lunes, 3 de agosto de 2020

comercios se reinventan


The Grandmother had a baby, por Tulio Ramírez


No amigo lector, no se trata de hacer alarde de las clases de inglés que estoy tomando durante este período de confinamiento forzado. Es sabido que por culpa de los camaradas de ustedes saben dónde, que no evitaron la expansión de ustedes saben qué, muchos nos hemos visto en la necesidad de triplicar el trabajo en casa o inventar nuevas cosas que hacer para evitar volvernos locos. En mi caso, preferí tomar las English Classes, que hacer consultas on line con un terapeuta. Pero este no es el tema que me ocupa hoy.
La expresión que encabeza esta entrega no es mía. Se la escuché a Cassius, un norteamericano de color….negro, oriundo de Alabama, quien regenta una licorería en San José de Rio Chico o “Saint Joseph of Little River” como le gusta llamar a su segunda pequeña patria. Con sus 64 años a cuestas y 35 en Venezuela, todavía combina el español y el inglés para hacerse entender por los borrachitos que día a día acuden a su local, para aplacar la sed que provoca el no hacer nada bajo el fuerte sol barloventeño.
Lo llamo por teléfono de vez en cuando para enterarme de las cosas insólitas que siempre pasan en esa encantadora tierra y, por supuesto, para aprovechar y practicar un poco mi escuálido inglés. “Hi Cassius, I am Tulio, how are you today? What are you doing my friend?”.
Ese es mi ritual saludo (cuando mejore más mi inglés, le preguntare más cosas de entrada). Su respuesta inmediata siempre es la misma “Hi, Tulio, I am fine and I am working as usually do, what about you?”. Como sabe que estoy practicando su idioma me responde de esa manera, lento y bien modulado.
En la última conversación que tuvimos, me sorprendió con una respuesta poco usual, “Hi, Tulio, now here the Grandmother had a baby”. La verdad no entendía. Pensé, “voy a tener que estudiar más inglés porque ahora sí que me perdí”. Le pregunté en español “¿Qué me dices?, ¿qué una abuela qué cosa?”. Su respuesta no se hizo esperar “No parecer cosa tuya, yo querer decir que ahora abuela parió, que esta vaina joderse to much”, todavía sin entender, le increpo, “¿cuál abuela chico?, ¿tu cómo que te estas bebiendo la mercancía?”.
Me da su explicación sin abandonar su spanglish con acento de granjero sureño. “Ahora yo tener que comprar mercancía para negocio, mercado para mi house, gasolina for my car y medicinas para tensión, con último número de cédula”. Respondí, “bueno, en eso tienes razón Cassius, es una contrariedad, pero al parecer es una medida que se toma para evitar las aglomeraciones y la propagación del covid-19. Son medidas incomodas pero a veces necesarias. No soy gobiernero, eso tú bien lo sabes, pero ante el peligro inminente de un contagio masivo a veces hay que tomar decisiones drásticas como esa. Paciencia negro”.
“Qué paciencia ni qué carajo”, dijo en perfecto español, “yo no tener cédula porque ratero robar cartera mía. Yo poner denuncia y tener seis meses tratando de sacar cédula y nunca conseguirla. Yo ir y siempre decir a mí, no tener material. Yo ir 7 veces y no conseguir bendito papel. Now, yo necesitar ID porque nadie venderme nada. Negocio va a quiebra y salud empeorar. El gobernador no pensar en quien no tener cédula”.
Nunca lo había escuchado hablar tan bien el español. Luego de una breve pausa para tomar aire continuó, “borrachito cliente decirme que escribir carta a gobernador y decir que yo ser del PSUV y no poder votar en diciembre. El asegurarme que así yo conseguir cédula rápido, but yo no querer hacerlo, nunca hacer tricks para conseguir cosas”. La verdad Cassius, tienes toda la razón, definitivamente Parió la Abuela. Yo, por lo pronto, a seguir estudiando mi inglés.

