lunes, 25 de julio de 2022

 

¡Firrrme! que llegó el comandante responsable, por Tulio Ramírez

¡Firrrme! que llegó el comandante responsable
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Atendiendo a las enseñanzas de mi difunta abuela quien vivió las Dictaduras de Gómez y Pérez Jiménez, evito escribir sobre asuntos de uniformados porque, y siempre lo repetía, «es peligroso». De tal manera que, no estando en Suiza, debo cuidar lo que queda de este servidor. La abuela, haciendo gala de su infinita sabiduría, nos recordaba con su característico humor negro que, por estos lados, «las estrellas, barras, charreteras y chapas tienen un gran valor sentimental. Cada vez que las vemos nos entristecemos por la impotencia y la indefensión».

Solo por precaución, y en la medida de lo posible, evito cualquier tipo de contacto con la autoridad uniformada. Mi terapeuta ha insistido que el origen de esta aprehensión está en un trauma adquirido en mi infancia. Según ella, lo sufro desde la primera cueriza que recibí de mi viejo. He tratado en vano de convencerla de que por allí no van los tiros. Le aclaro que después de la primera, vinieron muchas más, y al día de hoy, hasta las agradezco. Que me perdonen mis amigos psicólogos. 

Aclarado que no es un problema con la figura de autoridad, también debo dejar sentado que tampoco se trata de un problema político o doctrinario. Muy lejos de echarle la culpa a algún anarquismo in pectore que se cuela solapadamente desde el inconsciente para rechazar todo olor a uniforme o autoridad. Mucho menos tiene que ver con posturas principistas y estigmatizadoras que le atribuyen al otro, por el solo hecho de existir, defectos o fortalezas, más inventadas que reales.

Mi posición con respecto al tema, tiene que ver más con determinaciones sociológicas e históricas que por preconceptos o desagradables experiencias personales. Por ejemplo, en esta parte del mundo donde se han vivido largos períodos dictatoriales, o sus democracias no han sido suficientemente sólidas, las instituciones han actuado más por el capricho de quien las guía y no por la normativa. En estos contextos, es natural que el uniforme pase a ser un símbolo de «autoridad y orden», inclusive por encima de la ley. 

Las nuestras son sociedades donde al uniformado no se le respeta sino que se le teme. Aunque habrá honrosas excepciones, generalmente se le asocia a la arbitrariedad, a la impunidad y al abuso de poder. No por casualidad es común escuchar en nuestros países que: «hay que asegurarse de tener como amigo a un médico, un abogado, un mecánico y un uniformado, sea este policía o militar».

Por esa razón, nunca me gustaron los intentos de militarizar a la sociedad venezolana. Eso de denominar a todo de acuerdo con la jerga cuartelária como «campo de Batalla», «Combate ideológico», «Guerra económica», «Combate de ideas», “Combatiente», «Patriota», «Rodilla en Tierra», no es más que una forma de dar connotación militar a lo que no lo tiene. Todas estas iniciativas pretenden, bajo el demagógico lema de la Unión Cívico-Militar, invertir el orden de los factores. Es decir, sustituir las normas y usos propios del comportamiento civil por la cultura de los cuarteles.

Por la misma razón, también me he opuesto a los intentos de militarizar la educación. No estuve de acuerdo con la obligatoriedad de la Instrucción Premilitar, las Brigadas Escolares, los llamados Patrulleros de Pasillo, la infeliz Guerrilla Comunicacional, la Brigadas de Defensa Integral, así como tampoco aplaudo a las fulanas Brigadas Comunitarias Militares (Bricomiles).

Me preocupa sobremanera que se anuncie que «en cada escuela y liceo debe haber un responsable militar encargado para resolver, arreglar y poner las cosas como deben ser». Ese “poner las cosas como deben ser”, ¿a qué se referirá?. Por ejemplo, si se diera el caso de que los docentes decidan acatar una huelga magisterial ordenada por el sindicato respectivo, me pregunto ¿cómo ese «Responsable Militar» se encargará de «poner las cosas como deben ser»?, ¿pasará por encima del Director?. No me lo quiero ni imaginar. 

Por supuesto, me aterra pensar, haciendo un ejercicio de reducción a lo absurdo, que los alumnos tengan la obligación de pararse firme ante la llegada del «comandante responsable» o que en la entrada, los muchachos tengan que entonar el “Patria, Patria querida” haciendo coro a la interpretación desafinada del galáctico. Espero que no se llegue tan lejos, pero uno nunca sabe.

