Santiago, el profesor ucevista, por Tulio Ramírez
Acabo de leer el libro La universidad en tiempos de autoritarismo: ¿exilio o permanencia? Voces del profesorado venezolano, compilado y editado por los profesores ucevistas Audy Salcedo y Ramón Uzcátegui, ambos radicados en Chile. En sus páginas se consiguen testimonios desgarradores de profesores universitarios que decidieron probar suerte en otros países, así como también de aquéllos que se quedaron aguantando la pela y pasando roncha (creo que ahora lo llaman resiliencia).
El tema me motivó a indagar sobre colegas que no se fueron y que todavía me consigo por los pasillos de nuestra querida UCV. Santiago es uno de ellos. Aclaremos, Santiago no es su verdadero nombre, por razones obvias lo llamaremos así. Le comenté que escribo una columna quincenal en TalCual, y que me gustaría hacer pública su historia guardando el anonimato. Asintió, y lo mejor, no le importó que tenga tan pocos lectores.
Santiago me cuenta que ingresó a la UCV en 1981 por concurso de credenciales y realizó su concurso de oposición en 1983. «Era una época en la cual, ser profesor de la primera universidad del país, era algo así como el sueño dorado de todo recién graduado». Se lo creo porque también sentí lo mismo cuando me gradué.
Me comentó que un día después de recibir su título, ingresó como coordinador social de un módulo de servicios del Ministerio de Sanidad, lo que no era nada malo en esos tiempos. Sin embargo, no desistió de su sueño. Se dedicó a la búsqueda de una oportunidad para ingresar al cuerpo docente de la UCV. «Todos los días compraba El Nacional, para enterarme si había convocatorias a concurso. Hasta que un día apareció el tan ansiado anuncio». Concursó y ganó en buena lid.
A los 3 meses, cobró su primer sueldo como instructor a tiempo completo. Se le iluminan los ojos cuando recuerda que le dieron un cheque y corrió raudo a cobrarlo en el Banco Nacional de Descuento, el que quedaba cerca de la entrada de la UCV en Valle Abajo. «En esa época no había cuenta nómina. Había que ir a la agencia bancaria a cobrar por taquilla, ligando que hubiera línea».
Recuerda que fueron casi 29 mil bolívares. Un realero en esos tiempos. Fue al banco sin su maletín, por lo que tuvo que meterse aquel billetal en ambos bolsillos del pantalón. «El bojote era tan pronunciado que me sentía como un pistolero con un par de revólveres, uno en cada cinto. Ese montón de plata equivalía a 6 mil 600 dólares. Ganaba unos 2 mil 200 dólares mensuales».
Sin quitar el ojo del fondo de la taza de café, me comenta que a partir de ese momento cambió su vida. «Con ese sueldo pude casarme; comprar un carrito usado en buenas condiciones; dar la inicial de un apartamento y endeudarme con una hipoteca. Hasta pude invitar a mi familia y la de mi esposa a celebrar el día del padre en una tasca de la Candelaria, pagando yo solito toda la cuenta».
Continúa, «vivía sin lujos, pero sin apuros. Disfruté de una beca-sueldo para estudiar el doctorado en Francia. Asistí a más de 18 congresos internacionales gracias al financiamiento del Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico de la universidad. Y ni hablar de los beneficios sociales. Mis 3 hijos nacieron en clínicas privadas, gracias al HCM de la Asociación de Profesores».
Hoy, después de 45 años de su ingreso, ya jubilado, aunque activo porque sigue dando clases, con la pensión que recibe como profesor titular a dedicación exclusiva, no puede comprar una lata de atún para almorzar. «Vivo de los bonos que el gobierno me deposita por el Sistema Patria. Ese dinero solo alcanza para pagar el condominio y algunos servicios».
Con los ojos llorosos continúa, «he adelgazado en los últimos tres meses más de 10 kilos, el médico me dice que sufro de desnutrición. Tomo las pastillas de la tensión cuando un profesor amigo que sufre de lo mismo, me regala una. Sin embargo, puedo ir a la UCV a dar mis clases gracias a que vivo en la avenida Victoria y me voy caminando. Si me tocara pagar pasaje, no podría desayunarme la empanadita que compro en el cafetín de Ingeniería».
¿Cuentas con alguien que te envié alguna ayuda desde el exterior?, le pregunté. «Mi hijo que vivía en Texas me mandaba alguito, no mucho. Ya no lo puede hacer. A pesar de que tenía el parole, lo agarró la migra y lo mandaron a Venezuela. Vive alquilado en Catia y anda buscando trabajo. Está tan jodido como yo. Los otros dos se la pasan buscando medio para completar un real, no pueden ayudarme».
Al preguntarle sobre su espíritu combativo de antaño, me contesta, «mi esposa me advierte que, si me hago visible en las protestas, es capaz que le quiten la bolsa CLAP que le dan como jubilada en el ministerio». Le comento que lamento mucho su situación y que, de no cambiar las cosas, me veo en ese espejo.
Di por terminada la conversación cuando sacó un pañuelo arrugado para limpiarse «una basurita que le cayó en el ojo». Me daba pena seguir hurgando sobre su situación actual que, por cierto, es la de la mayoría de los profesores jubilados e inclusive activos. Al pararme de la mesa me tomó por un brazo y dijo:
«Pero yo soy ucevista y no me la calo. Si bien es cierto que le temo más a mi mujer que al gobierno, cada vez que convocan a protestar, busco la boina azul que tengo escondida y salgo a vociferar mi descontento. Por supuesto, como hombre corrido en siete plazas, uso como recurso la desinformación. Le digo a la doña que voy a la iglesia San Pedro para rezar por todos los jubilados ucevistas y así me escapo».
Santiago es apenas uno de los tantos Santiagos que hay en la UCV.

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