lunes, 4 de marzo de 2024

 

Pasar de la creencia a la ciencia, por Tulio Ramírez

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X: @tulioramirezc

Durante mis estudios de Sociología, además de bañarme a diario de marxismo en todas sus vertientes, estudié algunos autores que, si bien han sido y son importantes en el mundo sociológico, eran tratados como teloneros de los ídolos del momento. Los Marx, Luckas, Adorno, Althusser, Hobsbawm y Gramsci, entre otros, eran los que ponían la música que debíamos bailar los muchachos recién salidos de un bachillerato que privilegiaba más la memoria que la comprensión.

Por supuesto, autores latinoamericanos y académicos venezolanos comprometidos de manera militante con el marxismo, también los estudiábamos con interés. Aunque no estuvieran rankeados en las ligas mayores del pensamiento marxista como los camaradas antes nombrados, eran muestras del talento regional y nacional.

Otros sociólogos como Weber, Parsons, Merton y Durkheim, estaban relegados a la banca, o cuando mucho utilizados en el noveno inning, pero no como oportunos bateadores emergentes sino como corredores ocasionales. Ponerlos en play dependía de dos condiciones, que el score estuviera abultado y que no hubiese fanáticos en las gradas. 

Eran los años 70 y el mundo universitario venezolano como la mayoría de las universidades autónomas en América Latina, estaba alineado con el materialismo histórico “como ciencia” y la dialéctica “como método”. Desde la nave nodriza soviética, esta corriente de pensamiento se expandió por el mundo como la única teoría de lo social “con bases sólidas, objetivas y científicas”. Las comillas no son para ironizar ni mucho menos, son para advertir que no son palabras mías, aunque quizás lo fueron en otros tiempos.

En esa época se estudiaba a los sociólogos no marxistas como ejemplos de lo que no es la ciencia, o peor aún, se incorporaban a los currículos de las escuelas universitarias para tenerlos como pera de boxeo. Se les acusaba de ser “discursos ideológicos con un lenguaje pseudocientífico, elaborados para tergiversar la realidad, justificar la dominación y mantener en el poder a la clase dominante”. Una vez más uso las comillas por las mismas razones expuestas en el párrafo anterior.

De esas tempestades epistemológicas devienen los lodos del pensamiento único que tanto daño ha hecho a varias generaciones de profesionales de las ciencias sociales en general. Producto de la guerra fría hasta bien entrados los años 80, se instauró un pensamiento único y unificador que obstaculizó el desarrollo de la crítica, la autocrítica y el pensamiento autónomo, es decir, trabó el desarrollo de la actitud científica. Esa corriente de pensamiento desdibujó la esencia misma de la formación universitaria. De espacios académicos para la libre confrontación de ideas con recursos argumentativos y evidencias, se convirtieron en nichos para la inquisición y veto de las ideas diferentes.

Entiendo que hoy en las ciencias sociales se hacen esfuerzos para superar los catecismos que por tanto tiempo dominaron las aulas de clases. Ya no se pontifica, como se hacía tiempo atrás, a “Doctrinas reveladoras de verdades históricas”. Eran doctrinas llamadas revolucionarias pero, a la vez, contradictoriamente inamovibles. 

En las aulas universitarias se están abandonando las verdades absolutas, para someter a la prueba de la lógica y de la evidencia, toda propuesta discursiva que intenta explicar la complejidad de lo social. Ese es el papel de la academia, formar a individuos críticos, capaces de analizar e interpretar, sin rendir ciegamente votos de obediencia a doctrina alguna. 

¿A qué viene toda esta aburrida perorata? Resulta que, por asomado, escuché a un joven sociólogo militante de la revolución bolivariana expresarse en un acto público de la siguiente manera, cito, “Nuestra línea de pensamiento es el marxismo ya que es la teoría científica que ilumina el camino de la práctica política transformadora a favor del pueblo. Gracias al marxismo los pueblos que lo han adoptado han logrado la felicidad plena…”. No sigo por respeto a usted, amigo lector.

