lunes, 21 de abril de 2025

 

La creatividad de un profesor universitario en Venezuela, por Tulio Ramírez

Escuela de Idiomas de la UCV
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Maravillas de envergadura: pájaros en vuelo sincronizado
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Culminó la Semana Santa con cero hits, cero errores y cero carreras. Es decir, no viajé (no hay cómo), no comí pescado (no hay cómo) ni visité los 7 templos (no hay para el pasaje). Me quede en casa viendo por cuadragésima vez, las películas sobre la pasión y muerte de nuestro Señor. Ya llevo varios años en eso, pero ni modo, es el destino de un profesor universitario por estos tiempos.

Estoy consciente que no soy el único, hay miles de colegas que están pasando por lo mismo. Ya no lloramos, pero tampoco facturamos. La Tabla ONAPRE, cuál Tablas de Moisés, nos la lanzaron encima, pero no para castigarnos por nuestros pecados, sino para castigarnos por nuestros reclamos.

Decidí llamar a un colega cuyo nombre no voy a mencionar, para preguntarle como la había pasado durante los días santos. Era algo así como el encuentro de dos mochos para rascarse. Pensé que, cómo siempre, nos quejaríamos de la situación, pero conversación me dejó totalmente descolocado. Al principio me preocupé, sentí que se le había corrido una teja, pero llevaba el hilo de sus argumentos de manera coherente. Les reproduciré lo que decía a través de la línea.

“Hola mi querido profesor, ¿que qué hice en Semana Santa? Pues, me dediqué a lo que siempre me dedico cuando son días de asueto. Es una costumbre que he adquirido en los últimos 11 o 12 años. Mi familia también se ha acostumbrado. Aunque al principio lo hacían a regañadientes, finalmente comprendieron que era lo mejor para mantener la armonía. Le explico, mi querido colega.

He diseñado una exitosa estrategia para pasar días libres. Hasta he pensado en patentarla. Conozco de gente que se ha hecho millonaria con inventos que no han supuesto mayor inversión en su creación, pero si mucha imaginación. Por ejemplo, el que inventó el Clip no se imaginó que ese artefacto iba a tener tal demanda gracias a su versatilidad y utilidad. No solo sirve para organizar papeles en la oficina, también es útil para sacarse la cera de los oídos e inclusive sirve como económico proyectil de alta precisión. Solo requiere una liguita como disparador.

Por supuesto, no tengo tanta genialidad, pero la estrategia que he diseñado la he mantenido en secreto no vaya a ser que me hagan lo que le hicieron al pobre Antonio Meucci, quien en 1850, desarrolló un dispositivo con el que podía realizar la transmisión de sonidos a través de cables eléctricos. Pues resulta que por la peladera no pudo renovar su patente, y en 1876, el vivo de Graham Bell se lo ganó de mano y obtuvo la patente de lo que luego mundialmente sería conocido como el teléfono. Por eso mi cautela, no me vayan a fregar también. 

No voy a alardear. Mi protocolo no es tan genial como la dieta de los puntos, tampoco tan inútil como diseñar un destapador de cervezas para zurdos o cepillos para el aseo bucal de los caimanes del Orinoco. Tampoco es tan peligroso como el invento de la malla invisible para saltos mortales triples desde la azotea de un edificio.

Bueno, al grano. He decidido rebelar al mundo la estrategia que he diseñado para pasar los días de asueto en tiempos de crisis. Perdona lo largo y tedioso de mi conversa, pero ten la seguridad que no te estoy quitando el tiempo por mero gusto. Estas recibiendo una primicia.

Te digo que pronto haré pública mi estrategia, porque siento que debo retribuir a la humanidad algo de lo que he recibido a lo largo de la vida. Es mejor darla a conocer masivamente antes de que algún camarada chino saque provecho económico reproduciéndola por millones, en varios idiomas y diferentes presentaciones.

El protocolo es el siguiente: a) despertarse tarde para evitar el desayuno; b) almorzar a las 6 pm para evitar la cena; c) leer libros entre comidas para evitar usar el celular y gastar los datos; d) salir a caminar y por nada del mundo entrar al supermercado; e) si presientes que te van a visitar, jugar al escondido con la familia y permanecer en el escondite hasta que dejen de tocar el timbre; y, f) repetir esta rutina hasta que acaben los días libres.

