lunes, 4 de septiembre de 2023

 

A propósito del asesinato de Silvino, por Tulio Ramírez

Barrio Adentro
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Varias han sido las versiones sobre las causas del horrible homicidio de Silvino Antonio Valladares Muñoz, un joven médico de 28 años que laboraba en un establecimiento de Barrio Adentro ubicado en las Lomas de Urdaneta de la populosa parroquia de Catia. 
Una de estas versiones atribuye el asesinato a unos indigentes que deambulan por el sector, otra indica que murió a manos de delincuentes por robarle un celular, la más impactante señala que fueron unos familiares de un paciente en venganza por no haberle salvado la vida. 
Cualquiera de estas versiones no aminora la rabia, la indignación y la tristeza de sus familiares. Ver como a un joven de origen humilde, que estudió con grandes sacrificios, que apostó por el país para desarrollar su vocación en favor de los más necesitados, se le haya truncado la vida de esa manera, nos obliga a reflexionar sobre cómo se está malviviendo en Venezuela.

De acuerdo a la imaginería popular «los crímenes se han reducido porque los malandros se fueron por El Darién». Esta falsa percepción de seguridad lo que indica es una suerte de autoengaño y adaptación resiliente que aminora la angustia y el desasosiego. Repetir constantemente que «estamos mal, pero antes estábamos peor», pareciera suavizar nuestros temores.

El homicidio de Silvino no se debe analizar como un hecho aislado o fortuito «que puede pasar en cualquier parte del planeta, inclusive en las ciudades más seguras del mundo». Los relativistas y los resignados convertirán este asesinato en un número más y en tres días ya no se hablará del asunto. 

Me niego a que sea así. Y no es porque se trate de un joven profesional que tenía un futuro promisorio, lo cual sería suficiente razón para destacar la noticia y generar un debate sobre lo echado a la suerte que están nuestros ciudadanos con respecto al ataque de la delincuencia. Lo significativo del final trágico de Silvino es que simboliza el estado de imperio del delito en el que está sumido el país. 

El experimento social al que hemos estado sometidos, el cual ha sido un fracaso rotundo en los lugares en los que se ha implantado, ha convertido a la conducta delictuosa una forma de vida. Accedieron al poder con la promesa de redención social, justicia igualitaria, redistribución equitativa de riquezas y protección social, sin embargo, han devenido en multiplicadores de la pobreza, del resentimiento social y del ilícito como recurso cotidiano.

El paso del crimen famélico al crimen como fórmula para acceder a la riqueza en forma rápida y sin esfuerzo, tiende a ser cada vez más corto. Al persistir y generalizarse las condiciones que inducen a los delitos por hambre, la secuela natural siempre será la ampliación de la conducta criminal en todos los órdenes de la vida. Es lo que nos ha sucedido.

Esa onda expansiva de pobreza e inseguridad social que nos ha llevado a «buscarnos la vida como sea», explica desde la corrupción de funcionarios de menor rango que comienzan pidiendo una pequeña coima para acelerar un procedimiento, hasta la existencia de verdaderas mafias organizadas, de las cuales no puede escapar el usuario si quiere culminar exitosamente su trámite. Ni en la calle ni en las oficinas públicas escapamos del ilícito.

Ejemplos de lo anterior hay muchos, por ejemplo, el pago a cuidadores de carros que se apropian de las aceras; el pago de vacuna en las alcabalas para poder transportar los productos; el «tributo» del buhonero al «dueño de la calle» para poder trabajar; el pago «por debajo de cuerda» en los registros para que «se acelere la firma del documento»; «la colaboración» para que se otorgue el permiso y se pueda abrir el local comercial; el «toma pal refresco» para que te saquen el pasaporte rápido; el «¿cómo quedo yo ahí?» del funcionario que firmara el permiso de construcción; son, entre otras formas ilegales, lo que garantiza que «las cosas salgan sin problema».

Estas actuaciones cotidianas están convirtiendo a nuestra sociedad en un gran conglomerado de cómplices necesarios en actividades delictuosas.

Así, entre ilegalidad e ilegalidad, el crimen violento asoma como una variante extrema de esta cultura de sobrevivencia. La normalización de la trampa, el tráfico de influencias, el soborno, la coima, la colusión y otros mecanismos utilizados para la ventaja, hace que los ilícitos sean percibidos como recursos naturales para el logro de las cosas.

