lunes, 7 de septiembre de 2026

 

Farmear Aura, por Tulio Ramírez

Farmear Aura
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X: @tulioramirezc


Con mucha vergüenza debo confesar que, en mis tiempos de chamo y temprana adolescencia, las diferencias con mis contemporáneos las resolvíamos a pescozones. Era una época en la que al parecer no había otra alternativa ante la afrenta. El «te espero en la salida» era la alarma que activaba a toda la escuela.

En esa época, en las escuelas públicas de las barriadas caraqueñas, el tema de la «resolución pacífica de los conflictos», o «la mediación y los buenos oficios», eran extrañas expresiones que ni siquiera se escuchaban en las películas El Zorro, Bonanza o Perdidos en el Espacio.

Si alguno de los compañeros era testigo de la amenaza, corría la voz, y en menos de 3 minutos, toda la escuela estaba al tanto del duelo o «peguita», como se decía entonces.

Toda la muchachada esperaba ansiosamente el sonido del último timbre. Salíamos en tropel a agarrar puesto de primera fila. La cancha de bolas ubicada frente al abasto del portugués Armando era el ring improvisado para dirimir las diferencias.

De seguro había muchos retadores que se arrepentían o retados renuentes al enfrentamiento, pero con el solo anuncio de la inminente trifulca ya la suerte estaba echada.

Al final, la mayoría echaba pa´lante porque resultaba menos oneroso salir derrotado en la refriega que desistir de ella.

Si te negabas a pelear, te convertías en la pera de boxeo de toda la escuela y, lo peor, botabas por la ventana toda posibilidad de conquistar a Normita, la bellezura de 4to grado.

Afortunadamente, los tiempos han cambiado. Ya no se ven tantas peleas en las salidas de las escuelas. Ahora las diferencias se dirimen de otra manera. De la pelea física y binaria se pasó a otras modalidades.

Por ejemplo, ahora tenemos la Batalla del Relato por el grupo de Chat. Las diferencias se resuelven mediante la filtración calculada de capturas de pantalla (screenshots), notas de voz fuera de contexto o stickers personalizados.

El objetivo no es lastimar el cuerpo del adversario, sino destruir su narrativa y dejarlo sin argumentos ante el grupo.

Otra modalidad es la invisibilización. Un «dejar de seguir» (unfollow), retirar de la lista o silenciar en redes es el equivalente moderno a darle la espalda a alguien en el patio.

Quien es bloqueado pierde visibilidad y, por ende, posición dentro del grupo.

Si la disputa escala de nivel, la victoria definitiva se logra convirtiendo al rival en contenido. Grabar al adversario en un momento de incomodidad, vacilación o ridículo y editarlo con el audio de fondo que está en tendencia en TikTok es el KO técnico contemporáneo.

Quien queda inmortalizado de manera burlona en un meme pierde todo su capital social.Una nueva moda es el Farmear Aura. Bajo esa novedosísima categoría se alude al uso de la corporalidad con actitud, serenidad y aplomo para menospreciar a un rival que intentará lo mismo en su turno.

El duelo consiste entonces en que los rivales hacen movimientos y contorsiones con el cuerpo para disputarse la atención y la simpatía de las masas.

La primera vez que vi algo parecido a Farmear Aura fue en los carnavales de Carúpano del año 87. Mis queridos compadres Camucha y Güicho participaban en un concurso de baile.

Ambos estaban amanecidos y emparrandados. Además de bailar a ritmo diferente y con pasos descoordinados, lo hacían sin tocarse porque estaban bravos.

Los jodedores del pueblo los aplaudieron tanto que, si mi memoria no me falla, hasta un premio de consolación se llevaron.

Más allá de esta anécdota, lo cierto es que la violencia no ha desaparecido, solo ha cambiado de estado. Pasó de ser física y tangible a ser psicológica, estética y reputacional.

Para la juventud actual, la verdadera fuerza ya no consiste en saber dar un buen piñazo, sino en lograr que el rival quede en ridículo ante terceros. 

