jueves, 1 de agosto de 2024

 

Un pronóstico sobre lo que ya sucedió (¿¿??), por Tulio Ramírez

Un pronóstico sobre lo que ya sucedió (¿¿??)
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X: @tulioramirezc

Esta es la columna más complicada que me ha tocado escribir. En términos temporales ayer 28 de julio se realizaron las elecciones, por lo que es lógico y de anteojito que el contenido de este artículo deba versar sobre ese histórico acontecimiento. La regla periodística señala que hoy ustedes, en caliente, puedan tener unas primeras impresiones de lo vivido ayer por este cronista.

Pero eso no va a ser posible. A pesar de que usted está leyendo este artículo hoy lunes 29 de julio, la verdad es que se escribió el pasado miércoles 24 de julio para ser entregado el jueves 25 a mi querida Gloria Villamizar quien coordina la página de Opinión de TalCual. O sea, me tocó escribir sobre algo que pasó ayer, pero que no viví al momento de redactar esta entrega. 

A ver si nos entendemos. Lo que viví ayer no lo puedo comentar hoy a pesar de haberlo vivido también. Me explico, lo que usted está leyendo hoy es un comentario de lo vivido ayer, sin yo haberlo vivido porque lo escribí cuando todavía no había sucedido. Ni Michael J. Fox tuvo tanto enredo para comprender el guión de Volver al Futuro.

Pero no aclaremos más. El riesgo de que usted llegue hasta aquí y fastidiado de esta aclaratoria incomprensible, cambie de una al artículo siguiente, es muy alto. Prefiero entonces ir al grano como los buenos dermatólogos.

En primer lugar confieso que esta aventura de pronosticar lo que ya pasó (perdonen si sigo con el enredo, pero es que no consigo otra manera de explicarlo), es un reto complicado hasta para Nostradamus, pero haré un esfuerzo para describir lo que avizoro como los escenarios más probables de algo que ya sucedió. ¡Qué loquetera!. 

Tomando en cuenta los resultados de los sondeos del 90% de las encuestas y la confirmación que ha dado la calle, el escenario más plausible es el que ha continuación se describe: La votación fue masiva, hubo dificultades menores en los centros electorales. Estos incidentes estuvieron más asociados a la presencia de puntos rojos en las cercanías de los centros y la insistencia de asistir el voto por parte de jóvenes identificados con el candidato oficialista así como el uso de bienes públicos para hacer proselitismo a favor del candidato Maduro.

A las 7 de la noche se conocieron los primeros resultados dando una ventaja considerable al candidato Edmundo González. A golpe de 9 de la noche el candidato Maduro reconoció gallardamente su derrota y llamó a la concordia para organizar pacíficamente el período de transición hasta la entrega del poder el próximo enero de 2025. La alegría desbordó las calles en todo el país y la fiesta colectiva perduró hasta el amanecer del 29 de julio.

Otro escenario, quizás el menos probable es el siguiente. Son las 2 de la mañana y los Centros Electorales siguen abiertos, la votación se ha interrumpido varias veces por apagones generalizados en todo el país. Muchos presidentes de mesa dieron un descanso de 3 horas para el almuerzo y un par de horas para la merienda. La gente en las interminables colas, cansada, sedienta y molesta, no sabía si irse o seguir esperando.

A las 3:30 de la madrugada el CNE anuncia que ganó el candidato oficialista con los mismos 10 millones de votos que se emitieron a favor de recuperar el Esequibo, el cual, por cierto, no se ha recuperado todavía. Se enfatiza que fue un proceso «claro y tramparente». La gente sale a la calle indignada pero sin fuerzas, por el trasnocho. 

Debo aclarar que además de ser un pésimo analista político, en cuestiones de pronósticos soy peor aún. Recuerdo que de joven nadie me pedía que lo acompañara al hipódromo por temor a quedar limpio por jugar «mis líneas hípicas». Pero en esta oportunidad, espero no equivocarme y sea el primer escenario el que más se parezca a lo que sucedió ayer, por el bien de nosotros y por qué no, también de ellos.

lunes, 17 de junio de 2024

 

La matraca en la historia, por Tulio Ramírez

Policía vial
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Desde que tengo uso de razón, el tema de la matraca para evitar multas de tránsito siempre ha estado sobre la mesa. En nuestro país esa práctica es más vieja que la jalea de mango o el sancocho de pata hecho a la orilla del río con latas de aceite. La matraca, a pesar de ser una práctica ilegal y antiética, sigue siendo una realidad en nuestra sociedad

Recuerdo un episodio con mi padre. Se comía una luz en la avenida Sucre de Catia, cuando fue parado por un Fiscal de Tránsito, de esos que vestían el uniforme marrón y caqui de la época. El Vigilante de Tránsito (así se le decía) solo dijo “ciudadano sabe que cometió una infracción”, “disculpe agente, ¿cómo podríamos arreglar esto?, debo llevar a mi hijo a la escuela”, fue la respuesta de mi padre.