Cómo puedes ver colega, no es nada del otro mundo, pero afinar el protocolo no fue nada fácil, tuvieron que pasar años de ensayo y error. No faltarán detractores. A ellos solo les diré, con un salario de 8 dólares mensuales como Profesor Titular a Dedicación Exclusiva de una Universidad Autónoma y una Canasta Básica de más de 650 dólares, ¿que esperaban que inventara?”. Colgué y me dije, “definitivamente la pobreza es cruel”.

lunes, 7 de abril de 2025

 

Hay mosaicos que duelen, por Tulio Ramírez

Hay mosaicos que duelen
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X: @tulioramirezc

No amigo lector, no me refiero a los mosaicos que les caen encima a los transeúntes desde las construcciones en ruinas, tampoco a los que se desprenden gracias a ingenieros y arquitectos malformados y demagógicamente graduados, que laboran en constructoras que no supervisan y que usan materiales de tercera, aunque cobran como si hubiesen usado los de primera.

Tampoco me refiero a los mosaicos con los que varias generaciones aprendieron a bailar o les ayudó a conquistar la primera novia. Esos son los mosaicos de ese gran dominicano, más venezolano que la arepa de maíz pilao, llamado Billo Frómeta. Este artículo no se refiere a esos mosaicos, pero con el permiso de ustedes, aprovecharé la mención para hablar de pasadita sobre ese genial invento de Frómeta.

Para mis jóvenes lectores (espero tenerlos), seguramente les sonará extraño la palabra mosaico con la connotación musical que aquí le damos. Para ponerlos en contexto, les comento que los llamados Mosaicos de Billo consistían en una recopilación de temas con diferentes ritmos o melodías que se sucedían sin pausa en un solo surco del viejo disco de vinyl o de pasta.

Estos Mosaicos iniciaban con un bolero clásico, luego un son o un bolero son más rápido, terminando con una guaracha o con una conga. Generalmente se incluían cuatro temas. Recuerdo que cuando comenzaba a escucharse la última canción, o sea, la guaracha, el bailarín más jodedor gritaba desaforado a la pareja más cercana, «suéltala pa´ que se defienda».

Esos mosaicos no dolían. Aunque, en honor a la verdad, era posible que el bolerito con el que comenzaban podía ponerte nostálgico si te recordaba a quien te había cortado las patas unos días antes, pero hasta allí. Luego con la guaracha revivías y retomabas el sentido de la vida. Esos temas te llevaban de la tristeza a la alegría, en una suerte de montaña rusa musical.

Bueno, dejemos a Billo a un lado y a lo que vine. Tal como titulé, hay mosaicos que definitivamente duelen. Un ejemplo de ellos son los llamados «Horarios Mosaico» que se ha implantado en las escuelas públicas venezolanas desde 2023. 

En lugar de tener clases los cinco días de la semana con la jornada habitual, los estudiantes asisten a la escuela solo algunos días con jornadas incompletas y variables. De cajón que este horario impide cualquier posibilidad de desarrollar una educación de calidad, lo que termina afectando a los de siempre, a los más pobres, que no pueden matricularse en los colegios privados que tienen jornada diaria y completa.

Seguramente, alguno dirá que exagero cuando califico como «dolorosa» esta inconcebible, situación. No quiero empalagar al lector con un tema que conoce hasta el hartazgo por ser público y notorio, pero es que en verdad duele lo que está pasando.

Con el déficit de docentes, la imposibilidad económica de ir a diario al plantel por los paupérrimos salarios (los más bajos de América Latina, y quizás del mundo), la necesidad de «matar tigres» para sobrevivir y la desatención gubernamental a las solicitudes gremiales, difícilmente se podrá lograr que, en un futuro cercano, las escuelas regresen a un horario normal. 

¿Consecuencias? Son muchas, pero citaremos solo algunas para no extendernos, veamos: dificultad para cubrir todo el contenido programático; lagunas en el aprendizaje de los estudiantes; desigualdad educativa con respecto a los colegios privados e impacto en la rutina familiar. Los horarios irregulares dificultan la planificación del hogar y la conciliación con las actividades laborales de los padres. 

Así es mi estimado, una cosa es que en el mosaico Nro. 7, Felipe Pirela, te remueva el corazón con «Frenesí» y después Cheo García te dé la oportunidad de cantarle en la pata de la oreja de tu pareja ese bello son titulado «No negrita, no», para que vuelva Felipe a estrujarte el corazón con «Ya no me quieres»; y remate Cheo con su alegre «Cuidaíto Compay Gallo» y otra, muy diferente, es que veas crecer a tu hijo recibiendo menos de la mitad de la educación que recibiste cuando tenías su misma edad. Hay mosaicos que duelen.

lunes, 24 de marzo de 2025

 

Caracas, motos y motorizados, por Tulio Ramírez

Caracas, motos y motorizados
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All salir todas las mañanas a la universidad (no para ganarme el pan de cada día, eso es materialmente imposible en estos tiempos), enciendo la radio para informarme sobre el reporte del tránsito. Es una rutina que tengo desde la época en que Efraín de la Cerda desde la avioneta Tango Tango Fox, nos daba datos sobre cómo evitar las colas que a diario y a ciertas horas se hacían en la ciudad capital.