Claro, como en todo, hay situaciones excepcionales. Cuando Trump bailó en la campaña electoral, no lo hizo porque estaba alegre o para demostrar elasticidad; bailó para decir: «Soy tan rico, tan famoso y tengo la vida tan resuelta que me puedo permitir bailar solo como un abuelo rascao en una boda a las tres de la mañana, y aun así lograr aplausos».

En pocas palabras, estaba farmeando aura ante sus rivales. Años después, Maduro le farmeó aura al imitar sus pasos, pero con un dejo burlón. Trump se sintió retado y no respondió bailando sino a la usanza de mi vieja escuela, a piñazo limpio. ¡Hasta dentro de 15 días!

lunes, 24 de agosto de 2026

 

El arte de simular, por Tulio Ramírez

El arte de simular, por Tulio Ramírez
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Simular es aparentar ser quien no se es o alardear sobre un atributo que no se tiene. Disimular es ocultar quien se es en realidad o hacer invisible un atributo que sí se tiene. La simulación inventa y la disimulación encubre. Ambos comportamientos ameritan una dosis imprescindible de actuación para poder ser convincente.

No todo el que simula o disimula es exitoso. Hay que tener habilidades histriónicas para poder lograr el impacto deseado. Si al simular o disimular la actuación no es impecable, se corre el riesgo de ser descubierto en la mentira y perder toda credibilidad.

No hay que ser un experto en neurolingüística para descubrir al impostor. Basta con observarlo y escucharlo detenidamente. Los gestos delatan, la manera como argumenta también, inclusive basta una pregunta inteligente para desestabilizar el argumento y dejarlo en evidencia.

En una oportunidad observamos la respuesta de una entrevistada visiblemente afectada por la crisis económica. Parada en la puerta de una vivienda precaria, amamantando a un triponcito mientras el otro, sin camisa, se le abraza a una pierna, declara: «en nuestra comunidad estamos eternamente agradecidos con el gobierno revolucionario. Gracias a la sensibilidad de nuestro presidente obrero nos entregan el beneficio de la Bolsa CLAP».

El rostro inexpresivo no refleja emoción alguna y mucho menos agradecimiento. La declaración la hace de corrido y sin pausas, como si estuviera recitando de memoria un fragmento leído pocos minutos antes. Es evidente que el intento por simular alegría es un acto fallido.

El reportero, por cierto, de un medio oficialista, repreguntó: «¿Entonces usted agradece al gobierno nacional por la ayuda recibida?». El pobre trataba de obtener «un sí» más convincente. La joven madre ante la insistencia volteó su rostro a la izquierda con evidente cara de fastidio, respondiendo un «Umju» más inexpresivo todavía.

Por supuesto, el caso del ejemplo no es el más ilustrativo ya que se trata de una simulación forzada o por encargo. Así es muy fácil descubrir el engaño. Difícil es cuando el que simula es un buen actor, o peor aún, cuando se cree su mentira. Una cosa es ser un cobero habilidoso y otra, creerse el personaje.

Cuando la simulación cruza esa frontera, deja de ser una mera técnica de supervivencia criolla a lo Tío Conejo, para convertirse en un fenómeno sociopatológico. A ver, el mentiroso episódico sabe que miente, por lo que mantiene un cable a tierra; el simulador patológico, en cambio, termina devorado por su propio guion. En este último caso se borran los límites entre la verdad y el libreto.

¿A razón de qué viene esta reflexión? Cuando leo los resultados de una encuestadora muy rojita ella, y escucho a su director, me asalta la duda sobre las intenciones del mensaje. El susodicho afirma que el último sondeo de su empresa, el interinato obtuvo un respaldo del 62%.

Esas cifras tienen el mismo efecto que la respuesta de la entrevistada del cuento. Nadie creyó lo que dijo, por la cara que puso cuando lo dijo. Para simular de manera convincente que se es feliz, siendo consciente de que se es infeliz, hay que ser muy buen actor y eso, vamos a estar claros, tiene su mérito. 