Estamos recorriendo peligrosamente una ruta que va a ser difícil de revertir usando solo exhortos moralizantes o penalizaciones ejemplarizantes, «pero solo para los pendejos». Nuestros niños están creciendo bajo un modelo de comportamiento social que asume la transgresión de la norma como señal de éxito e inteligencia.

La muerte violenta de Silvino, más allá de las causas que la motivaron, nos debe hacer reflexionar sobre el estado anómico al cual han llevado a nuestra sociedad por la persistencia en el tiempo de un modelo que estimula al ciudadano a quebrantar la ley constantemente para poder sobrevivir.

 

Las vacaciones de un profesor universitario, por Tulio Ramírez

Vacaciones en cuarentena
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«Llegaron las vacaciones, ahora a planificar lo que haremos para disfrutarlas con la familia». No se rían, esto no es una chanza. Entiendo que pueda parecer una de las tantas expresiones cargadas de ironía que vociferan los profesores universitarios después de haber recibido el mísero Bono vacacional marca Onapre, pero en este caso no es así.

Cuando escuché esa expresión de boca de un profesor muy serio, ajeno a los dobles sentido y a la ironía como recurso para expresar su descontento, asumí que por fin se había relajado y reconciliado con ese humor que a los venezolanos les hace llevar la vida más llevadera.

Pero no, la cosa era en serio. Me aseguró ese profesor que estas vacaciones de agosto tenía pensado «disfrutarlas como nunca», ya que no iba a permitir que el plan para destruir a la universidad, le destruyera también su vida personal y familiar. «Este se sacó el gordo de la lotería y lo tiene escondido», pensé. Nadie puede hablar así, sin tener «la fuerza suficiente» en el banco para afrontar el desafío.

Me aseguró que no había ganado lotería ni un familiar le había dejado alguna fortuna. Pregunté si había sido contratado como «expertoenloquesea» por un organismo internacional. Me aseveró que no era así, y para evitar más preguntas, se adelantó señalando, «y para que quede claro, tampoco he aceptado la Jefatura de Compras de algún ministerio o ente del Estado». No insistí.

¿Cuál es la fórmula?, ¿con qué posaderas se sienta la cucaracha?, ¿cómo vas a costear esas vacaciones? Respondió, «con pura imaginación». «Debemos reinventarnos», fue lo último que le escuche decir antes de despedirse. 

Me quedé pensando. Un Bono vacacional que solo es el 20% de lo recibido el año pasado, no puede ayudar mucho en la tarea de reinventarnos. Son 45 días de vacaciones en los que hay que comer, pagar servicios y ahorrar un repele para la inscripción de los muchachos.

Hay que tener mucha imaginación para vacacionar con tanta miseria. Si él lo podía hacer, me dije, yo también. La imaginación es gratis y creo tener bastante.

Un par de días después tenía un plan perfecto y muy creativo para disfrutar las vacaciones sin requerir más dinero que la miseria aportada por el gobierno de los pobres. Veamos.

La primera semana será de contenido cultural. Iremos a los museos. Me interesa que sepan dónde están ubicados. No entraremos, así me ahorro unos churupitos. Les describiré con detalle cuáles son las obras que exhiben y luego, al regresar a casa, les haré un pequeño examen para ver si aprendieron algo. El propósito cultural se cumpliría y gratis. 

La segunda semana iremos de campamento. Conocer Venezuela es una prioridad. Instalaré una carpa en el estacionamiento del edificio y allí pernoctaremos. Pasaremos las noches viendo Google Maps por el celular. Visitaremos de manera virtual todos los lugares turísticos. Como en todo campamento, habrá incomodidades como comer solo dos veces al día. Al final ayuda a la economía del hogar y compensará el gasto de los datos.

La tercera semana será de deportes extremos. A diario subiremos al Ávila. La caminata se iniciará desde nuestra casa, así no gastaré en pasajes. Como buenos deportistas extremos, no compraremos barras energéticas, ni los jugos de naranja que venden en la entrada de Sabas Nieves. El que llegue a la casa del guardaparques beberá el agua de manantial que emana del chorro allí ubicado. Todo sin costo alguno.

La cuarta semana será dedicada a desarrollar las habilidades sociales. Los enviaré cada día a visitar a alguno de sus primos. Pasar un día completo con sus tíos, estrechará lazos y creará un sentimiento de familiaridad que se ha venido perdiendo por el distanciamiento físico. Los pasaré recogiendo una vez me asegure que hayan cenado.