Si bien, en todas las Dictaduras de derecha o izquierda, la escuela se ha usado como formadora de los respectivos «hombres nuevos» (sean comunistas o fascistas), nunca se les confió a los uniformados la tarea de «poner orden» dentro de las instalaciones escolares. Bueno, mejor no sigo y hago caso a mi abuelita. «Siempre es peligroso hablar de esos señores». Amanecerá y veremos.

 

lunes, 11 de julio de 2022

 

Para entender el mundo opositor venezolano, por Tulio Ramírez

Para entender el mundo opositor venezolano
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Tengo varios amigos en el extranjero preocupados por la política venezolana. No me refiero a los que viven en los países de la región. Ellos rumbean, juegan ajiley, beben ron, echan chistes en los velorios y están curados de espanto con los desaguisados, torpezas y maromas de sus políticos autóctonos. Ya nada los sorprende ni los confunde.

¿La razón? La cultura política y los políticos en esta parte del mundo son más o menos similares, quizás lo que cambia un poco es el estilo. Es por ello que nada nos espanta ni nada nos asombra. Como sucede con los peces, nos parece normal tener el agua hasta el cuello.

Otro asunto es cuando se trata de amigos que están en países ubicados más allá del charco. Me carteo (léase correo electrónico) con nativos de Holanda, Suecia, Dinamarca, Suiza, España, Japón y Francia y confieso que me engalleto y los engalleto, tratando de explicar lo que, para una persona de esta parte del mundo sería muy fácil de entender.

Imagino que para esos cerebros alimentados tres veces al día, con leche de alta calidad, jugosos bistec, yogurt griego, sacarina en vez de azúcar, cereales repletos de vitaminas y educados en entornos donde priva el sentido común y la razón, procesar tanta información bizarra sobre nuestro acontecer político les generaría unos cortocircuitos neuronales que producen los mismos efectos de una «mala nota», entiéndase, risas sin causa aparente, seguidas de angustias depresivas.

Por ello me he propuesto hacer una clasificación de los grupos opositores vernáculos para facilitarles la comprensión de lo que aquí sucede. Lo primero es hacerles entender que no deben hacer traducciones literales ya que el término puede adquirir significados diferentes, dependiendo de quién lo dice y quien lo escucha. Así pues voy con unos tips para facilitarles la vida.

  1. Si el gobierno es el que llama a dialogar a la oposición, muchos venezolanos entenderán que a quien llama es a los opositores que no hacen oposición porque quieren evitar que el gobierno termine oponiéndose a ellos. Parten del lema: «quien se opone poquito, lo persiguen poquito». Estos opositores tienen a su vez sus propios opositores quienes los cuestionan porque «no son los verdaderos opositores».
  2. Si es Guaidó quien llama a la unión de la oposición, entonces otra parte del país entenderá que no está llamando a los opositores con los que el gobierno quiere dialogar, sino que llama a otros, a los que se la pasan llamando al gobierno a dialogar y este no les para bolas. Este sector también tiene su grupo de opositores, son los que argumentan que «si bien se hacen llamar opositores, no lo son tanto porque no se han empeñado lo suficiente en su oposición al gobierno».
  3.  Otros opositores son «los opositores de todos los opositores». Son los que se oponen a los opositores a los que el gobierno llama para dialogar, pero también se oponen a los opositores que llaman al gobierno para dialogar en Noruega, México, Santo Domingo, Biscocuy o donde sea. Es conocida como «la oposición atea», porque no creen en ninguna otra oposición que no sea ella misma.
  4. Finalmente están los opositores «inmovilizados y embalsamados», que son los que esperan que los descubran como la «oposición verdadera». No creen en ninguno de los grupos opositores descritos. Desconfían de todos porque «son una falsa oposición». Amparados en este argumento, no participan en nada y joden a quien sí lo hace. Lo paradójico es que si algún sector de esta oposición decidiera realizar acciones de oposición, se opondrían también a ellos, por «hacerle el juego al gobierno».

Espero que al leer esta nota escrita en un castellano entendible, transparente y sobre todo preciso, mis amigos de allende los mares no se enreden y aprendan a descifrar el complejo mundo de la oposición venezolana. Por nada y siempre a la orden.

lunes, 27 de junio de 2022

 

Cuidado por donde cortas, por Tulio Ramírez

Cuidado por donde cortas
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Lo de Colombia es tan serio que parece una mamadera de gallo. Como suele suceder, los expertos en política y mascalacachimbas de oficio, han dado múltiples y variadas explicaciones para que nosotros, los que solo podemos comprar entradas para palcos de sol, podamos comprender lo que sucedió en esas elecciones.

