martes, 9 de julio de 2019




Dante y El Metro de Caracas, 

por Tulio Ramírez


Hace unos días dedique este espacio al Metro de Caracas. Compartí las peripecias que viví cuando intenté viajar desde la estación Zona Rental en Plaza Venezuela, hasta la estación Antímano, rumbo a la UCAB. Debo señalar que todo lo que narré fue totalmente cierto.
Este preámbulo lo hago porque luego de publicado ese artículo, recibí llamadas de colegas y jodedores (más bien de colegas jodedores), para felicitarme por tanta imaginación y creatividad. Confieso que invertí mucho tiempo para convencerlos de que no se trataba de una crónica escrita bajo los efectos de alguna lumpia de mala calidad, sino de hechos totalmente ciertos.
Hoy decidí escribir sobre el mismo tema. No piense amigo lector que se trata de algún “Déficit Temático”. Si bien es cierto que en esta época los columnistas tienen muchas carestías, no pueden alegar que una de ellas sea la falta de temas.
La revolución no produce nada, pero en cuanto a temas para opinar, reflexionar, criticar o denunciar, es una fuente inagotable.
He podido titular esta columna de varias maneras según los últimos acontecimientos. Títulos como “La Comisionada habló”, “Tortura y revolución”, “Ser opositor y no morir en el intento” o “Dólar nuestro de cada día”, asegurarían el interés de los lectores, pero lo vivido recientemente en el subterráneo me obliga a retomar el tema del Metro.
Meter nuevamente el carro al taller me convirtió una vez más en usuario del otrora “mejor medio de transporte de la ciudad capital”. Como todo aquel que está picado de macaurel, tome previsiones antes de “bajar” a ese inframundo socialista. Metí en el morral una botellita de agua y 2 paquetes de galletas; me aseguré de que las pilas del celular estuviesen cargadas; avisé a familiares, amigos que viajaría en Metro y, muy importante, dejé por escrito en la mesita de noche un documento donde responsabilizaba a la compañía Metro de Caracas y al gobierno nacional por todo lo que me pudiera pasar durante el trayecto.
No había aire acondicionado pero el tren iba a buen tiempo y eso compensaba cualquier incomodidad. La gente entraba y salía mostrándose como barajitas de ese álbum llamado Venezuela. Gente con rostros más desgastados que la ropa que llevaba encima; niños con evidentes signos de desnutrición; trabajadores “pa’ lo que sea” con morralitos tricolor sucios y rotos; viejitas con la tristeza empotrada en la mirada; jóvenes buscando el pan diario a punta de vender “caramelitos de menta a 200” y estudiantes universitarios con la mente puesta en mejores opciones de vida, conformaban los usuarios esa mañana.
Al llegar a la estación La Paz, el tren se detuvo más de la cuenta. Durante ese tiempo permanecí ensimismado en pensamientos que aparecían y desaparecían de manera anárquica. De repente, me vi envuelto en una situación surrealista. El Metro se transformó ante mis ojos en el país y los viajantes en sus habitantes. Igual que el país, el tren estaba paralizado; igual que el país, había mucho temor sobre cuál sería finalmente su destino; igual que el país, los funcionarios no daban información; igual que el país, algunos pasajeros tomaron la decisión de salir de la estación sin mirar atrás; igual que el país, otros nos quedamos con la esperanza de que, en cualquier momento, se solucionaría el problema; y otros, al igual que el país, se quedaron porque no tenían otra alternativa. A los 45 minutos decidí irme.
Menos mal que Dante Alighieri no hizo el recorrido del infierno al paraíso utilizando el Metro de Caracas. Se hubiese bajado despavorido en la primera estación y la humanidad se hubiese perdido su magnífica obra, la Divina Comedia.