La quinta semana la dedicaríamos a disfrutar del Caribe. Iremos a Macuto en buseta y comeremos suculentas y frescas sardinas enlatadas. Sol, playa y arenita como en los viejos tiempos, pero a menor costo. 

La sexta semana iremos de visita a los parques, pero no a los de Disney. Observarán cuales son los tipos de helados más comprados por los niños, y harán un gráfico según el sexo y edad de los consumidores. Si lo hacen bien, les daré mis felicitaciones. Más no puedo porque no hay real.

En septiembre, cuando retorne a la universidad, me enteraré de la manera como mi colega resolvió el tema de las vacaciones. Ah, por cierto, se me olvidaba, ya estoy planificando las de diciembre.

lunes, 24 de julio de 2023

 

Medidas que solo verás en socialismo, por Tulio Ramírez

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Revisando una caja llena de viejos y amarillentos recortes de periódicos desordenadamente ordenados en mi biblioteca, encuentro una nota de prensa un tanto insólita. La misma fue publicada en el diario El Nacional del 14 de febrero de 2011. Efectivamente, aunque usted lo haya olvidado, en 2011, hace apenas 12 años, teníamos diarios de circulación nacional que se vendían en los quioscos. No hablo de escenas en blanco y negro, y a 78 revoluciones por minuto.

“Prohíben reencarnación del Dalai Lama”, decía la nota. El Dalai Lama, cuando cumplió 75 años hizo públicamente votos porque su sucesor guiara espiritualmente a su pueblo en un país libre y democrático. Como respuesta, el gobierno comunista chino decidió a través de un acto administrativo, prohibir cualquier reencarnación, léase bien, “sin su permiso”.

Al leer el titular, me pareció una mamadera de gallo del periódico. Volví a revisar la fecha por si me había equivocado y se trataba de esas notas que acostumbran publicar el Día de los Santos Inocentes. Pero que va, era el Día de los Enamorados, así que la cosa parecía que era en serio. 

Releyendo detenidamente el artículo más que risa, me generó indignación. Pretender reglamentar y condicionar los rituales de una religión con millones de seguidores en el mundo, es pretender suplantar la voluntad individual y colectiva por la voluntad del Estado. Tal barbaridad ha sido práctica común en los países autoritarios sean comunistas o de cualquier otra factura ideológica antidemocrática.

Recientemente, otra insólita noticia del mismo tenor fue publicada en una de las páginas informativas que abundan en internet. El gordito Kim Jong Un, monarca hereditario del reino comunista de Corea del Norte, acaba de prohibir el suicidio en ese país. No mi querido lector, no es una joda. No se trata de un chiste macabro, de esos que acostumbran contar en los velorios allá en Carúpano, tipo “se castigará con condena perpetua al que se suicide”.

La nota de prensa señala que es voluntad del todopoderoso gordito, devenido en primer mandatario por la gracia de su padre, que, si el suicida queda vivo, tanto él como su familia sufrirán penas por haber cometido el delito de “traición a al socialismo”.

Por este lado del mundo nuestros socialismos bananeros no se han quedado atrás en eso de imponer medidas insólitas “porque a mí me da la gana”. Por ejemplo, el “aquí no se habla mal de Chávez” transformado en afiche y colocado de manera visible en todas las oficinas públicas, no fue más que un rechazo explícito a la expresión libre del pensamiento disidente. Al principio se asumió como una travesura de algún funcionario superjaleti, pero realmente era una amenaza.

Otro ejemplo es el del comandante-presidente devenido en Dueño de su Hacienda-país, Nicaragua. En plena pandemia y después de permanecer 60 días encerrado en su casa, Daniel Ortega apareció en un programa de TV anunciando que no acataría ninguna sugerencia sobre aislamiento social y los nicaragüenses debían incorporarse a sus trabajos, a las clases y a los actos masivos en defensa de la revolución. Manifestó que la campaña «Quédate en casa» se trataba de medidas «radicales» y «extremas», promovidas «por los que quieren que se destruya el país”. 

Fidel, por su parte, no escapó a la tentación de hacer el ridículo. Amenazó con prisión a todo cubano que acudiera a tomar un baño en las Playas del Este, ya que este era un sitio exclusivo para los turistas. Terminó su discurso disuasivo exclamando que esa medida era “para garantizar la soberanía del país”. Seguro se había fumado algo.

