lunes, 12 de abril de 2021

 

La coba como recurso, por Tulio Ramírez

La coba como recurso
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Twitter: @tulioramirezc


No sería absurdo pensar que el Gabo se haya inspirado en Venezuela al momento de escribir Cien años de soledad. Pero no porque en nuestro país sucedieran las cosas más extrañas, insólitas y extraordinarias —que sí suceden— sino por la manera como las explican y recrean nuestros compatriotas.

Tenemos explicaciones y justificaciones para todo. Por ejemplo, imaginemos una película donde un tierno unicornio azul lame afectuosamente el agreste caparazón de un caimán del Orinoco mientras devora a un pequeño cachorro frente a su madre impotente y desconsolada. Esto, de seguro, causaría el rechazo mayoritario de cualquier público. Pero, en Venezuela, podría ser motivo de creativas interpretaciones. Unas más alocadas que otras, como es de esperarse.

Habrá a quien le disguste tan sórdida escena, pero nunca faltará quien, con pose de crítico de arte formado autodidácticamente, señale que se trata de una «genialidad de los Estudios Disney», como consecuencia de alguna «nueva etapa onírica de sus creativos». Por supuesto, lo más seguro es que quien así opina no tenga la más peregrina idea sobre el séptimo arte. Para lo que importa eso.

Somos expertos en dictar cátedra sobre cualquier situación, por más extraña o desconocida que sea, pero también somos unos primeros actores para escuchar todas las mentiras, exageraciones y discursos de esos «expertos», sin darnos por cobeados.

Somos unos fenómenos para convencer. Si no encontramos argumentos con bases lógicas o evidencias empíricas, las inventamos. Siempre tendremos auditorios dóciles para ello. Y si algún curioso pide que ampliemos o expliquemos en detalle, recurrimos a la estrategia usada por los jurisconsultos poco cultos y temerarios: «Si no puedes aclarar, entonces confunde».

Pero la vaina no se restringe a los habladores de pistoladas que usan pipa sin picadura y lentes sin fórmula para parecer intelectuales, tampoco a oyentes muy respetuosos, o temerosos, que no se animan a desenmascarar a estos habladores de tonterías. La cosa es más común de lo que aquí cuento.

Basta pararse un sábado a media mañana en una esquina de un barrio caraqueño, o del interior del país, y escuchar a los cerveceros intercambiar historias y opiniones sobre variados temas. Ni los catedráticos de Harvard hablan con tanta autoridad.

Se habla sobre todo, «con los pelos en la mano». Uno se entera de lo que «en privado le dijo Trump a Biden sobre Venezuela», el día de la toma de posesión; también que la CIA creó artificialmente al papa Francisco en un laboratorio del área 54, como parte de un plan para controlar a los comunistas católicos; o sobre la «carta bajo la manga y que nadie conoce», que tiene Messi para negociar con el Barcelona; y qué decir de «los acuerdos secretos de no invasión» entre los alienígenas sobrevivientes de Roswell y el presidente Truman; o de los «verdaderos asesinos» de Kennedy, Corín Tellado y Consuelo.

Hay cuatro hipótesis para tratar de entender esas conversaciones: 1) el que habla sabe que cobea y asume que el resto se lo cree; 2) el que habla sabe que cobea y el resto también lo sabe, pero se hacen los paisas; 3) el que habla se cree lo que dice y el resto también; 4) cualquier otra combinación. Me inclino por la opción 2, o sea, intención activa y pasiva de engaño.

A conveniencia nos ubicamos en los extremos. Cuenteros, sabelotodo y conocedores de lo humano y lo divino o actuando como «pendejos» cuando nos interesa.