Pero patético es creerse que se es feliz a pesar de que la realidad le demuestra a todo el mundo que no lo eres. En el primer caso es intento de engaño al otro; en el segundo, es autoengaño.

Si los supuestos números de aceptación de la gestión interina buscan simular una realidad inexistente, es un intento ingenuo para confundir. Basta con caminar 2 cuadras en cualquier ciudad de Venezuela para descubrir que ese porcentaje genera más dudas que decidir aceptar la invitación a un amanecer gaitero donde correrá la comida y la bebida pero que se llevará a cabo en la terraza de un Pent House con piso de anime y barandas de plastilina.

La verdad, no me preocupa el intento de manipulación porque nadie se lo cree. Son como los llamados a «la reconciliación sincera y con el corazón en la mano» por parte de quienes hasta ayer alardeaban de su poder para decidir sobre la vida y la libertad de los que pensaban diferente.

Lo que realmente me preocupa es que el encuestador crea que esos porcentajes sean ciertos. Espero que no.

martes, 11 de agosto de 2026

 

La Mesa Infinita de Güicho y Camucha, Tulio Ramírez

La Mesa Infinita de Güicho y Camucha, Tulio Ramírez
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Si alguna persona ha convocado a encuentros para resolver diferencias y garantizar la convivencia ha sido el compadre Güicho. Cada vez que se ha presentado una situación de tensión que ha puesto en peligro el matrimonio, propone ipso facto una Mesa de Diálogo para dirimir las profundas diferencias «de forma pacífica y civilizada».

La pobre e «incrédula» Camucha siempre termina deshaciendo las maletas e incorporándose, con el mejor de los ánimos, a las conversaciones. Estas se dan con frecuencia en un terreno neutral. El ambiente de la casa recuerda mucho las peleas, por lo que no es el más adecuado. La sensación de sentirse «acorralado» le impide al compadre hablar en libertad y sin temor a ser cacheteado.

Los ambientes neutrales casi siempre han sido los escenarios para estos diálogos. Sin embargo, eso de la neutralidad ha sido relativo. En una oportunidad instalaron la Mesa en casa de Chencha, la vecina de enfrente. Peor fue el remedio que la enfermedad. La parcialidad de la anfitriona dio al traste con el intento. Güicho dio por terminadas las conversaciones sin lograr acuerdo alguno, quedando además bravo con Chencha.

En otra crisis, Camucha accedió a que se instalara la Mesa en el Lebranche Borracho. No había pasado ni media hora de conversaciones cuando el compadre se levantó intempestivamente para jugar una partida de Truco. Lo habían retado los hermanos Marcano, quienes «por casualidad» estaban en el local. Los Marcano le habían ganado la quincena el sábado pasado. Era una cuestión de honor la revancha.

Lo cierto es que estas Mesas de Diálogo le han servido a Güicho para que Camucha desista de su idea de abandonarlo. Bajo juramentos reiterados de «ahora sí me portaré bien», terminan las negociaciones sin lograrse algo concreto que vaya más allá de las promesas. 

Mientras tanto, entre una Mesa y la siguiente, Güicho normaliza la conducta que ocasionó la Mesa anterior; y Camucha, tan resiliente ella, acaba doblándose para no partirse.

En 20 años, la convivencia entre Camucha y Güicho ha sido una montaña rusa. Por lo menos cada 2 años se presentan desencuentros de alto tenor con las consecuentes amenazas. «Es la última que te tolero, me voy de la casa», «dile a la bicha esa que te lave la ropa, me voy», «te dejo, me voy donde tu mamá, ella sí me trata bien», «la caña va a acabar con tu vida y con la mía, mejor me voy».

Al repasar esos años de idas y venidas, resulta imposible no sentir una ligera brisa de déjà vu geopolítico. La dinámica matrimonial de esta pareja parece calcada, punto por punto, del catálogo de negociaciones entre el gobierno y la oposición venezolana.

