martes, 3 de diciembre de 2024

 

La Universidad del futuro y la Teoría de la Relatividad Especial, por Tulio Ramírez

La universidad
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El tema de la universidad vuelve a estar sobre la mesa. Esta esta vez no tiene que ver con elecciones de autoridades, estudiantiles o de representantes de egresados ante los organismos de cogobierno.

Si se tratara de ese tipo de comicios, el alboroto no se haría esperar. Opinaría hasta el gato, saldrían afiches, pancartas, flyers, lite y TikTok promoviendo candidatos y planchas, o desacreditando candidatos y planchas. A los universitarios nos encantan las elecciones no solo por ser demócratas, también por el morbo que genera la campaña electoral. Pero hoy no trataremos ese tema, centraremos nuestra atención en la universidad del futuro.

Este asunto se viene discutiendo desde hace unos años a propósito del boom desatado por el arrollador avance de las nuevas tecnologías y su impacto en la educación universitaria. Novedades casi mágicas como la Inteligencia Artificial, la Realidad Virtual, la Realidad Aumentada, la Gamificación y el Blockchain, han alborotado el vecindario académico en América Latina.

Ya no se trata de debatir sobre la alfabetización tecnológica de profesores y estudiantes. Hasta mi abuela sabe usar el teléfono inteligente mejor que yo. Ya no se discute sobre el Power Point como recurso para dar clases, ni se pone en duda la versatilidad del EXCEL para construir Bases de Datos o llevar las calificaciones de los estudiantes. Tampoco está en cuestión la creación de grupos de WhatsApp para tener una mejor fluidez comunicacional más allá del aula. Por cierto, son tan muy útiles que la semana pasada notifiqué a través del grupo que se suspendería la clase prevista para el viernes porque debía buscar la Bolsa CLAP de mi tía, quien está jubilada del ministerio.

No soy experto en este tema ni en ningún otro, pero imaginar cómo será la universidad del futuro no es como pelar mandarina. Cada vez que me preguntan, respondo que, para responder, hay que aplicar los principios de la Teoría de la Relatividad Especial de Albert Einstein. Y no lo digo por joda, ni por tonta arrogancia.

Me explico, la idea que se tenga de la universidad del futuro variará dependiendo desde donde se emita. Por ejemplo, un profesor desde el MIT, tendrá un contenido diferente al expuesto por un profesor que lo piensa desde una universidad en la cual, para poder sustituir un bombillo quemado, hay que salir a la calle a protestar por un presupuesto justo.

Aclararé con una anécdota personal. En el año 2008, por motivos académicos fui a una pequeña universidad ubicada a 30 minutos de Londres. Tenía menos de 2000 estudiantes, con un campus compuesto por edificios modestos, parecidos a los Bloques del Banco Obrero de la urbanización Alberto Ravell en El Valle o a los de Pedro Camejo, en la Calle Real de Sarría. 

A pesar de la infraestructura nada moderna, fue como entrar a la Tierra del Futuro de Disney. Presencié una clase de Anatomía donde usaban un holograma como prototipo del cuerpo humano. Imagínense la sorpresa. Eso lo había visto solo en Star Wars. Aquello era alucinante.

En otro salón había una clase atendiendo las lecciones de un profesor que se encontraba en la Universidad de California, a 8.750 kilómetros de distancia. Eso parecía hechicería. Pero lo que me hizo saltar como Condorito, fue que el profesor le comentó a un estudiante que estaba en la primera fila, que poseía un bolígrafo similar al que le había regalado su hija. O sea, lo veía como si fuese a través de una puerta de vidrio. Eran los inicios de la plataforma Zoom.

Paradójicamente mientras eso sucedía, recuerdo que en la UCV se estaban haciendo negociaciones para llevar el cable de voz y datos hasta la sede de los postgrados ubicados a menos de un kilómetro del campus. La meta era que tuvieran acceso al correo electrónico, nuestro adelanto tecnológico más sofisticado.

Así entonces, la universidad del futuro era lo que estaba viviendo en ese presente, mientras que para esos estudiantes la universidad de mi presente era la universidad del pasado.