Quizás ese rasgo explique el porqué tratamos siempre de imponernos al otro como el chivo que más micciona del patio o, en el extremo opuesto, hacerle creer al otro que nos está convenciendo para luego descalificarlo ante terceros.  A lo mejor así es la política, pero lo cierto es que con estos comportamientos es muy difícil lograr algún tipo de unidad sincera.

lunes, 29 de marzo de 2021

 

Moisés, el faraón y las sanciones, por Tulio Ramírez

Moisés, el faraón y las sanciones
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Cuenta la historia bíblica que Moisés le pidió al faraón que dejara ir al pueblo judío de Egipto porque, el muy muérgano, les estaba haciendo la vida imposible. No solo tenía esclavizados a la mayoría, los que trabajaban en la administración pública recibían unas pocas piezas de bronce que no les alcanzaba ni para comprar una nueva shenti, o faldilla, para cubrir sus nobles partes.

Era una dictadura férrea la de Ramsés II. El sátrapa impedía a ese noble pueblo desarrollar su libertad de pensamiento y religión.

Tenían que calarse el adoctrinamiento y hacer el paro de una lealtad fingida para sobrevivir. ¡Akenaton vive, la lucha sigue!, era lo que obligadamente tenían que gritar, después de los tediosos discursos del faraón en jefe. Si no lo hacían, dejaban de recibir las cestas con dátiles, aceite, sal, harina de trigo que más bien parecía arena del desierto y unos pocos peces de la especie Bagreus merderus del Nilo.

El faraón basaba su poder en un ejército bien armado y leal. La lealtad se afianzaba cada vez que se importaban lanzas, jabalinas, hachas de combate, espadas, sables curvos o khopesh, arcos de origen hitita y carruajes de guerra hechos en Siria. El faraón repartía la cochina de las comisiones. ¡Tranquilos, todos comemos!, después de esta frase estampaba su firma en el decreto de buena pro para otorgar las licitaciones.

Otro tanto sucedía con las obras públicas. El gobierno construía viviendas de muy mala calidad, con materiales de tercera y sin servicios de agua ni cañerías para los que se fajaban a construir los monumentos dedicados a alabar el ego de Ramsés II. Inclusive, dicen que se mandó a construir su propio Cuartel de la Montaña en el Valle de los Reyes, embolsillándose parte del presupuesto aprobado por él mismo.

Pero, quizás la obra más narcisista fue la edificación de una nueva capital, que recibió el nombre de Pi-Ramsés Aa-najtu (La ciudad de Ramsés), construida sobre la que había sido la ciudad de Avaris. Dicen que el dictador dominicano. Rafael Leónidas Trujillo, se inspiró en Ramsés II para rebautizar la capital quisqueyana con el nombre de Ciudad Trujillo. Pero eso no me consta.

Lo cierto del caso es que Moisés, indignado por tanto maltrato a sus compatriotas, le solicitó al poderoso faraón que abriera las fronteras para que el sufrido pueblo migrara en busca de la tierra prometida.

Ante la negativa de Ramsés, sobrevinieron sobre Egipto las llamadas plagas. Fue una ayudita del Creador a Moisés, a quien se le volvía cada vez más cuesta arriba doblarle el brazo al faraón. Para unos, las plagas fueron siete y, para otros, fueron diez. Hay quien dice que se presupuestaron diez y realmente se aplicaron siete. Hasta en eso había dudas con las cuentas. Ni Dios se salvaba de la contraloría social.

Algunos analistas opinan que estas sanciones divinas también se llevaron por los cachos a los que pretendían salvar. Otros aseguran que los desastres no fueron por las sanciones sino por la preexistencia de una situación de extrema pobreza y deterioro de la calidad de vida por efectos de la enorme corrupción y mal gobierno de Akenaton y su sucesor, Ramsés II.

Dicen los que saben, que en el antiguo Egipto esta diferencia de opinión dividió en tres toletes a los opositores al faraón. Por un lado estaban los que esperaban que las plagas surtieran efecto por sí solas, por otro estaban los que las rechazaban por injerencistas y, finalmente, los que, como Moisés, no las despreciaban, pero tampoco se recostaron en el cayado a esperar que surtieran efecto.

