El comunismo y sus ridiculeces, por Tulio Ramírez
Una de esas gemas fue un recorte de El Nacional de febrero de 2011. El título, «Prohíben reencarnación del Dalai Lama». Esta reseña la elaboró la Agencia EFE de Pekín. Resulta que el Comité Central del Partido Comunista Chino había decidido prohibir la reencarnación del Líder Espiritual, quien a los 75 años sentía a la pelona cerca y quería dejar finiquitado lo de su regreso de ultratumba.
Así son los regímenes comunistas. Aspiran controlar la vida de las personas con leyes absurdas y represión desmedida. Coartan la libertad individual en todos sus ámbitos. Recuerdo que, en Corea del Norte, los hombres van a la barbería y solo pueden escoger entre cinco tipos de corte de pelo que están permitidos. Ninguno similar al de Kim Jon Um. No es que yo cree en las reencarnaciones, pero prohibir por un acto de gobierno que se den, es ridículamente insólito. El que quiera reencarnar que lo haga. Solo hay que tener cuidado en no reencarnar en un cochino porque existe la posibilidad de que formes parte de una chicharronada.
Lo cierto es que estos regímenes son expertos en eso de hacer cosas ridículas. Por ejemplo, Mao decidió en 1958 que los gorriones eran «contrarrevolucionarios» porque se comían el grano. El Gran Timonel ó al pueblo acabar con ellos a punta de pedradas. Las aves murieron o migraron quedando los sembradíos a merced de las langostas.En vez de una gracia, salió una morisqueta. Murieron millones de chinos por la hambruna.
En 1961, los líderes comunistas de la República Democrática Alemana, construyeron un muro con el ridículo argumento que había que «evitar que los alemanes del oeste se fueran en tropel a vivir el paraíso comunista». Cuando se les volteó la tortilla, argumentaron que sus camaradas huían al oeste, engañados por la propaganda capitalista. No pierden una. Siempre la culpa es de la vaca.
En Rumanía, Nicolae Ceaușescu estaba obsesionado con aumentar la población. Se le ocurrió la brillante idea de controlar los embarazos creando mediante el Decreto 770 de 1966, la «Policía de la Menstruación». Las mujeres eran sometidas a exámenes ginecológicos mensuales en sus lugares de trabajo para asegurar que no estuvieran usando anticonceptivos. La orden del Partido era parir a toda costa. No me jodan.
Enver Hoxha, convencido de que el mundo entero iba a invadir a la Albania comunista, ordenó construir, entre 1960 y 1980, 750.000 búnkeres de hormigón y acero para defender «la Patria Mesma». Nunca hubo invasión. Hoy, esos armatostes se usan como gallineros, niditos de amor o simplemente son estorbos imposibles de demoler.
En 1970, Fidel Castro decidió que Cuba debía producir 10 millones de toneladas de azúcar para pagar sus deudas con la URSS. Se paralizó el país entero. Médicos, maestros y artistas fueron enviados al campo a cortar caña. No llegaron a la meta y el esfuerzo descuidó el resto de la economía. Hoy, no hay azúcar ni para el café, tienen que importarla.
De 1975 a 1979 en Camboya, Pol Pot y los Jemeres Rojos llevaron la ridiculez a otro nivel. Decidieron que la historia debía reiniciarse, por lo que se inventaron «el año cero». Quemaron libros, prohibieron el dinero y declararon que el uso de lentes era signo de ser un intelectual traidor.Si usabas lentes eras un «enemigo del pueblo» ya qué, si leías mucho, no estabas trabajando para el pueblo «mesmo».
En Venezuela, no hemos sido menos. El socialismo del Siglo XXI ha sido prolijo en eso de crear actos administrativos totalmente ridículos. Solo basta recordar que, para combatir la escasez de proteínas, ordenaron a la población construir gallineros verticales en los balcones de los edificios, criar conejos para comerlos y hacer sembradíos organopónicos en los espacios públicos.
Al final, la torta de siempre. Los gallineros generaban más suciedad y contaminación que huevos; los conejitos, la gente los criaba, se encariñaban con ellos y hasta dormían en la cama de sus dueños. Las siembras organopónicas tampoco funcionaron, se marchitaban por la ración diaria de orines de borrachitos, motorizados y taxistas.
Hubo otras cosas risibles como la creación del viceministerio para la Suprema Felicidad Social del Pueblo. Se fundó justo cuando la inflación comenzaba su ascenso meteórico y desaparecían los productos básicos en los anaqueles. Hoy ya no existe, por lo que ya no es objeto de chistes en bares y velorios.
Lo más reciente es el llamado a las víctimas y sus familiares a olvidar y acompañarlos para continuar construyendo el socialismo que los llevó a la miseria, la cárcel o al exilio.
«Vasié, no será p’a jodeme», respondió doña Paulita, madre de uno de los encarcelados no amnistiados, ante la pregunta de un periodista sobre si atendería el llamado gubernamental a «marchar unidos por la patria mesma».

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