Para este joven profesional, la evidencia será tomada solo si corrobora su teoría. Hechos como el derrumbe de la Unión Soviética, la caída del Muro de Berlín, la Cuba arruinada y empobrecida y una Corea del Norte con una Monarquía hereditaria que hizo de este país, su feudo; son meros detalles que no desvirtúan sus verdades “científicas”.

Pasar de la creencia a la ciencia no es tan fácil como desearíamos. Mientras perviva el culto a los Totems que tienen todas las respuestas, difícilmente podremos hacerlo.

lunes, 19 de febrero de 2024

 

El bendito celular, por Tulio Ramírez

El bendito celular
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Hace unos cuantos años observé una caricatura que me impresionó. Era la escena de una familia sentada alrededor de una mesa repleta de platillos y manjares, lo cual hacia suponer que estaban haciendo alguna de las comidas diarias. El asunto es que el padre estaba como ausente por estar concentrado en la lectura del periódico. No prestaba la más mínima atención al resto de los comensales quienes conversaban animadamente.

El mensaje era claro. Se alertaba sobre cómo, un espacio de comunicación e integración natural como es el comer en familia, podía desnaturalizarse involuntariamente. La necesidad de uno de sus miembros por estar informado sobre lo que pasaba en el resto del mundo, lo apartaba de la experiencia familiar. En el recuadro siguiente, el padre se levanta de la mesa comentando airado sobre el alza de la Bolsa y la crisis inmobiliaria, sin haberse enterado que su menor hija había confesado en medio de la comida, que se encontraba embarazada. 

Hoy esta caricatura tendría una pequeña alteración. En la misma mesa estarían el padre, la madre y los dos hijos, concentrados todos en el Facebook, Instagram, Tik Tok, X, WhatsApp o Tinder. Cada uno absorto en su red, totalmente ausentes y sin percatarse que la niña vació la salsa de tomate en la falda del liceo, al niño le guindan los espaguetis en la camisa como si fueran una corbata con flecos, mami se sirvió el jugo de naranja en el frasco de sus pastillas para adelgazar y papi corta insistentemente el Power Ranger del hijo, pensando que es el enrollado de carne que con tanto cariño preparó mami para la cena. 

No exagero. Demasiadas personas dedican más tiempo del necesario a la revisión de las redes sociales. Más de uno habrá caído de bruces en algún hueco dejado por Hidrocapital, tras la reparación de alguna tubería o chocado contra la puerta de vidrio de algún edificio, por estar pendiente del último mensaje de despecho que le envío Lila al Puma a través de las redes.

Donde estemos, observamos escenas similares a las comentadas. Solo basta asomarse a las porterías de los edificios, las cajeras de las panaderías, los vigilantes de estacionamientos, oficinas públicas, casetas de policías, terminales de mototaxis, kioskos de periódicos, etc. Conseguiremos personas más atentas al celular que a quien les solicita el servicio

Con motivo de las fiestas de carnaval, decidimos hacer un viaje familiar a Higuerote, para disfrutar del mar y el sol. Por esas fechas el tránsito aumenta debido al asueto. En la carretera había como 30 alcabalas, cosa que me pareció muy bueno. Sin embargo, a diferencia de otras veces, el tráfico estaba bastante fluido pese a esa gran cantidad de puestos de control.

La razón de tal fluidez es algo digno de contarse. Con la habilidad digna de un experto, los funcionarios dirigían el tránsito al mismo tiempo que revisaban sus celulares. Mientras con una mano hacían señales de avance, con la otra no solo sostenían el celular frente a sus ojos, sino que chateaban con el pulgar que les quedaba libre. Era una escena digna del Circo du Soleil. Se necesita un entrenamiento de años para lograr esa perfección.