miércoles, 22 de julio de 2020

El imperio de la ley


No vaya a ser que me la apliquen, por Tulio Ramírez


En 1.933, las Cortes de la II República española, decidieron que era necesario redactar una ley para perseguir a los sujetos de “dudosa moral”. Previo a esto los castigos solo se limitaban a multas administrativas a quienes eran sorprendidos en actos reñidos con las buenas maneras. Vagos, proxenetas, mendigos, apostadores en juegos ilícitos, ebrios y toxicómanos habituales, eran constantemente multados, hasta que se dieron cuenta de lo ineficaz de esta medida, porque las joyitas ni pagaban la multa ni dejaban de joder.
Hartos de que les jugaran la “guayaqueta”, las Cortes del reino español encomendaron a los eminentes abogados y académicos Mariano Ruiz Funes y Luís Jiménez de Asúa, la tarea de elaborar una ley que impusiera severos castigos al malandraje de esos tiempos. Así, se redactó la famosa Ley de Vagos y Maleantes, aprobada, por cierto, con el voto de todos los diputados de izquierda.
Ya no se le daría un inocuo “pao pao y pasa por taquilla” a los vivianes, ahora se les impondría, además de la multa, un encierro por 15 días, lo que se podía hacer tantas veces fuesen atrapados sin evidenciar que estaban haciendo algo útil como trabajar. Era una ley preventiva que partía del siguiente principio “te meto preso aunque no estés haciendo nada, para evitar que hagas algo malo”. Luego, el Dictador Franco extendió la persecución a los homosexuales. A lo mejor Fidel y el Che se inspiraron en esta ley para perseguir a los de la isla.
En Venezuela, la Ley de Vagos y Maleantes se aprobó en 1939. Tuvo reformas en 1943 y en 1956, para finalmente anularse por inconstitucional en 1997, Durante casi 60 años se aplicó a discreción. Prueba de ello está en el numeral 14 del artículo 3, que consideraba sin más como maleantes a “quienes observen conducta reveladora de inclinación al delito…”. O sea, la sola sospecha de que alguien va a cometer un delito era prueba suficiente para llevárselo preso. Se partía de la presunción de culpabilidad y no de la de inocencia.
Cómo en España, la discrecionalidad fue el hilo conductor en la aplicación de esta ley. Además de mandar para El Dorado a los etiquetados como “vagos y maleantes”, no pocas veces la utilizaron para meter en chirona a los amantes de las infieles esposas de alguno que otro “chivo” o para aplicar “castigos ejemplarizantes” a jóvenes revoltosos opositores a los gobiernos de turno.
Para 1997 fue anulada por inconstitucionalidad por sentencia de la, para entonces, Corte Suprema de Justicia. Sin embargo, en el mismo fallo se le deja vigente hasta tanto el congreso la sustituya por otra ley. En el año 2005 se reforma el Código Penal donde se reafirma la presunción de inocencia. De tal manera que nadie podía ser detenido por que su aspecto o caminao “se parece igualito al de un ladrón”.
Así pues, se eliminó esta dañina y perniciosa ley para acabar con los abusos del poder. Ya los ciudadanos podían estar tranquilos, no se detendría a nadie por antojo de algún policía “chopo e’ piedra” celoso o vengativo, o por algún juez “haciéndole el mandado a un superior”. Esa barajita ya no existiría más. La presunción de inocencia, el debido proceso y el respeto a los derechos humanos imperarían de ahora en adelante.
En 2017 la revolución aprobó la llamada Ley Constitucional contra el Odio, por la Convivencia Pacífica y la Tolerancia. Por razones de seguridad personal me abstendré de comentar sobre ella. No vaya a ser que me la apliquen y me encarcelen sin previo juicio acusándome de instigación al odio. Lo declaro de una vez por si acaso, nunca he odiado a alguien, ni a ellos.

