lunes, 5 de marzo de 2018

No migran, escapan, por Tulio Ramírez


Autor: Tulio Ramírez | @tulioramirezc

Ana se fue del país en el 2011. Para esa época recién había cumplido los 18 años y como muchos jóvenes decidió migrar a Argentina porque la inseguridad le impedía vivir la vida normal que, una joven de esa edad, en cualquier parte del mundo, simplemente vive.

Era la época de Cadivi, o más bien del inicio de su ocaso. Se inscribió en la Universidad de Buenos Aires para estudiar Artes. Los primeros meses transcurrieron sin problemas. La madre enviaba una pequeña remesa a través de una casa de cambio, mientras hacía trámites infructuosos para obtener los dólares preferenciales. El mareo de los funcionarios pidiendo papeles que se vencían por la lentitud del trámite, y que luego se volvían a pedir y se volvían a vencer, hizo que desistiera del intento.
Ana, ante la imposibilidad de que le siguieran costeando sus estudios y ante la inoperancia de Cadivi, se retiró de la universidad y se vio obligada a trabajar. Era la época de lo que llamo la migración opcional. Los muchachos decidían irse libremente, aunque también podían quedarse para llevar a cabo sus proyectos de vida. La situación era preocupante pero no insostenible. Hoy Ana está en Suiza felizmente casada.

Roberto decidió irse a Ecuador en el 2015. Como profesor en la UCV llevaba 12 años y se había formado como un talentoso investigador en el área de Bioquímica. Su doctorado lo había hecho en el exterior gracias a una beca de la universidad. Sin embargo, pese a ser un profesor de alto escalafón, se quejaba porque su salario no le alcanzaba para cubrir los gastos de alquiler, colegio para su hijo y alimentación para el grupo familiar. En una oportunidad un colega le sugirió aplicar en el Proyecto Prometeo. El gobierno de Rafael Correa lo había diseñado para captar talento en todo el mundo e incorporarlos a las universidades con el fin de desarrollar investigaciones y ayudar a formar a los nacionales. Roberto decidió optar y fue seleccionado. Se fue con su familia a ganar 4.500 dólares mensuales, dejando atrás los 120 dólares que para el momento percibía en la UCV. Era la época de la diáspora calificada”. La que documentó el doctor Tomás Páez en el célebre libro que coordinó de manera brillante y oportuna. Hoy Roberto sigue en Ecuador ganando 6.000 dólares.

Rosa salió del país hace tres meses rumbo a Colombia. Se marchó con sus tres hijos y un marido convaleciente de un ACV. Su destino: cualquier país que no fuera Venezuela. Llegó a Cúcuta después de una travesía en autobús desde su querida Cumaná. Tres bolsos, dos morrales, una sábana y unos pocos bolívares es su equipaje. Durmieron muchos días en una plaza pública junto a otros compatriotas que no tienen como pagar un hotel de mala muerte. Se fue huyendo de la miseria, la violencia y la falta de medicinas. Tiene la ilusión de poder asentarse en algún lugar, no importa donde, trabajar y poder levantar sus hijos sin riesgo a que mueran por desnutrición. Es la migración por la supervivencia familiar. Hoy Rosa y su familia están en un albergue y son candidatos a ser deportados de vuelta a Venezuela. No tienen ni pasaporte.

Finalmente, hace una semana se fue Antonio. Es una profesional brillante en el área de la psicología. Posee postgrados y es muy reconocido en su gremio. Desde hace 13 años trabaja en la administración pública con un sueldo ridículo a pesar de sus credenciales. No se fue con su familia, no podía costear la incertidumbre. Tampoco se fue con una oferta de empleo. Renunció a su trabajo porque comprendió que, de seguir en las mismas condiciones, el deterioro de su familia podía llegar al punto de la ocurrencia de una desgracia irreparable.

