lunes, 1 de abril de 2024

 

Cuando el abuso viene del poder, por Tulio Ramírez

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No soy un católico practicante, Dios lo sabe. No voy a misa los domingos en la mañana, mucho menos en la tarde. Ese día lo utilizo para culminar alguna tarea que en la semana no me dio tiempo de concluir. Por ejemplo, a veces dejo acumular los ensayos de mis alumnos para dedicarme a leerlos ese día. Otra rutina es hacer el mercado de la semana. Ojo, que conste, esta es una actividad que realizo de manera voluntaria, sin presión de terceros. Es mejor tomar la iniciativa para evitar consecuencias.

Como la mayoría, soy un católico a la venezolana. Durante la Semana Mayor rumbeo y viajo cuando se puede, y quizás hasta coma carne en cualquier descuido. Esto no me hace un muérgano. Vivir de acuerdo a las enseñanzas y valores que aprendimos en un entorno donde imperaba el respeto, la solidaridad, la caridad y la compasión, ha compensado con creces cualquier falta de rigurosidad con los deberes que nos impone la religión.

Mi generación creció admirando a los buenos y repudiando a los malos. Nuestros referentes eran El Zorro, Kalimán; El Santo, El Gavilán, quienes ayudaban a los desvalidos sin pedir nada a cambio. Otros héroes de nuestra niñez eran El Tigrito del Ring, El Dr. Nelson; los Hermanos Battah, Jorge y Bassil, todos eran técnicos y luchadores limpios, respetaban las reglas aun ante la evidente y repugnante parcialidad de los árbitros.

También seguiamos a Cassius Clay o Muhammad Alí, por su enfrentamiento contra un poder que pretendió que traicionara sus convicciones. Y, por supuesto, en los mundiales de futbol aupábamos a Brasil, porque era una manera de vernos representados ante los poderosos, prepotentes y arrogantes equipos europeos. Menos en el 5 y 6, los venezolanos apostamos por el más débil frente al abusivo y guapetón, sea este de barrio o de lujosa urbanización. La rima es solo una casualidad. 

A pesar de que la revolución ha traído consigo modelos negativos que han calado en un pequeño sector de la población, las grandes mayorías todavía sienten indignación y repulsión por el abuso de poder, así como por la agresión e irrespeto contra los más vulnerables. Este rasgo antropológico pervive en nuestra genética cultural.

Lo que estamos observando en el panorama político, corrobora la natural inclinación del venezolano a apoyar al que es objeto de un flagrante y doloso abuso gubernamental. El pánico a perder el poder, ha llevado a los abusivos a utilizar subterfugios de todo tipo para aplastar las aspiraciones de quien se ha ganado la simpatía de las grandes mayorías por su valiente posición frente a quien la ha perseguido y hostigado. La cayapa institucional para cerrar toda posibilidad de que compita en las venideras elecciones ha indignado a la inmensa mayoría de los venezolanos.

A MCM le inventaron una inhabilitación sin que haya habido una sentencia penal como lo establece la Constitución; ordenaron judicialmente desaparecer el evento de las primarias, cómo si eso fuera posible; inventaron un referéndum con 10 millones de votantes que nadie vio, solo para dar la idea de que son capaces de convocar más gente que ella; apresan por cuentagotas a sus más cercanos colaboradores; pretenden improvisar una Ley para apresarla; le niegan la posibilidad de enviar sus mensajes por los medios de comunicación; le impiden transportarse en avión; le trancan las carreteras para evitar que llegue a su destino; eliminan las tarjetas que podrían apoyarla; le financian candidatos con la idea de restarle votos.

No contentos, hacen la misma maniobra contra la candidata Corina Yoris, una mujer con credenciales académicas que no pueden exhibir los otros candidatos, pero además con un aplomo y discurso político que la aleja con creces de los que optan por la silla de Miraflores, incluyendo a quien está sentada en ella.

