lunes, 9 de febrero de 2026

 

Las cosas como que están cambiando, por Tulio Ramírez

Las cosas como que están cambiando
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Acompañé el pasado 2 de febrero a los decanos de las Facultades de Ciencias Políticas y Jurídicas de la UCV, la LUZ y ULA, así como al secretario de la Universidad de Carabobo, quienes se citaron en el TSJ para consignar ante ese máximo tribunal, una demanda contra el Ejecutivo nacional por incumplimiento del artículo 91 constitucional, referido a la obligación de revisar periódicamente los montos del salario de los trabajadores. 

Junto a estas autoridades universitarias, se encontraban personalidades del mundo gremial como la presidente de la Federación Venezolana de Maestros, la presidente del Colegio de Enfermeras del Distrito Capital, el presidente de la Asociación de Profesores de la UCV, así como otros representantes de diversos sindicatos y agrupaciones gremiales. Con ellos también asistieron una centena de profesores universitarios quienes se solidarizaron con tal petición.

Sobre la justeza de esta acción no quiero profundizar. Todos, y los incluyo a ellos, sufrimos las penurias asociadas a recibir un salario que no alcanza ni siquiera para sobrevivir.

Con los sueldos previstos en el instructivo Onapre, el cual, de acuerdo al mismo TSJ, es tan inexistente como los presos políticos o los guardaespaldas cubanos, nos convertimos de la noche a la mañana en uno de los países con los más altos niveles de pobreza en el mundo.

Quizás algún camarada diga que mi «sesgo ideológico de ultraderecha, contrarrevolucionario y fascista» me impide ver la realidad objetivamente. Le diría sin ningún empacho que está en lo cierto. Decir que «todos somos pobres» es como exagerado.

Cómo olvidar la cantidad de honestos trabajadores que con sus sueldos de funcionarios públicos, han logrado importar autos Ferrari, viajar por el mundo, celebrar cumpleaños en Dubái y hasta tener una mansión vacacional en Punta Cana. Ante ese argumento seguramente replicará: «el problema es que ustedes no se saben administrar». 

Siempre resulta difícil intercambiar puntos de vista con quienes no están dispuestos a ver lo que no está oculto. En alguna parte leí que la diferencia entre los que practican la fe religiosa y los que practican la fe socialista, consiste en que los primeros creen en algo que no ven, mientras que los segundos se niegan a creer en algo que todo el mundo ve.

Pero no es ese el tema que inspiró esta nota. La idea original es comentar algunos hechos curiosos que noté mientras acompañaba a los decanos. En primer lugar, al llegar me sorprendió una muy nutrida marcha de empleados públicos con franelas nuevecitas y recién entregadas, exigiendo el retorno del que te conté.

Esa marcha, «coincidencialmente» se organizó para el mismo día de la entrega de la demanda. Uno de los marchistas nos dijo que fueron convocados, con carácter de urgencia, la noche anterior. Las instrucciones eran marchar para solicitar una fulana «constituyente de los trabajadores bolivarianos», todos debían tener a la vista el gafete con el distintivo de la dependencia pública donde trabajan.

Las consignas eran inaudibles debido al altísimo volumen que salía de un equipo de sonido montado en un camión de festejos, con el que reproducían canciones alusivas al que se llevaron. El ruido impedía saber si, al igual que nosotros, los marchistas pedían aumento de salarios o, para llevarnos la contraria, pedían su disminución. Me quedé con la duda.

Por cierto, liderizaba la marcha ministerial, nada más y nada menos que el ministro del Trabajo, es decir, el patrono. Pero lo verdaderamente llamativo fue que, una vez llegado al sitio de concentración, se escabulló a la vista de todos en su camioneta oficial, dejando a los marchistas debajo de una pepa de sol y en hora de almuerzo, sin almuerzo. 

Lo sorprendente es que, así como llegaban, se retiraban en tropel. Eso no lo había visto antes. Otra cosa que me dejó patitieso fue la actitud de los funcionarios policiales. Al llegar la marcha ministerial, se apostaron donde nos encontrábamos los universitarios e hicieron una suerte de cadena protectora que impedía el contacto con los funcionarios públicos. Eso tampoco lo había visto. 

Merece un comentario aparte el comportamiento de la gran mayoría de los marchistas. Sus caras no reflejaban confrontación ni se mostraron desafiantes. No hubo las consabidas provocaciones ni gestos retadores. Más bien eran rostros de trámite administrativo.

Si excluimos a los muy pocos que gritaban consignas ininteligibles, la gran mayoría caminaba en silencio, fijando su mirada más en el reloj, que en nosotros. Definitivamente, pareciera que las cosas como que están cambiando.