lunes, 24 de junio de 2019



Si hay empate, me quedo con la Corona, 

por Tulio Ramírez


A propósito de los hechos denunciados por algunos periodistas en los que se involucra a personas ligadas a sectores opositores venezolanos, con la apropiación indebida de dineros provenientes de donaciones destinadas a la ayuda humanitaria, se ha levantado una campaña feroz por parte de voceros del gobierno, y no pocos de la oposición, dirigida a inculpar a toda la dirigencia opositora venezolana como responsables y beneficiarios directos de la sustracción y disfrute de tales recursos.
De acuerdo a esta versión oficialista, los 90 mil dólares sustraídos, alcanzaron para cubrir extravagantes necesidades de diputados en el exilio. Según el gobierno, con esos reales se habrían adquirido 2 faraónicos Pent House y 3 apartamentos de lujo en Bogotá; boletos para viajar en primera clase a una docena de países para los voceros del gobierno interino (incluidos viáticos jugosos); giras nacionales con llegada a Hoteles 5 estrellas y consumo de camarones al ajillo con contorno de langosta; automóviles blindados con guardaespaldas jamaos; estadía por más de un mes en el exterior de la esposa de Guaidó; trapos para cenar con Trumps; alimentos y pañales para el bebé; y hasta alcanzó, de acuerdo con el vocero oficialista, para pagar un par de sobrebarrigas, 6 cervezas Águila y unas damas de compañía por allá por Cúcuta.
No me atrevo a meter la mano en fuego ni para culpar ni para defender. Habrá que esperar a que culmine la investigación solicitada por el propio Guaidó a las autoridades colombianas (esto no lo dice el gobierno), pero lo que si me sorprende es esos reales hayan rendido muchísimo. Ya los jodedores que nunca faltan están pidiendo que estos “choros” se encarguen de las finanzas venezolanas. Si con 90 mil verdes lograron hacer todo eso, merecen que se les confíe los pocos recursos que todavía quedan en la tesorería nacional antes de que las rapiñas rojitas se los raspen por completo, para que se adquiera lo que necesita el pueblo venezolano y cuidado si hasta les sobra plata.
Más allá de la jodienda hay cosas que llaman a la reflexión. Primero, donde hay real hay tentación y de esto sabe mucho el gobierno ya que se han cepillado, no 90 mil sino muchos más de 1.900 millones de los verdes. Este saqueo al erario público, no ha sido denunciado por el Fiscal, por el contrario, persigue y mete preso a quien lo hace. En segundo lugar, confunden hurto o apropiación indebida con corrupción. Todo acto de corrupción puede suponer la apropiación indebida de dineros públicos (delito de peculado), pero no toda apropiación indebida es corrupción si se trata de recursos privados apropiados ilícitamente por particulares que no poseen la cualidad de funcionarios. Tercero, la responsabilidad penal es individual, así que culpar a Guaidó por actos delictivos de particulares es absurdo. Es como si una madre que contrató a una señora para cuidar los niños y terminó desvalijándole la casa, debe ir presa por complicidad en el robo.
El gobierno pretende encochinar a todo el liderazgo de la oposición en estos hechos a todas luces condenables. La lógica de tal proceder es muy simple. Como les es literalmente imposible convencer a los venezolanos de que las inmensas fortunas exhibidas por sus líderes y altos funcionarios, fueron adquiridas por herencias de sus tías o porque se ganaron el KINO, les es más fácil acusar de corruptos a los otros para meterlos en el mismo saco de corrupción donde están ellos. Saben que empatando ganan. Quieren que los venezolanos terminen exclamando “todos son corruptos, todos son lo mismo, me quedo con el que me da alguito”. El gobierno apuesta a las reglas del Boxeo: “si hay empate, me quedo con la Corona”.

lunes, 10 de junio de 2019



Sadim y el Metro de Caracas, 

por Tulio Ramírez


Definitivamente Sadim ha tocado al Metro de Caracas. Es la única explicación que encuentro para tanto desastre. Antes de la llegada de Sadim este servicio de transporte masivo era la joya de la administración pública republicana, o de la IV República como le gustaba decir al innombrable. En los remotos tiempos de la democracia, el buen servicio, pulcritud de los espacios, cortesía de los trabajadores y puntualidad de los trenes, inducia al usuario al buen comportamiento. Nadie se atrevía a botar un papel fuera del cesto de la basura, las miradas recriminadoras de los demás constituían la peor sanción.
Este comportamiento modelo de los caraqueños contrastaba con la anarquía que se vivía en la superficie. Allá arriba los conductores irrespetaban las luces del semáforo, no se cedían los puestos a los ancianos y lisiados, ni los transeúntes ayudaban a nadie a cruzar las calles. Esos mismos infractores y descorteces se comportaban como príncipes y princesas no más pisaban las escaleras eléctricas para acceder a los andenes del subterráneo. Pero llegó Sadim y mandó a parar.
Ahora ingresar a cualquier estación del Metro caraqueño podría catalogarse como una experiencia límite. En estos días iba a la Universidad Católica Andrés Bello a dictar clases y decidí tomar el Metro en la estación de Zona Rental. No quiero detenerme en el deterioro de las instalaciones, la falta de alumbrado, la suciedad y la falta de personal, solo me referiré a la dinámica del servicio.
Después de esperar casi 40 minutos llegó el tren con dirección a Las Adjuntas, léase bien, con dirección a Las Adjuntas, o sea venía de la estación Bello Monte. La larga espera hizo que se acumulara un gentío. La entrada al vagón fue catastrófica. Una viejita rodó en el tropel y nadie la ayudó a levantarse. Un muchacho con unos tutores a la altura del muslo fue revolcado por la multitud y una niña quedó fuera del tren gritando a su madre que pudo a empellones ingresar. Los gritos “déjenme salir” de la madre desesperada, no provocaron ningún eco en la audiencia.
Después de acomodarnos o de compactarnos, el tren demoró por lo menos 13 minutos más en cerrar sus puertas. El calor era agobiante, los aires acondicionados no servían, pero la gente tenía fe en que, como sucede con los aviones, al arrancar se encenderían.
Durante ese rato ni la niña podía entrar ni la madre podía salir. “Déjenme salir” y “mamá, mamá” eran gritos que se volvieron parte del paisaje acústico del vagón. Parecía una escena de una película sobre el Holocausto. Todos rumbo a Auschwitz.
Luego de esa tediosa y sofocante espera al fin se cierran las puertas. Lo cumbre es que una vez cerradas se escucha por el altavoz que la siguiente parada era “la estación de Bello Monte”. Se armó el escándalo. Todo el mundo iba vía Las Adjuntas. Así, entre el “Déjenme salir” de la madre atrapada en la multitud, el consabido “Maduro, co………madre” y otros cientos de improperios y maldiciones, el tren regresó a la estación de donde había partido.
Finalmente, la gota que rebasó el vaso. El clímax de la exasperación llegó cuando la misma voz aterciopelada anunció que, por motivo de algo que no alcance a escuchar, los usuarios debían abandonar los vagones. Definitivamente todo lo que toca Sadim lo vuelve m……. ¡Ah se me olvidaba!, Sadim escrito al revés se lee Midas, aquel que convertía en oro todo lo que tocaba.