Santo Domingo, Oslo, Bridgetown, Barbados o la casa de Chencha, es igual; la locación cambia, los facilitadores rotan, pero la liturgia permanece intacta. Hay una foto inicial con rostros adustos, un comunicado ambiguo firmado sobre un mantel de papel y la promesa solemne de que «esta vez sí habrá voluntad real de acuerdo».

Como en las mesas nacionales, el vagabundo de Güicho ha ido perfeccionando la noble diplomacia de ganar tiempo. Será mi compadre, pero conociéndolo como lo conozco, las ha convocado, no para resolver el conflicto, sino como espacio táctico para enfriar el ambiente doméstico. 

Por su parte, Camucha ha acudido a la cita con una lista interminable de condiciones previas para terminar aceptando un orden del día donde solo se discutirá la mejor hora para servir la cena.

Al igual que el país, Camucha se ha descubierto atascada en un bucle infinito. Güicho sigue administrando la casa a su antojo, la comadre atempera sus demandas, y los mediadores de turno recogen sus carpetas esperando la convocatoria a la próxima Mesa.

Quizás por eso los venezolanos observan esta nueva ronda de negociaciones con un optimismo bastante cauteloso. A diferencia de los vecinos de Güicho y Camucha, a quienes poco les importa si sus pleitos se resuelven o si terminan como otro chiste a contar en reuniones de bar; nosotros sí abogamos porque esta no sea solo una más en esa larga lista de Mesas de Diálogo.

martes, 14 de julio de 2026

 

Recuerdos del 67, por Tulio Ramírez

Recuerdos del 67
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Ha pasado más de una semana y mi cuerpo todavía tiembla. El crujido del doble terremoto del 24 de junio sigue resonando en mis oídos. La sensación de que el techo y paredes se te caen encima, es indescriptible e incomparable con cualquier otra situación límite que haya vivido; y aclaro que viví de cerca el terremoto de 1967.

Apenas contaba con 11 años cuando ese sábado 29 de julio a las 8:00 p.m., me tocó, junto con mi hermano, subir las escaleras para rescatar a mi hermanita menor quien quedó solita en su cuna ya que, ante el movimiento sísmico, salimos del apartamento como una tromba. Cuando íbamos por el piso 2, mi madre gritó desesperada ¡dónde está María Elena! Así nos percatamos que la habíamos dejado en su cuna. El pánico se nos exacerbó.

Subir era ir contra una marea humana enloquecida. Cientos de personas bajaban en tropel, a codazos y empujones. Como un río desbocado, bajaban vecinos en bata de baño, en ropa interior y otros cargando ancianas o arrastrando niños que no podían llevar el ritmo de sus padres. Recuerdo que escuché el eco de los cuerpos rodando por los escalones y el horror de ver que la masa les pasaba por encima. En cada escalón apenas cabían dos personas. 

Contra esa avalancha humana, logramos llegar al apartamento que, afortunadamente, seguía con la puerta abierta. Cargamos a la niña y logramos llegar a salvo al estacionamiento. Pasamos toda la noche en la calle. Al día siguiente nos enteramos de los edificios caídos en Los Palos Grandes y la Guaira y de la cantidad de muertos tapiados bajo los escombros. 

Esto último lo supe de primera mano, ya que nos encontrábamos frente al antiguo cementerio de Petare, lugar donde trasladaron los cadáveres. Vi los cientos de cuerpos rescatados de los escombros, depositados uno a uno frente a la morgue abarrotada. El olor y el silencio de la muerte se instalaron en mi cuadra.

En la tarde del día siguiente, ya nos habían instalado en unas inmensas carpas del ejército, colocadas en un terreno baldío a pocas cuadras de nuestro edificio. Inmediatamente entre el personal militar y los bomberos nos alinearon para una revisión médica rápida y una inyección de algún toxoide. Dividieron los espacios para colocar a cada familia. Nos asignaron camas de campaña y frazadas para cada miembro del grupo familiar. Lo mismo sucedió en zonas como el Parque del Este, el Parque Miranda, Los Chorros y otros lugares.

