes. No hubo las consabidas provocaciones ni gestos retadores. Más bien eran rostros de trámite administrativo.

Si excluimos a los muy pocos que gritaban consignas ininteligibles, la gran mayoría caminaba en silencio, fijando su mirada más en el reloj, que en nosotros. Definitivamente, pareciera que las cosas como que están cambiando.

Tulio Ramírez es abogado, sociólogo y Doctor en Educación. Director del Doctorado en Educación UCAB. Profesor en UCAB, UCV y UPEL.

martes, 27 de enero de 2026

 

¿Carnaval en enero?, por Tulio Ramírez

¿Carnaval en enero?
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El carnaval es una de las festividades más complejas del mundo. Una de las razones es porque no está claro cuál es su punto de origen.

Ello es el resultado de la mezcla de tradiciones milenarias. Sin embargo, aunque no hay una fecha exacta, se pueden identificar tres etapas claves en su formación. Veamos.

Según historiadores y arqueólogos, las primeras evidencias de fiestas similares al carnaval aparecen hace unos 5000 años en Sumeria y el Antiguo Egipto. Al finalizar el invierno se celebraban banquetes y desfiles en honor a los dioses. Cuentan que eran algo así como unas bacanales modernas. No me consta.

Cuentan estos académicos que durante ese mes del año a todos se les soltaba el moño. Las rumbas duraban días, nadie trabajaba, se dedicaban a la comilona, la bebida y a los placeres mundanos.

La pachanga era colectiva, menos para los esclavos. Alguien tenía que esforzarse para terminar las pirámides.

Durante la época grecorromana (siglos VI a.C. al IV d.C.), las evidencias informan que en Grecia se celebraban las Dionisíacas en honor a Dionisio, dios del vino. En Roma, se celebraban las Saturnales (en honor a Saturno) y las Lupercales (en honor a la fertilidad).

Todas eran fiestas de descontrol donde se invertían los roles sociales. Por ejemplo, los esclavos eran servidos por sus amos. ¡Qué tiempos aquéllos!

Como cosa mía, me puse a investigar más a fondo para saber si ese cambio de roles suponía que los maridos se dedicaban a lavar, planchar, fregar y cocinar, mientras sus mujeres rumbeaban.

Por razones de seguridad no continué con la investigación. Las amenazas de caballeros anónimos eran constantes y creíbles. Me sentí como Tom Hanks en El Código Da Vinci¡Vacie!

Durante la Edad Media (siglo IV en adelante), con la expansión del cristianismo, la Iglesia no pudo eliminar estas fiestas paganas tan arraigadas, por lo que decidió «cristianizarlas».

Se fijó el carnaval como una celebración previa a la Cuaresma (los 40 días de ayuno y penitencia antes de la Pascua). En la Cuaresma estaba prohibido comer carne y llevar una vida de excesos.

Por ello, el carnaval era la última oportunidad para disfrutar de banquetes, alcohol y placeres. Su nombre proviene del latín carnelevarium, que significa «quitar la carne».

Como esa traducción no me suena por confusa, prefiero definirla como «tiempo de desatarse precuaresma». Durante el carnaval, se usaban máscaras y disfraces para ocultar la identidad.

Esto servía para que el pueblo pudiera burlarse de los nobles, los gobernantes o la Iglesia sin temor a represalias. Era un corto periodo de «libertad absoluta» donde las reglas normales no aplicaban.

Es decir, el sueño hecho realidad o algo como aquel eslogan «Rey por 15 días» de Tiendas Van de la avenida Andrés Bello. 

Ahora bien, como en Venezuela nos acostumbraron en los últimos años a adelantar las fiestas, por ejemplo, la Navidad comienza en octubre y no en diciembre, no me extrañaría que hayan adelantado el carnaval para enero y no me haya percatado.

¿Que por qué lo digo?, síganme y les explico. Recordemos que, al igual que hace más de mil años, en el carnaval la gente simulaba ser alguien diferente con la intención de confundir o burlarse del otro.

Aunque algunos psicólogos han dicho que el disfraz era para asumir una personalidad inconscientemente reprimida. En todo caso, cual sea la intención, el acto era la simulación.

Con ese razonamiento previo, expongo mi tesis. Si bien es cierto que en lo que va de enero no he visto caminando por las calles de Caracas a personas con disfraces de carnaval, también lo es que he notado comportamientos más cónsonos con las fiestas carnestolendas.

¿De qué va esto? He observado en las paradas de autobús, en las busetas, en los abastos y en el Metro, que las personas andan simulando una indiferencia que, a todas luces, es más falsa que platabanda de anime. Es como si estuviesen haciendo el papel del paisa, aquel personaje espalomado de los cuentos populares. Andan como si no estuvieran enterados de nada de lo que pasa en su entorno.

Esto me hace sospechar que están disimulando la alegría que, de manera encapillada, realmente sienten.