De Fauda a la Rochela o el espionaje en tiempos de revolución, por Tulio Ramírez
Cuando vemos una película «basada en hechos reales», el interés adquiere un carácter distinto a si la película es de ciencia ficción o de guion nacido de la pura arbitrariedad del escritor. En el caso de la ciencia ficción, la curiosidad se va por los lados de la producción más que por el argumento.
Por ejemplo, en Star Wars o Terminator el espectador no anda pendiente de la lógica intrincada de la trama, sino de los efectos especiales del futuro y de la rareza fenotípica de las especies que conviven en la galaxia.
El esfuerzo mental se centraba siempre en tratar de entender la física cuántica de la teletransportación al pasado o a otras galaxias en cuestión de segundos. El enredo de la historia lo entendíamos después de verla unos 5 veces.
Es otro cantar cuando se trata de películas de espías, artes marciales, comedias y las culebras de amor. Son absolutamente predecibles. Todos sabemos cómo termina la trama.
Al protagonista no lo van a dejar tirado en medio de la calle y la muchacha jamás se va a quedar con el viejo millonario con diente de oro y hediondo a aguardiente. No hay sorpresas.
También varía la producción dependiendo donde la hayan realizado. En el cine capitalista nos advierten con un modesto descargo, «Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia», lo que equivale a avisarnos que nos van a meter una coba de alto presupuesto.
Y cuando es «basada en hechos reales», añaden: «Algunas situaciones fueron alteradas para efectos de dramatización». Es la misma coba, pero lanzada a medio brazo.
En el caso de los países comunistas se advierte de entrada que lo proyectado es «la verdad llevada a la pantalla, porque la verdad nos hará libres». Esa es la forma gelatinosa de decir, «la verdad que verá a continuación fue construida según los dictados del partido».
¿A qué viene todo este cuento? Pues, he estado viendo últimamente la serie Fauda («caos», en árabe). Es un thriller israelí sobre el conflicto en Oriente Medio desde una perspectiva de espionaje y suspenso psicológico.
La trama tiene como personaje central a Doron Kavillio, un agente encubierto de la unidad Mista’arvim, quien vuelve al ruedo al enterarse que el líder terrorista de Hamas, que creía haber eliminado, sigue vivito y coleando (perdón, matando).
Para capturarlo, se integra a su antiguo equipo y se infiltran en territorio enemigo hablando árabe, vistiendo como los locales y viviendo años de incógnito.
Lo interesante de este relato (con evidente sesgo pro-israelí, como era de esperarse) es comprobar que una guerra de infiltración no se improvisa. Requiere adiestramiento psicológico, paciencia y dominio lingüístico. Hasta para engañar como todo un profesional hay que estudiar muy bien al enemigo.
Con Fauda, uno entiende que la inteligencia terrorista al igual que la antiterrorista requiere de una maestría casi científica en el arte del disimulo.
Cualquier observador escéptico diría que semejante nivel de sofisticación y engaño solo ocurre en los libretos de Hollywood o Tel Aviv.
De verdad parece inverosímil como se echa mano de la tecnología, la ciencia, la psicología, la sociología, la antropología, el arte de la guerra y las artes escénicas para llevar a la práctica las estrategias milenarias de Sun Tsu.
Pero con todo y que se trata de una película y no de un documental, la realidad real no está muy lejos de lo mostrado en esta serie. Y un ejemplo, muy ramplón el, es verdad, pero ejemplo al fin, es lo que ha venido pasando en la política criolla.
En revolución hemos sido capaces de superar la ficción sin despeinarnos. Voy de cuento.
Aquí tuvimos a un ciudadano extranjero que, con bastante maña y una cédula falsa sacada en un centro de copiado de la avenida Baralt, logró engañar (supuestamente) a los servicios de inteligencia más tacamajaca del mundo mundial. Este paisa con el arte del engaño y esa cédula plastificada con celotex, logró que lo nombraran diplomático, ministro, proveedor estrella del guiso alimentario nacional y hasta Héroe con derecho a un nicho en el Panteón Nacional.
Lo más cómico del asunto es que quienes por años se alborotaban el copete vociferando al mundo que «la causa de este ciudadano venezolano en favor del país estaba impregnada de un gran patriotismo y compromiso con los más necesitados», terminaron chillando porque fueron «engañados por ese señor extranjero que se hacía pasar por venezolano».
Daba pena ajena ver a esos que alardeaban ser los mascalacachimba en eso del control, vigilancia y contrainteligencia, decirle al mundo que «los habían engañado» con un a cédula chimba.
Ni los guionistas más audaces de Fauda se habrían atrevido a escribir tan disparatada historia, por temor a dejar en ridículo a personajes tan serios y bien logrados, como los que representan a los combatientes israelíes y palestinos.
Pero el sainete no termina allí. Resulta que ese sujeto, que escaló altas posiciones con una cédula más falsa que promesa de borracho pidiendo fiao, acaba de declararse culpable de los delitos que fueron catalogados en su momento como «graves calumnias» por quienes hoy hacen pucheros por haber sido «engañados».
Sí mi amigo lector, me refiero a esos mismos que hasta hace poco metían la mano en fuego por su «honestidad revolucionaria a toda prueba». Definitivamente, esto es tan risible que dudo que dé para una película, pero sí para un sketch de Radio Rochela. ¡Nos vemos!

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