Tulio Ramírez es abogado, sociólogo y Doctor en Educación. Director del Doctorado en Educación UCAB. Profesor en UCAB, UCV y UPEL.

martes, 27 de enero de 2026

 

¿Carnaval en enero?, por Tulio Ramírez

¿Carnaval en enero?
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El carnaval es una de las festividades más complejas del mundo. Una de las razones es porque no está claro cuál es su punto de origen.

Ello es el resultado de la mezcla de tradiciones milenarias. Sin embargo, aunque no hay una fecha exacta, se pueden identificar tres etapas claves en su formación. Veamos.

Según historiadores y arqueólogos, las primeras evidencias de fiestas similares al carnaval aparecen hace unos 5000 años en Sumeria y el Antiguo Egipto. Al finalizar el invierno se celebraban banquetes y desfiles en honor a los dioses. Cuentan que eran algo así como unas bacanales modernas. No me consta.

Cuentan estos académicos que durante ese mes del año a todos se les soltaba el moño. Las rumbas duraban días, nadie trabajaba, se dedicaban a la comilona, la bebida y a los placeres mundanos.

La pachanga era colectiva, menos para los esclavos. Alguien tenía que esforzarse para terminar las pirámides.

Durante la época grecorromana (siglos VI a.C. al IV d.C.), las evidencias informan que en Grecia se celebraban las Dionisíacas en honor a Dionisio, dios del vino. En Roma, se celebraban las Saturnales (en honor a Saturno) y las Lupercales (en honor a la fertilidad).

Todas eran fiestas de descontrol donde se invertían los roles sociales. Por ejemplo, los esclavos eran servidos por sus amos. ¡Qué tiempos aquéllos!

Como cosa mía, me puse a investigar más a fondo para saber si ese cambio de roles suponía que los maridos se dedicaban a lavar, planchar, fregar y cocinar, mientras sus mujeres rumbeaban.

Por razones de seguridad no continué con la investigación. Las amenazas de caballeros anónimos eran constantes y creíbles. Me sentí como Tom Hanks en El Código Da Vinci¡Vacie!

Durante la Edad Media (siglo IV en adelante), con la expansión del cristianismo, la Iglesia no pudo eliminar estas fiestas paganas tan arraigadas, por lo que decidió «cristianizarlas».

Se fijó el carnaval como una celebración previa a la Cuaresma (los 40 días de ayuno y penitencia antes de la Pascua). En la Cuaresma estaba prohibido comer carne y llevar una vida de excesos.

Por ello, el carnaval era la última oportunidad para disfrutar de banquetes, alcohol y placeres. Su nombre proviene del latín carnelevarium, que significa «quitar la carne».

Como esa traducción no me suena por confusa, prefiero definirla como «tiempo de desatarse precuaresma». Durante el carnaval, se usaban máscaras y disfraces para ocultar la identidad.

Esto servía para que el pueblo pudiera burlarse de los nobles, los gobernantes o la Iglesia sin temor a represalias. Era un corto periodo de «libertad absoluta» donde las reglas normales no aplicaban.

Es decir, el sueño hecho realidad o algo como aquel eslogan «Rey por 15 días» de Tiendas Van de la avenida Andrés Bello. 

Ahora bien, como en Venezuela nos acostumbraron en los últimos años a adelantar las fiestas, por ejemplo, la Navidad comienza en octubre y no en diciembre, no me extrañaría que hayan adelantado el carnaval para enero y no me haya percatado.

¿Que por qué lo digo?, síganme y les explico. Recordemos que, al igual que hace más de mil años, en el carnaval la gente simulaba ser alguien diferente con la intención de confundir o burlarse del otro.

Aunque algunos psicólogos han dicho que el disfraz era para asumir una personalidad inconscientemente reprimida. En todo caso, cual sea la intención, el acto era la simulación.

Con ese razonamiento previo, expongo mi tesis. Si bien es cierto que en lo que va de enero no he visto caminando por las calles de Caracas a personas con disfraces de carnaval, también lo es que he notado comportamientos más cónsonos con las fiestas carnestolendas.

¿De qué va esto? He observado en las paradas de autobús, en las busetas, en los abastos y en el Metro, que las personas andan simulando una indiferencia que, a todas luces, es más falsa que platabanda de anime. Es como si estuviesen haciendo el papel del paisa, aquel personaje espalomado de los cuentos populares. Andan como si no estuvieran enterados de nada de lo que pasa en su entorno.

Esto me hace sospechar que están disimulando la alegría que, de manera encapillada, realmente sienten.

lunes, 12 de enero de 2026

 

¡Los Reyes me cumplieron!, por Tulio Ramírez

¡Los Reyes me cumplieron!
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No suelo molestar a los Reyes pidiendo cosas materiales o favores especiales. Aunque, desde que los conozco, he observado cómo han atendido con diligencia oportuna las solicitudes que les hacen.

