lunes, 22 de agosto de 2022

 

A mi maestra Yolanda, con cariño, por Tulio Ramírez

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Corría el año 1968, estudiaba 6to grado en la Escuela Municipal Leoncio Martínez, ubicada en el barrio Las Brisas de Petare. Era un caserón enorme y nunca supe si esa estructura fue construida para fines educativos o simplemente fue convertida de casa en escuela.

En esa época era muy común que algunas escuelas públicas y colegios privados ubicados en sectores populares, funcionaran en casas residenciales que las transformaban para impartir clases. Mi escuela era municipal y para llegar a ella, había que subir 134 escalones por el laberinto de casas construidas desordenadamente por los primeros habitantes del barrio. 

Era un ambiente muy curioso por la conformación social de sus alumnos. Atendía a quienes vivían en la barriada, pero también inscribían a los provenientes de familias de clase media trabajadora que vivían en casas de vecindad y edificios del Banco Obrero, ubicados muy cerca de la avenida Francisco de Miranda.

Ese arco iris social me permitió estudiar con compañeros muy pobres que usaban alpargatas diariamente y con otros que usaban zapatos menos modestos, unos que cargaban sus útiles debajo del brazo y otros que usaban bultos de cuero. Años después, viví algo parecido en la Universidad Central de Venezuela. 

Esa mixtura social, sirvió para descubrir mundos hasta ese momento desconocidos para unos y otros. Los que éramos de la avenida aprendimos a construir papagayos, a disparar con chinas o gomeras, a cazar iguanas, a construir carruchas y a montarse en una mata de mangos sin usar escaleras. Los del barrio, por su parte, aprendieron que «los de la avenida» no eran ricachones que los odiaban, ni señoritos arrogantes que los verían por encima del hombro. 

Es importante aclarar, sin embargo, que ese ambiente de camaradería no se generó de manera espontánea. En las primeras de cambio había reservas entre ambos sectores y cada quien se agrupaba con sus iguales.

Debo confesar con mucha pena que, a la gran mayoría, los padres les inocularon esas aprehensiones. Los del barrio temían que los «de la avenida» los trataran con desprecio y estos que los del barrio «marcaran» su territorio a costa de lo que sea y contra quien sea.

Unir esos dos océanos no fue sencillo. La inteligencia y el amor de maestras como Beatriz, Kika, Belén, Yolanda, y tantas otras, nos hicieron entender que el dinero, el color de piel o la vestimenta no debían hacernos sentir mejores o peores que el resto. 

Una tarde de ese 1968, se apareció un piquete de policías municipales en la escuela. Buscaban a Néstor, el de 6to grado, también conocido en el barrio como «Bembita». Por cierto, era de los más pobres del salón. Un vecino de la parte alta del barrio, lo acusaba de haberse introducido a su casa en horas de la madrugada y robarse algunos artefactos eléctricos. 

Los policías, sin mediar palabras con el director, fueron directo al salón para detenerlo. Llegaron de manera agresiva, rolo en mano y alzando la voz. La maestra Yolanda, de un salto, interpuso su frágil humanidad entre Néstor y los agresivos policías. Su intención era evitar que lo sacaran a rolazos del salón. Néstor era un muchacho desnutrido, pesaba menos de 35 kilos. Los agentes lo podían malograr. 

Forcejeando y luchando como una leona, la maestra Yolanda logró montarse con Néstor en «la Jaula» (camioneta donde llevan detenidos a los capturados), alegando que no dejaría a un niño a merced de «esos cavernícolas». Un par de horas después, regresaron ambos a la escuela. El denunciante había retirado la acusación en vista de que apresaron al verdadero ladrón.

Al entrar al salón, la maestra Yolanda solo dijo: «Muchachos saquen el cuaderno y escriban: Nadie puede ser sentenciado culpable solo por parecerlo. Para mañana quiero una reflexión de ustedes sobre esa frase». Creo que, a partir de allí, con mis apenas 12 años, comencé a pensar como adulto.

Hoy Yolanda tendrá unos 82 años. Me han dicho que sigue viviendo en Petare, en situación muy precaria. Imaginemos cuantas maestras Yolanda están hoy muriendo en la indigencia debido al desprecio gubernamental. Haber formado a tantos ciudadanos útiles al país, al parecer no es importante para nuestras autoridades educativas. Dónde estés, maestra Yolanda, te envío un inmenso beso.

lunes, 8 de agosto de 2022

 

Nicolás Bianco, por Tulio Ramírez

Nicolas Bianco
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Era un viernes de julio de 2008. Estaba cerrando el semestre, por lo que ordenaba los asuntos pendientes del Doctorado en Educación, del cual era coordinador. Sonó el celular. Recuerdo que era un Nokia medio destartalado. Una improvisada cinta de selloteck impedia que la carcaza se terminara de descalabrar.