En esa época, esos trancones se debían básicamente al volumen de carros. Eran los años 70 y gracias a la subida de los precios del petróleo, los venezolanos podían tener acceso a la adquisición de vehículos. Se vendían a crédito y solo bastaba aportar una cuota inicial y firmar unas letras de cambio (un joven de hoy no sabe de lo que hablo); y listo, las agencias te entregaban las llaves de una «nave» que podías luego cambiar a los dos años entregando el carro usado como parte de pago. Eran otros tiempos, por supuesto.

Las autopistas y avenidas, diseñadas para el tránsito de un menor volumen de vehículos, se vieron de pronto colapsadas. Los gobiernos, para aliviar esta nueva situación, se dedicaron a construir vías alternas como la Cota Mil y distribuidores como El Ciempiés, la Araña y el Pulpo. También se amplió la autopista del Este con la construcción de un segundo piso. Recuerdo que se inauguró en 1973.

Además del parque automotor, había aumentado la densidad demográfica. Caracas continuaba siendo atractiva para quienes vivían en el interior del país, donde el Boom petrolero todavía no había hecho llegar sus efectos. Recuerdo que el compadre Güicho y la comadre Camucha estuvieron tentados a mudarse a Caracas, pero desistieron cuando se enteraron que en la capital, el pescado se conseguía solo en las pescaderías porque el mar estaba algo lejos. 

Por supuesto, en esa época la moto también formaba parte de la escenografía vehicular. Sus conductores eran variados, la mayoría eran trabajadores de empresas, esos que llevaban la bola de real para depositar en los bancos y garantizar el pago de los empleados; estaban los que la utilizaban solo como medio de transporte, es decir, no trabajaban con la moto; los repartidores de farmacias y panaderías que eran los menos; y los patoteros que, con sus motos de alta cilindrada y resonadores, andaban en manada y atormentando a la gente, solo por joder. Por supuesto que habían accidentes donde estaba involucrada alguna motocicleta, pero nunca en la cantidad de ahora. 

Hoy Caracas se ha vuelto una ciudad caótica por la enorme cantidad de motos circulando y el irrespeto a las normas de tránsito por parte de sus conductores. Se han convertido casi en un problema de salud pública. De cada 4 accidentes que se reportan a diario (de los que sabemos), por lo menos en tres está involucrado un motorizado, llevando, por cierto, la peor parte.

Es seguro que hay muchos que andan juiciositos por la vía, pero la mayoría anda como si tuvieron un ataque estomacal imprevisto e incontrolable, o sea, en zigzag y a alta velocidad. En la autopista parecen una lluvia anárquica de meteoritos. Cuando menos lo esperas, aparecen por la derecha, por la izquierda o por el frente y a contravía. No puedes cambiar de canal porque el flujo de motos no te lo permite. Me ha tocado salir de la autopista por los Ruices, luego de intentar infructuosamente salir por la vía hacia El Valle, Bello Monte, Las Mercedes, Altamira y el Parque del Este. Iba originalmente hacia El Valle. 

Para colmo, hablan por el celular mientras conducen y suelen montar hasta 3 personas. Otra veces, el parrillero lleva a cuestas un televisor de 65 pulgadas, una lavadora o un caucho de camión en la cintura, tipo ula. Pero ni se le ocurra a usted tocar el celular para apagarlo y evitar contestar la llamada porque anda manejando.

Por arte de magia se le pondrá al lado un par de policías en moto, señalando que se pare a la derecha. Mientras lo disuaden que es mejor colaborarles «pa´l fresco» que llevarlo a escuchar la charla y pagar la multa, usted ve que pasan hileras de motorizados a 70 km chateando para precisar donde entregará el arroz chino, y no pasa nada. Hasta se saludan. 

Aprovechando el tema, y como quiera que la cifra de accidentes donde está involucrado un motorizado es hoy alarmante, se me ocurre que, por vía de la responsabilidad social empresarial, las firmas que venden motos, apoyen financieramente el abastecimiento y mantenimiento de equipos de los servicios de traumatología de los hospitales públicos. Al fin y al cabo, los principales usuarios de esas salas son sus clientes.