lunes, 6 de julio de 2020

UDO


¿Quién quiere ver a la UDO en llamas?, por Tulio Ramírez


Trato de imaginar lo que pasaba por la cabeza de los que quemaron la Biblioteca de la Universidad de Oriente (UDO). Intento buscar una explicación lógica. No creo que por una asignatura reprobada alguien vaya a hacer tamaña barbaridad. ¿Sería qué los agarraron copiándose en un examen y los ridiculizaron delante de todos sus compañeros?; ¿algún profesor embarazó la novia de alguno de ellos?; ¿la de Estadística III les tumbó el Summa Cum Laude y no podrán ganarse la Beca para hacer el Postgrado en Oxford, Cambridge o en la Universidad Ignacio Agramonte y Loynaz de Camagüey?
La verdad me esfuerzo y no consigo alguna razón lo suficientemente convincente como para justificar esa acción barbárica. Quemar la biblioteca de una universidad solo es comparable con actos genocidas como el holodomor impuesto por Stalin a los ucranianos, o el exterminio de todo no ario por parte de los nazis. Ambas acciones no pueden racionalmente justificarse aunque hayan sido impulsadas por taras sociopáticas o por elaboradas tesis políticas o ideológicas. 
Les confieso que entre las cavilaciones llegué a pensar sobre la posibilidad de que haya sido un accidente. Quizás un usuario desprevenido encendió un cigarrillo y por un acto inconsciente producto de un deseo reprimido, tiró la colilla encendida sobre el estante donde reposan los libros de marxismo. Por ser tan viejos y de tan poco uso, son los propensos a agarrar fuego más rápidamente. No me caigan encima, trataba de darle alguna estructura razonable al origen del fulano incendio.
Semanas después me entero de la destrucción del laboratorio de Biomedicina de la misma universidad. Se llevaron equipos muy valiosos para la investigación pero de nula demanda en la calle.
Es decir, continuando con la misma lógica de la quema de la Biblioteca, nos preguntamos ¿que ganan con este acto vandálico si no podrán sacar provecho de lo robado?
Indagando aún más, me entero que lo mismo sucedió con el Instituto de Oceanografía, el Centro Sismológico, el Laboratorio de Química y para no ser acusados de discriminación epistemológica también han saqueado y desvalijado los departamentos de Filosofía y Ciencias Sociales. Inclusive, saquearon la sede rectoral. La rectora Milena Sosa afortunadamente no se encontraba en el lugar, quién sabe lo que hubiese sucedido de haber estado presente.
Algunos amigos, profesores de esta universidad, me amplían el panorama. Me señalan que hay dos tipos de agresores.
Hay un grupo de vulgares delincuentes para los que la universidad se convirtió en la proveedora de piezas y aparatos útiles para el hogar y el mercadeo.
Extraen con total impunidad, puertas, inodoros, filtros de agua, aires acondicionados, computadoras, plafones. Teléfonos, cables, lámparas y cuanto artefacto sea útil o vendible. Estos son rateros que actúan bajo la seguridad que da la inexistente vigilancia interna y la nula colaboración de las autoridades policiales.
El otro grupo es el más peligroso por su fanatismo e irracionalidad. Son los guiados por el resentimiento y la ignorancia repotenciada por una ideología profundamente anticivilizatoria. Son los que actúan ante la cultura y la ciencia igual a los Talibanes que destruyeron, a punta de mandarriazos y cañonazos, monumentos milenarios y obras de arte, por “ser iconos que simbolizan la cultura de los infieles a Alá”. Parafraseando a esas joyitas, podríamos decir que estos grupos queman Bibliotecas y saquean universidades porque ellas simbolizan la cultura de los infieles al socialismo.

lunes, 22 de junio de 2020


Lo de AD no es una división, por Tulio Ramírez

AD vive


Acción Democrática (AD) es un partido que nace en el fragor de la lucha contra el oscurantismo y la barbarie. Su historia se reconoce como briosa y combativa desde sus primeros pininos con la Agrupación Revolucionaria de Izquierda (ARDI) creada en Barranquilla en 1931, luego con el Movimiento de Organización Venezolana (ORVE) y el Partido Democrático Nacional (PDN), fundados ambos en 1936. En 1941, como producto de la fragua de esas experiencias previas, surge de la mano de Rómulo Betancourt, el llamado Partido del Pueblo. Desde entonces, AD ha sido tema de conversación, para bien o para mal, de cuanta tertulia, mojadita o no, se ha materializado en este paraíso caribeño.
Hombres como Rómulo Betancourt, Raúl Leoni, Rómulo Gallegos, Luís Beltrán Prieto Figueroa, Mariano Picón Salas, Alberto Adriani, Andrés Eloy Blanco, Gonzalo Barrios, Leonardo Ruiz Pineda, Alberto Carnevalli, Antonio Pinto Salinas y tantos otros, esculpieron una organización con vocación de poder, pero también de justicia social y compromiso con la democracia. La trayectoria de ese partido no ha sido un camino de algodón, como alguna vez dijera el caudillo de Guatire y máximo líder de esa organización, Rómulo Betancourt.
Los adecos no solo se han tenido que enfrentar contra regímenes extremadamente crueles como la dictadura de Pérez Jiménez así como la más reciente. Cuando les ha tocado gobernar, han tenido que enfrentar insurrecciones armadas con ayuda extranjera e intentos de Golpes de Estado. Hasta hay que anotarles un intento de magnicidio (de los de verdad, no de los inventados) organizado por el dictador dominicano “Chapita” Trujillo.
Pero Acción Democrática ha tenido que luchar también contra sus propios demonios. El denominado Partido de Juan Bimba, fue tocado por la sombra de la corrupción y la conducta poco ética de algunos de sus dirigentes. Esto creó una costra que derivó en una mancha que todavía hoy, no ha podido sanar del todo.
Si lo anterior no es poca cosa, los adecos fueron testigos del parto de la abuela en varias oportunidades. Las divisiones le han obligado a reinventarse para mantener la ilusión de una militancia que ha sido puesta a prueba de manera reiterada.
Primero fue la división de los jóvenes bajo el liderazgo de Simón Sáez Mérida, Américo Martín, Moisés Moleiro, Gumersindo Rodríguez y otros brillantes muchachos que crearon el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). Inspirados por la revolución cubana, terminaron acompañando al Partido Comunista en una aventura armada que enlutó cientos de familias venezolanas de lado y lado. Fue una división por motivos ideológicos, era inevitable contenerla.
Luego, en 1963, vino la segunda división encabezada por Raúl Ramos Jiménez. Se trataba de la generación intermedia que quería hacerse del partido desde los puestos de dirección. La idea era imponer la candidatura de Ramos Jiménez por sobre la de Raúl Leoni. La vieja guardia sometió la rebelión y expulsó del partido a los sublevados. Estos participaron en las elecciones bajo la tarjeta AD-Oposición concedida por el Consejo Supremo Electoral, obteniendo una pobre votación que no llego ni al 2,5%. Fue una división generacional por el control del partido. Era inevitable.
La tercera división se produjo en 1967. Luis Beltrán Prieto Figueroa asumió como derecho la postulación de la candidatura presidencial, Rómulo le dijo nai, nai, el hombre es Gonzalo. Las inclinaciones izquierdistas del maestro no le simpatizaban a su antiguo compañero de ruta. No le quedó más remedio que agarrar sus cachachás e irse a fundar el Movimiento Electoral del Pueblo junto a Jesús Ángel Paz Galarraga y Salom Meza Espinoza. Fue otra división indetenible. El nivel de tolerancia ideológica no daba para evitarla. 
Hoy somos testigos de otra arremetida, pero esta vez no se trata de una división por razones ideológicas, porque quien la encabeza no se le conoce pensamiento alguno. Tampoco se trata del control del partido ya que el personaje no tiene seguidores a quien liderar. Definitivamente no es una división como las vividas en el pasado. Solo se trata de la venta de unas siglas y unas sedes por 30 monedas de plata con lo cual el Judas alpargatado, solo podrá comprar poco más de un guacal de topochos. Qué vergüenza.
Final Feliz