Tengo fe en que el rechazo a este tipo de abusos se expresará con una respuesta contundente en las mesas de votación. Esperamos que tanto MCM como Corina Yoris indiquen el camino que deben tener los votos que originalmente iban para ellas. Venezuela no aguanta seis años más de abusos y atropellos. Fuera los abusivos.

lunes, 18 de marzo de 2024

 

Por un puñado de dólares, por Tulio Ramírez

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X: @tulioramirezc

Siempre he pensado que la denuncia es necesaria. La denuncia constante es una forma de rebeldía que a la larga surte sus efectos. En un país con la mayoría de los medios de comunicación censurados o autocensurados, han sido periodistas comprometidos y ciudadanos sensibilizados, los que se han convertido en un ejercito de reporteros que dan a conocer al mundo, las desgracias colectivas y dramas personales de quienes no tienen voz.

En los países autoritarios esto es un enorme riesgo, pero es la única manera de escapar del cerco informativo. Por ejemplo, hoy no tendríamos idea de las manifestaciones callejeras en Cuba, si no fuera por valientes ciudadanos que arriesgan su vida y libertad, transmitiendo a través de sus limitadas redes sociales, las imágenes dantescas de una cotidianidad llena de miseria y represión.

Por mi parte daré un alto a la costumbre de imprimir un poco de humor a mis escritos para soliviantar en algo la vida de mis poquísimos lectores. Hoy dedicaré el espacio para compartir una situación que, en lo personal, no solo me desgarró el alma, sino que avivó la enorme animadversión hacia un proyecto político esquizoide que en nombre del humanismo y la felicidad, ha llevado a nuestros ciudadanos a la infelicidad más absoluta.

Mi amiga, la profesora Magaly Chávez, sobrina del popular boxeador caraqueño, Simón Chávez (El Pollo de la Palmita) y viuda de mi querido amigo y colega, profesor José Rodolfo Rico, ucevista hasta sus últimos días, me envió un mensaje de voz al celular en estos términos: “Amigo, solo quería comentarte que le dimos la cola a una mujer joven que estaba siendo atendida en el Hospital Risquez y en el camino nos comentó que tuvo que sacar a su hijo de un modesto colegio privado del barrio y cambiarlo a una escuela pública. La razón, no poder garantizar cubrir el costo de la mensualidad, unos 30 dólares”. 

De por sí esa información era impactante, pero la explicación extendida lo era aún más. Me explica Magaly que la joven madre comentó: “Mi gran dolor es que ahora mi hijo recibe clases solo dos tardes a la semana, cuando en su colegio la recibía todos los días en horario completo. Amiga, el peor colegio privado siempre será mejor que cualquier escuela pública. Ahora lo que me toca es conseguir un tercer trabajo para lograr reunir cada mes esos desgraciados 30 dólares y regresarlo a su colegio. ¡Maldita sea la pobreza!”. 

Escoger entre comer y estudiar es uno de los dilemas más crueles. Naturalmente la balanza siempre se inclinará hacia la alimentación del cuerpo, postergando para mejores momentos la alimentación del espíritu. Sin embargo, la cosa se complica y se torna cruel cuando aun sacrificando una, tampoco puedes satisfacer la otra.

El Alto Comisionado de las Naciones Unidas reveló en su informe sobre Venezuela que hay 9,3 millones de personas con brechas significativas o extremas en el consumo de alimentos. Detalla el informe que casi 82% de los venezolanos vive en la pobreza y 53% en la pobreza extrema, con ingresos insuficientes para acceder a una canasta básica de alimentos.

Un país desnutrido y con una educación disminuida, difícilmente podrá garantizar a las generaciones futuras el bienestar tantas veces prometido y tantas veces postergado. En tales condiciones, encontrar a una madre dispuesta a dejar el lomo para que su hijo pueda acceder a una educación adecuada, es una expresión de rebeldía contra un sistema que objetivamente niega esa posibilidad. 

La situación expuesta por esa joven madre, resume la de todo un país. Unos pocos, han desaparecido sin dejar rastro, miles de millones de billetes verdes, mientras que la gran mayoría busca desesperadamente un puñado de dólares extras para garantizar alimento y educación digna para el futuro del país, aunque no todos pueden lograrlo. Gracias Magaly, por el mensaje.