Juraron que se dejaron “deso”, por Tulio Ramírez
Recientemente hemos tenido muchos motivos para celebrar, aunque también muchos motivos para mantener una cautelosa y reservada expectativa frente a los acontecimientos. Por ejemplo, la gente celebró encapillado lo del 3 de enero.
En la calle nos hacíamos los paisas, nadie comentaba y fingíamos demencia, pero en la casa, brindábamos hasta con el agua del florero si no había más nada a la mano.
La Ley de Amnistía nos dio motivos tempranos para alegrarnos. Pero al poco tiempo generó sentimientos encontrados. La liberación de muchos presos políticos dio un aire diferente. Se vio como un paso decidido a la transición, pero ahora nos preguntamos si no fue más que una estratagema para continuar el control por otras vías.
Por supuesto, no deja de alegrarnos por los que han sido puestos en libertad, pero observamos con tristeza como aún mantienen a inocentes tras las rejas.
El triunfo del Clásico Mundial nos llenó de gozo y orgullo. Por varios días nuestra selección acaparó la atención de la Venezuela beisbolera. Frente al televisor, corríamos junto a Acuña para darle ánimos, ligábamos el batazo de García y avisábamos a gritos a Arraez, cuando le lanzarían curva o bola pegada.

Estábamos más pendientes de los posibles line up que presentaría Omar López, que de la cotización del dólar BCV. Al día siguiente vino la desazón cuando nos enteramos que ganábamos menos dólares que hacia una semana atrás.
En esta tierra somos así. Tenemos cierta plasticidad emocional en nuestra configuración antropológica. Somos capaces de convertir un velorio en un ameno encuentro de amigos, sin que eso menoscabe nuestra honra al difunto. Etiquetamos con graciosos sobrenombres a nuestras panas como expresión de cariño y camaradería.
Nos solidarizamos siempre con el más débil por nuestro espíritu justiciero y protector. Pero nos desinflamos anímicamente cuando alguien muy querido nos decepciona.
Los episodios arriba comentados han sido motivo suficiente para salir a la calle a celebrar como en otrora lo hacíamos. Sin embargo, las calles se vieron vacías. Ni siquiera el Decreto de Día no laborable para celebrar el triunfo beisbolero, fue suficiente para vociferar nuestra alegría en la calle.
No es que estemos bravos por el triunfo de nuestros compatriotas. Es que la sensación de celebrar por «orden del gobierno» generó rechazo y repulsión. En cambio, en Miami, y sin ningún decreto, los venezolanos celebraron eufóricos en las calles.
Y hablando de columpios emocionales, la gran mayoría de los venezolanos que vieron con buenos ojos la renovación en los cargos de fiscal general y defensor del pueblo, hoy tragan grueso porque olfatean una nueva burla.
A pesar de las altas expectativas generadas por la postulación de venezolanos de altos kilates académicos e intachable conducta ciudadana, una mirada maliciosa a la lista de postulantes alerta no solo sobre los numerosos bates quebraos que se anotaron, sino también sobre algunos personajes que son muy conocidos por incumplir, flagrantemente, los requisitos para ocupar tales cargos.
Sobre los primeros no me preocupo tanto. Todos tienen derecho a sus 5 minutos de fama para luego pasar al olvido. Son los espontáneos de siempre. Como toreros aprendices, se lanzan al ruedo para provocar la foto de la primera página del diario local. Esos son los menos peligrosos, solo abultan la escenografía.
Pero hay otros que, francamente, parecen que se incluyeron con el claro propósito de generar una reacción pública de desesperanza, ante la reiteración de prácticas basadas en el principio «hacemos lo que nos da la gana, ¿y qué?», que impuso en nuestra cultura política el prócer de Sabaneta.
La historia reciente nos ha enseñado que en revolución lo más prudente es ser cauteloso y no contar los pollos antes de nacer, porque si nos descuidamos podríamos quedar sin la madre emplumada y sin los pollitos.
Así entonces, lo que parecía una fácil y predecible escogencia por lo granado de algunos postulantes, se podría convertir, de la noche a la mañana, en una posible crónica de una muerte anunciada.
Mi comadre Camucha, a quien Güicho por su propio bien, la debe tener en la gloria y con mucha comida en la nevera, me envía un WhatsApp lleno de sabiduría carupanera con el siguiente texto:
«Mire mi compay, eso es igual que designar a Drácula, presidente del Banco de Sangre; o a Epstein, director de un colegio de niñas, argumentando que ambos tienen una gran experiencia en la materia y que, además no representan ningún peligro, porque juraron por este puñado de cruces, que ellos ya se dejaron deso». Amanecerá y veremos, dijo un ciego.