Era un número desconocido. Atendí con cierto arrepentimiento ya que me encontraba en preparativos para salir corriendo a celebrar el cumpleaños de un colega profesor. El ágape era en un Bar cerca de la UCV, la cual pomposamente llamábamos “El Palacio de las Academias”.

Contesté con un «aló» en tono seco, mientras en mi mente el mensaje era: «Hoy es viernes y voy que quemo, por favor apurese». Del otro lado se escuchó una voz dando las buenas tardes, e inmediatamente la pregunta «¿hablo con el profesor Tulio Ramírez?». La voz no me pareció familiar, pero respondí que sí, seguido del acostumbrado «¿en qué puedo servirle?».

«Mucho gusto profesor, le habla el Doctor Nicolás Bianc». Pensé, «¿Nicolás Bianco?, ¿para qué me estará llamando?. Ni siquiera voté por él en las elecciones para Autoridades de la UCV». Todo me parecía muy extraño.

Después del saludo inicial, en forma clara escuché «me gustaría hablar con usted, ¿si no es molestia, podría asistir el lunes a las 2:30 pm al Instituto de Inmunología?». «Si, como no profesor, con gusto estaré allí», fue mi respuesta.

Colgué y me di cuenta que ni siquiera había preguntado para qué quería conversar conmigo. Le di vueltas al asunto pero, por supuesto, lo hice hasta el descorche para el primer brindis. A partir de allí deje de cavilar sobre la llamada y me dedique a celebrar.

Durante el fin de semana, indagué un poco sobre el personaje que recién había sido electo como Vicerrector Académico. Su currículo era impresionante. Un médico reconocido internacionalmente como avezado científico, investigador incansable con obra prolífica y además fundador de un Instituto catalogado como uno de los mejores de la región en materia de inmunología. Todo un Hall de la Fama de la academia.

Llegó por fin el lunes. Recuerdo que no conseguía dar con el Instituto. Con más de 27 años en la universidad para ese momento, todavía había dependencias que nunca había visitado.

Me recibió de manera cordial. Su imagen era como la imaginaba. De impecable vestimenta formal y una corbata con un nudo inglés, poco visto en estos predios universitarios. Hizo que lo acompañara a un salón donde estaban reunidos emblemáticos profesores ucevistas de diferentes facultades. Algunos me saludaron con aprecio, ya que los conocía por haber coincidido en eventos o reuniones académicas. La UCV es grande, pero chica a la vez.

El Dr. Bianco se dirigió a los presentes, «ya veo que muchos lo conocen, yo no había tenido el placer. Convoqué al profesor a esta reunión para invitarlo a trabajar conmigo en el vicerrectorado, espero que me diga que sí».

Quedé en una pieza. Con el permiso de la audiencia, lo invité a conversar en una oficina contigua. «Profesor Bianco, me halaga enormemente su invitación, pero ¿usted sabe lo que está haciendo?, usted no me conoce y además déjeme decirle que, prácticamente fui uno de los jefes de Campaña del candidato contrario a su fórmula».

Me interrumpió para darme una de las mejores lecciones que he recibido en mi vida, «profesor Ramírez, la universidad es el espacio dónde los diferentes se encuentran, no para destruirse, sino para construir algo superior y más grande que sus conquistas individuales. Te convoco a trabajar juntos para ayudar a construir la universidad que el país necesita».

 Los 9 años que lo acompañé fueron gratificantes. Constituyó un equipo de gerentes que era un Dream Team. Bajo su liderazgo, se lograron importantes avances que beneficiaron y aun benefician a profesores y estudiantes.

Su virtud, no coartar iniciativas y apoyar solidariamente todo proyecto en beneficio, no de su gestión, sino de la universidad. Supo sortear tropiezos y asumir retos no fáciles de lograr por la falta de recursos y el asedio constante a la autonomía, la cual defendió hasta el fin de sus días.