Me consta el trato especial que han tenido con los niños. Puedo asegurar que los de la zona donde vivo suelen recibir, por parte de ellos, regalos y chucherías, cosa que los hace muy felices.

Ese bonito gesto me ha parecido muy niceNo sé cómo lo hacen, pero siempre están dispuestos a brindar un poquito de felicidad a los chipilines

Entiendo que la bondad de los Reyes está marcada por su adoración al Niño Dios. Quizás por ello, con los chamos han mantenido un trato atento y cordial.

A veces pienso que los adultos se han valido de esa bondad para pedir favores de todo tipo. Es posible que, sin darnos cuenta, incomodemos a estos señores con peticiones que debería uno mismo llevar a cabo.

Por ello, mi filosofía ha sido molestarlos lo menos posible. Creo que a veces se les pide más de lo que pueden dar.

Ahora, hay una cosa cierta: me caen bien. Que yo sepa, nunca han exigido nada a cambio ni recuerdan los favores realizados a los beneficiarios, práctica muy desagradable, sobre todo si el recordatorio se hace ante terceros.

Es más, no les importa si después de concedido el favor, más nunca los vuelves a recordar o llamar. Son extremadamente indulgentes y, lo peor, es que siempre están allí para ti.

Una cosa extraña es que, siendo tan devotos del Divino Niño, nunca se les ve en la iglesia. Su vida ha sido tan discreta que, imagino, prefieren pasar desapercibidos a los ojos de los que les rodean. Ese nivel de privacidad no se los critico, porque también soy así.

Otra cosa curiosa es que trabajan en equipo y siempre han andado juntos. Eso es una gran enseñanza para aquellas familias donde cada uno anda por su lado. Ellos nos han enseñado que en equipo se puede llegar más lejos que actuando de manera individual. Son características que, pese a la poca relación que he tenido con ellos, admiro y sobrevaloro. 

No puedo dejar de mencionar otro de sus rasgos: la humildad. Entiendo que poseen grandes fortunas, pero eso no ha sido impedimento para mantener una relación de cordialidad y amabilidad con todos. Por eso, e insisto en ello, en mi zona los quieren y los respetan.

Para no hacer este cuento largo, les explico qué me obligó a pedirles una ayudita, rompiendo así con la tradición que por años había mantenido. Estaba seguro de que era un favor un poco incómodo y seguramente no me lo concederían. Estaba preparado para eso. Voy de cuento.

Tenía planeado regresar a casa el 3 de enero después de las fiestas decembrinas. Pero los sucesos conocidos por todos, más las secuelas de persecución gratuita a los ciudadanos inocentes, impidieron nuestro pronto retorno a Caracas.

En ese ambiente de caos e incertidumbre, la preocupación de mi familia, además de la irracional y salvaje represión, era el cuidado de nuestros perros. Ellos estaban solitos en casa; quien los cuidaba no podía trasladarse por las razones harto conocidas.

Esto era un problema: no teníamos quién los alimentara, limpiara sus excrementos y cuidara durante nuestra ausencia. En medio de ese estado de cosas, me comuniqué con la familia Reyes, mis vecinos de la vereda H, para pedirles que les echaran un vistazo y cuidaran mientras llegábamos.

Algo me decía que, por no haber sido tan cercano a ellos como el resto de los vecinos, los Reyes se negarían. Pero, ¡oh sorpresa!, accedieron gustosamente a cuidar a nuestras mascotas. 

Hasta consiguieron los alimentos para que no pasaran hambre. Esto último no sé cómo lo hicieron, ya que nos habían informado que los comercios estaban cerrados. Definitivamente, los Reyes son unos magos para conseguir lo necesario y cump    lir con su compromiso.

No me imagino lo que le habrán pedido los demás vecinos y si igual les cumplieron. En cuanto a mí, estoy más que satisfecho con lo concedido. Gracias, apreciada familia Reyes; siempre estaré en deuda con ustedes.

lunes, 29 de diciembre de 2025

 

Un cuento de Navidad y su moraleja, por Tulio Ramírez

Un cuento de Navidad y su moraleja
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Escribo este artículo hoy 24 de diciembreEn realidad, podría escribirlo mañana jueves 25, ya que es el día en que me corresponde enviarlo a TalCual, pero prefiero escribirlo hoy miércoles y tenerlo listo. No vaya a ser.