Si me hubiesen preguntado en ese momento como concebía la universidad del futuro seguramente me la imaginaría como lo que estaba viendo en ese presente. A la visconversa, como diría mi compadre Güicho, si la misma pregunta se la hubiesen hecho a esos estudiantes ingleses, seguramente se hubiesen imaginado la universidad de 2024, o sea, la del presente. Gracias Einstein.

lunes, 18 de noviembre de 2024

 

Promesas, promesas, promesas, por Tulio Ramírez

Estamos en elecciones, perdonen las promesas
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«Disculpe que lo llame nuevamente compadre, pero es que su compadre Güicho no tiene compón. Ya estoy harta. Cada vez que llega de madrugada, borracho y cantando el Rey a todo gañote, sucede lo de siempre. Cuando se despierta y ve mis maletas en la sala, se pone chiquitico y comienza con las promesas. Boba yo, que le hago caso. Pero esta vez se fregó, hasta aquí lo trajo el río. Hoy mismo me largo de la casa».

La seriedad con la que la comadre Camucha hizo el planteamiento, me llevó a pensar que ahora si se le acabo la cuerda al compadre. Pero, me detengo y reflexiono, “esto seguramente es otra falsa alarma”. Son tantas las veces que he sostenido esta conversación con la comadre, que ya no me debería preocupar como antes. De seguro dentro de 15 o 20 días, habrá otra llamada para sostener la misma conversación”.

Este nuevo percance entre Camucha y Güicho me ha hecho meditar en torno al tema de las promesas. Los venezolanos somos muy dados a prometer cosas para salir del paso, para tranquilizar a alguien, para evitar problemas, para quedar bien o para ganar tiempo. No nos preocupamos mucho si al final honramos o no nuestra palabra. Diría algún antropólogo que es parte de nuestro ADN cultural o el síndrome de la viveza criolla.

Cuando las cosas son ciertas, un día antes mantuve una conversación sobre el tema con nuestro amigo José Eduardo Orozco quien tuvo la gentileza de invitarme a su programa “Educación y algo más” para conversar sobre las promesas.

La verdad es que muchas veces prometemos villas y castillos, inclusive con ánimos de cumplir, pero es muy común, cuando nos comprometemos, que no midamos nuestra posibilidad real de cumplir. “Prometo que, si apruebas el año, te llevaré a Disney”, era una de las más escuchadas en mis tiempos. Uno se esforzaba y aprobaba, pero no cumplían argumentando que “no tenemos Visa, iremos para el año que viene, te lo prometo”. Quizás en este caso el ánimo no era el de engañar, pero nunca se hizo nada por obtener las benditas visas. Eso es lo que llamo incumplimiento culposo. 

En política, la promesa es una herramienta de trabajo diario. Traigo a colación una anécdota sobre un político muy renombrado en nuestra historia reciente. En un mitin de campaña electoral en un pueblo de la Venezuela profunda, nuestro personaje, aspirante a la presidencia de la República, prometió a viva voz, “construiremos el puente que tantas veces han solicitado y tantas veces se les ha negado”. El sempiterno borrachín del pueblo gritó, “epa candidato, pero en este pueblo no hay río”, a lo que el candidato ripostó, “si no hay río, no se preocupen, también lo construiremos, se los prometo”.

Pero hay otro tipo de promesas. No se trata de aquellas que utilizamos para salir del paso o para quedar bien, tampoco de las que echamos mano para apagar un candelero como el caso del compadre Güicho. Nos referimos a las promesas que hacemos con ánimo de engaño. Esas son las peores, pero muy comunes lamentablemente.

Esas promesas se hacen para timar a un tercero y procurar un comportamiento que nos favorezca o del cual sacaremos ventaja a costa del daño de otros. Quien las hace, actúa de mala fe y no le importa irrespetar, manipular o defraudar. El incumplimiento es premeditado y calculado. Es lo que llamamos el incumplimiento doloso.

Debemos distinguir entre el irresponsable y el fraudulento. El primero es aquel que promete de manera reiterada sin ton ni son para caer simpático, eludir problemas o conseguir votos. Su conducta es reprobable y la sanción social implacable (“perro cobero”, “mentira fresca”, “demagogo”, “cara e´tabla”, son algunos de los epítetos que les endosan por vivianes), mientras que los segundos son unos sociópatas que causa mucho daño a sus semejantes sin que se les agüe el ojo. 