En lo personal, aprendí que una universidad se fortalece y crece gracias a hombres de su estirpe y coraje moral. Nicolás, agradezco que me hayas llamado esa tarde de julio de 2008 y haberme dado la oportunidad de trabajar contigo. Descansa en paz amigo

lunes, 25 de julio de 2022

 

¡Firrrme! que llegó el comandante responsable, por Tulio Ramírez

¡Firrrme! que llegó el comandante responsable
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Atendiendo a las enseñanzas de mi difunta abuela quien vivió las Dictaduras de Gómez y Pérez Jiménez, evito escribir sobre asuntos de uniformados porque, y siempre lo repetía, «es peligroso». De tal manera que, no estando en Suiza, debo cuidar lo que queda de este servidor. La abuela, haciendo gala de su infinita sabiduría, nos recordaba con su característico humor negro que, por estos lados, «las estrellas, barras, charreteras y chapas tienen un gran valor sentimental. Cada vez que las vemos nos entristecemos por la impotencia y la indefensión».

Solo por precaución, y en la medida de lo posible, evito cualquier tipo de contacto con la autoridad uniformada. Mi terapeuta ha insistido que el origen de esta aprehensión está en un trauma adquirido en mi infancia. Según ella, lo sufro desde la primera cueriza que recibí de mi viejo. He tratado en vano de convencerla de que por allí no van los tiros. Le aclaro que después de la primera, vinieron muchas más, y al día de hoy, hasta las agradezco. Que me perdonen mis amigos psicólogos. 

Aclarado que no es un problema con la figura de autoridad, también debo dejar sentado que tampoco se trata de un problema político o doctrinario. Muy lejos de echarle la culpa a algún anarquismo in pectore que se cuela solapadamente desde el inconsciente para rechazar todo olor a uniforme o autoridad. Mucho menos tiene que ver con posturas principistas y estigmatizadoras que le atribuyen al otro, por el solo hecho de existir, defectos o fortalezas, más inventadas que reales.

Mi posición con respecto al tema, tiene que ver más con determinaciones sociológicas e históricas que por preconceptos o desagradables experiencias personales. Por ejemplo, en esta parte del mundo donde se han vivido largos períodos dictatoriales, o sus democracias no han sido suficientemente sólidas, las instituciones han actuado más por el capricho de quien las guía y no por la normativa. En estos contextos, es natural que el uniforme pase a ser un símbolo de «autoridad y orden», inclusive por encima de la ley. 

Las nuestras son sociedades donde al uniformado no se le respeta sino que se le teme. Aunque habrá honrosas excepciones, generalmente se le asocia a la arbitrariedad, a la impunidad y al abuso de poder. No por casualidad es común escuchar en nuestros países que: «hay que asegurarse de tener como amigo a un médico, un abogado, un mecánico y un uniformado, sea este policía o militar».

Por esa razón, nunca me gustaron los intentos de militarizar a la sociedad venezolana. Eso de denominar a todo de acuerdo con la jerga cuartelária como «campo de Batalla», «Combate ideológico», «Guerra económica», «Combate de ideas», “Combatiente», «Patriota», «Rodilla en Tierra», no es más que una forma de dar connotación militar a lo que no lo tiene. Todas estas iniciativas pretenden, bajo el demagógico lema de la Unión Cívico-Militar, invertir el orden de los factores. Es decir, sustituir las normas y usos propios del comportamiento civil por la cultura de los cuarteles.

Por la misma razón, también me he opuesto a los intentos de militarizar la educación. No estuve de acuerdo con la obligatoriedad de la Instrucción Premilitar, las Brigadas Escolares, los llamados Patrulleros de Pasillo, la infeliz Guerrilla Comunicacional, la Brigadas de Defensa Integral, así como tampoco aplaudo a las fulanas Brigadas Comunitarias Militares (Bricomiles).

Me preocupa sobremanera que se anuncie que «en cada escuela y liceo debe haber un responsable militar encargado para resolver, arreglar y poner las cosas como deben ser». Ese “poner las cosas como deben ser”, ¿a qué se referirá?. Por ejemplo, si se diera el caso de que los docentes decidan acatar una huelga magisterial ordenada por el sindicato respectivo, me pregunto ¿cómo ese «Responsable Militar» se encargará de «poner las cosas como deben ser»?, ¿pasará por encima del Director?. No me lo quiero ni imaginar. 

Por supuesto, me aterra pensar, haciendo un ejercicio de reducción a lo absurdo, que los alumnos tengan la obligación de pararse firme ante la llegada del «comandante responsable» o que en la entrada, los muchachos tengan que entonar el “Patria, Patria querida” haciendo coro a la interpretación desafinada del galáctico. Espero que no se llegue tan lejos, pero uno nunca sabe.