Definitivamente un fenómeno picosocial recorre el mundo, la nomofobia. El término proviene del inglés «no-mobile-phone-phobia» y se utiliza para describir el miedo irracional a estar sin teléfono móvil. Los síntomas son los siguientes: ansiedad o nerviosismo cuando no se tiene el celular a mano; sensación de estar incompleto o desinformado sin el móvil; comportamientos compulsivos como revisar el móvil constantemente, incluso cuando no hay notificaciones; dificultad para concentrarse en otras tareas cuando se está cerca del teléfono móvil; y, sentirse aislado o desconectado del mundo sin el teléfono móvil.

Por cierto, esta información la obtuve mientras departía con mi familia en la playa. Pasé 4 horas revisando el celular para documentarme bien mientras remojaba mis pies en la orilla. Déjenme decirles que con la información soy muy responsable.

Por cierto, mientras buscaba en el celular, cayó la noche. No pude echarme un chapuzón ni comerme el sancocho. Para rematar, tampoco me percaté del pánico colectivo por la aparición repentina de un enorme, enfurecido y hambriento tiburón blanco que, según los bañistas, emergió justo a centímetros de donde yo estaba sentado. Ni cuenta me di.

lunes, 5 de febrero de 2024

 

«Original-original» o «imitación de calidad», por Tulio Ramírez

"Original-original" o "imitación de calidad"
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ACME es una marca ficticia que aparece en los dibujos animados de Warner Bros. Todo aquel que creció en los años 60, 70 y 80 del siglo pasado, sabe de lo que hablo. Los productos de esta marca eran los comprados por el Coyote para atrapar al Correcaminos. Nunca conocí la empresa de transporte que se los hacia llegar al desierto de Arizona, pero al parecer era más eficiente y oportuna que Amazon.

El nombre proviene de la palabra griega «akme», que significa «el punto más alto» o «el apogeo». Sin embargo, su uso en los dibujos animados es irónico, ya que los productos solían tener el efecto contrario de lo que se suponía debían hacer. Así, un explosivo estallaba en las narices del Coyote cuando revisaba por qué no había funcionado. El Coyote siempre perdía sus reales, no atrapaba al Correcaminos y por si no fuera suficiente, terminaba golpeado y maltrecho. 

Aventuras similares las está viviendo el venezolano en su cotidianidad. Es vox populi que buena parte de los repuestos para carros, zapatos deportivos, jeans, herramientas y electrodomésticos que compramos son fabricados como imitaciones y presentados en el mercado con los nombres de las marcas originales. 

En verdad que los tiempos han cambiado. Cuando yo era muchacho también se vendían imitaciones de productos originales. Fue la época en la que los japoneses imitaban las mercancías de otros países pero sin la misma calidad. Uno paseaba por la Avenida Baralt y se te acercaba un tipo para venderte un reloj SEYKO “original” por 4 fuertes (20 bolívares de los que sí valían), pero no caías en la trampa porque cuando lo detallabas, la marca decía SEIKON. Si al final lo comprabas, no pagabas más de 1 fuerte y el hombre se iba contento.

También ocurría que llegabas a la quincalla de los chinos y comprabas un juego de destornilladores marca Staynless. Evidentemente era una imitación de la prestigiosa y duradera marca norteamericana Stanley, fabricado en Connecticut, Estados Unidos. La versión china que se compraba era tan mala que al usarlos se doblaban como una “u” al primer pelón del tornillo. Indudablemente que sabías en donde te estabas metiendo. Nadie te engañaba. Eran imitaciones avisadas y su mala calidad era previsible. Además el precio ridículamente bajo con respecto al original era un indicio demasiado sonoro.

Hoy la situación es otra. Usted jura que el repuesto que compró para el automóvil o la nevera es el original. Algunas señales te dan confianza. La caja lleva el nombre de la marca del prestigioso fabricante, por otra parte se especifica en un costado del envase que es un producto importado del país donde está la archiconocida fábrica y lo compró en un establecimiento serio. Cuando usted confiado se lo da al mecánico o al técnico, este le dice “patrón, ojalá este repuesto sea original” ¡Queeeeeé!

