lunes, 22 de enero de 2018

Tres maestros, tres historias, por Tulio Ramírez

Autor: Tulio Ramírez | @tulioramirezc

El 15 de enero pasado fue el Día del Maestro. Los horribles sucesos ocurridos en El Junquito ese mismo día, desviaron la atención de toda Venezuela. Ver en vivo y directo el asesinato de cinco hombres y una mujer embarazada que se entregaban a viva voz a una treintena de funcionarios y paramilitares armados hasta los dientes, no es cosa de todos los días. Evidentemente el Día del Maestro pasó a un segundo plano. Aunque, como ha sucedido en los últimos 18 años de gobierno chavista, no había motivo alguno para que el gremio docente celebrara. Tampoco hubo espacio para dar a conocer las precarias condiciones en que se encuentran nuestros educadores.

La autocensura cómplice de algunos medios no solo silenció la hoy denominada Masacre del Junquito, sino también los actos de protestas de los maestros. Solo tuvo cobertura la presentación de la “Memoria y Cuenta” ante la impresentable Asamblea Nacional Constituyente donde se anunció, entre otras cosas, el aumento de sueldo a los educadores, el reconocimiento de deudas derivadas del contrato colectivo y el aporte para mejorar servicios de un Ipasme, que hace años se convirtió en un elefante rojo. O sea, curitas usadas para crear la sensación de que el enfermo ahora si mejorará.

Ante la imposibilidad de que en la Venezuela revolucionaria y socialista los maestros puedan dar a conocer los motivos por los cuales están dejando las aulas para irse a otros oficios o marcharse definitivamente a tierras extranjeras, dedicar el espacio para presentar tres breves historias de maestras y maestros que se vieron en la imperiosa necesidad de renunciar a sus puestos de trabajo para ir en búsqueda de mejores oportunidades. Son tres historias que pueden resumir el drama que viven cientos de miles de educadores en un país donde el solo anuncio de un aumento de sueldo, se convierte más en una amenaza que en una buena noticia.
La primera historia es la de Martha (obvio que es un nombre ficticio). Sus 23 años como maestra en una escuela pública en Petare, la convirtieron en un ser muy querido en el humilde Barrio donde imparte el magisterio. Un día dejó de asistir a clases. La contactaron y esto fue lo que contó: “vivo en la Urb. Paulo VI cerca de El Llanito, la buseta me cobra 1000 bs hasta la Redoma de Petare y de allí debo pagar 2000 Bs. al jeep que me lleva hasta la escuela. Igual monto pago para regresar, eso hace que gaste 6.000 Bs. diarios en pasajes, o sea 120.000 Bs al mes. Yo cobro con los descuentos 98.000 Bs al mes. Aunque quisiera, no tengo como ir a trabajar”.

Ramón (otro seudónimo) es profesor de química en un Colegio privado, es una referencia en ese colegio por los años de servicio, su don de gente y su calidad docente. El lunes 8 de enero con el inicio de clases se presentó en la Dirección y anuncio que trabajaba hasta el día 11 de enero. La Directora quedó en shock. Conseguir un profesor de química ya es difícil, y bueno como Ramón, casi imposible. El argumento de Ramón fue el siguiente: “Ante todo soy un caballero y me apena colocarla en este trance, pero tengo esposa y 3 hijos, y en diciembre no pude comprarles estreno, ni hacer hallacas, ni visitar familiares, y me cansé de poner excusas para que no me visitaran por no tener nada que ofrecer. El 5 de enero me pagaron la quincena y cobré 28 mil bolívares. Dígame, ¿usted, en las mismas condiciones, no renunciaría?”.

Ingrid (tampoco es su verdadero nombre), ha pasado 12 años como maestra de 3er grado en una escuela pública. Sufre de la tensión y no consigue las medicinas. Le trajeron unas pastillas de Colombia y se la están cobrando en dólares o en bolívares al cambio del innombrable. Está obligada a comprarlas y el monto es de 9 millones de Bs. Fue al ministerio a solicitar adelanto de sus prestaciones y no ha tenido respuesta, el Ipasme no puede ayudarla. Tomó la decisión de renunciar e irse a Colombia a trabajar “en lo que sea”. Durmió con sus hijas en un terminal de autobuses en Cúcuta y llegó a Medellín a emplearse como doméstica. En un correo le comentó a una colega: “Nunca pensé hacer esto, pero me obligaron a escoger entre mi vocación y mi vida, escogí por mi vida”. Son tres maestros, tres historias.

lunes, 8 de enero de 2018


Buena suerte Felipe






Felipe llegó de Portugal cuando tenía 14 años huyendo de la posibilidad de ir a la guerra, huyendo de la violencia, 40 años después se va de Venezuela para escapar de la violencia