Si bien, en todas las Dictaduras de derecha o izquierda, la escuela se ha usado como formadora de los respectivos «hombres nuevos» (sean comunistas o fascistas), nunca se les confió a los uniformados la tarea de «poner orden» dentro de las instalaciones escolares. Bueno, mejor no sigo y hago caso a mi abuelita. «Siempre es peligroso hablar de esos señores». Amanecerá y veremos.

 

lunes, 11 de julio de 2022

 

Para entender el mundo opositor venezolano, por Tulio Ramírez

Para entender el mundo opositor venezolano
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Tengo varios amigos en el extranjero preocupados por la política venezolana. No me refiero a los que viven en los países de la región. Ellos rumbean, juegan ajiley, beben ron, echan chistes en los velorios y están curados de espanto con los desaguisados, torpezas y maromas de sus políticos autóctonos. Ya nada los sorprende ni los confunde.

¿La razón? La cultura política y los políticos en esta parte del mundo son más o menos similares, quizás lo que cambia un poco es el estilo. Es por ello que nada nos espanta ni nada nos asombra. Como sucede con los peces, nos parece normal tener el agua hasta el cuello.

Otro asunto es cuando se trata de amigos que están en países ubicados más allá del charco. Me carteo (léase correo electrónico) con nativos de Holanda, Suecia, Dinamarca, Suiza, España, Japón y Francia y confieso que me engalleto y los engalleto, tratando de explicar lo que, para una persona de esta parte del mundo sería muy fácil de entender.

Imagino que para esos cerebros alimentados tres veces al día, con leche de alta calidad, jugosos bistec, yogurt griego, sacarina en vez de azúcar, cereales repletos de vitaminas y educados en entornos donde priva el sentido común y la razón, procesar tanta información bizarra sobre nuestro acontecer político les generaría unos cortocircuitos neuronales que producen los mismos efectos de una «mala nota», entiéndase, risas sin causa aparente, seguidas de angustias depresivas.

Por ello me he propuesto hacer una clasificación de los grupos opositores vernáculos para facilitarles la comprensión de lo que aquí sucede. Lo primero es hacerles entender que no deben hacer traducciones literales ya que el término puede adquirir significados diferentes, dependiendo de quién lo dice y quien lo escucha. Así pues voy con unos tips para facilitarles la vida.

  1. Si el gobierno es el que llama a dialogar a la oposición, muchos venezolanos entenderán que a quien llama es a los opositores que no hacen oposición porque quieren evitar que el gobierno termine oponiéndose a ellos. Parten del lema: «quien se opone poquito, lo persiguen poquito». Estos opositores tienen a su vez sus propios opositores quienes los cuestionan porque «no son los verdaderos opositores».
  2. Si es Guaidó quien llama a la unión de la oposición, entonces otra parte del país entenderá que no está llamando a los opositores con los que el gobierno quiere dialogar, sino que llama a otros, a los que se la pasan llamando al gobierno a dialogar y este no les para bolas. Este sector también tiene su grupo de opositores, son los que argumentan que «si bien se hacen llamar opositores, no lo son tanto porque no se han empeñado lo suficiente en su oposición al gobierno».
  3.  Otros opositores son «los opositores de todos los opositores». Son los que se oponen a los opositores a los que el gobierno llama para dialogar, pero también se oponen a los opositores que llaman al gobierno para dialogar en Noruega, México, Santo Domingo, Biscocuy o donde sea. Es conocida como «la oposición atea», porque no creen en ninguna otra oposición que no sea ella misma.
  4. Finalmente están los opositores «inmovilizados y embalsamados», que son los que esperan que los descubran como la «oposición verdadera». No creen en ninguno de los grupos opositores descritos. Desconfían de todos porque «son una falsa oposición». Amparados en este argumento, no participan en nada y joden a quien sí lo hace. Lo paradójico es que si algún sector de esta oposición decidiera realizar acciones de oposición, se opondrían también a ellos, por «hacerle el juego al gobierno».