Antonio se fue con la idea de trabajar en lo que sea. Su norte: poder ganar divisas y enviar al grupo familiar. Entiende que lo que pueda mandar será mucho más en bolívares que lo que hubiese podido aportar con la miseria de sueldo que ganaba. Hoy está en Chile, aseando baños en una discoteca de Santiago y de cuando en cuando, manda 20 dólares a su familia. Estas dos últimas historias corroboran que hoy los venezolanos no están migrando, están escapando.

lunes, 5 de febrero de 2018


 

Bonos revolucionarios, por Tulio Ramírez





 Autor: Tulio Ramírez | @tulioramirezc

El gobierno revolucionario, humanista, bolivariano y depredador de la riqueza nacional, empeñado en mantener el voto de los sectores más vulnerables y empobrecidos del país; y como respuesta a una Guerra Económica que va perdiendo, aunque dice que la va ganando; ha acordado crear bajo el lema “Rial pa’ to’ el mundo”, una catajarra de Bonos que han hecho que el salario pase a un segundo plano, ora por ser simbólico e inútil, ora porque para ganárselo hay que trabajar. A esta política desde el mismo comienzo de la revolución, ya se le veía el bojote. Comenzaron con las “ayudas económicas” a todo aquél que se matriculara en las Misiones Educativas. El resultado, miles de venezolanos inscritos que nunca asistieron a clases, pero que no pelaban la cola en el Banco cada fin de mes para recibir sus 600 bolos.

La idea no tiene nada que ver con aquélla máxima marxista que reza “de cada quien según su capacidad y a cada quién según su necesidad”. El socialismo chavista eliminó la primera parte de esta doctrina y solo cultivó la segunda, agregando un pequeño giro, a saber, “a cada quien según su nivel de lealtad”. Esto explica la aparición del Carnet de la Patria como visa para acceder a los mendrugos que reparte el gobierno, no a los pobres en general, sino a los pobres que son leales a la revolución. Por supuesto estos pobres no tienen nada que ver con los enchufados a los cuales no se les da según sus necesidades básicas, sino que se les pone “donde haiga”, porque sus requerimientos son diferentes. No es lo mismo necesitar una caja CLAP para sobrevivir un mes con comida para una semana, que necesitar comprar una camioneta 4X4 para trasladarse al aeropuerto de Charallave y poder tomar un avión privado e ir a visitar cada 15 días a la hija que esta matriculada en la mejor universidad privada de Chile o de Argentina.

Siguiendo con la política de las bonificaciones, el gobierno ha creado recientemente el Bono Navideño (Bs. 500.000), el Bono del Niño Jesús (Bs. 500.000 ), el Bono de Carnaval (Bs. 700.000), el Bono para Mujeres Embarazadas (Bs.700.000), el Bono para la Guerra Económica (Bs. 99.940), el Bono Único Escolar (Bs. 250.000), El Bono de Reyes (Bs. 500.000), El Bono para Los Hogares de la Patria (Bs, 320.000 a Bs. 1.600.000, según el número de integrantes del grupo familiar), el Bono José Gregorio Hernández para Personas con Discapacidad (Bs. 700.000).
Eso sí, nunca se ha creado un Bono de Productividad porque eso implicaría un estímulo para trabajar más que el otro, y en revolución eso encajaría en situaciones que psicológicamente afectarían a sus militantes y simpatizantes. Eso de “echarle bolas al trabajo” es totalmente neoliberal y por tanto contrarrevolucionario.
Para los que piensan que lo mío es solo criticar al gobierno sin aportar nada, pues les digo que tengo un proyecto de Bonificaciones revolucionarias que completarían este cuadro. Comenzaré por el Bono al Predicador sin Rebaño (Bs. 300.000), con este Bono se estimulará a los camaradas que se encarguen de llevar la palabra de Hugo y Nicolás a la gente que hace cola mientras compra el pan o el pollo. Importante, este Bono irá acompañado de un seguro de vida. Proponemos también el Bono al Guardián del Cuartel de la Montaña (Bs. 350.000), estimulará a aquel que vaya 5 veces a la semana a rendirle culto al Galáctico, se incrementará en un 50% si aplica el 1 x 10, es decir si por cada visita lleva 10 ayayeros más. Por último, y esto si es un palo, propongo crear el Bono al Sapo Cooperante (Bs. 1.500.000). Por cada echadura de dedo con frutos tangibles tendrá este patriota no solo derecho al Bono sino también a una Caja CLAP fija mensual totalmente gratis, que se incrementará en número en la medida en que sean más las detenciones de personas no afectas al gobierno. Aclaro que, por mi detención, no está contemplado Bono alguno. Digo, por si acaso.