martes, 3 de noviembre de 2026

 Los retornos en política, por Tulio Ramírez

Si bien no entra dentro de la categoría "retorno al poder", entra en la de "retorno que espanta al poder".

En política ha habido retornos muy sonados. Uno de ellos, el de Napoleón Bonaparte. Tras haber sido derrotado y desterrado a la isla de Elba, logró escapar y huir a Francia. Al llegar, los soldados enviados por el rey Luis XVIII para arrestarlo terminaron uniéndose a él, recuperando el trono sin disparar un tiro.

Días antes, esos mismos soldados aclamaban a su rey, vociferando el eslogan: ¡Leales siempre, traidores nunca!

El caso de Winston Churchill es icónico. A pesar de haber liderado al Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial hasta conseguir la victoria, perdió las elecciones de 1945. Luego de la calentera, persistió y se mantuvo como líder de la oposición durante 6 años.

A los 76 años, retornó como primer ministro tras ganar las elecciones de 1951. A partir de ese episodio, se enseña en las escuelas de politología que cuando un líder longevo dice «ya yo estoy para el retiro a mis cuarteles de invierno, mi interés es el país y no el poder», hay que responderle «sí, Luis, muerde aquí».

Juan Domingo Perón fue otro caso. Derrocado por un golpe militar en 1955, se fue al exilio por casi dos décadas. Su partido fue prohibido. Sin embargo, su influencia política quedó intacta.

Retornó a Argentina en 1973 y ganó la presidencia por tercera vez con un impresionante respaldo popular. Al parecer, la expresión «en política no hay cadáveres y si los hay se mantienen insepultos», se acuñó a partir de ese momento.

En Venezuela, los casos de CAP y Caldera también son un ejemplo de retorno por persistencia. Cada uno volvió al poder, después de haberlo ejercido, y haber recibido fuertes críticas por la gestión.

Siendo candidatos, no tuvieron rival. El lema «abrimos paso a la generación de relevo» fue excluido del léxico de todos los asesores políticos de la época.

También recuerdo aquel 13 de abril de 2002. Después de días confusos, con marchas multitudinarias, emboscadas, francotiradores, cartas de renuncia y autojuramentaciones en Miraflores, el general Baduel, su compañero de armas y compadre, terminó trayendo desde La Orchila al Galáctico de Sabaneta, para instalarlo nuevamente en la silla presidencial.

Se argumentaba que había una carta de renuncia, pero sus simpatizantes manifestaron que fue bajo coacción y así no se vale. Por supuesto, no faltaron los aduladores de siempre.

Pontificaban que «fue un ardid propio de su genialidad militar, porque engañó a todos con esa carta».

Los más jaletis dejaban en claro que no hubo ningún tipo de debilidad en el valiente comandante. Afirmaban que «no había llorado en la sotana de monseñor Baltazar Porras, que lo que hizo fue hipear y hacer pucheros, lo cual no aplica como llanto». 

Finalmente, volvió al poder con un Cristo en la mano. Juró en cadena nacional que gobernaría de manera diferente y convocaría a todos a un gobierno de reconciliación nacional. De allí se popularizó el dicho «mientras más me lo juras, menos te creo».

Estos recuerdos los traigo a colación en virtud que hace unos días hubo otro retorno que impactó y sigue, al día de hoy, impactando a los venezolanos.

Si bien no entra dentro de la categoría «retorno al poder», entra en la de «retorno que espanta al poder».

Pero, más allá de lo espectacular de su aparición en público, lo que más me impresionó fueron las reacciones de los dirigentes del gobierno interino y líderes del partido de gobierno.

Las declaraciones intentaron minimizar y restarle importancia a lo que evidentemente era la noticia del momento. Se calificó de «show» tal arribo, ya que «ella podía entrar al país cuando quisiera y como quisiera».

Fue muy curiosa esta declaración viniendo de quienes la amenazaban con apresarla una vez que pusiera un pie en el territorio nacional. Pues, al final llegó y en vez de capturarla como lo habían prometido, se hicieron los musiús y montaron una tarima en Valencia para hacer su propio show.

Esto me hizo recordar aquel video que circula por TikTok donde un envalentonado perrito chiquito y delgadito gruñe desafiante a un rottweiler cinco veces más grande que él.