Espero que al leer esta nota escrita en un castellano entendible, transparente y sobre todo preciso, mis amigos de allende los mares no se enreden y aprendan a descifrar el complejo mundo de la oposición venezolana. Por nada y siempre a la orden.

lunes, 27 de junio de 2022

 

Cuidado por donde cortas, por Tulio Ramírez

Cuidado por donde cortas
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Lo de Colombia es tan serio que parece una mamadera de gallo. Como suele suceder, los expertos en política y mascalacachimbas de oficio, han dado múltiples y variadas explicaciones para que nosotros, los que solo podemos comprar entradas para palcos de sol, podamos comprender lo que sucedió en esas elecciones.

Algunos han usado la Teoría del Chacumbele. Según ésta, nuestros paisanos decidieron “cortar por lo sano” para salir de sus problemas. Del análisis se desprendería que, efectivamente, dejaron viva e incólume la parte enferma. Se confirmaría la tesis expuesta en ese famoso merengue colombiano que reza en su estribillo: «el mismito se mató».

Otros, por su parte, abordan el tema desde la Teoría del Síndrome de Estocolmo. Según esta Teoría, las víctimas terminaron admirando a sus secuestradores. Parece descabellado pero en política hay mucho muerto cargando basura. 

Cuando crees que estas aniquilado por el desprecio de quienes perjudicaste, te sorprende un apoyo masivo en votos por parte de los mismos a quienes les fastidiaste la vida por décadas. 

Por otro lado, algunos cientificistas echan mano a la Teoría del Péndulo. De manera docta argumentan que la lucha por el poder obedece a los principios de la física y a leyes que operan independientemente de los hombres.

Para ellos, la política colombiana históricamente ha obedecido a un movimiento pendular pero dentro del espectro de la centroderecha. Ambos polos se rotaron el poder por más de 60 años sin invitar a terceros a un juego que se desarrollaba por inercia mecánica. 

Según estos «sabelotodoyalgomás», el agotamiento de este movimiento pendular abrió un espacio a nuevos actores quienes seguirán la misma dinámica hasta que otros actores emerjan como alternativa creíble. De acuerdo con esta teoría durante los próximos años estaremos en presencia del juego «un ratico tú y un ratico yo», pero esta vez sin conservadores ni liberales. Ni Thomás Khun habría sido tan elocuente.

Para mi poco entender, todas estas teorías en vez de aclarar, oscurecen. Me lanzaré de espontáneo y me tomaré el atrevimiento de exponer, con la venia de mis fraternos amigos colombianos, nuestras propias opiniones sobre los comicios presidenciales. 

En primer lugar aclaro que Rodolfo Hernández no era santo de mi devoción, pero representaba el mal menor. Por ello, le atribuí mucho chance. Sentí que sus arengas, al cuadrar más con el populismo demagógico «antitodavaina», podían seducir a los votantes ya cansados del partidismo tradicional como de los cantos de sirena de una izquierda que por más que simule, se le ve el bojote. Pero no fue así.

Definitivamente nadie aprende por experiencia ajena. Como le dijo mi comadre Camucha, a mi ahijado el pantallero, «pareciera que tienes que fracturarte una pierna para entender que el yeso no es un adorno que te hará más hombre o más sexi, sino que por el contrario, te hará más inútil de lo que ya eres». La sabiduría de mi comadre es comparable con la de cualquier de esos sabiondos de la política. 

Perdonen la digresión, volvamos a lo que vinimos. Al parecer, no fue suficiente argumento haber sido testigos de cómo sus vecinos huían «con la pata quebrá» del paraíso socialista. El espejo de Venezuela no logró impedir que llegara al poder un hombre cuya vida política huele más a pólvora que a tinta. Se cayeron todas las quinielas, por lo menos en este lado del Arauca vibrador.

Más allá de mis sesgos, también entiendo que una sociedad tan pétreamente excluyente y con altos niveles de pobreza no atendida, pueda inducir a cualquier medida desesperada, agrandando el espacio para el error. Es como aquel que, encaramado en un alto árbol y dominado por el temor a una estruendosa caída, decide cortar con su machete la rama donde está sentado, pero por el nerviosismo corta el lado que está pegado al tronco. De que baja, baja, pero al final tendrá como mínimo unos cuantos huesos rotos. No es lo que deseo para nuestros vecinos.

lunes, 13 de junio de 2022

 

«Barranco sin fin» y la jubilación. El desenlace, por Tulio Ramírez

"Barranco sin fin" y la jubilación. El desenlace
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«Barranco sin fin», ese amigo del que les comenté hace 15 días, me indica que, si aquella vez no lo agarró «el Chuto», esta vez es muy probable que lo agarre el «Sin Nariz». No quiere abusar de su buena suerte, por lo que esta vez quiere pasar «agachao». Me pide, en consecuencia, que no publique más sobre el asunto.