Mientras las sanciones le hacían la vida imposible a Ramsés II, Moisés seguía presionando y organizando a su gente, a fin de que estuvieran listos para cuando llegara la ansiada liberación. Así son las cosas.

lunes, 15 de marzo de 2021

 

¡Gracias, profe Livinally!, por Tulio Ramírez

Gracias UCV
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Cuando estudiaba cuarto año de Humanidades en la Técnica de Campo Rico, en Petare, tuve una profesora de Sociología de apellido Livinally, quien se empeñaba en que nosotros, estudiantes imberbes y sin ningún tipo de formación sobre los asuntos públicos, tuviésemos algún conocimiento básico sobre la organización política de las sociedades.

En esa época, nuestra intuición y escasísimo sentido de lo político no iba más allá de los cuatro gritos que pegábamos cuando salíamos a la calle a protestar contra la guerra de Vietnam, por la libertad de unos presos que no sabíamos por qué lo estaban o contra un golpe de Estado dado en Chile, un país del cual no sabíamos nada, pero había que protestar.

Vale mencionar que esas huelgas y protestas se organizaban, por lo general, los viernes previos a los lunes bancarios o de asueto por fecha patria. Era lo que se podría llamar hoy “un puente insurreccional”.

Nuestro ímpetu revolucionario también se exacerbaba los días viernes antes de carnaval, Semana Santa o a la víspera de los exámenes trimestrales. Como se puede intuir, casi que memorizábamos el calendario.

Recuerdo que días después de alguna de esas protestas que culminaban con un saldo en contra de peinillazos y detenciones, la profesora Livinally utilizó las horas de su clase para discutir las diferencias entre el Estado y el Gobierno. “Había que cultivar a esos pichones de políticos”, decía no sin razón.

Ella nos preguntaba qué era lo que al final queríamos, tumbar al Gobierno o al Estado. Le respondíamos que a los dos, “porque era la misma cosa”. Para nosotros ambos términos aludían a lo mismo. Lo usábamos de manera indistinta para referirnos a quien mandaba en Miraflores. La profe Livinally, con la paciencia china que la caracterizaba, hacia lo imposible porque entendiéramos las diferencias.

Era como aquella propaganda sobre pastillas para el resfriado. En una farmacia el cliente pedía una determinada marca de un medicamento y la dependiente le despachaba otro. Ante la queja del cliente, la dependiente con cara de fastidio, ripostaba: “Tachipirin, Tachipiron, da igual, es la misma cosa, lléveselo”. Así estábamos.

“El Estado es una forma de organización política que incluye la población, el territorio y el Gobierno, y está conformado por un conjunto de instituciones permanentes que hacen que un país funcione”, “parte de esas instituciones conforman el Gobierno”. Era su primera aclaratoria.

“El Gobierno es el conjunto de personas y órganos que administran y gestionan el Estado”, “si bien el Gobierno forma parte del Estado, el Estado no se reduce al Gobierno”, “los Gobiernos pasan, el Estado permanece”, “para cambiar un Estado es necesario cambiar la Constitución, mientras que un Gobierno puede cambiarse con votos en una democracia, sin necesidad de destruir el Estado”. Recuerdo sus lecciones como si fuera ayer.

Años después, siendo estudiante de Sociología en la UCV, pude al fin entender lo que explicaba mi querida profesora.

Por ejemplo, comprendí que aunque la universidad no formara parte del Gobierno sí formaba parte del Estado. Y el Gobierno, por mandato de la ley, estaba en la obligación de financiarla para que pudiese con su misión como formadora de profesionales y generadora de conocimientos.

Hoy, el gobierno chavista está haciendo lo imposible por destruir a la universidad autónoma, es decir, a una institución del Estado que ha generado el 80% de la investigación que se ha producido en el país en los últimos 60 años y que, además, ha formado a generaciones de profesionales reconocidos por su alta calidad en el mundo entero.

La expresión metafórica que mejor podría describir ese despropósito es que el Gobierno chavista le está haciendo una lobotomía a una parte del cerebro institucional del Estado venezolano, específicamente a aquella con la que desarrolla su inteligencia.