La razón de tal arrojo se debe a que el perro grande e intimidante está del otro lado separado por una ventana de vidrio.

El asunto es que cuando se abre la ventana, el perrito bullero y alzado pela los ojos como un par de huevos fritos y se tira al piso, haciéndose el musiú.

Me vino a la mente aquel dicho de nuestro llano que reza: «una cosa es mentar al tigre y otra, tenerlo al lado».

Por cierto, del otro no hablo, porque todo apunta a que ese, definitivamente, no retornará.

jueves, 8 de octubre de 2026

 Algo no cuadra, por Tulio Ramírez

Aunque a algunos les parezca mentira, en Venezuela hubo una época en que ser Bachiller era sinónimo de persona culta, estudiada y talentosa. Y no me refiero solo a la época en la cual los bachilleres ocupaban cargos importantes como Secretarios de los Presidentes Municipales o Administradores de la Hacienda Pública en los estados. Alguien […]

Aunque a algunos les parezca mentira, en Venezuela hubo una época en que ser Bachiller era sinónimo de persona culta, estudiada y talentosa. Y no me refiero solo a la época en la cual los bachilleres ocupaban cargos importantes como Secretarios de los Presidentes Municipales o Administradores de la Hacienda Pública en los estados.

Alguien podría argumentar que esos Bachilleres eran los tuertos en el país de los ciegos. El analfabetismo en la Venezuela del siglo XIX era una enfermedad endémica. Quizás en las grandes capitales de estado podían encontrarse más jóvenes que habían culminado la educación secundaria, pero igual, no había como para tirar para el techo. Eran un avis rara.

Pero no quiero hacer un ejercicio de historiografía al rememorar esas épocas lejanas. Más bien me voy a referir a la Venezuela de mediados del Siglo XX. De seguro muchos de mis pocos lectores fueron testigos-protagonistas de lo que aludiré en este artículo.

En esa Venezuela de los 60 y los 70 del pasado siglo, gracias a la política de construcción masiva de escuelas y liceos después de la caída del ante/ante/penúltimo Dictador, encontrar un bachiller era tan fácil como comprar una empanada de cazón (con relleno de raya) en cualquier tarantín playero.

Soy bachiller de esa época. Fui el primero de mi familia en llegar tan lejos. Estudié en un liceo público con doble turno. Usé pantalón y camisa de caqui, además de la bata para entrar al laboratorio de Biología y Química. Quienes nos enseñaban iban de punta en blanco. Los profesores con paltó y corbata, menos el de Educación física, por supuesto; y las profesoras, de peluquería y entaconadas.

No sé si todos eran graduados, pero las demostraciones de dominio del contenido y actuación pedagógica, así lo sugerían. Eran exigentes y estrictos, muy alejados del «pobresitismo» y del «te lo dejo pasar esta vez». Su problema no era hacerse popular entre los estudiantes para ser electo padrino de promoción.

«Disparaban primero y averiguaban después»; me explico, corregían y calificaban, sin indagar «las circunstancias personales que afectaron tu rendimiento en el examen». Mucha disciplina y demanda cognitiva hacían posible que se lograse una nota aprobatoria decente. Recuerdo que, para etiquetar a un alumno como excelente, argumentaban «es un alumno brillante, de 17 puntos».

No todos lograban hacerse bachilleres con tan alto promedio. Un bachiller aventajado podía haberse graduado con promedios de 15 o 16, los de 17 para arriba eran muy pocos. Los promedios de 20 puntos literalmente, no existía.

En una oportunidad el profesor y amigo, Amalio Sarco Lira, en sus años mozos ex coordinador del proceso de admisión de la OPSU, me comentó que, en 20 años en ese organismo, solo había visto un promedio de 20 puntos en línea logrado por un estudiante de un Liceo público de Cumaná. Un geniecito, pues.

En lo a mí respecta termine mi bachillerato con promedio de 16 coma tantos, y era considerado por mis condiscípulos como un estudiante «aventajado e inteligente». Eran otros tiempos, donde, por cierto, los estudiantes repetían y no pasaba nada. Reparaban, aprobaban y continuaban hasta graduarse. Superar los benditos polinomios en tercer año no era cosa de coser y cantar.