En el caso de la comadre Camucha, ella sabe que se trata de una promesa que seguramente será incumplida, pero no deja al compadre porque valora más sus virtudes que sus defectos. “Total, ninguna relación es perfecta”, así me lo manifestó en una de las tantas llamadas. Pero cuando se trata de quienes han incumplido sus promesas de manera reiterada, con la intención de causarnos daño como persona o como sociedad, no debemos dar segundas oportunidades, no lo merecen. Si no lo entendiste, te lo explicaré luego, lo prometo.

lunes, 4 de noviembre de 2024

 

Diálogos de barbería, por Tulio Ramírez

Adolescentes detenidos-torturados
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Le comentaba a Mauricio, mi barbero, un italiano más venezolano que el tequeño, sobre lo sabroso que era nuestra vida de muchacho en los 70. “Sí, amigo Tulio, eran otros tiempos”, contestaba tratando de dominar el sempiterno remolino que no permite que el corte salga perfecto, “en cada urbanización era común ver a muchachos, jugando al ladrón y policía, al fútbol, pelotica de goma, chapita, fusilao. Se divertían sin molestar a nadie”.

Mientras cambiaba la hojilla de la navaja, aproveché para recordar la cantaleta diaria de mi madre una vez que llegaba de la escuela, “te bañas, haces la tarea y después puedes ir a jugar con tus amigos. Pendiente cuando te llame para la cena. Cuidadito si no haces caso. Mira que te traigo por las orejas para que te dé pena”. Estas eran las órdenes con advertencias incluidas que recibía desde la superioridad, una vez lanzado el bulto escolar en el sofá de paleta que estaba en la sala.

Mauricio, concentrado para no trasquilarme, respondía, “cierto, en esos grupos se cultivaban entrañables amistades que duraban toda la vida. ¿Cuántos matrimonios no salieron de esas correrías?”.

Así, entre tijerazo y tijerazo, continuaba la conversación. De repente intervino un cliente en espera, “no importaba si estudiaban o no en la misma escuela. Los unía el haber crecido juntos en el mismo vecindario, compartiendo actividades recreativas o travesuras propias de la edad”.

Debo aclarar a mis pocos lectores que el tema de conversación salió a colación de manera aleatoria. Ir a la barbería y poner cara de cañón durante todo el corte, es muy pavoso y antivenezolano. Nuestros barberos son nuestros terapeutas y las barberías nuestros sitios de relajamiento. Allí nos desestresamos sin necesidad de dejar la quincena en cervezas.

El tema pudo haber sido cualquier otro, hoy tocó ese. Un segundo cliente en espera metió su cuchara en la conversación, “mis mejores amigos siguen siendo aquellos con los que compartí esos años. Aunque no nos veamos nunca, estoy seguro que, al encontrarnos, será como si nos hubiésemos dejado de ver tan solo unos días atrás.

Mientras le pido a Mauricio que me pase un periódico deportivo con fecha de hace 4 semanas atrás, agrego, “los muchachos de hoy se distraen manipulando los juegos electrónicos o comunicándose por el WhatsApp. Ya no juegan una partida de voleibol frente al abasto. Es posible que prefieran estar físicamente solos, aunque comunicados por internet”.

En el momento en que se solaparon las intervenciones, pensaba, “parece mentira que las fotografías de muchachos sentados en una acera hablando animadamente, se presenten en las redes como una extraña costumbre del siglo pasado. Ya nadie se inicia en el beisbol jugando en los estacionamientos de los edificios, ahora hay que inscribir a los muchachos en equipos organizados, con sus días de práctica, horarios y todos los juguetes incluidos”.

Estaba distraído en mis reflexiones cuando llegó un nuevo cliente quien de una se incorporó a la conversa, “estos tiempos de distancia social y acercamiento virtual, puede deberse a un tema de seguridad personal. En mi urbanización los vecinos prefieren que sus hijos se mantengan en casa, para no estar expuestos a la delincuencia y a las drogas”. 