Imagino a las placas de agradecimiento con contenidos como este, «Tomógrafo y tutores externos donados por KorronchaSpeed, la moto más rápida y económica»; o, «En agradecimiento a The Broken Leg Motorcycle S.R.L. por la donación de 20 pares de muletas». También se deben reconocer labores de mantenimiento con mensajes como, «Sala de Rayos X reinaugurada gracias a Repuestos La Motopirueta Mortal C.A.». Total, a esos servicios van a parar el 90% de los motociclistas heridos en accidentes viales. Esta estrategia de «Atención al Cliente después de la Venta», salvaría muchas vidas y huesos rotos.

jueves, 13 de marzo de 2025

 

Carnavales en Higuerote, por Tulio Ramírez

carnavales higuerote
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X: @tulioramirezc

Hace tiempo que no disfrutaba los días de carnaval fuera de Caracas. Bueno, hace mucho tiempo que no salía de Caracas. Mi sueldo como profesor universitario solo me alcanza para llegar a Los Próceres o al Parque del Este y dar tres vueltas al circuito. Solo tres para no gastar los guachicones que me envió el compadre Güicho. Se los ganó a un ruso en una pelea de gallos allá en Margarita. Afortunadamente el ruso era muy patón. 

En esta oportunidad le metí mano a los pocos ahorros y me fui a Higuerote a disfrutar de las playas. Me merecía ese paseo. Ya veré después como pago el internet, la televisión por cable, el condominio y la cuota de este mes por la reparación del carro. Tener mecánicos que fien es una bendición en estos tiempos.

La ida fue un poco extraña. Conté 14 alcabalas durante el trayecto. Pasaba despacio, bajaba el vidrio y ponía la cara como la del Gato con Botas en la pelicula aquella. Dentro de mí pensaba “si me paran y me matraquean, tendré que regresar a Caracas, porque me van a dejar limpio antes de llegar a mi destino”. Cuando sin problemas pasé la última alcabala en la entrada del pueblo, me dije “deben saber que soy profesor universitario, es la única explicación”.

Había movimiento en el pueblo. Los tarantines estaban llenos de gente comiendo empanadas y las licorerías, ni se diga. La escena de personas acomodando cerveza y hielo en las cavas, era el paisaje más recurrente. Llegué a preguntarme si la crisis solo me atacaba a mí o era un mal administrador. Alejé de mi mente esos pensamientos materialistas y me prometí que disfrutaría hasta donde llegara mi cobija, o pañuelo, dependiendo del costo de la vida en la zona. 

Cené con una lata de sardinas y un pan canilla, luego me acosté a dormir haciendo planes para la ida a la playa al día siguiente. Desperté temprano y me fui al muelle para tomar el peñero que me llevaría a una de las playas más frecuentadas por los turistas (nacionales). El pasaje, la verdad, era económico. Con 6 dólares, pagados en bolívares al cambio promedio, te llevan y te traen.

Hasta ese momento, todo marchaba según los planes y el presupuesto. Tomé previsiones y me llevé una cavita con 8 birras, y un bolso con un par de sándwiches. La gente montaba en los botes cavas repletas de cerveza, sillas de extensión y sombrillas. Presumí que al igual que yo, el presupuesto no les llegaba para alquilar esos implementos ni comprar platos de pescado frito a 30 Dólares. Pensaba “es parte de la estrategia de resiliencia del pueblo venezolano”. Recordaba a Roberto Benigni en la Vida es Bella. Los tiempos serán duros pero no nos dejamos aplastar.

Cavilaba bajo el sol, cuando de pronto llegaron más de 25 lanchas de gran eslora a estacionarse frente a la playa. No eran botecitos tripulados por marineros amateur o pescadores de la zona. Eran enormes yates que parecían casas y que arrastraban motos de agua de alta gama. De la proa surgían jóvenes treintañeros con cadenas de oro y costosos lentes de sol de marcas conocidas. No soy experto, pero puedo asegurar que no eran imitaciones como las que compro a los buhoneros de Sabana Grande. 

El contraste era muy evidente. En la orilla gente divirtiéndose sin excesos ni ostentación, y en los yates, muchachos alardeando sus joyas y bebidas costosas. Un par de ellos se lanzaron al mar y nadaron hasta la playa. Al salir del agua, se pararon cerca de donde estaba y los escuché conversar. “Esa lancha la voy a vendel, pa comprame una más cartelúa y tu ¿cuándo te va a compral la tuya?”, el compañero respondió, “cuando me se dé el negocio mi pana”. Evidentemente no habían pasado por una escuela ni de visita.

Mientras recogía mis macundales para regresar, escuché accidentalmente a una señora, que también recogía. Le comentaba a quien me pareció era su esposo, “si Albertico se llegara a presentar con una cadena de oro de ese tamaño, lo boto de la casa”. El señor, con una sonrisita irónica, le respondió, “quién te entiende mujer, a mi casi me botas cuando te calculé en dólares lo que ganaba en el Ministerio”. Finalmente llegué a Caracas con un tema para el artículo.