Con los días, el miedo comenzó a ceder. En medio del desastre, el Estado nos hacía sentir que importábamos, que estábamos a salvo. El suministro de productos enlatados y otros tipos de alimentos no perecederos fue constante. Los niños recibían los llamados cuarticos de leche a diario: y los bebés las fórmulas lácteas necesarias, según cada caso. En esas condiciones pasamos 7 días. Volvieron a nuestros hogares una vez que los bomberos nos autorizaron a regresar. Los ingenieros del Banco Obrero habían hecho las debidas inspecciones.

Por supuesto, lo del 24 de junio, en términos sísmicos, no es comparable con el de 1967. El terremoto del Cuatricentenario fue de 6,5 según la escala de Richter, pero alcanzó los grados VII y VIII (Muy fuerte a Destructivo) en la escala de Mercalli. Las zonas más afectadas fueron Altamira y Los Palos Grandes, y llegó a IX (Ruinoso) en Caraballeda (La Guaira), donde las estructuras sufrieron daños severos y colapsos parciales. 

Es cierto que no podemos comparar la intensidad y magnitud de la tragedia. Sin embargo, hay algo en lo que la diferencia es abismal: la atención a las víctimas y la ayuda oportuna. Lo mismo se evidenció con la vaguada de 1999. La movilización de apoyo a los afectados, el rescate de sobrevivientes y la rápida disposición de los cadáveres es recordada. 

Lo que estoy viendo ahora es insólito y triste a la vez. Mientras en mi memoria de niño quedó grabada la imagen de un ejército que ordenaba, cobijaba y alimentaba con eficiencia; la postal actual es la de familias en La Guaira buscando a los suyos entre el cemento con sus propias manos y con el dolor expuesto a la intemperie.

La verdadera réplica de este terremoto no viene del subsuelo; es el eco de una indolencia institucional que duele tanto o más que el crujido de las paredes cayéndose encima. Cincuenta años de «progreso» con revolución incluida, para terminar, siendo técnicamente más vulnerables y humanamente más huérfanos.

lunes, 29 de junio de 2026

 

El muchacho de mandado, por Tulio Ramírez

El muchacho de mandado
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El término «muchacho de mandado» (o «mandadero») posee en Venezuela una profunda carga histórica, sociológica y lingüística. Ha sido tradicionalmente utilizado en el habla coloquial para referirse a la persona encargada de realizar tareas menores, recados o compras para otros.

En los años 60 en todo barrio caraqueño existían los «muchachos de mandado» o «mandaderos». Por lo general, eran los chicos más pobres, los que no iban a la escuela o que, si iban, tenían que combinar estudio y trabajo para ayudar a la familia.

Estaban a la disposición de los vecinos. Por 2 puyas, una locha o un mediecito (monedas ya desaparecidas), iban raudos y veloces al abasto del Barrio a comprar la manteca que requería doña Guillermina o a llevar a Teresa, la costurera, la blusa que le mandó para arreglar, misia Esther, la esposa del albañil.

Aunque muchos de ellos eran flaquitos por la falta de nutrientes, cargaban las pesadas bolsas de las compras y se echaban al hombro las gaveras de refresco desde el camión a la casa de quien le pagaba, o botaban bolsas de pesadísimos escombros en aquellos procesos de conversión de ranchos de madera y zinc en casas de ladrillo y cemento.

Ellos se ofrecían como ayudantes a bajo costo o para comprar los cigarrillos de los constructores.

Esa figura informal tomó formalidad laboral en las oficinas públicas y privadas desde mediados de los 60. Por supuesto, el nombre transmutó a uno más sofisticado gracias a las empresas gringas que se asentaron en el país. El «Muchacho de Mandado» se convirtió en Office Boy. De la calle pasaron a trabajar en oficinas, con un salario y dentro de una estructura jerárquica laboral organizada.