Hoy, me entero que 423 bachilleres se graduaron con promedio de 20 puntos. Eso significa que en todas las asignaturas cursadas en los 5 años del bachillerato (unas 48), obtuvieron la máxima calificación. Es como si un pitcher de grandes ligas, en sus 18 salidas de la temporada, lanzara no hit no run en todos los juegos.

Para un recién llegado, la conclusión sería muy fácil, los promedios de 17 de mi época frente a los abundantes promedios de 20 puntos de hoy, informarían sobre un avance gigantesco en materia de calidad en la enseñanza y en los aprendizajes. Dicho con otras palabras, mi humilde 16 coma tanto se vería hasta mediocre frente a las lumbreras de hoy.

Pero la cosa no queda allí. Resulta que son tantos los altísimos promedios (de 18 en adelante), que miles de bachilleres con esas altas calificaciones, que no lograron entrar a las carreras de su preferencia. ¿La razón?, tener por delante a otros miles de bachilleres con promedios más altos.

Otros países seguramente nos ven con envidia, jactarse de tener más bachilleres lumbreras que cupos universitarios disponibles, es un lujo que pocos se pueden dar.

Pero, algo no me cuadra. Los resultados del Sistema de Evaluación en Línea de la UCAB (Sedcel) para 2024 y 2025 han informado más del 80% de los casos de una muestra de casi 11 mil estudiantes de 3er año de bachillerato, obtuvo calificaciones en Matemática están por debajo de 08 puntos. Es decir, están raspados. 

Por otra parte, la Secretaría de la UCV informa que un 80% de los participantes en la prueba Simadi para ingresar a esa casa de estudios, obtuvo una calificación menor a 10 puntos en las pruebas de Matemática y Comprensión Lectora. Para rematar, esta misma Secretaría ha informado que el nivel de abandono por bajo rendimiento durante los 3 primeros semestres de las carreras, es alarmante.

Con estos datos, creo que prefiero el modesto 16 coma tanto de mi época, a los deslumbrantes 20 en línea, de hoy en día.

lunes, 21 de septiembre de 2026

 

De Fauda a la Rochela o el espionaje en tiempos de revolución, por Tulio Ramírez

De Fauda a la Rochela o el espionaje en tiempos de revolución
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Cuando vemos una película «basada en hechos reales», el interés adquiere un carácter distinto a si la película es de ciencia ficción o de guion nacido de la pura arbitrariedad del escritor. En el caso de la ciencia ficción, la curiosidad se va por los lados de la producción más que por el argumento.

Por ejemplo, en Star Wars o Terminator el espectador no anda pendiente de la lógica intrincada de la trama, sino de los efectos especiales del futuro y de la rareza fenotípica de las especies que conviven en la galaxia.

El esfuerzo mental se centraba siempre en tratar de entender la física cuántica de la teletransportación al pasado o a otras galaxias en cuestión de segundos. El enredo de la historia lo entendíamos después de verla unos 5 veces.

Es otro cantar cuando se trata de películas de espías, artes marciales, comedias y las culebras de amor. Son absolutamente predecibles. Todos sabemos cómo termina la trama.

Al protagonista no lo van a dejar tirado en medio de la calle y la muchacha jamás se va a quedar con el viejo millonario con diente de oro y hediondo a aguardiente. No hay sorpresas.

También varía la producción dependiendo donde la hayan realizado. En el cine capitalista nos advierten con un modesto descargo, «Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia», lo que equivale a avisarnos que nos van a meter una coba de alto presupuesto.

Y cuando es «basada en hechos reales», añaden: «Algunas situaciones fueron alteradas para efectos de dramatización». Es la misma coba, pero lanzada a medio brazo. 

En el caso de los países comunistas se advierte de entrada que lo proyectado es «la verdad llevada a la pantalla, porque la verdad nos hará libres». Esa es la forma gelatinosa de decir, «la verdad que verá a continuación fue construida según los dictados del partido».

¿A qué viene todo este cuento? Pues, he estado viendo últimamente la serie Fauda («caos», en árabe). Es un thriller israelí sobre el conflicto en Oriente Medio desde una perspectiva de espionaje y suspenso psicológico.