Algunos han usado la Teoría del Chacumbele. Según ésta, nuestros paisanos decidieron “cortar por lo sano” para salir de sus problemas. Del análisis se desprendería que, efectivamente, dejaron viva e incólume la parte enferma. Se confirmaría la tesis expuesta en ese famoso merengue colombiano que reza en su estribillo: «el mismito se mató».

Otros, por su parte, abordan el tema desde la Teoría del Síndrome de Estocolmo. Según esta Teoría, las víctimas terminaron admirando a sus secuestradores. Parece descabellado pero en política hay mucho muerto cargando basura. 

Cuando crees que estas aniquilado por el desprecio de quienes perjudicaste, te sorprende un apoyo masivo en votos por parte de los mismos a quienes les fastidiaste la vida por décadas. 

Por otro lado, algunos cientificistas echan mano a la Teoría del Péndulo. De manera docta argumentan que la lucha por el poder obedece a los principios de la física y a leyes que operan independientemente de los hombres.

Para ellos, la política colombiana históricamente ha obedecido a un movimiento pendular pero dentro del espectro de la centroderecha. Ambos polos se rotaron el poder por más de 60 años sin invitar a terceros a un juego que se desarrollaba por inercia mecánica. 

Según estos «sabelotodoyalgomás», el agotamiento de este movimiento pendular abrió un espacio a nuevos actores quienes seguirán la misma dinámica hasta que otros actores emerjan como alternativa creíble. De acuerdo con esta teoría durante los próximos años estaremos en presencia del juego «un ratico tú y un ratico yo», pero esta vez sin conservadores ni liberales. Ni Thomás Khun habría sido tan elocuente.

Para mi poco entender, todas estas teorías en vez de aclarar, oscurecen. Me lanzaré de espontáneo y me tomaré el atrevimiento de exponer, con la venia de mis fraternos amigos colombianos, nuestras propias opiniones sobre los comicios presidenciales. 

En primer lugar aclaro que Rodolfo Hernández no era santo de mi devoción, pero representaba el mal menor. Por ello, le atribuí mucho chance. Sentí que sus arengas, al cuadrar más con el populismo demagógico «antitodavaina», podían seducir a los votantes ya cansados del partidismo tradicional como de los cantos de sirena de una izquierda que por más que simule, se le ve el bojote. Pero no fue así.

Definitivamente nadie aprende por experiencia ajena. Como le dijo mi comadre Camucha, a mi ahijado el pantallero, «pareciera que tienes que fracturarte una pierna para entender que el yeso no es un adorno que te hará más hombre o más sexi, sino que por el contrario, te hará más inútil de lo que ya eres». La sabiduría de mi comadre es comparable con la de cualquier de esos sabiondos de la política. 

Perdonen la digresión, volvamos a lo que vinimos. Al parecer, no fue suficiente argumento haber sido testigos de cómo sus vecinos huían «con la pata quebrá» del paraíso socialista. El espejo de Venezuela no logró impedir que llegara al poder un hombre cuya vida política huele más a pólvora que a tinta. Se cayeron todas las quinielas, por lo menos en este lado del Arauca vibrador.

Más allá de mis sesgos, también entiendo que una sociedad tan pétreamente excluyente y con altos niveles de pobreza no atendida, pueda inducir a cualquier medida desesperada, agrandando el espacio para el error. Es como aquel que, encaramado en un alto árbol y dominado por el temor a una estruendosa caída, decide cortar con su machete la rama donde está sentado, pero por el nerviosismo corta el lado que está pegado al tronco. De que baja, baja, pero al final tendrá como mínimo unos cuantos huesos rotos. No es lo que deseo para nuestros vecinos.

lunes, 13 de junio de 2022

 

«Barranco sin fin» y la jubilación. El desenlace, por Tulio Ramírez

"Barranco sin fin" y la jubilación. El desenlace
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«Barranco sin fin», ese amigo del que les comenté hace 15 días, me indica que, si aquella vez no lo agarró «el Chuto», esta vez es muy probable que lo agarre el «Sin Nariz». No quiere abusar de su buena suerte, por lo que esta vez quiere pasar «agachao». Me pide, en consecuencia, que no publique más sobre el asunto.