lunes, 27 de mayo de 2019



Los nuevos oficios de la revolución, 

por Tulio Ramírez

Ese mal chiste llamado socialismo del siglo XXI ha hecho cuadritos la vida del venezolano. No solo lo convirtió en minimalista, pero no por tendencia artística, sino por conformarse con lo mínimo bajo el argumento del “eso es lo que hay”. Este sin sentido que llaman revolución bolivariana alteró, sin aviso y sin protesto, una forma de vida que nos definía como ciudadano venezolano.
“La pobreza obliga”, decía un amigo ingeniero que cuando le pregunté en que trabajaba, me indicó que estaba en el negocio de la energía. Cuando lo felicité y le pedí detalles, se sinceró y confesó que vendía bebidas energizantes en las marchas de la oposición. Como mi amigo, muchos se han ido adaptando a los nuevos escenarios y nos ha tocado reinventarnos para poder sobrevivir.
Los venezolanos se inventan una para poder rebuscarse los churupitos. Ya no es escandaloso ni causa sorpresa encontrar en casa de familia carteles con la leyenda “se redactan documentos legales, se cogen ruedos, se cuidan niños, se ponen inyecciones y se capan gatos”.
También hemos conocido de profesionales universitarios dedicados a ser “especialistas en organizar ventas de garajes”,
que se ofrecen a familias que se van del país para ayudarlos a recuperar algunos billeticos verdes con la venta de sus coroticos.
Otros oficios han surgido gracias a la creación de nuevos mercados. Las necesidades de la gente se han convertido en oportunidades para estos emprendedores. Es el caso del “Señor de la Apostilla”. El trámite para legalizar y apostillar documentos para irse con “alguito debajo el brazo que ayude a conseguir trabajo”, es tan engorroso e imposible de llevar a cabo, que ha multiplicado la demanda de estos gestores, especializados en ayudar a hacer realidad un sueño: el de huir a otro país.
Otro nuevo oficio es el “Bachaquero 2.0”. No debe confundirse con el “Bachaquero Analógico” que vende en la calle. El “2.0” es aquel que incursiona en los grupos de whatsap ofreciendo neveras, cocinas y aires acondicionados del Programa Mi Casa bien Equipada, aceite para carros, plantas eléctricas, combos de carne, paquetes de harina de maíz y estampitas con rezos para curar el mal de ojo.
Por supuesto, no podemos dejar por fuera al “Dalero”. Se trata de ese personaje con una gorrita de béisbol y chalequito con colores casi desaparecidos por el rigor del tiempo y el hollín, que se encarga de ayudar a estacionar a los particulares en las calles. El alto costo de los estacionamientos ayudó a crear este servicio. Es cada vez más frecuente escuchar el grito “dale, dale, dale” al ritmo de un antebrazo que se balancea para indicar al chofer las maniobras que debe hacer para estacionar de manera impecable su vehículo. Luego el “estamos pendientes y vaya con confianza”, supone un contrato de servicio verbal y sinalagmático que ha ayudado a alimentar a más de un joven de la calle.
Con estos oficios han surgido otros, “el marcador de la cola” (te aguanta el puesto), “el banquero” (alquila banquitos de plástico a los que hacen la cola), “el bolsero” (las vende porque ya no dan bolsas en el abasto), “el operador de puntos de venta”, “el mecánico a domicilio”, “el vendedor de boletos aéreos”, “el señor que hace viajes al aeropuerto”, y quizás el más curioso: “el ortodoncista de acera”, quien coloca brackets para acomodar la mordedura de niños y adultos, por precios módicos y al aire libre. Estos son los nuevos oficios de la revolución.