¿Sus funciones?, llevaban y traían la correspondencia entre las oficinas, compraban el periódico al jefe, llevaban el café de las 3 de la tarde a las secretarias y depositaban en el banco los cheques de la quincena a los ejecutivos medios.

No se les exigía estudios. Con saber leer y medio escribir, podían hacer el trabajo. Recuerdo que por allá por los 70 trabajé como Office Boy en un instituto público. Lo hacía durante las vacaciones del liceo.

Allí conocí al señor Chaparro, otro Office Boy, cuarentón y muy sociable, que ni leía ni escribía, pero no se equivocaba en la entrega de la correspondencia. Memorizaba la instrucción y distribuía los sobres guiándose por la manera en que los ordenaba en los bolsillos del paltó.

Por ejemplo, el memo para Compras lo metía en el bolsillo derecho del paltó; el de Personal, en el izquierdo; la correspondencia para Consultoría Jurídica, en el bolsillo interno del saco; la que iba para Nómina, la llevaba en la mano derecha y en la izquierda la de Contabilidad.

En una oportunidad le sugerí que usara una carpeta y las metiera todas allí. Me confesó que no era buena idea, porque si se le llegaba a caer, se desordenarían todos los papeles. Y luego no sabría cual era cual.

Usó esa técnica, hasta que se jubiló. Por supuesto, aunque el calor reventara, siempre iba a trabajar con el paltó y nunca se lo quitaba.

A mediados de los 90, el cargo adquirió otros nombres. Los llamaban Ejecutivos de Comunicaciones Internas, Coordinador de Enlaces Interdepartamentales o Asistentes de Mensajería Corporativa. Cambiaba el nombre, pero no la función. Muy importante es no confundirlos con los tradicionales motorizados. A diferencia de estos, que andaban en la calle, eran personal interno con derecho a comer en el comedor de la empresa.

Hoy la función pervive por más que se le inventen nombres al cargo. Por supuesto, la presencia del Intranet la hace cada vez menos imprescindibles, pero siempre hará falta quien haga ese papel, por menos exigente que sea.

Más allá del ámbito laboral, la frase «muchacho de mandado» se utiliza frecuentemente en el argot político venezolano de forma peyorativa. De manera sarcástica, se emplea para  calificar a un actor político, funcionario o vocero que no posee poder real de decisión, sino que actúa simplemente como ejecutor o subordinado de las órdenes de un superior jerárquico nacional o extranjero.

Más vale que me detenga aquí. Cualquier lector podría pensar que me estoy refiriendo a alguien en especial. Mejor seguiré los sabios consejos de la comadre Camucha. En una situación como ésta, Camucha diría «hágase el pendejo compadre, que lo están viendo». Hasta dentro de 15 días apreciados lectores.

lunes, 15 de junio de 2026

 

Doctores y «doctores», por Tulio Ramírez

Doctores y "doctores"
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Recuerdo que en mi época juvenil se le llamaba Doctor a todo aquél que hablaba bien y vistiera paltó y corbata. Y no era por una suerte de auto percepción «pordebajista», sino por signo de respeto a quien se comportaba como una persona culta, aunque en realidad no hubiese estudiado absolutamente nada.

Por supuesto, igual trato se le daba a todo el que usaba bata blanca, sea médico, odontólogo, psicólogo, bioanalista o farmaceuta. La condición de salvadores de vida suponía mucho tiempo de estudios, por lo tanto, un respeto especial. Hasta al optometrista de la óptica de la esquina, que no sé por qué usaba bata blanca, también le llamaban Doctor.

Esa era, y sigue siendo, una costumbre generalizada en nuestros países. Se les llama «Doctor», con independencia de si poseían solo el título de pregrado o el título de Doctor. Igual sucedía con los abogados. 

Esto, más que un desliz lingüístico, que indudablemente lo es, es el resultado de la evolución en América Latina de las instituciones coloniales, las Reales y Pontificias Universidades, y la legislación republicana del siglo XIX.