La trama tiene como personaje central a Doron Kavillio, un agente encubierto de la unidad Mista’arvim, quien vuelve al ruedo al enterarse que el líder terrorista de Hamas, que creía haber eliminado, sigue vivito y coleando (perdón, matando).

Para capturarlo, se integra a su antiguo equipo y se infiltran en territorio enemigo hablando árabe, vistiendo como los locales y viviendo años de incógnito.

Lo interesante de este relato (con evidente sesgo pro-israelí, como era de esperarse) es comprobar que una guerra de infiltración no se improvisa. Requiere adiestramiento psicológico, paciencia y dominio lingüístico. Hasta para engañar como todo un profesional hay que estudiar muy bien al enemigo.

Con Fauda, uno entiende que la inteligencia terrorista al igual que la antiterrorista requiere de una maestría casi científica en el arte del disimulo.

Cualquier observador escéptico diría que semejante nivel de sofisticación y engaño solo ocurre en los libretos de Hollywood o Tel Aviv. 

De verdad parece inverosímil como se echa mano de la tecnología, la ciencia, la psicología, la sociología, la antropología, el arte de la guerra y las artes escénicas para llevar a la práctica las estrategias milenarias de Sun Tsu.

Pero con todo y que se trata de una película y no de un documental, la realidad real no está muy lejos de lo mostrado en esta serie. Y un ejemplo, muy ramplón el, es verdad, pero ejemplo al fin, es lo que ha venido pasando en la política criolla.

En revolución hemos sido capaces de superar la ficción sin despeinarnos. Voy de cuento. 

Aquí tuvimos a un ciudadano extranjero que, con bastante maña y una cédula falsa sacada en un centro de copiado de la avenida Baralt, logró engañar (supuestamente) a los servicios de inteligencia más tacamajaca del mundo mundial. Este paisa con el arte del engaño y esa cédula plastificada con celotex, logró que lo nombraran diplomático, ministro, proveedor estrella del guiso alimentario nacional y hasta Héroe con derecho a un nicho en el Panteón Nacional.

Lo más cómico del asunto es que quienes por años se alborotaban el copete vociferando al mundo que «la causa de este ciudadano venezolano en favor del país estaba impregnada de un gran patriotismo y compromiso con los más necesitados», terminaron chillando porque fueron «engañados por ese señor extranjero que se hacía pasar por venezolano». 

Daba pena ajena ver a esos que alardeaban ser los mascalacachimba en eso del control, vigilancia y contrainteligencia, decirle al mundo que «los habían engañado» con un a cédula chimba.

Ni los guionistas más audaces de Fauda se habrían atrevido a escribir tan disparatada historia, por temor a dejar en ridículo a personajes tan serios y bien logrados, como los que representan a los combatientes israelíes y palestinos. 

Pero el sainete no termina allí. Resulta que ese sujeto, que escaló altas posiciones con una cédula más falsa que promesa de borracho pidiendo fiao, acaba de declararse culpable de los delitos que fueron catalogados en su momento como «graves calumnias» por quienes hoy hacen pucheros por haber sido «engañados».

Sí mi amigo lector, me refiero a esos mismos que hasta hace poco metían la mano en fuego por su «honestidad revolucionaria a toda prueba». Definitivamente, esto es tan risible que dudo que dé para una película, pero sí para un sketch de Radio Rochela. ¡Nos vemos!

lunes, 7 de septiembre de 2026

 

Farmear Aura, por Tulio Ramírez

Farmear Aura
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Con mucha vergüenza debo confesar que, en mis tiempos de chamo y temprana adolescencia, las diferencias con mis contemporáneos las resolvíamos a pescozones. Era una época en la que al parecer no había otra alternativa ante la afrenta. El «te espero en la salida» era la alarma que activaba a toda la escuela.

En esa época, en las escuelas públicas de las barriadas caraqueñas, el tema de la «resolución pacífica de los conflictos», o «la mediación y los buenos oficios», eran extrañas expresiones que ni siquiera se escuchaban en las películas El Zorro, Bonanza o Perdidos en el Espacio.