Resulta que la nevera a los quince días deja de enfriar o se quema la pila de la gasolina del carro. Usted indignado va al establecimiento donde compró el repuesto y le dicen “mire caballo, usted no especificó si quería el original-original o la original-imitación”. Ante nuestra cara de consternación, el vendedor nos remata “recuerde que usted dijo que esperaba que fuese barato porque la cosa está jodida. Por eso le di el que se llevó. Pero esa es una imitación buena. Nunca he tenido quejas. Ese fue el técnico que la colocó mal”. 

A diferencia del Coyote, quien por su larga relación comercial con la empresa ACME ya sabe que lo que vaya a comprar, saldrá defectuoso, en nuestro caso sabremos que es una imitación de mala calidad solo cuando nos estalle en la cara. No hay manera de averiguarlo antes.

Estamos tan acostumbrados que hemos llegado a un nivel de resignación tal, que rezamos para que el artículo que vayamos a comprar, si no es el original, por lo menos sea una “imitación de calidad”. Desde esta lógica nos hemos dejado cantar el tercer strike sin tirarle y hemos aceptado mercancías, partidas de nacimiento, sentencias, credenciales diplomáticas, títulos universitarios y currículos, que bien merecen llevar la marca ACME por ser más chimbos e inútiles que teléfono de pabilo y vasitos.

lunes, 22 de enero de 2024

 

Bonifacia, la Bruja de Casalta y las predicciones para 2024, por Tulio Ramírez

Bruja de Casalta Bonifacia
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Llegó de incógnito. Arribó al país a comienzos de diciembre. Anunció su viaje solo a los más cercanos, a su familia, algunos pocos allegados y, no podía dejar de hacerlo, a Rosita, su peluquera de toda la vida. Tanta discreción era comprensible. El temor a pasar las fiestas navideñas y de fin de año dando consultas a su extensa y fiel clientela, la obligó a planificar su viaje en la más absoluta clandestinidad.

El lector debe imaginarse de quién hablo. Sobre ella he escrito por lo menos tres o cuatro artículos, narrando parte de su vida y obra. Esta enigmática mujer por mucho tiempo fue consultora espiritual de políticos, empresarios, comerciantes, militares, deportistas, intelectuales, damas de alta sociedad, maridos celosos, mujeres desesperadas, solteronas y solterones habituales, personas con mala racha y, según dicen las malas lenguas, hasta un sacerdote fue captado por alguna móvil, ingresando subrepticiamente a su consultorio.

Se trata de Bonifacia, la Bruja de Casalta. Por años atendió a su clientela en ese populoso sector del Norte de Caracas, hasta que se refugió en Miami, huyendo de la paranoia enquistada en el poder. Desde el Norte, y gracias a la magia del internet, atiende a la distancia a personas urgidas de sus consejos y predicciones. “Contigo donde quiera que estés”, es el lema que encabeza la tarjeta de presentación y su página en las redes sociales.

Fui uno de los pocos a quien contactó. Planificamos el encuentro como si fuese un capítulo de Misión Imposible. Decidimos reunirnos en un cuchitril de Quinta Crespo. Todo con mucha discreción. El ambiente de incertidumbre en la que se encuentra el país, la hace objeto de interés por su capacidad adivinatoria.

Por todos los medios presioné para que me revelara sus predicciones para 2024. Su fama de gran pitonisa la precede. Aciertos acumulados a lo largo de los años, la hace una bruja muy cotizada en los mentideros políticos. Precisamente por ello, escogimos ese pequeño local incrustado entre las esquinas Pilitas y Mamey. Un barcito discreto y centro de reunión de parroquianos más preocupados por llevar algo de comer a la casa que de la política. 

