El arte de simular, por Tulio Ramírez
Simular es aparentar ser quien no se es o alardear sobre un atributo que no se tiene. Disimular es ocultar quien se es en realidad o hacer invisible un atributo que sí se tiene. La simulación inventa y la disimulación encubre. Ambos comportamientos ameritan una dosis imprescindible de actuación para poder ser convincente.
No todo el que simula o disimula es exitoso. Hay que tener habilidades histriónicas para poder lograr el impacto deseado. Si al simular o disimular la actuación no es impecable, se corre el riesgo de ser descubierto en la mentira y perder toda credibilidad.
No hay que ser un experto en neurolingüística para descubrir al impostor. Basta con observarlo y escucharlo detenidamente. Los gestos delatan, la manera como argumenta también, inclusive basta una pregunta inteligente para desestabilizar el argumento y dejarlo en evidencia.
En una oportunidad observamos la respuesta de una entrevistada visiblemente afectada por la crisis económica. Parada en la puerta de una vivienda precaria, amamantando a un triponcito mientras el otro, sin camisa, se le abraza a una pierna, declara: «en nuestra comunidad estamos eternamente agradecidos con el gobierno revolucionario. Gracias a la sensibilidad de nuestro presidente obrero nos entregan el beneficio de la Bolsa CLAP».
El rostro inexpresivo no refleja emoción alguna y mucho menos agradecimiento. La declaración la hace de corrido y sin pausas, como si estuviera recitando de memoria un fragmento leído pocos minutos antes. Es evidente que el intento por simular alegría es un acto fallido.
El reportero, por cierto, de un medio oficialista, repreguntó: «¿Entonces usted agradece al gobierno nacional por la ayuda recibida?». El pobre trataba de obtener «un sí» más convincente. La joven madre ante la insistencia volteó su rostro a la izquierda con evidente cara de fastidio, respondiendo un «Umju» más inexpresivo todavía.
Por supuesto, el caso del ejemplo no es el más ilustrativo ya que se trata de una simulación forzada o por encargo. Así es muy fácil descubrir el engaño. Difícil es cuando el que simula es un buen actor, o peor aún, cuando se cree su mentira. Una cosa es ser un cobero habilidoso y otra, creerse el personaje.
Cuando la simulación cruza esa frontera, deja de ser una mera técnica de supervivencia criolla a lo Tío Conejo, para convertirse en un fenómeno sociopatológico. A ver, el mentiroso episódico sabe que miente, por lo que mantiene un cable a tierra; el simulador patológico, en cambio, termina devorado por su propio guion. En este último caso se borran los límites entre la verdad y el libreto.
¿A razón de qué viene esta reflexión? Cuando leo los resultados de una encuestadora muy rojita ella, y escucho a su director, me asalta la duda sobre las intenciones del mensaje. El susodicho afirma que el último sondeo de su empresa, el interinato obtuvo un respaldo del 62%.
Esas cifras tienen el mismo efecto que la respuesta de la entrevistada del cuento. Nadie creyó lo que dijo, por la cara que puso cuando lo dijo. Para simular de manera convincente que se es feliz, siendo consciente de que se es infeliz, hay que ser muy buen actor y eso, vamos a estar claros, tiene su mérito.
Pero patético es creerse que se es feliz a pesar de que la realidad le demuestra a todo el mundo que no lo eres. En el primer caso es intento de engaño al otro; en el segundo, es autoengaño.
Si los supuestos números de aceptación de la gestión interina buscan simular una realidad inexistente, es un intento ingenuo para confundir. Basta con caminar 2 cuadras en cualquier ciudad de Venezuela para descubrir que ese porcentaje genera más dudas que decidir aceptar la invitación a un amanecer gaitero donde correrá la comida y la bebida pero que se llevará a cabo en la terraza de un Pent House con piso de anime y barandas de plastilina.
La verdad, no me preocupa el intento de manipulación porque nadie se lo cree. Son como los llamados a «la reconciliación sincera y con el corazón en la mano» por parte de quienes hasta ayer alardeaban de su poder para decidir sobre la vida y la libertad de los que pensaban diferente.
Lo que realmente me preocupa es que el encuestador crea que esos porcentajes sean ciertos. Espero que no.

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