Si alguno de los compañeros era testigo de la amenaza, corría la voz, y en menos de 3 minutos, toda la escuela estaba al tanto del duelo o «peguita», como se decía entonces.

Toda la muchachada esperaba ansiosamente el sonido del último timbre. Salíamos en tropel a agarrar puesto de primera fila. La cancha de bolas ubicada frente al abasto del portugués Armando era el ring improvisado para dirimir las diferencias.

De seguro había muchos retadores que se arrepentían o retados renuentes al enfrentamiento, pero con el solo anuncio de la inminente trifulca ya la suerte estaba echada.

Al final, la mayoría echaba pa´lante porque resultaba menos oneroso salir derrotado en la refriega que desistir de ella.

Si te negabas a pelear, te convertías en la pera de boxeo de toda la escuela y, lo peor, botabas por la ventana toda posibilidad de conquistar a Normita, la bellezura de 4to grado.

Afortunadamente, los tiempos han cambiado. Ya no se ven tantas peleas en las salidas de las escuelas. Ahora las diferencias se dirimen de otra manera. De la pelea física y binaria se pasó a otras modalidades.

Por ejemplo, ahora tenemos la Batalla del Relato por el grupo de Chat. Las diferencias se resuelven mediante la filtración calculada de capturas de pantalla (screenshots), notas de voz fuera de contexto o stickers personalizados.

El objetivo no es lastimar el cuerpo del adversario, sino destruir su narrativa y dejarlo sin argumentos ante el grupo.

Otra modalidad es la invisibilización. Un «dejar de seguir» (unfollow), retirar de la lista o silenciar en redes es el equivalente moderno a darle la espalda a alguien en el patio.

Quien es bloqueado pierde visibilidad y, por ende, posición dentro del grupo.

Si la disputa escala de nivel, la victoria definitiva se logra convirtiendo al rival en contenido. Grabar al adversario en un momento de incomodidad, vacilación o ridículo y editarlo con el audio de fondo que está en tendencia en TikTok es el KO técnico contemporáneo.

Quien queda inmortalizado de manera burlona en un meme pierde todo su capital social.Una nueva moda es el Farmear Aura. Bajo esa novedosísima categoría se alude al uso de la corporalidad con actitud, serenidad y aplomo para menospreciar a un rival que intentará lo mismo en su turno.

El duelo consiste entonces en que los rivales hacen movimientos y contorsiones con el cuerpo para disputarse la atención y la simpatía de las masas.

La primera vez que vi algo parecido a Farmear Aura fue en los carnavales de Carúpano del año 87. Mis queridos compadres Camucha y Güicho participaban en un concurso de baile.

Ambos estaban amanecidos y emparrandados. Además de bailar a ritmo diferente y con pasos descoordinados, lo hacían sin tocarse porque estaban bravos.

Los jodedores del pueblo los aplaudieron tanto que, si mi memoria no me falla, hasta un premio de consolación se llevaron.

Más allá de esta anécdota, lo cierto es que la violencia no ha desaparecido, solo ha cambiado de estado. Pasó de ser física y tangible a ser psicológica, estética y reputacional.

Para la juventud actual, la verdadera fuerza ya no consiste en saber dar un buen piñazo, sino en lograr que el rival quede en ridículo ante terceros. 

Claro, como en todo, hay situaciones excepcionales. Cuando Trump bailó en la campaña electoral, no lo hizo porque estaba alegre o para demostrar elasticidad; bailó para decir: «Soy tan rico, tan famoso y tengo la vida tan resuelta que me puedo permitir bailar solo como un abuelo rascao en una boda a las tres de la mañana, y aun así lograr aplausos».

En pocas palabras, estaba farmeando aura ante sus rivales. Años después, Maduro le farmeó aura al imitar sus pasos, pero con un dejo burlón. Trump se sintió retado y no respondió bailando sino a la usanza de mi vieja escuela, a piñazo limpio. ¡Hasta dentro de 15 días!

lunes, 24 de agosto de 2026

 

El arte de simular, por Tulio Ramírez

El arte de simular, por Tulio Ramírez
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Simular es aparentar ser quien no se es o alardear sobre un atributo que no se tiene. Disimular es ocultar quien se es en realidad o hacer invisible un atributo que sí se tiene. La simulación inventa y la disimulación encubre. Ambos comportamientos ameritan una dosis imprescindible de actuación para poder ser convincente.