Argumenta que si no lo despidieron por el alboroto que armó en el Poliedro la semana pasada, esta vez lo pueden despedir por una cosa que se llama «conducta antipatriótica reiterada». Esas fueron las palabras que escuchó, cuando lo citaron a Recursos Humanos. 

Barranco sabe que su jefe no lee TalCual, pero alguien le puede ir con el chisme y esta vez sí le pueden aplicar «la cosa esa reiterada», y su jubilación se irá al diablo.

Barranco, (me ahorraré el «sin fin» para aprovechar más el espacio), está verdaderamente paranoico. Le comento que la jubilación es un derecho adquirido y protegido por las leyes venezolanas. 

Cómo boxeador que elude el Jab, me responde, «mira caballo, tú sabes que la jubilación se convierte en un derecho, cuando cumples los requisitos; y yo no los cumplo todavía, recuerda que me faltan un par de meses para ser titular de ese derecho. Mientras que eso no se dé, soy un trabajador activo al cual pueden despedir por quítame esta pajita». 

Insisto en tranquilizarlo. No quiero que los lectores se priven de conocer el segundo capítulo de la historia que comenzó en el acto presidencial del Poliedro, cuando indignado, protestó por la encerrona que hicieron a los trabajadores que querían abandonar el recinto antes de que concluyera la celebración del 4to año de gobierno.

«Chamo, si me botan, tu no me vas a mantener, así es que, cómo la María Antonia de Gualberto, déjate de tonterías, métete en el manicomio pa’ que se te quite esa manía», me riposta en un tono cantarín y burlón.

Finalmente, después de tanta cháchara y tanto ruego, cedió, pero puso una condición. Esta me costó 25 verdes en el Bodegón de los árabes. «El riesgo es grande, pero lo haré por ti y tu promesa. No permitiré que quedes mal con tus lectores». Me digo a mi mismo, «ese elixir ámbar, la verdad que abre puertas y voluntades». 

Después del segundo guamazo, comienza su relato. «Me apersoné a la oficina de Recursos Humanos y, Yuleyka del Carmen, la secretaria, me miró de la misma manera como el Gato con Botas miró a quien lo iba a degollar en la película aquella. Pensé, ¡carajo, hasta aquí llegué!, quien me mandó de safrisco. Yo no tenía por qué ir a ese evento». 

Hace una pausa, se sirve el tercero y continúa. «Allí me esperaba mi jefe, el jefe de personal y el presidente del sindicato. La presencia de este último fue un alivio. Había alguien que podía defenderme».

«Comenzó mi Jefe. Me soltó que de un tiempo para acá, había notado mi falta de compromiso con la revolución, que me tenía en observación y lo del Poliedro fue la gota que rebasó el vaso. El Jefe de Personal, por su parte, me dio una perorata sobre las sanciones y la obligación moral de serle fiel al gobierno. Antes de que este terminara, pidió la palabra el presidente del sindicato. Me dije, ¡qué bien, ya los va a poner en su sitio, esto es un abuso!”. 

Barranco campaneó el vaso con elegancia. Me hizo recordar a los gentleman ingleses, hasta que meneó el trago con el dedo índice de la misma mano con la que sostenía el recipiente. ¡Qué destreza!, ¡ni los adecos!

«Compañero, dijo el Jefe del sindicato, fui invitado a esta reunión como testigo de su traición al proceso. Esto no tiene nombre. Usted recibe la Bolsa CLAP, compró su cocina en Mi Casa Bien Equipada, lo metimos en la lista para los 6 litros de aceite de motor, está entre los elegibles para adquirir el combo de pescado salado y ahora nos sale con esta vaina». Me pregunté, si su defensor natural le dio hasta por la cédula, ¿cómo terminó salvándose Barranco?

Preparándose el cuarto trago, ya con la lengua medio enredada, Barranco me hizo saltar como Condorito cuando dijo, «cáete pa´ tras caballo, el Jefe de Personal y mi Jefe, pasaron las dos horas siguientes persuadiendo al Presidente del Sindicato, quien insistía en que me botaran por conducta antipatriótica reiterada, de que la cosa no era para tanto y que era suficiente una amonestación verbal». Definitivamente Barranco tiene más vidas que un gato. Valió la pena gastar los 25 verde

lunes, 30 de mayo de 2022

 

“Barranco sin fin” y la jubilación, por Tulio Ramírez

Barranco sin fin” y la jubilación
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El viernes 20 de mayo mi amigo de toda la vida, “Barranco sin fin”, salió muy temprano a su trabajo en el ministerio, tal como lo ha hecho de manera reiterada desde hace un poco más de 24 años. En la cuadra le colocamos ese mote por su persistente manía de buscar lo que no se le ha perdido.