Argumenta que si no lo despidieron por el alboroto que armó en el Poliedro la semana pasada, esta vez lo pueden despedir por una cosa que se llama «conducta antipatriótica reiterada». Esas fueron las palabras que escuchó, cuando lo citaron a Recursos Humanos. 

Barranco sabe que su jefe no lee TalCual, pero alguien le puede ir con el chisme y esta vez sí le pueden aplicar «la cosa esa reiterada», y su jubilación se irá al diablo.

Barranco, (me ahorraré el «sin fin» para aprovechar más el espacio), está verdaderamente paranoico. Le comento que la jubilación es un derecho adquirido y protegido por las leyes venezolanas. 

Cómo boxeador que elude el Jab, me responde, «mira caballo, tú sabes que la jubilación se convierte en un derecho, cuando cumples los requisitos; y yo no los cumplo todavía, recuerda que me faltan un par de meses para ser titular de ese derecho. Mientras que eso no se dé, soy un trabajador activo al cual pueden despedir por quítame esta pajita». 

Insisto en tranquilizarlo. No quiero que los lectores se priven de conocer el segundo capítulo de la historia que comenzó en el acto presidencial del Poliedro, cuando indignado, protestó por la encerrona que hicieron a los trabajadores que querían abandonar el recinto antes de que concluyera la celebración del 4to año de gobierno.

«Chamo, si me botan, tu no me vas a mantener, así es que, cómo la María Antonia de Gualberto, déjate de tonterías, métete en el manicomio pa’ que se te quite esa manía», me riposta en un tono cantarín y burlón.

Finalmente, después de tanta cháchara y tanto ruego, cedió, pero puso una condición. Esta me costó 25 verdes en el Bodegón de los árabes. «El riesgo es grande, pero lo haré por ti y tu promesa. No permitiré que quedes mal con tus lectores». Me digo a mi mismo, «ese elixir ámbar, la verdad que abre puertas y voluntades». 

Después del segundo guamazo, comienza su relato. «Me apersoné a la oficina de Recursos Humanos y, Yuleyka del Carmen, la secretaria, me miró de la misma manera como el Gato con Botas miró a quien lo iba a degollar en la película aquella. Pensé, ¡carajo, hasta aquí llegué!, quien me mandó de safrisco. Yo no tenía por qué ir a ese evento». 

Hace una pausa, se sirve el tercero y continúa. «Allí me esperaba mi jefe, el jefe de personal y el presidente del sindicato. La presencia de este último fue un alivio. Había alguien que podía defenderme».

«Comenzó mi Jefe. Me soltó que de un tiempo para acá, había notado mi falta de compromiso con la revolución, que me tenía en observación y lo del Poliedro fue la gota que rebasó el vaso. El Jefe de Personal, por su parte, me dio una perorata sobre las sanciones y la obligación moral de serle fiel al gobierno. Antes de que este terminara, pidió la palabra el presidente del sindicato. Me dije, ¡qué bien, ya los va a poner en su sitio, esto es un abuso!”. 

Barranco campaneó el vaso con elegancia. Me hizo recordar a los gentleman ingleses, hasta que meneó el trago con el dedo índice de la misma mano con la que sostenía el recipiente. ¡Qué destreza!, ¡ni los adecos!

«Compañero, dijo el Jefe del sindicato, fui invitado a esta reunión como testigo de su traición al proceso. Esto no tiene nombre. Usted recibe la Bolsa CLAP, compró su cocina en Mi Casa Bien Equipada, lo metimos en la lista para los 6 litros de aceite de motor, está entre los elegibles para adquirir el combo de pescado salado y ahora nos sale con esta vaina». Me pregunté, si su defensor natural le dio hasta por la cédula, ¿cómo terminó salvándose Barranco?

Preparándose el cuarto trago, ya con la lengua medio enredada, Barranco me hizo saltar como Condorito cuando dijo, «cáete pa´ tras caballo, el Jefe de Personal y mi Jefe, pasaron las dos horas siguientes persuadiendo al Presidente del Sindicato, quien insistía en que me botaran por conducta antipatriótica reiterada, de que la cosa no era para tanto y que era suficiente una amonestación verbal». Definitivamente Barranco tiene más vidas que un gato. Valió la pena gastar los 25 verde