Sería un riesgo esperar a mañana para escribirlo. Aunque no es muy alta la probabilidad de que me den las 12:00 m. bailando el trencito, uno nunca sabeEn casos como este de incertidumbre extrema, suelo acogerme a la sabiduría popular y aplico aquellos dichos como «Hombre prevenido, ni que lo fajen chiquito» o «Guerra avisada nunca su tronco endereza» o es, «¿se lo lleva la corriente?». Bueno, no importa, ustedes me entienden.

Decidí escribir sobre la Navidad en Venezuela, a pesar de que ustedes leerán este artículo el lunes 29 de diciembrePero esta crónica será sobre aquellas que se celebraban en mis adorados 70, 80 y el principio de los 90.

Recuerdo que, por esos años, los venezolanos celebraban las fiestas decembrinas con más abundancia que ahora y, por supuesto, con más gente que ahora. Cobrar los aguinaldos o las utilidades era de los momentos más esperados y planificados del año.

Desde el mes de julio se comenzaban a sacar las cuentas«Con las utilidades pagamos la inicial de una nevera moderna, de esas que dispensan hielo. Las cuotas en Imgeve son cómodas» o «aprovecharé para comprarme el carrito que me gusta, ya lo tengo vistiao en Lino Fayen»Por supuesto, la jefa también reclamaba su parte: «no se te olvide la renovación de la cocina, en Cocinas Rústicas hay buenas ofertas»

Era la época en la que en todos los hogares se escuchaba aquel clásico de Luisito Aguilé «Ven a mi casa esta Navidad». Por cierto, tengo varios años que no la escucho. De seguro para evitar que algún vecino se lo tome en serio y se sienta invitado. Hoy apenas alcanza para la cenita de los de la casa, y sin repetición.

Cómo olvidar que por estas fechas la gente llegaba a sus hogares con tremendas cestas navideñas. Tenían botellas de whisky, Ponche Crema, turrones, panetones, jamón planchado, nueces en bolsitas de malla, vino La Sagrada Familia, torta de Navidad y una cajita de almendras. Las empresas no escatimaban en mantener a sus empleados contentos, por lo menos en esas fechas. Sobre esto tengo un cuento buenísimo.

Era la Navidad de 1991. El compadre Güicho, quien para la época trabajaba en una enlatadora de sardinas ubicada por Playa Grande (Carúpano), llegó a su casa con una cesta navideña tan pesada que había que cargarla entre dos.

Su mujer, Camucha, estaba más contenta que guacamaya volando hacia la libertad. El compadre se ganó un merecido permiso de Camucha. Podía pasar la tarde jugando truco con sus amigos pescadores de Macarapana. La condición que le impuso fue que llegara a tiempo para recibir al Niño Dios en familia.

De regreso, más prendido que farol de pueblo, pero a buena hora para la cena, Güicho encuentra a Camucha más caliente que caraquista eliminado. «¿Qué te pasa mija querida, llegué a la hora que me dijiste?».

Ella le respondió con tono elevado (su tono natural): «me haces el favor y en enero renuncias a esa empresa, esto es un insulto, no soporto tanta humillación». Murmurando improperios lo llevó de la mano a la cocina señalándole la olla sancochera.

«Te dieron ese pernil todo podrido y duro. Te lo disfrazaron envolviéndolo en papel celofán como si fuera un ramo de flores, y además con lacito y tarjeta, ¡qué cinismo! Esa carne ni los perros se la comen. Tiene ya seis horas llevando candela y no se ablanda».

Con las manos en la cabeza el compadre exclamó: «Ah Dio, qué hiciste hija’er diablo, eso no es ningún pernil, es una pierna de jamón serrano de Jabugo, importado de España. Es lo más caro de la cesta. Le fue tan bien a la empresa que nos hicieron ese tremendo regalo. En años anteriores se lo daban solo a los gerentes».

Esa noche el compadre me llamó desde un teléfono público (no existían los celulares). Me comentó que tenía solo dos «bolivitas» (moneda de cuproníquel hoy extinta), por lo que hablaría rápido (o más rápido), porque la llamada se podía cortar. Solo alcancé a entender, en su carupanero fluido y sin frenos, que necesitaba asesoramiento porque se quería divorciar. Lo convencí de que me llamara más calmado al día siguiente.

Esa Nochebuena hizo su magia; el espíritu de la Navidad hizo posible la reconciliación y el amor en familia. Y aseguro que fue así, porque me quedé esperando una llamada que nunca se dio. 

Todo cuento tiene una moraleja y la de este es la siguiente: cuando el motivo de la desunión o de la discrepancia es por causa de un error cometido sin intención premeditada de causar daño, siempre habrá posibilidades de reconciliación.

Para las actuaciones que intencionalmente lo causen, siempre estará disponible la justicia. Feliz Navidad para todos.