¿Alguna vez tendremos un final feliz?, por Tulio Ramírez


En los últimos 20 años los venezolanos hemos estado ayunos de finales felices. Ha habido episodios cuyo final nos ha dejado una enorme desazón como sociedad. Siempre simpatizando con el más débil, confiamos en que la justicia triunfaría como en las películas de Hollywood. No importaba que en episodios precedentes el lado oscuro batuqueara a las fuerzas del bien, la seguridad de que en el último minuto llegaría la caballería salvadora, nos mantenía con expectativa de un final feliz. Pero hace rato que los finales son otros.
Primero fue con el caso de los cinco policías metropolitanos, acusados de asesinar a 2 de las 19 personas que cayeron por balas disparadas aquél fatídico 11 de abril de 2002. Tuvimos la esperanza de su liberación por la sencilla razón de que después de 7 años de juicio, 230 audiencias, 265 experticias, 5700 fotografías, más de 20 videos, 198 testigos y 48 expertos, los fiscales del gobierno no pudieron probar su participación en los hechos que se les imputaban. Fueron condenados y enterrados vivos en la cárcel. Un final infeliz.
Un año después un Tribunal ordenó desalojar a familias enteras de las viviendas ubicadas en la urbanización Los Semerucos en Paraguaná, estado Falcón. Estaban asignadas a los trabajadores de PDVSA que fueron despedidos por el árbitro de futbol de Miraflores. Teníamos la esperanza de que un tribunal de alzada apegado a la ley les devolviera las viviendas, mientras se decidiera la apelación interpuesta por los botados. Hicieron caso omiso a esta apelación y ratificaron el desalojo. Otro desconcertante final.
En el año 2005 Franklin Brito fue objeto de expropiación de sus tierras de manera arbitraria. Apeló a los organismos correspondientes. No le pararon bolas. La indignación y la impotencia lo llevaron a una huelga de hambre de 4 meses. Fue objeto de burlas. Nunca olvidaremos aquella expresión “Brito huele a formol”, mal chiste macabro expresado por un alto funcionario. Abrigamos la esperanza de que no se atreverían a dejarlo morir, pero lo hicieron. Un final triste.
Lo de la Juez María Lourdes Afiuni fue otro caso donde la caballería salvadora nunca llegó. Afiuni liberó a un empresario, cumpliendo todos los extremos de ley. Esto no gustó al poder. Fue acusada y condenada desde una cadena de radio y televisión, por el juez supremo de la revolución. Corría el año 2009. Fue destituida de su cargo, encarcelada, humillada, calumniada. Se le imputó el delito de “corrupción espiritual” (¿¿??). Asumimos que ante la falta de pruebas, se debía proceder a su liberación. Nos equivocamos. Final injusto.