“Pero amigo“, le riposté, “en nuestros tiempos también había delincuencia y drogas, pero eso no impedía que saliéramos a la calle a echar vaina con nuestros panas”. Para no dármelas de sabiondo y antipático, agregué, “bueno, la verdad es que pueda que haya algo de cierto en su argumento”.

Mientras Mauricio culminaba su obra de arte, y aprovechando la distracción del grupo por fijar su atención en el frustrado intento de gol de Luka Modric contra el Barcelona, me mantuve revisando las redes sociales.

Conseguí varios post, en el que madres llorosas clamaban por la libertad de sus menores hijos, detenidos por salir a protestar lo que toda Venezuela aun protesta. La verdad, me dieron mucho dolor las denuncias de aislamiento y torturas a criaturas que deberían estar en la escuela o jugando en la calle. La indignación me perturbó, lo confieso.

De repente como si me hubiese caído un rayo, me levanté bruscamente de la silla y grité una grosería que no puedo reproducir aquí. Lo hice con tanta rabia, que asusté a Mauricio, a los clientes y a la gata de la barbería que salió corriendo espantada, no sé si por el grito o la obscenidad. Como los gatos son tan inteligentes, quién sabe. 

“¿Qué pasó señor Tulio?, tranquilícese que me va a espantar la clientela, ya habrá otra oportunidad de gol, su equipo tendrá otro chance de anotar”, murmuró Mauricio evidentemente nervioso. Por suerte en ese momento ya había acabado de delinear la barba.

Más calmado, pedí disculpas a todos, “no es por el fútbol Mauricio y amigos, es que me preguntaba, qué carajos hacemos aquí criticando el aislamiento y soledad de nuestros muchachos, cuando hay 70 de ellos detenidos, incomunicados y torturados, por salir a la calle y atreverse a alzar su voz”. Me retiré apenado pero satisfecho del corte. Por cierto, Mauricio aumentó la tarifa y entiendo que no es culpa de él.

lunes, 21 de octubre de 2024

 

Las ocurrencias del poder, por Tulio Ramírez

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El ejercicio del poder puede conducir a errores. Total, es una actividad humana como cualquier otra, por ello no está exenta de decisiones equivocadas, metidas de pata o “errores de cálculo” como les gusta decir a mis amigos politólogos cuando hacen diagnósticos sobre decisiones gubernamentales.

Equivocarse como gobernante no está ligado solo a la falta de experiencia, Títulos académicos o asesoramiento. Por supuesto, la probabilidad de cometer errores se reduce considerablemente si hay experiencia, estudios y políticos con kilometraje que asesoren. Sin embargo, la presencia de ellos tampoco garantiza inmunidad absoluta.

Un factor que sí minimiza las decisiones equivocadas, son los contrapesos. Por ello, en democracia los gobernantes suelen ser más cuidadosos. Estar bajo el escrutinio permanente del resto de los poderes, los medios de comunicación, las organizaciones no gubernamentales y la opinión pública, extreman la prudencia. No así sucede cuando el poder se ejerce de manera omnímoda. Los caprichos del Supremo, se convierten en Ley, “salga sapo o salga rana”. Y, por supuesto, si sale algún sapo o alguna rana, van presos.

La Historia nos informa sobre muchas decisiones que se saltaron la racionalidad y el sentido común. Algunas de ellas han sido risibles por absurdas, pero otras fueron nefastas para los gobernados.

Por ejemplo, el caso del Emperador romano Calígula es emblemático. Durante su breve mandato cometió un sinnúmero de arbitrariedades y abusos contra su pueblo. Una de ellas fue la exigencia a los senadores a que lo adoraran como a un dios. Así, valiéndose de la condición de Ser Divino, tomaba como tributo a las esposas de los parlamentarios como concubinas. Calígula “El Dios Gozón”, le dirían hoy día.

Otro caso es el Decreto de Ne Win, quien gobernó a Birmania entre 1962 y 1981. Como era extremadamente supersticioso y deseaba llegar a los 90 años, ordenó que solo las monedas y billetes que fuesen divisores de 90, como las de 15, 30 y 45 Kyat, fueran las únicas validas en el país. Esto ocasionó la ruina de muchos birmaneses que acumulaban monedas de diferente valor. Si bien no le quitó ceros a la moneda, el efecto fue el mismo.