Durante el período colonial, la Corona española fundó en el Nuevo Mundo, universidades bajo el modelo de la Universidad de Salamanca. Con ese referente fueron creadas la Real y Pontificia Universidad de San Marcos en Lima, la de México o la Universidad de Caracas, entre otras. 

En estas universidades, las disciplinas se dividían en facultades menores (Artes, Filosofía) y Facultades Mayores (Teología, Derecho y Medicina). Los que egresaban de las Facultades Mayores completando el ciclo más alto, recibían formalmente el título académico y la borla de Doctor. No era para menos, salvaban vidas, la libertad y el alma.

Con la llegada de las repúblicas independientes en el siglo XIX, las estructuras universitarias se reorganizaron, y surgieron leyes de ejercicio profesional. Por ejemplo, para ejercer la medicina, the derecho y la farmacia de forma legal, el Estado y las universidades exigían la presentación de una tesis pública al finalizar la carrera, otorgándose el grado de «Doctor en Ciencias Médicas», «Doctor en Leyes» o «Doctor en Farmacia y Bioquímica». Un proceso similar ocurrió con la odontología al separarse de la medicina general.

Aunque a mediados del siglo XX las reformas universitarias estandarizaron los títulos de tercer nivel hacia denominaciones más específicas como «Médico Cirujano», «Odontólogo», «Farmacéutico», «Abogado» y «Licenciado», la costumbre de más de un siglo ya había moldeado el lenguaje social. 

Ahora bien, debido a las estructuras fuertemente jerárquicas y estamentales que se impusieron desde la colonia, el común de la gente le asignó al Título de Doctor una connotación no precisamente académica. Se utilizaba como signo de respeto, autoridad y, sobre todo, de distancia social.

Esta historia la cuento para tratar de entender la raíz histórica del significado que se la ha dado a la palabra Doctor fuera de los ámbitos académicos. Este análisis histórico y sociológico me ha permitido comprender la naturaleza del «error» semántico. De igual manera, también me ha servido para entender, por retruque, el interés de algunas personas por hacerse doctores «a juro y cómo sea». 

Esto último no es criticable, todos tienen el derecho a obtener ese grado. Afortunadamente no estamos en la Colonia donde solo los de piel clara, buen apellido y mucho dinero podían aspirarlo. Hoy basta con que prive la vocación académica, el interés por la investigación y los recursos para pagar la matrícula, para iniciar estos estudios de cuarto nivel.

Tampoco es criticable hacerse doctor solo para pavonearse y «chapear» socialmente. Si implicó un esfuerzo intelectual y una Tesis Doctoral rigurosamente hecha y que aporta conocimiento significativo, es totalmente válido y legítimo, aunque se perciba como un interés un tanto vanidoso y arrogante.

Otra cosa muy diferente es obtener el Doctorado sin esfuerzo alguno y eludiendo los rigores y exigencias propias de este tipo de estudios. No me refiero solo a los que se compraron un Título falso (nueva moda en este país), sino a aquéllos que se han inscrito formalmente en algunos programas doctorales que se ajustan a «las necesidades del cliente». 

De acuerdo a denuncias que han salido en los medios, en algunas «universidades» se obtiene este Título en tiempo record y sin exigencias de asistir a clases. En el mejor de los casos, se presentan como Tesis Doctorales, autobiografías, «reflexiones» de 30 páginas o temas de composición sin dibujo sobre lo que hicieron en la última Semana Santa. Por supuesto, mucho más grave es cuando ni siquiera se presentan Tesis.

Esta nueva especie de «doctores», no han hecho ni harán investigación, ni han escrito ni escribirán artículos en revistas académicas. Simulan ser especialistas, engolan la voz para referirse a autores que nunca han leído, imprimen tarjeticas con el PHD pegado al nombre y hasta se les ve fumando pipa; cuando hasta ayer, compraban la Gaceta Hípica y cigarrillos al detal en el Quiosco de la esquina del ministerio.