Por otra parte, la creación del, afortunadamente ya olvidado, “Viceministerio de la Suprema Felicidad Social del Pueblo” fue otra de esas ocurrencias solo posible en regímenes mesiánicos y populistas. Nada más y nada menos que la suprema felicidad de todo un pueblo la garantizaría el gobierno a través de un organismo sin rango ministerial ni presupuesto. Ni Orwell tuvo tanta imaginación. Cosas como estas, solo las veremos en socialismo.

lunes, 10 de julio de 2023

 

Poemas por limosnas, por Tulio Ramírez

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Pareciera que hablar de la jornada electoral de la UCV es clavo pasado. A estas alturas, después de 10 días de la 2da vuelta, comentar los intríngulis de esas elecciones es hasta ocioso, toda vez que los analistas, versados o de graderías, han debido haber atosigado a los lectores con enjundiosos y profundos análisis de lo que ha sido una de las poquísimas elecciones limpias que en este país se han hecho a lo largo de estos pesados 23 años.
No me referiré entonces a los resultados. Por supuesto, no se debe dejar de destacar la participación de los candidatos en esa 2da vuelta. Todos tenían méritos suficientes para ganar. Esto lo demuestra el estrecho margen entre quienes finalmente ganaron y los que no alcanzaron los votos suficientes. Afortunadamente, los ucevistas sabían que la universidad iba a quedar en buenas manos, ganaran unos o los otros, o cualquier de las combinaciones posibles.

Mi interés en el artículo de hoy no se centrará en la patada de ahogado peseuveca, representada por la inhabilitación de María Corina Machado o a la decisión de Er Conde de hacerse el Hara Kiri, pero no al estilo japonés sino al del criollo chacumbele, cuando manifestó, desdiciendo lo expresado días antes, que se lanzaría a las presidenciales fuera de las Primarias.

Tampoco haré referencia a la tragedia ocurrida en las cercanías de Paracotos por la caída de una chatarra con alas, comprada a Rusia con el consabido «¿cómo quedo yo ahí?», suerte de clausula no escrita que forma parte de toda negociación profundamente chavista. Mucho menos haré alusión a la cara de ponchado, como diría mi amigo Abilio Carrillo, que puso el General aquél en Amazonas, cuando la hija del capitán indígena le dijo que las bombas extractoras de oro ilegales que iba a quemar, eran propiedad de un General revolucionario cuyo nombre no me quiero acordar, no vaya a ser.

Hoy utilizaré el espacio para algo más refrescante. Caminando por los pasillos de la UCV en medio del ajetreo de las votaciones rectorales, divisé a lo lejos un grupo de jóvenes rodeando a un muchacho que, sentado sobre un pequeño taburete, tenía sobre sus piernas una vieja máquina de escribir portátil de esas que usábamos en los años 70 para tipear los trabajos que nos mandaba Rigoberto Lanz o el inefable Miguel Ron Pedrique sobre la controversia del concepto de ideología en Historia y Conciencia de Clases de Georg Lukács.

La verdad, no me fijé si era una Olympia o una Remington. El tac tac tac, no paraba. A su izquierda había un cartelito desplegado sobre una cesta que contenía algunos billetes arrugados, todos de baja denominación y en bolívares. Se leía «Poemas por Limosna». 

La imagen era mágica. Solo en la UCV es posible ver escenas como esa. Me retrotraje a aquellos años cuando estudiantes voluntarios se vestían de payasitos para ir a llevarle alguna alegría a los niños hospitalizados en el Clínico, o el Teatro de Calle organizado por estudiantes de Ingeniería para entretener a los habitantes del Barrio Marín, o el Cine-Club de Sociología, que no pelaba un jueves para exhibir una película a quienes no podían pagar la entrada de un cine.

Me acerque para tomarle una fotografía con mi pequeño celular y, aunque le interrumpía su inspiración, muy amablemente me permitió hacerlo. Estaba escribiendo un poema encargado por una de las jóvenes presentes. Luego de un par de fotos, coloqué unos pocos bolívares en la cesta. Ya me despedía agradeciéndole el gesto, cuando me pregunta si quería un poema. Al principio me negué amablemente, pero después de caminar unos pasos, volví y asentí. Tecleó rápidamente y esto fue lo que me entregó en un pedazo de hoja blanca:

Voy hasta ti,

hasta dónde susurran las piedras

un camino de río.

Hasta dónde se teje el viento

y es una promesa la pausa.

Hasta un palafito de cristal,

hasta tus ojos.

Voy hasta ti, abismo y viento,

para volar.

Gracias Jesús García, por personas como tú la UCV es un espacio donde siempre crecerán mil flores.