Crónicas mundanas. Autor Tulio Ramírez

Éramos unos muchachos cuando Felipe llegó al Barrio, corría el año 1971, año en el que con un real merendábamos luego de salir de clases. A las 11:30 salíamos en tropel a almorzar, ya que en esos tiempos había dos turnos. Camino a casa la parada obligada era el abasto del Barrio.  Un medio costaba una Susy y un medio costaba un refresco.  Para los lectores muy jóvenes, un medio era la cuarta parte de un bolívar (sin ceros a la derecha) y la mitad de un real. Dos reales hacían un bolívar y en esa época quien tenía esa moneda, tenía una pequeña fortuna. En nuestro grupo no era muy común que alguno tuviese un bolívar. A lo sumo, nuestros humildes padres nos daban un real cada dos días y eso era suficiente. Pero la crónica de hoy no se refiere precisamente a nuestra feliz vida de los 70, sino a Felipe, el portugués que, con 15 años de edad, fue traído de su tierra natal a trabajar en el abasto donde, si teníamos dinero, hacíamos parada obligatoria.

La primera vez que lo vimos, era un mozalbete flaco, pelirrojo y algo desaliñado. No hablaba nada de español y se encargaba de mantener limpio el local. Al poco tiempo ya mencionaba con cierta facilidad algunas de las groserías más comunes de la época, las cuales aprendió de tanto escucharnos. Un día descubrimos que no sabía leer. Para nosotros fue una sorpresa, no concebíamos que un joven de esa edad no haya ido nunca a la escuela. Con el tiempo nos contó que sus padres en Portugal eran agricultores analfabetos, y que lo mandaron a Venezuela para evitar que el gobierno lo reclutara y lo alistara como soldado para pelear en una de las colonias africanas. Su tío Francisco, a la sazón el dueño de la Panadería, lo recibió y lo puso inmediatamente a trabajar en el negocio de lunes a domingo sin perspectiva alguna de facilitarle educación.

Con el paso del tiempo Felipe pasó de coletear el local, a carnicero.  Aprendió el oficio a fuerza de madrugar y observar a su otro tío, el señor Manuel, quién cortaba con maestría y precisión los bistecs y molía la pulpa negra sin perder ni un gramo. Poco a poco logró hablar con mayor fluidez el español. De manera autodidacta aprendió a leer y a realizar cálculos aritméticos sencillos, eso le valió trabajar en la caja, por lo cual sus ingresos aumentaron considerablemente. Prácticamente se integró a nuestro grupo. Los domingos en la tarde, luego de hacer caja, nos acompañaba a jugar pelota.  Se convirtió en un furibundo magallanero, a pesar de que fue mucho después que entendió las reglas del beisbol. Para diciembre de 1975 ya formaba parte del conjunto de gaitas del barrio. Era impresionante ver la habilidad con la que tocaba el furruco. Tenía la cadencia de cualquier maracucho del sur del Lago.

Felipe vivió un proceso de venezolanización acelerado. Bebía ron, jugaba truco y se casó con una barloventeña que le enseñó a preparar sancocho y a cantar fulía. De esa relación nacieron 4 muchachos a quienes les facilitó todas las oportunidades para que estudiaran. Hoy son exitosos profesionales, aunque todos fuera del país. A los 40 años ya era socio del abasto y a los 50, dueño absoluto. “Eu sou cacareño”, solía decir cuando le preguntaban en que parte de Portugal había nacido. Su amor por Caracas era contagioso. “A portugale, ni de visita”, nos aseveraba cuando a alguien se le ocurría mandarlo al carajo.

El lector se preguntará cual es el sentido de esta crónica, cuando padecemos problemas que son un lomito para cualquier escribidor. El asunto es que en la mañana del 2 de enero llame por teléfono a Felipe para darle el feliz año, y después de los saludos de rigor me soltó: “Compadritu, hasta aquí llego eu. Nu abro mais el abastu. Con ese aumento de salarios me reventaron el negocio. Ya mis hijos están afuera. A mis 60 años no necesitu tanta angustia. Voy a agarrare mis macundales, mi mujer y me voy pa’ portugale. Eiste país no lo conozco, eiste ya nu es mi país, el mío me lo rubaron”. Mientras lo escuchaba me vino a la mente la imagen de aquel Felipe analfabeta que vino a Venezuela hace 46 años huyendo de la pobreza, la ignorancia y la violencia, lo paradójico es que ahora vuelve a su patria para alejarse de las mismas circunstancias que lo trajeron. Al final me quedó claro a qué se refería cuando hablaba de un país que le habían robado. Solo atiné a decirle, “buena suerte Felipe, te deseo lo mejor”.