lunes, 13 de mayo de 2019

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Listo para el retiro, por Tulio Ramírez


No apreciado lector, no comentaré sobre una gloria del deporte que termina su carrera. Les pido que sigan la historia de lo aquí narrado para que tenga sentido. Lo primero es que estamos en el país de “lo más seguro es que quien sabe”. La falta de información “de lado y lado”, como gusta pontificar a los que pretenden pasar por el charco sin embarrarse los zapatos, ha incrementado los niveles de incertidumbre en una población que mayoritariamente está pidiendo que le dibujen el norte de las acciones que le piden realizar, bien sea para mantener a este impresentable régimen, o bien para salir de él.
Los días 30 de abril y 1 de mayo son ejemplo de ello. Después del entusiasmo inicial por el video que mostraba militares, a un Leopoldo libre y un Guaidó con una sonrisa pepsodent de seguridad absoluta de lo que se estaba haciendo, todavía hoy 13 de mayo nadie sabe a ciencia cierta qué fue lo que pasó realmente. La reacción de la gente que acudió al su llamado fue más o menos esta: “¿y para qué me convocaron a salir a la calle diciéndome que ahora si es de verdaíta, para luego volverme a casa como si nada hubiera pasado?”
Sobre lo sucedido ha habido muchas versiones. Unos explican que lo que pasó fue que a Guaidó lo iban a poner preso y por eso se lanzó para evitarlo. Esa explicación no convence a nadie, porque igual lo podían poner preso un día antes o uno después, y nada de eso ha ocurrido. Desde el exterior nos dicen que la cosa iba bien, pero los comprometidos se echaron para atrás a última hora.
Otros, “metidos en política”, dijeron que había un avión con los motores encendidos esperándolo para sacarlo del país, cosa que al final no se produjo porque el otro jefe del país lo impidió. ¡O nos salvamos los dos o nos jodemos los dos, tu a mí no me dejas en la estacada!, es la versión de los que cuando echan el cuento pareciera que estaban cargando la maleta de Nicolás, si no es así como se entiende haber escuchado con lujo de detalles tal conversación.
Hay una versión más a lo “James Bond”. El hombre iba a montarse en el fulano avión cuando los rusos llamaron a su celular y le dijeron “no te vistas que no vas”. No sabemos si se lo dijeron en ruso o a través de un traductor. Esa parte del cuento no está clara. El sector Avengers señaló que fue una valiente acción comando para liberar a Leopoldo. Total, hay versiones para todos los gustos, escoja alguna de ellas. Al final, después de tantas versiones, nadie entiende nada.
Del lado del régimen la cosa no es muy diferente. Los rojitos fueron a Miraflores un poco perdidos. Se preguntaban “¿a Miraflores a defender qué, si Maduro no despacha desde allí?”. Vieron a un Nicolás que no dio la cara sino como 8 horas después y con ojeras incluidas. Los menos hipnotizados, expresaron sus dudas sobre la fortaleza del gobierno ya que Guaidó anda libre, convocando a marchas cada vez que quiere y discurseando en contra del régimen. Para los admiradores de los colectivos, Maduro da señales de debilidad al encabezar marchitas en cuarteles y no en la calle, como debe ser.
El 30A y el 1M quedarán como fechas donde algo pudo haber sido y no fue. Se pudo haber dado fin a la pesadilla que representa el régimen de Maduro, o se pudo haber dado fin a la pesadilla que representa Guaidó para el gobierno de Maduro. Pero no, allí están los dos en sus trece. Después de los acontecimientos de esos días, lo que se respira en el ambiente es que hubo un empate técnico, que no hubo ni vencedores ni vencidos, que hubo tablas pues. Así que, amigo Diosdado, al parecer no solo la oposición fue inepta para lograr lo que se propuso, también la ineptitud del régimen se pierde de vista. Quedó como Rocky en la primera película, mallugado, débil, pero no victorioso. Listo para el retiro.
PD: Mención especial al profesor José María Cadenas, quien, si se retiró victorioso, pero involuntariamente, paz a sus restos.