El funcionario extendió hacia la ventana una vieja agenda del mismo color de su raído pantalón. Estaba abierta por la mitad y se veía un billetico de 10 bolívares. Mi padre comprendió el mensaje y colocó un “marrón” (billete de cien bolívares). “Dale”, fue lo último que escuche, antes de que el carro arrancara a toda velocidad.

Situaciones como esta no son exclusivas de la modernidad. Algunas investigaciones arqueológicas nos informan que en la Antigua Roma, la matraca para evitar infracciones de tránsito, formaba parte de la cotidianidad. Se dice que los Vigiles, fuerza policial que se encargaban de la regulación del tránsito de personas y carretas, creada por el Emperador Augusto en el año 6 A.C. en la Antigua Roma, fueron los primeros matraqueros.

Los Vigiles ganaban una miseria por su trabajo. Aunque los estudiosos sugieren cifras diferentes, se piensa que en promedio percibían entre unos 150 a 300 denarios al año (unos 5 dólares según Dólar Today), lo que comparado con lo que ganaba un soldado raso (600 a 900 denarios al año), los ubicaba en la escala de salarios más bajo de la administración pública. Cómo se verá, las cosas no han cambiado mucho.

Durante una excavación en Pompeya, unos arqueólogos consiguieron restos petrificados que datan del año 79 D.C., año de la erupción del Vesubio. La escena encontrada era reveladora. Había una Rueda o carro para transporte tirado por caballos, también había cuerpos petrificados y, entre ellos, el de un Vigile con más de 30 denares regados a su alrededor. La hipótesis más plausible es que se encontraba matraqueando y los sorprendió la intempestiva erupción del volcán. 

Si bien es cierto que la matraca para evitar multas por infracción de tránsito es de vieja data, la tradición sigue en la actualidad pero con visos modernos. Por ejemplo, es común ver en la autopista Francisco Fajardo a parejas de policías transitando en sus motos a la caza de desprevenidos conductores que hablan por el celular mientras conducen. 

Mientras uno conduce la moto, el otro gira la cabeza dibujando un semicírculo de 180 grados cual ventilador, volteando de lado a lado sin parar. Estirando el pescuezo, husmea al interior de los automóviles para capturar al conductor que este manipulando el celular. Al detectar algún movimiento raro, ordena al conductor pararse a la derecha. 

“Buenas tardes, ciudadano” (frase de apertura obligada que solo varía si es de mañana o de noche), “sabe que está cometiendo una falta grave, deme sus papeles”. Responde el conductor “no estaba hablando señor oficial, lo agarre para trancar la llamada que estaba recibiendo. Nunca contesto si estoy manejando, precisamente para evitar accidentes”.

“Igual lo está manipulando. Usted debe acompañarme al comando y recibirá durante 30 días una charla de 3 horas, además de pagar una multa por la infracción, todo de conformidad a los artículos guachu (ininteligible), de la Ley de Tránsito Terrestre”. El conductor insiste, “no estaba hablando, y no tengo tiempo para estar durante 30 días escuchando una charla por una falta que no cometí. Si quiere póngame la multa”.

“Mire ciudadano, usted está irrespetando a la autoridad, pero como soy bueno, lo exoneraré de la charla y de la multa. Pero una mano lava la otra, hoy por ti, mañana por mí. Usted sabe cómo está la situación bla, bla, bla, fíjese que a esta hora ni siquiera hemos almorzado (esto último varía dependiendo de la hora de la detención)”. No es necesario continuar, es posible que usted sepa cómo termina esta historia, porque quizás la ha vivido. 

Quién sabe si dentro de mil años, los futuros arqueólogos encontraran en sus excavaciones algún celular donde se haya grabado una conversación como esta. Seguramente alguien escribirá una crónica similar

lunes, 13 de mayo de 2024

 

Nada dura para siempre, por Tulio Ramírez

Universidades en el limbo
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X: @tulioramirezc

Bandada de pájaros pinta el horizonte
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De vez en cuando uso mis artículos para evocar algunas reminiscencias de mi tránsito como estudiante de Sociología en la Universidad Central de Venezuela. Esos estudios los realicé en la segunda mitad de la década de los 70. Era la época de la fractura de los grupos que protagonizaron la lucha armada, durante la década anterior.