Con mucho misterio, mientras nos deleitábamos de una fría, sacó un sobre de su cartera. Me lo entregó por debajo de la mesa diciendo, “sabía que no te aguantarías y me preguntarías sobre las dichosas predicciones. Lee lo que está dentro del sobre, pero hazlo después que abandone el país. Recuerda que estoy de vacaciones”.

Tiempo después de ese encuentro y ya finalizada la primera quincena de enero, no había sabido nada de Bonifacia. Presumí que se había marchado a Miami, así que, con cierto nerviosismo, procedí a abrir el sobre. En su interior había un papel perfectamente doblado. Contenía tres párrafos numerados y asumí que cada uno se refería a una predicción. Pensé, “tanto misterio supone que son revelaciones que sacudirán al país. Fue por ello exigió que lo leyera estando ella a buen recaudo”. Bruja y previsiva.

El primer párrafo comenzaba así, “en 2024 Petro se convertirá en polvo cósmico y desaparecerá de la faz de la tierra”. Les juro que me asusté, “Dios mío, mi deber es alertar a la Embajada del hermano país”. El nerviosismo no me dejaba leer. Al finalizar el párrafo decía “no te olvides de poner el artículo “el”, antes de Petro y vuelve a leer”. Lo hice y deje de sudar frío, “en 2024 el Petro se convertirá en polvo cósmico…”. Se refería a la criptomoneda, esa que iba a hacer tambalear al dólar. Bueno, en realidad no se peló.

Fui al segundo párrafo. “A comienzos de enero habrá mucha tristeza en el país. Esa, a quien muchos venezolanos siguen con devoción, entusiasmo y esperanza, finalmente no la dejarán competir en la gran final”. Me dije, “Guao, esto si es un bombazo que estremecerá al país”. Pero espabilé, “ya va, espera un momento, estamos en enero y no he escuchado nada”.

Proseguí leyendo el texto, “ella, la nave turca, será eliminada del campeonato y los magallaneros sufrirán una inmensa decepción”. “Qué guasonsita Bonifacia” me dije a mí mismo. Estuve a punto de romper la carta pero reflexioné, “la verdad en esto tampoco se equivocó, cuando me dio el sobre había chance de pasar a la semifinal”.

Sin muchas expectativas continué la lectura. “En lo personal, querido amigo, tendrás una suerte única. En 2024 ganarás todos los sorteos. Tu oficina saldrá sorteada para la auditoría; al azar serás escogido por el Seniat para revisar tus declaraciones de impuesto; se rifará la presidencia de la Junta de Condominio del edificio y el número de tu apartamento será el premiado…”, no seguí leyendo y salté hasta la postdata de la bruja.

“Apreciado amigo, te deseo un feliz 2024 y recuerda, la curiosidad mató al gato”. De lo que sí estoy seguro es que la próxima vez que nos veamos, le preguntaré sobre cualquier cosa, menos sobre las predicciones del año siguiente. 

lunes, 8 de enero de 2024

 

A lo Albertico Limonta, por Tulio Ramírez

A lo Albertico Limonta
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X: @tulioramirezc

El primer artículo del año siempre genera nerviosismo a los columnistas. Es peor cuando el artículo está previsto salir 8 días después de culminado el año. Para ese momento ya es muy tarde para hablar sobre la celebración de fin de año y demasiado temprano para hablar de la llegada de los Reyes Magos. Por otra parte, el acostumbrado balance del año, ya seguramente lo habrán hecho reputados opinadores, de tal manera que la posibilidad de ser repetitivo o extemporáneo, es muy alta.

Mientras le daba vueltas a la cabeza para encontrar un tema que pudiera generar interés en el lector, tropecé con sendas imágenes del libertador Simón Bolívar, en tres en diferentes lugares de la ciudad capital. Usted se preguntará, ¿a cuenta de qué las imágenes de Simón Bolívar pueden ser de interés para un país que todavía está pasando la resaca de año nuevo?, ¿no se tratará de un tema supertrillado?