¡Gracias, profe Livinally, sus útiles enseñanzas todavía perduran!

Tulio Ramírez es Abogado, Sociólogo y Doctor en Educación. Profesor en UCAB, UCV y UPEL.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo


lunes, 1 de marzo de 2021

 

Siempre mal pensados, por Tulio Ramírez

colectivos encapuchados
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En estos días vi por diferentes redes sociales imágenes de unos señores encapuchados con unas escopetotas que, la verdad, no sé ni cómo se llaman. De armas lo único que conozco son los vuelacercas dados en el Fenway Park de Boston o en el Estadio Universitario de Caracas, por Antonio, el de Puerto Píritu.

Lo cierto es que en la serie de fotos, esos señores aparecían como parando y chequeando los vehículos. La información que acompañaba a estas imágenes aludía a una especie de alcabala improvisada, colocada a la altura de Makro, en la autopista Gran Mariscal de Ayacucho con sentido oeste-este o, para más señas, «la que va pa’ Guarenas», como mejor la conoce la gente.

En sí mismo ese hecho no constituiría noticia relevante, sobre todo si estamos en un país donde hay más alcabalas que bombas de gasolina. Lo que llamó la atención era que estos individuos estaban vestidos como para plantarse a beber cerveza un sábado en la mañana en la licorería de Don Goyo, la que está ubicada en la calle Sin Ley del Barrio San Blas, en Petare.

En vez de vestir con esos tenebrosos trajes negros sacados de algún capítulo de Star Wars, los muchachones estaban de lo más relajados con chores y zapatos deportivos. Estos últimos, por cierto —y estoy muy seguro—, eran originales y no imitaciones chinas, de esas que venden en el bulevar de Sabana Grande.

Como era de esperarse, hubo un revuelo de la gente mal pensada. Esa que ve en cada acción gubernamental, una malucada más para hacernos la vida de cuadritos.

Los primeros tuits señalaban que se trataba de colectivos con armas largas, martillando a los conductores para financiar la rumba de la octavita de carnaval. Otros, menos jodedores, decían que sí eran funcionarios policiales, pero con camuflajes de colectivos para despistar a la gente.

Como yo no soy cogido a lazo y he tenido una vasta experiencia en eso de caer por inocente con los fake news, me decidí a llamar a mi comadre Camucha, quien tiene relaciones “estrechas” con algunos jerarcas del gobierno.

Hice lo que los periodistas serios recomiendan, a saber: confirmar y no dejarte obnubilar por lo primero que ves.

Ese consejo también se lo doy a mi sobrino, el Harold, quien gusta ir a esas fiestas que organizan en las plazas en tiempos de carnaval. ¡Qué peligro!

La comadre me indicó que la gente es muy mal pensada y que hice bien en llamarla. Me aclaró que lo que pasaba podría tener varias explicaciones, pero ninguna de ella tenía que ver con los colectivos.

Me alertó que esos rumores se dejaban colar para desacreditar al gobierno, quien está cumpliendo con su deber de proteger a la población de Guaidó y de los invasores gringos.

Insistió en que no era necesario molestar a sus amigos del gobierno porque estaban muy ocupados dirigiendo la guerra contra el imperialismo, sus sanciones, así como la defensa del revolucionario Alex Saab.

«La gente debería ayudarlos, ya que, una vez el país liberado de esas sanciones y de vuelta el camarada Saab, podremos todos ir a comer en un restaurant en Las Mercedes o comprarnos un Ferrari, tal como sucede en cualquier país comunista normal».

La explicación fue muy lógica. Según Camucha, a esos muchachos se les aplicó el mismo régimen de flexibilización que a la población. La diferencia es que para ellos, también incluía las prendas de vestir. «Espera a la semana radical y los verás uniformados como siempre», me aseguró.