Para 2005, en Biritiba Mirim, un pueblo de 28.000 habitantes a 70 kilómetros de Sao Paulo, el alcalde Roberto Pereira da Silva envió a los concejales una ley que prohibía a sus ciudadanos, morirse en la ciudad. Los concejales pensaron en inhabilitarlo porque se le corrió una teja, pero resulta que no estaba tan tocado. Su idea era llamar la atención a las autoridades federales sobre la saturación del cementerio. Ni tan loco el burgomaestre.

También viene a cuento una del Partido Comunista Chino. Revisando mis recortes de periódicos ya amarillentos (sí amigo lector, en Venezuela se podía recortar el periódico porque eran impresos en papel), consigo que en 2011, el gobierno comunista mediante un acto administrativo con carácter de ley, prohibió la reencarnación del Dalai Lama. La verdad no se quien alucinaba más, si el que creía en la reencarnación o el que la prohibía.

En marzo de 2014, Pierre Nkurunziza, uno de los tantos dictadores que tuvo Burundi, prohibió la práctica del running o trote recreativoPensaba que sus opositores salían a correr no para ejercitarse, sino para protestar. Su miedo lo llevó a encarcelar a miembros del Movimiento Solidaridad y Democracia por organizar carreras y maratones. Sospechaba que se trataba de actividades subversivas y terroristas. La paranoia y el miedo son rasgos comunes de los dictadores en todas partes del mundo.

Otros mandatarios se han atrevido a regular áreas que son de la estricta esfera individual. Por ejemplo, hacer de la felicidad un asunto de Estado, con su burocracia, su viceministerio y presupuesto, es asumir que absolutamente todo puede ser objeto de control por parte del poder. Pretender que la felicidad del pueblo se podía planificar y gerenciar desde oficinas ministeriales es más que una traviesa ocurrencia, megalomanía.

El ejemplo más reciente del ejercicio “creativo” del poder es el del adelanto de la navidad. Decretar sin argumento alguno que se adelante para el mes de octubre una fiesta que en todo el mundo cristiano es celebrada durante el mes de diciembre, no parece tener una explicación que vaya más allá de una medida pintoresca.

Sin embargo, para el venezolano común tan extraño acto de gobierno tiene una sola explicación, estirar la carpa del circo hasta donde sea posible, para que todos pasemos la página electoral a punta de gaitas y triquitraquis. ¿Lo lograrán?


jueves, 17 de octubre de 2024

 

El impacto de las frases y su autoría, por Tulio Ramírez

frases opinión
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Es muy común que frases célebres sean atribuidas erróneamente a personajes famosos. Este tipo de asociación potencia la frase dándole mayor credibilidad. “Si lo dijo fulanito, entonces debe ser cierto”, o, “si lo dijo zutano, créelo con los ojos cerrados. Él, de bolsa, no tiene nada”. Expresiones como esas son lo que uno escucha, no solo de personas poco informadas, también de quienes tienen amplia cultura general y, hasta de gente muy “estudiada”.

Es lo que se conoce como “juicio de autoridad”. Al final, no importa si el que dijo la frase es a quien se le atribuye. Basta con que en el imaginario colectivo se establezca la asociación “Autor Creíble-Mensaje” para darle crédito y valor al contenido.

En mercadeo es muy usada esta fórmula. Recuerdo que todo lo que promocionaba Renny Ottolina o El Musiú Lacavalerie, era asumido como producto confiable. Ambos, aseguraban ante las cámaras, que promocionaban productos solo si antes verificaban su calidad. Eran tan convincentes que las expresiones “Clase Aparte” usada por Renny para referirse a los cigarrillos Viceroy y “Distancia y Categoría” usada por El Musiú para promocionar los Trajes Montecristo, se incorporaron al habla popular para distinguir “lo exclusivo” de “lo vulgar”.