La verdad que reabrir la polémica que se suscitó en el país por el Bolívar zambo hecho en 3D, luego que al mascalacachimba del Comandante eterno se le ocurriera desenterrar sus restos, sería algo cansón y aburrido.

Y no es para menos. Revivir un asunto que hace más de 10 años derrochó litros de tinta en todos los medios no pareciera ser lo más razonable para el principio de un año que promete ser supernoticioso. Las elecciones presidenciales, el diferendo con Guyana, el asunto de los Acuerdos de Barbados, las sanciones, los presos políticos y el tema sobre la inhabilitación de María Corina Machado, son lomito para cualquier opinador de oficio. En esa lista no cabría lo de la imagen de Bolívar. 

Mientras estaba sopesando sobre cuál de estos temas escribir, una ida al aeropuerto internacional de Maiquetía para despedir a un familiar, me hizo alterar el listado. Algo que vi en ese lugar llamado sarcásticamente por los venezolanos, la Tercera Vía, porque la segunda es El Darién, me llamó tan poderosamente la atención. Así sería el impacto, que motivó la nota de hoy. Pero esta historia tiene sus antecedentes. Veamos. 

Resulta que haciendo las compras de última hora para los días de Navidad fui al centro de Caracas. En esa oportunidad y gracias a una enorme cola, observé con detalle la figura del Libertador realizada por Philippe Froesch, experto en el campo de la representación gráfica en 3D. En ese momento me vino a la mente, la reacción que dicha imagen generó en la mayoría de los venezolanos.

Recuerdo que fue criticado porque se alejaba de la que el mismo Bolívar consideraba su mejor retrato. De hecho, el 29 de octubre de 1825 desde el Potosí, el propio Bolívar le escribió a Sir Robert Wilson: «Me tomo la libertad de dirigir a Vd. un retrato mío hecho en Lima con la más grande exactitud y semejanza». Se refería al retrato que le hiciera el pintor peruano José Gil de Castro. Por otro lado, también recordé que se criticó el sesgo mulatoide y tosco del rostro que contrasta con la mascarilla de yeso que le hizo el Dr. Reverend después de haber muerto. Esta estatua horizontal está en la Quinta San Pedro Alejandrino, en Santa Marta, Colombia. 

Días después voy al Unicentro El Marqués y observo en la cara sur del edificio del INTT, una gigantografía de Bolívar con un rostro que nada tiene que ver con el elaborado en 3D. Es la réplica del óleo elaborado por el colombiano Ricardo Acevedo Bernal (1867-1930) que se expone en la Casa de Nariño en Bogotá. «Un mismo gobierno, dos rostros», sentenciaría un sabio camarada del Comité Central del Partido Comunista Chino.

Ese contraste siempre me llamó la atención, pero no era como para escribir un artículo y menos comenzando el año. Pero lo que vi en el aeropuerto internacional fue de otro nivel. A mitad de pasillo, al lado de la entrada para hacer migración, entre dos gigantescos pinos de navidad, estaba un retrato del Libertador que se salía de todos los moldes conocidos. 

Era un rostro de galán de telenovela de los años setenta. Nariz perfecta como recién salida del quirófano, pelo perfectamente peinado en bucles que parecía obra de un estilista, ojos color café, cejas pobladas y perfectamente alineadas, piel tersa y delicada con el brillo que dan los aceites e hidratantes importados, expresión cautivadora y varonil, en fin, un look a lo Albertico Limonta en el Derecho de Nacer.

Al comentar esto con un colega profesor, me explicó en tono de joda, «esas imágenes reflejan las contradicciones internas del partido gobernante. Por una parte están los radicales que colocan en sus oficinas ministeriales la imagen de Bolívar en 3D junto a la foto de Chávez; por otro lado, están los chavistas críticos que prefieren la imagen tradicional de los libros de Historia de Venezuela y, por último, los enchufados que prefieren al Bolívar que más se parece a ellos, a saber, el recién salido del Spa que está en el aeropuerto».

¡Feliz 2024 apreciados lectores!.