Quedé satisfecho con la respuesta. Por eso siempre hay que preguntar antes de opinar y, sobre todo, es fundamental escoger bien a quien se le va a preguntar. Debe ser una fuente objetiva, imparcial y confiable.

¡Gracias camarada Camucha!

Tulio Ramírez es Abogado, Sociólogo y Doctor en Educación. Profesor en UCAB, UCV y UPEL.

lunes, 15 de febrero de 2021

 

Retoques y maquillajes, por Tulio Ramírez

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El venezolano tiende a ser muy cuentero y exagerado al momento de narrar historias. Pareciera que es parte de nuestra cultura. Basta haber ido a un velorio de pueblo para constatar que el difunto, según sus amigos de farra, era excesivamente bueno o aguerridamente valiente o intensamente agradable o inigualable fiestero. Todos los atributos en expresión superlativa.

Cuando alguien procede a testimoniar sobre algún episodio en la que fue protagonista, lo más aconsejable es tomarlo a beneficio de inventario.

Siempre está la sospecha de que la mitad de lo contado, si no es inventado, por lo menos es exagerado. Pero esto no es exclusivo del venezolano común.

Buena parte de los textos de historia han reforzado esa práctica al ensalzar a los héroes patrios atribuyéndoles conductas y personalidades que se salen de lo normal. Los niños crecen con la falsa idea de unos libertadores que no pisaban el piso cuando caminaban.

Por supuesto, esta práctica muy tioconejera, siempre tiene patas cortas. Al final se sabrá si el ojo morado de Pascual se debió a una sonora cachetada dada por una dama ofendida por sus piropos de mal gusto y no por la titánica pelea que, según él, sostuvo con seis fornidos asaltantes a quienes propinó tal paliza que terminaron en el hospital.

Esos retoques a los sucesos también los hemos visto no solo en las narraciones orales de esquina o velorios; también en libros, canciones alegóricas o documentos que hacen referencia a algún hecho histórico.

Desde que Homero narró en la Ilíada las peripecias sobrehumanas de Aquiles, o las aventuras de Ulises en la Odisea con cantos de sirena y demás yerbas, se arraigó para siempre el ponerle un poquito de sazón al cuento.

En la era moderna, quizás los casos más emblemáticos provengan de la extinta Unión Soviética. Era muy regular que en la propaganda se realzaran hechos con el picante de la exageración para exaltar la heroicidad del hombre nuevo del comunismo. Exagerar u omitir hechos que no convienen, al final tiene la misma intención: torcer la historia a conveniencia.

Recuerdo una foto tomada en 1896, donde aparece un grupo de revolucionarios bolcheviques —Lenin entre ellos— que fue muy difundida en los primeros años de la Revolución de Octubre. Entre los presentes aparece un joven, llamado Alexánder Malchénko, quien en 1930 fue fusilado acusado de espía. La fotografía del cuento luego apareció en las oficinas oficiales sin la figura del joven Malchénko. Fue un acto de desaparición a lo Cooperfield.

Los comunistas son unos ases en eso de intentar cambiar los hechos. Por ejemplo, la rigurosidad histórica indica que la fecha para celebrar la independencia de Cuba es el 20 de mayo, porque, en un día como ese, pero en 1902, fue cuando se independizó de España. Sin embargo, Yanaisis, una joven habanera que vende bisutería de contrabando entre la 23 y Hospital, respondió a un periodista español lo siguiente: “No me interesa conocer qué pasó el 20 de mayo de 1902. No debe ser algo bueno, porque la televisión y el Granma no hablan de esa fecha”. Ella está convencida de que el día de la independencia de Cuba es el 1 de enero de 1959.

La narrativa de la revolución bolivariana no ha estado exenta de ese pecadillo. Chávez agregaba cada año un cachito a la historia del 4 de febrero de 1992. En cada celebración incorporaba un episodio del que no se sabía el año anterior.

Luego de tantas anécdotas, si se escribiera la historia sumando los episodios por él contados, tendríamos que concluir que era imposible que sucedieran en las 24 horas de ese día.