Ese día, como siempre, “Barranco sin fin” hizo su parada obligatoria donde Eustacio, el kioskero de la esquina. Bebió el guayoyo caliente y dulzón preparado por Lucrecia, la mujer de Eustacio, quien lo ofrece de manera gratuita a los vecinos que han sido fieles a su negocio desde 1976, cuando fue inaugurado. En ese año, atraídos por la súbita riqueza que se exhibía gracias al boom petrolero, llegaron a Caracas desde su natal Boconó,

Después del saludo de rigor y comentar sobre lo dura que está la vida, “Barranco sin fin” se instaló en la parada de las busetas a esperar pacientemente el transporte. Conocía a todos los choferes, más sin embargo, verificó si tenía los billetes necesarios para costear la travesía. 

Recordaba con nostalgia cuando usaba monedas. Todavía tiene en su mesita de noche, la canequita de cuero donde guardaba el sencillo para el pasaje. Juró que se la daría a su hijo como parte de la herencia. Una mala pasada de la memoria hizo que no fuera posible. Ahora Gustavito está en Perú y “Barranco sin fin” tiene el pálpito que ya no lo volverá ver.

Nuestro amigo tenía todo planificado para ese viernes. Aprovecharía la “invitación” que con carácter de obligatoriedad, le hiciera su jefe para asistir al acto en el Poliedro. Se escaparía para llevar las medicinas que con urgencia, necesitaba su hermana Doris, allá en las Veredas de Coche. Maduro cumplía cuatro años como presidente.

Debo aclarar, antes de continuar, que “Barranco sin fin”, me solicitó encarecidamente no mencionar su nombre real. Argumenta que aunque no le estén dando la Bolsa CLAP, no quiere ser votado del ministerio. Le faltan exactamente 3 meses y 17 días para jubilarse.

Me comentó que había decidido no eludir la invitación al acto presidencial como otras tantas veces lo había hecho. Esta vez no quería abusar de su suerte. Ha tenido conocimiento de compañeros despedidos a días de cumplirse la fecha de la jubilación o compañeras botadas en período de reposo postnatal, por haber escrito un tuit o un mensaje en Facebook, hablando mal del gobierno. 

Me informó que si bien se propuso ir al evento, no se quedaría hasta el final. No era de su interés lo que allí se iba a decir, pero no podía arriesgar la jubilación. Por el contrario, necesitaba que lo vieran. Así, firmó con letra de molde, y no con su ilegible firma, la lista de chequeo al momento de abordar el autobús. No debía haber dudas de su asistencia. Todo estaba perfectamente calculado.

Me indicó que planificó escapar en el momento en que el ambiente estuviera en su climax, así nadie notaría su ausencia. Era viernes y los controles de salida debían estar relajados. Pero, por si las moscas, al llegar se haría fotografiar junto a las pancartas que tenían la cara de Chávez y Nicolás, se aseguraría de tomarse otra junto con los “dirigentes” del sindicato y, por supuesto, no podía faltar una selfie en la que tras de su cara sonriente, se divisara al orador principal. Eran las evidencias de su asistencia y “entusiasmo”. Así, su jubilación no correría ningún peligro.

Al final todo salió mal. Después de aplaudir a rabiar cosas con las que no estaba de acuerdo, de escuchar insultos subidos de tono contra dirigentes opositores que nunca han insultado al primer mandatario, intentó abandonar el local, pero ¡oh sorpresa!, habían sellado todas las salidas.

“Barranco sin fin” confiesa que no se contuvo y vociferó a los cuatro vientos su descontento por la falta de consideración. Me comenta que había muchas personas mayores, otros con compromisos que debían cumplir una vez culminado el horario de trabajo, otros rogaban se les permitiera salir ya que debían tomar sus medicinas, muchas mujeres lloraban por no poder buscar a sus hijos o nietos en las escuelas. Los pedidos fueron infructuosos, los guardias no transigían. Finalmente, lograron abandonar el lugar bien entrada noche. Abrieron las puertas solo cuando el largo y tedioso acto, culminó.

El lunes 23 de mayo, “Barranco sin fin” me llamó para comentar lo ocurrido. Indignado, decidí hacer esta nota. Hoy miércoles 25, despierto con su llamada y me informa que al llegar a su escritorio, consiguió una memorándum de su jefe, conminándolo a asistir a su oficina para el día jueves 26 de mayo.