No todo el que simula o disimula es exitoso. Hay que tener habilidades histriónicas para poder lograr el impacto deseado. Si al simular o disimular la actuación no es impecable, se corre el riesgo de ser descubierto en la mentira y perder toda credibilidad.

No hay que ser un experto en neurolingüística para descubrir al impostor. Basta con observarlo y escucharlo detenidamente. Los gestos delatan, la manera como argumenta también, inclusive basta una pregunta inteligente para desestabilizar el argumento y dejarlo en evidencia.

En una oportunidad observamos la respuesta de una entrevistada visiblemente afectada por la crisis económica. Parada en la puerta de una vivienda precaria, amamantando a un triponcito mientras el otro, sin camisa, se le abraza a una pierna, declara: «en nuestra comunidad estamos eternamente agradecidos con el gobierno revolucionario. Gracias a la sensibilidad de nuestro presidente obrero nos entregan el beneficio de la Bolsa CLAP».

El rostro inexpresivo no refleja emoción alguna y mucho menos agradecimiento. La declaración la hace de corrido y sin pausas, como si estuviera recitando de memoria un fragmento leído pocos minutos antes. Es evidente que el intento por simular alegría es un acto fallido.

El reportero, por cierto, de un medio oficialista, repreguntó: «¿Entonces usted agradece al gobierno nacional por la ayuda recibida?». El pobre trataba de obtener «un sí» más convincente. La joven madre ante la insistencia volteó su rostro a la izquierda con evidente cara de fastidio, respondiendo un «Umju» más inexpresivo todavía.

Por supuesto, el caso del ejemplo no es el más ilustrativo ya que se trata de una simulación forzada o por encargo. Así es muy fácil descubrir el engaño. Difícil es cuando el que simula es un buen actor, o peor aún, cuando se cree su mentira. Una cosa es ser un cobero habilidoso y otra, creerse el personaje.

Cuando la simulación cruza esa frontera, deja de ser una mera técnica de supervivencia criolla a lo Tío Conejo, para convertirse en un fenómeno sociopatológico. A ver, el mentiroso episódico sabe que miente, por lo que mantiene un cable a tierra; el simulador patológico, en cambio, termina devorado por su propio guion. En este último caso se borran los límites entre la verdad y el libreto.

¿A razón de qué viene esta reflexión? Cuando leo los resultados de una encuestadora muy rojita ella, y escucho a su director, me asalta la duda sobre las intenciones del mensaje. El susodicho afirma que el último sondeo de su empresa, el interinato obtuvo un respaldo del 62%.

Esas cifras tienen el mismo efecto que la respuesta de la entrevistada del cuento. Nadie creyó lo que dijo, por la cara que puso cuando lo dijo. Para simular de manera convincente que se es feliz, siendo consciente de que se es infeliz, hay que ser muy buen actor y eso, vamos a estar claros, tiene su mérito. 

Pero patético es creerse que se es feliz a pesar de que la realidad le demuestra a todo el mundo que no lo eres. En el primer caso es intento de engaño al otro; en el segundo, es autoengaño.

Si los supuestos números de aceptación de la gestión interina buscan simular una realidad inexistente, es un intento ingenuo para confundir. Basta con caminar 2 cuadras en cualquier ciudad de Venezuela para descubrir que ese porcentaje genera más dudas que decidir aceptar la invitación a un amanecer gaitero donde correrá la comida y la bebida pero que se llevará a cabo en la terraza de un Pent House con piso de anime y barandas de plastilina.

La verdad, no me preocupa el intento de manipulación porque nadie se lo cree. Son como los llamados a «la reconciliación sincera y con el corazón en la mano» por parte de quienes hasta ayer alardeaban de su poder para decidir sobre la vida y la libertad de los que pensaban diferente.