Otro tema es el del impacto de la frase. Muchas llegan a convertirse en norma moral. “Más fácil es que pase un camello por el ojo de una aguja, a que un rico entre en el reino de Dios», es una de ellas. Atribuida a Jesús según los Evangelios de Mateo (19:24), Marcos (10:25) y Lucas (18:25), alerta sobre el riesgo espiritual de que la riqueza puede convertirse en un obstáculo para la fe, si se adora más que a Dios. Si bien poco ha servido para disminuir la pichirrez de muchos ricos, ha sido usada para avergonzarles y recordarles su destino cuando pasen al otro Barrio.

Es cierto que la mayoría de las frases que se incorporan al habla común, no cuentan con avales o certificaciones de la magnitud del trío de santos mencionados en el párrafo anterior.

La certificación de que existe una relación entre un Autor y una Frase, es lograda comúnmente por la técnica del rumor. Si se dice mil veces que “A” es el autor de la frase “C”, no hay forma de atribuírselo a “B”. Mientras no se demuestre lo contrario, para el colectivo “A” seguirá siendo el autor.

Por ejemplo, se ha atribuido a Napoleón la expresión «La historia la escriben los vencedores.» Esta frase, que sugiere que el relato de los acontecimientos históricos está condicionado por quienes los ganan, es muy popular y cónsona con el pensamiento de Bonaparte. Sin embargo, no hay evidencia concluyente de que él la haya pronunciado.

Otro personaje a los que se le atribuyen cientos de frases tremendistas es a Albert Einstein. “El 90% de las personas utiliza solo el 10% de su cerebro», es una de ellas. Esta idea, que ha sido utilizada desde la autoayuda hasta la ciencia ficción, no consta en ninguna parte que proviene del Premio Nobel alemán.

Los venezolanos no somos la excepción. Por ejemplo, somos expertos en atribuirle a Bolívar, cualquier máxima que constituya una lección para gobernantes y militares. “Todo con maña se puede”, es una de las innumerables frases que le achacan. Aunque refleja cierta astucia y capacidad de adaptación, que podrían asociarse con las estrategias políticas y militares del Libertador, no existe evidencia histórica que la vincule directamente con él.

Pero no siempre se atribuyen frases a personajes históricos con la idea de potenciar la credibilidad de su contenido. Muchas veces sucede lo contrario, se inventan frases para atribuírselas a personajes famosos con la intención de destruir su legado o imagen.

Por ejemplo, a Rómulo Betancourt se le atribuye una frase que nunca mencionó pero que sirvió para crearle una imagen de gobernante irresponsable y represor. Es el caso de “Disparen primero y averigüen después”. No existe fuente documental o testigo que confirme que la expresión sea de la autoría del ex presidente. 

Ahora, una cosa es descubrir el “Fake New” y desvirtuar la autoría atribuida a determinada frase, pero otra es invalidar su eventual sentido sabio. Por ejemplo, la emblemática y muchas veces repetida Dale poder a un ignorante y lo convertirás en un Tirano, atribuida erróneamente a Winston Churchill, indudablemente que es una verdad del tamaño de un Templo. ¿Quién lo podría dudar, con tantos ejemplos que lo confirman?

lunes, 23 de septiembre de 2024

 

Nunca faltará alguien así, pero…., por Tulio Ramírez

Venezuela: Preguntas sin respuesta fácil

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En estos tiempos convulsos es común conseguir en cada esquina, en cada barra, en cada reunión familiar, que el tema sobre el que se habla gira en torno a la política del país. Y no es para menos. Estamos viviendo en total incertidumbre. Todos estamos ávidos de información para poder comprender lo que pasó y hacernos una idea más o menos clara de lo que podría pasar.

No hemos dejado de hablar de los resultados de las elecciones, de las Actas que no aparecen, de la sentencia de la Sala Electoral, de las acciones de MCM y de las futuras sanciones. Por supuesto, también estamos atentos a los pronunciamientos de los parlamentos de América Latina y del resto del mundo y ni se diga de los documentos nacionales suscritos por “los abajo firmantes”.

Es muy difícil esquivar estos temas. Casi se han convertido en el único asunto de conversación, y esto no es criticable. Por el contrario, indica que no hay indiferencia por parte de la población. Son señales inequívocas de la existencia de una legítima preocupación colectiva.