Lo que sí es cierto es que en las narrativas oficiales pos-Chávez se han cuidado de no mencionar que el para entonces teniente coronel se rindió al escuchar el primer triquitraque.

Lamentablemente para los exegetas que están construyendo la falsa épica del héroe de Sabaneta, toda Venezuela fue testigo de ese episodio. Les costará mucho cambiar esa parte de la historia.

Tulio Ramírez es Sociólogo experto en cultura y comunicación.  Consultor internacional en políticas culturales y ciudad.

lunes, 1 de febrero de 2021

 

Las gotitas milagrosas, por Tulio Ramírez

Carvativir
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Twitter: @tulioramirezc


En aquel Petare de mediados de los ’60, visitar el Casco Histórico Colonial era un paseo esperado con ansias durante toda la semana. Tenía yo unos 8 o 9 años y vivía en uno de los tantos barrios de ese populoso sector.

Los domingos iba con papá a misa a la iglesia Dulce Nombre de Jesús del Casco Colonial. Esa rutina formaba parte de mi preparación para la primera comunión. Finalizada esta, a golpe de 11 am, entrábamos al cine Miranda o al Encanto, que estaban a una y dos cuadras de la iglesia, para ver una película de El Santo contra cualquier bicho de uña. A golpe de 1 pm rematábamos comprando una barquilla de a medio para comerla en la plaza. Esos paseos eran lo máximo.

De ese periplo dominguero nunca olvidaré al «indio de la culebra”.

Era un hombre corpulento, de pelo largo, de faz muy tosca y con nariz tan aguileña que parecía un comanche extraído de las series de vaqueros que, en blanco y negro, veía por la TV de nuestra vecina, porque en casa no había. Con los años me enteré que era un peruano que migró a nuestras tierras buscando oportunidades.

Ese curioso personaje deambulaba por la redoma de Petare con una enorme culebra enrollada en su espalda y cuello, hoy la identifico como una Boa constrictor, pero para ese entonces parecía una serpiente venenosa. El personaje de marras promocionaba a viva voz un ungüento al que llamaba “manteca de cascabel”, que “curaba la reuma, la artritis, las dificultades respiratorias, las hemorroides y el dolor de cabeza”. En el mensaje estaba implícito donde untársela.

Ya más grandecito, viví la época del “mentol chino”. Era una pomada que, según la gente, tenía efectos sorprendentes. Hoy se le podría llamar “producto multiuso”. Se usaba para el dolor de cabeza, para bajar el cachete hinchado por el dolor de muelas, para los resfriados, para la disfunción eréctil, para “el pecho trancao”, luxaciones, esguinces, picadas de alimañas. Este producto competía con el Vick VapoRub como sanador universal.

Cómo olvidar el «agua de Babandí». Causó furor por los años ’70. Su efecto repotenciador lo convirtió en el afrodisiaco más popular de la época. Hasta una canción de Pastor López con el mismo nombre se convirtió en un hit en Venezuela. Ni el Viagra ha tenido tanta publicidad.

Como en todas las sociedades, la gente se inventa una para curar sus males sin acudir a la farmacia, mucho menos al médico. Echar borra de café en las cortadas para “cerrarlas”, pasarse la cola de un gato negro por un orzuelo para “bajarlo” o rezar “la culebrilla” para evitar que se unan las puntas y “te mueras de un infarto”, son algunas de estas medicaciones populares.

A veces las cosas salían bien, en otras creíamos que salían bien y cuando no funcionaba había siempre una explicación convincente, “por algo debe ser que no te asentó, eso siempre ha funcionado. A lo mejor te lo tomaste como no era o te lo pusiste sin fe”.

Ahora tenemos a las “gotitas milagrosas” contra el covid-19.

Hasta ahora no se han presentado respaldos científicos que evidencien su poder curativo. Pero eso no importa, la prescripción solo va acompañada del “te lo juro por este puñao de cruces que sí funciona. Tómalas con fe”.