Lo que realmente me preocupa es que el encuestador crea que esos porcentajes sean ciertos. Espero que no.

martes, 11 de agosto de 2026

 

La Mesa Infinita de Güicho y Camucha, Tulio Ramírez

La Mesa Infinita de Güicho y Camucha, Tulio Ramírez
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Si alguna persona ha convocado a encuentros para resolver diferencias y garantizar la convivencia ha sido el compadre Güicho. Cada vez que se ha presentado una situación de tensión que ha puesto en peligro el matrimonio, propone ipso facto una Mesa de Diálogo para dirimir las profundas diferencias «de forma pacífica y civilizada».

La pobre e «incrédula» Camucha siempre termina deshaciendo las maletas e incorporándose, con el mejor de los ánimos, a las conversaciones. Estas se dan con frecuencia en un terreno neutral. El ambiente de la casa recuerda mucho las peleas, por lo que no es el más adecuado. La sensación de sentirse «acorralado» le impide al compadre hablar en libertad y sin temor a ser cacheteado.

Los ambientes neutrales casi siempre han sido los escenarios para estos diálogos. Sin embargo, eso de la neutralidad ha sido relativo. En una oportunidad instalaron la Mesa en casa de Chencha, la vecina de enfrente. Peor fue el remedio que la enfermedad. La parcialidad de la anfitriona dio al traste con el intento. Güicho dio por terminadas las conversaciones sin lograr acuerdo alguno, quedando además bravo con Chencha.

En otra crisis, Camucha accedió a que se instalara la Mesa en el Lebranche Borracho. No había pasado ni media hora de conversaciones cuando el compadre se levantó intempestivamente para jugar una partida de Truco. Lo habían retado los hermanos Marcano, quienes «por casualidad» estaban en el local. Los Marcano le habían ganado la quincena el sábado pasado. Era una cuestión de honor la revancha.

Lo cierto es que estas Mesas de Diálogo le han servido a Güicho para que Camucha desista de su idea de abandonarlo. Bajo juramentos reiterados de «ahora sí me portaré bien», terminan las negociaciones sin lograrse algo concreto que vaya más allá de las promesas. 

Mientras tanto, entre una Mesa y la siguiente, Güicho normaliza la conducta que ocasionó la Mesa anterior; y Camucha, tan resiliente ella, acaba doblándose para no partirse.

En 20 años, la convivencia entre Camucha y Güicho ha sido una montaña rusa. Por lo menos cada 2 años se presentan desencuentros de alto tenor con las consecuentes amenazas. «Es la última que te tolero, me voy de la casa», «dile a la bicha esa que te lave la ropa, me voy», «te dejo, me voy donde tu mamá, ella sí me trata bien», «la caña va a acabar con tu vida y con la mía, mejor me voy».

Al repasar esos años de idas y venidas, resulta imposible no sentir una ligera brisa de déjà vu geopolítico. La dinámica matrimonial de esta pareja parece calcada, punto por punto, del catálogo de negociaciones entre el gobierno y la oposición venezolana.

Santo Domingo, Oslo, Bridgetown, Barbados o la casa de Chencha, es igual; la locación cambia, los facilitadores rotan, pero la liturgia permanece intacta. Hay una foto inicial con rostros adustos, un comunicado ambiguo firmado sobre un mantel de papel y la promesa solemne de que «esta vez sí habrá voluntad real de acuerdo».

Como en las mesas nacionales, el vagabundo de Güicho ha ido perfeccionando la noble diplomacia de ganar tiempo. Será mi compadre, pero conociéndolo como lo conozco, las ha convocado, no para resolver el conflicto, sino como espacio táctico para enfriar el ambiente doméstico. 

Por su parte, Camucha ha acudido a la cita con una lista interminable de condiciones previas para terminar aceptando un orden del día donde solo se discutirá la mejor hora para servir la cena.

Al igual que el país, Camucha se ha descubierto atascada en un bucle infinito. Güicho sigue administrando la casa a su antojo, la comadre atempera sus demandas, y los mediadores de turno recogen sus carpetas esperando la convocatoria a la próxima Mesa.

Quizás por eso los venezolanos observan esta nueva ronda de negociaciones con un optimismo bastante cauteloso. A diferencia de los vecinos de Güicho y Camucha, a quienes poco les importa si sus pleitos se resuelven o si terminan como otro chiste a contar en reuniones de bar; nosotros sí abogamos porque esta no sea solo una más en esa larga lista de Mesas de Diálogo.