Aunque pudiera ser psicológicamente desgastante, es mejor eso a que la gente ocupe su tiempo discutiendo sobre los favoritos de las carreras del domingo, o sobre los propietarios que están morosos con el condominio o los cachos que le están montando al Palomino Vergara del edificio.

Es cierto, también es muy probable que corramos el riesgo de saturar nuestra mente por el exceso de información. Aunque los terapeutas recomiendan tomar pausa y alejarse de X y Tik Tok, es muy difícil taparse los oídos para no escuchar lo que se dice en ese mundo paralelo conocido por los cibernautas como la vida real.

He participado en muchas de estas conversaciones. He compartido con vecinos, amigos, colegas, compañeros de trabajo, familiares y con grupos espontáneamente constituidos. Todos tienen algo que decir, todos tienen sus opiniones e hipótesis. Creo que nunca antes ha habido tanto consenso sobre un mismo tema. Claro, todos saben que fue lo que pasó y esto ha disminuido considerablemente la diatriba polarizante que caracterizaba las reuniones hace unos años atrás.

Sin embargo, a pesar del consenso ante lo obvio, a veces nos toca que soportar a algunos personajes que, si bien son contestes con lo que todo el mundo sabe, en nada contribuyen a aclarar las cosas. Son los que aportan información distorsionada, ideas sin fundamento o conclusiones alocadas. Son los que confunden y enredan, a veces por el ánimo de protagonismo o a veces por su inclinación patológica a la coba. Son “expertos analistas” que solo hablan y no escuchan. Los que pretenden dictar cátedra al resto de los contertulios. Describiré a algunos de esos personajillos.

Están aquéllos que, alzando el dedo índice a nivel de la sien derecha, comienzan su intervención con algo así como “considerando la geopolítica y los factores antropolíticos de los factores de las élites inclinada al ejercicio del poder, un análisis socio histórico y dialéctico me lleva a concluir……. (ahora una pausa larga), que la vaina está realmente jodida…”. Estos “sabelotodo”, tienden a ser pedantes, hablan de manera engolada y usan conceptos cuyos significados desconocen. Se les identifica como “los analistas de barbería”.

Peor y más patéticos son los que comienzan con “mira caballo, el asunto es que Biden le dijo a Putin que le daba menos armas a Ucrania, si renunciaba a apoyar a la revolución chavista. Entonces el Putin le contestó que……. (sigue el bla bla)”. Estos “analistas” son los que seguro estaban detrás del sofá o escondidos entre las cortinas en el lugar donde se dio esa supuesta conversación. Son insoportables y mitómanos. Su lema es “si me brindas otra, te cuento que fue lo que pasó”.

Nunca faltan los pesimistas que dan todo por consumado. “No te desgastes tanto, aquí no va a pasar más nada. Entre ellos ya llegaron a un acuerdo desde hace rato. Aquí nadie da puntada sin dedal. Toda esta pelea es un show para distraernos”. Esos personajes son peores que los adversarios. No arriman una pa´l mingo. Son a los que nadie invita, pero llegan solos y se retiran después que se acaba la bebida y la comida.

No pueden faltar los conspirólogos. Son aguafiestas por naturaleza. “No pierdas tu tiempo, en este país no se decide nada. Apenas somos un peón en el tablero mundial. Son 5 o 6 multimillonarios en el mundo los que deciden todo y nosotros de tontos creemos que nuestro esfuerzo servirá de algo”. Estos son los que no ponen para la cerveza argumentando que están limpios, pero se engullen el whisky 18 años que trajo el compañero. Les dicen, “codo engatillado”

Esta clasificación no es exclusiva ni excluyente. Seguramente se pueden identificar otras especies de estos pintorescos interlocutores. A pesar de que con ellos haya que convivir, no hay que perder el foco. El tema seguirá en cada casa, en cada calle, en cada reunión. Pueda que llegue el momento en el que se tendrá que hablar en voz baja, a escondidas y calándose a algunos de los personajes descritos, pero seguiremos hablando sobre lo mismo. Aquí pasó algo y eso no debe olvidarse.