“Barranco sin fin” está muy preocupado. Intento tranquilizarlo. Le menciono que la cita quizás es para informarle que se le cumplió la fecha para ejercer el derecho a la jubilación. Me responde: “la verdad no estoy seguro, por menos de lo que hice han despedido a muchos. Con ellos nunca se sabe”. Continuará.

lunes, 16 de mayo de 2022

 

Echar al mal jinete y olvidar las enseñanzas del entrenador, por Tulio Ramírez

Echar al mal jinete y olvidar las enseñanzas del entrenador
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La carrera iba a ser muy dura. Era casi imposible ganarla. Nadie daba un centavo por el triunfo. Muchos aseguraban que no valía la pena correr. La derrota estaba cantada. Cualquiera de los competidores tendría más posibilidad de ocupar un lugar honroso. No solo eran participantes con mejores ejemplares, sino también dirigidos por experimentados conductores, acostumbrados a exigir pero también a dar lo mejor de sí, para obtener la victoria.

Los apostadores sensatos no arriesgaron. En los milagros se cree, solo después que ocurren. En estas justas se aplica la ley de las probabilidades y no se improvisa dejando las cosas al azar. La ciencia indicaba que solo un milagro podía hacer que se ganara, y los milagros son poco probables. Invertir en esa remota posibilidad era como tirar dinero al fuego con la esperanza de que se multiplicase.

Además, la historia ha señalado suficientemente que este tipo de competencias siempre se reservó para los mejores, para los que se fajaban, para los que estaban acostumbrados a ganar por el esfuerzo invertido, y el inteligente uso de los recursos disponibles.

Sin embargo, finalmente, los imponderables del destino permitieron que ocupara un lugar en el puesto de salida. Era una nueva oportunidad. Los contrincantes se veían gigantes, habían ocupado puestos honorables en competencias de similar rango.

Contar con experimentados guías, acostumbrados a lograr lo mejor y con destrezas en el arte de gobernar a quien no necesariamente posee conciencia plena de los frutos del sacrificio, siempre fue un plus. Esto hacía la diferencia con los que fueron guiados por inexpertos y charlatanes. El hándicap era evidente.

Se dio la partida y cómo era de esperarse, nuestro ejemplar partió entre los últimos. Parecía que el final estaba decretado a solo segundos de comenzar la carrera. Pensábamos que, acostumbrados a poseer todos los records negativos, ese día no iba a ser diferente. La atención de todos se centró en los que iban al frente del batallón. Los que iban a la zaga solo hacían bulto. Recordaba a aquellos extras de las películas que solo aparecen en pantalla esporádicamente, sin dialogo alguno ni créditos al final.

De pronto, para sorpresa de todos, comenzó a acercarse al grupo que punteaba. Su atropellada fue digna de atención. Esquivando obstáculos, buscando claros y evitando encontronazos innecesarios que le haría perder terreno, fue deslizándose hacia los primeros lugares, hasta que en el último segundo logra alcanzar la meta sin enemigos.

Esta avanzada arrolladora no se dio gracias a foetazos inmisericordes y menos a un despilfarro de energías para tratar de evitar que otros obtuvieran la victoria, sino a una magistral conducción, en una suerte de simbiosis entre dirigente y dirigido.

Pensará el amigo lector que estoy haciendo una crónica sobre la magistral carrera realizada por el ejemplar Rich Strike bajo la conducción del jinete venezolano Sonny León en el Kentucky Derby. Pues no mí estimado, no me refiero a ese importante, inolvidable y merecido triunfo. Me refiero a un sueño que tuve, seguramente impactado por la carrera en cuestión.

En ese sueño Venezuela participaba en el Derby del progreso, la prosperidad y la felicidad de sus ciudadanos. Contra todo pronóstico, terminó, victoriosa. Definitivamente algo había cambiado. 

Después de más de 20 años llegando detrás de la ambulancia, sus propietarios, los venezolanos, decidieron despedir al pésimo jinete que la llevó de derrota en derrota, y tirar al cesto de la basura las enseñanzas de su último entrenador. El resultado, después de un esfuerzo por recuperar el tiempo perdido con disciplina, reglas claras, objetivos precisos, mucho trabajo y una impecable conducción de su nuevo jinete, logró obtener una victoria que le había sido esquiva por mucho tiempo. Lástima que desperté pero ese sueño se puede hacer realidad.