En ese entonces hacían vida en la UCV los frentes estudiantiles de las diferentes facciones. Por una parte estaban los grupos que se habían acogido a la política de pacificación de Rafael Caldera y pujaban por lograr un espacio de participación política en la lucha democrática a través de partidos como el MAS, Causa R y el MIR. Estos eran llamados “Reformistas” por aquellos que se hacían llamar “Irreductibles”, por no aceptar las reglas de juego democráticas.

Era un ambiente muy caldeado y de mucha actividad militante. Dentro de la universidad la lucha política se diversificaba. Ya no era un asunto de confrontación entre la “derecha” y la “izquierda”, ahora se sumaban los enfrentamientos entre “la izquierda democrática o reformistas” y “la izquierda revolucionaria o irreductible”, esta última también calificada como “ultraizquierda” por los “reformistas”. Vaya trabalenguas.

Imagínense ustedes a un muchacho recién salido de un liceo público de Petare, como era mi caso, llegando a una universidad convulsionada por el proceso de “Renovación Académica” que la puso de cabeza, y con una diversidad de partidos y partiditos de las diferentes izquierdas, disputándose la simpatía de “los nuevos” para aumentar sus filas. Éramos definitivamente, carne apetecida. 

Recuerdo caminar por los pasillos de Ingeniería y encontrar a estudiantes de otras escuelas que me interrogaban ¿A cuál organización perteneces?, ¿a los CLP-CLER, Liga Socialista-MEUP, 1ero de Mayo, PRAG-Causa R, Ruptura, MAS, MIR, PCV, Vanguardia Comunista o Punto Cero? Solo atinaba a responder “soy de Petare y magallanero”.

Esta maraña de posiciones encontradas no solo se veía a nivel estudiantil. Entre los profesores también se evidenciaba estas contradicciones ideológicas. Quizás por la formación y la madurez de este sector, la sangre no llegaba al río, como sí sucedía en el movimiento estudiantil.

Famosa fue aquella batalla campal ocurrida en el año 77, protagonizada entre los “reformistas” y “los irreductibles” que terminó a pedradas y golpes en la Tierra de Nadie. El saldo fue de varias cabezas rotas y alguno que otro orgullo herido. Recibir una trompada frente a la novia de psicología y quedar nockout largo a largo, no es como para llenarse de gloria. Afortunadamente episodios de violencia como el narrado fueron muy puntuales. Lo que privaba era el debate doctrinario e ideológico en los pasillos y aulas de clases.

Ahora bien a pesar de las diferencias irreconciliables, había algo en común entre los diferentes bandos, a saber, el orgullo de ser ucevista y la defensa a ultranza de la autonomía universitaria.

Esto los unificaba y es lo que quiero rescatar en este artículo como ejemplo de las vueltas que da la vida. La universidad como espacio democrático podrá vivir momentos de tensiones; épocas de crisis y sismos epistemológicos; épocas de renovación profunda en lo académico, lo organizacional y lo administrativo; períodos de férrea crítica y autocrítica; de contradicciones internas como todo conglomerado múltiple y diverso.

Lo importante es que, aun con las divergencias y diferentes puntos de vista, mientras siga siendo autónoma, tendrá los mecanismos para dirimir las controversias dentro de un clima de respeto y de altura académica. Lo paradójico es que muchos de los que en aquélla época se batieron por la defensa de la autonomía universitaria hoy, desde el poder, son quienes la violan de manera permanente.

Por ejemplo, en aquéllos años era impensable que las fuerzas policiales y militares se pasearan como Pedro por su casa por los predios de la UCV. Los que otrora denunciaban como “allanamiento” a tales incursiones, hoy justifican y ven con buenos ojos, que se hagan redadas y matraqueos dentro del recinto.

Quienes se esgañitaban gritando “Presupuesto Justo para la UCV” en las kilométricas marchas hacia la Plaza El Venezolano, hoy justifican que se les dé un 2% del presupuesto solicitado para su funcionamiento, mientras se importan camionetas blindadas para la nomenklatura y sus socios.

Quienes vociferaban que las universidades debían ser ejemplo de democracia para la sociedad, hoy impiden las elecciones de nuevas autoridades en la ULA, UC y USB.

Marx decía que la realidad está en constante cambio y transformación. Partiendo de esta premisa (por cierto, elaborada por quien siempre ha inspirado a los enemigos de la universidad autónoma), y coincidiendo con el difunto Héctor Lavoe cuando nos recuerda que “nada dura para siempre”, no queda más que concluir que, una vez se vayan, vendrán tiempos mejores para la universidad.