Navidad y tolerancia, por Tulio Ramírez
X: @tulioramirezc
Confieso que no soy un católico practicante. De hecho, no recuerdo la última vez que fui a misa. Sobre la comunión, creo que la última ostia la consumí cuando hice la Primera ídem, por allá por los años mil seiscientos, en la Iglesia del Dulce Nombre de Jesús, la que está ubicada en el casco colonial de Petare.
Gracias a Dios y a todos los santos no soy ateo. Fui criado bajo los preceptos de la religión católica, en el seno de una familia que iba todos los domingos a misa y con la fortuna, a pesar de tantas mudanzas, de crecer en entornos mayoritariamente católicos. Pero también es cierto que he vivido mi vida siendo un cristiano poco practicante y viva la pepa. Sin embargo, jamás he sido irrespetuoso con quienes practican esa o cualquier otra fe.
Y a las pruebas me remito. Nadie me ha visto robándole la limosna al Divino Niño, aunque con esta peladera, ganas no me han faltado. Tampoco me han visto asistiendo alicorado a bautizos y matrimonios eclesiásticos, y mucho menos me han pillado rayándole el carro a algún cura por venganza. Fui testigo presencial, más no cómplice, cuando mis compañeros de escuela pincharon los cuatro cauchos del Fiita del padre Lisandro, el catequista del barrio. Nos daba de reglazos en público por no recitar de memoria el Credo.
Por formación de hogar aprendí a ser tolerante. Con un padre magallanero y una madre caraquista, supe lo que era convivir en medio de tensiones y desacuerdos. Pero si se coloca por encima de las diatribas el bien común, es posible agregar felicidad a la convivencia. El secreto: el afecto sincero y el respeto mutuo.
Nunca discriminé a nadie por su fe. He participado en rituales cristianos, judíos, adventistas, evangélicos, carismáticos, budistas y hasta en fiestas de santa Bárbara, siempre guardando la compostura y el respeto. No importa que sus creencias se encuentren alejadas de las mías. Estoy convencido de que cada una de ellas tiene su encanto y todas han servido para domesticar los instintos primarios que naturalmente tenemos.
Esta explicación la hago porque estamos en una época del año, en la cual el cristianismo celebra su fiesta ícono: el nacimiento de Jesús. Es un tiempo de alegría, esperanza y reconciliación, pero no solo para sus seguidores. En el caso venezolano, también lo es para los practicantes de otras creencias y hasta para los ateos. Es una época de fiestas, gaitas, parranda, hallacas, pan de jamón e intercambio de regalos. En las oficinas todos participan y colaboran.
Definitivamente la Navidad en nuestro país es una fiesta que trasciende a la comunidad cristiana. Agrupa a propios y extraños en un ambiente de camaradería, buena voluntad y contagiosa alegría. He visto a practicantes de otras religiones y hasta a redomados ateos, amanecer en las misas de gallo bailando el trencito, bebiendo guarapita del Médico Asesino y coreando con igual sentimiento, una de las estrofas más cristianas de aquella famosa gaita de Ricardo Aguirre, que dice: «La Chinita y papá Dios / andan por el Saladillo / paseando bajo su sol / que les da todo su brillo».
Por esto no comprendo lo que está pasando en muchos países europeos, donde las tradicionales fiestas de Navidad se han visto empañadas por prácticas intolerantes, autoritarias e irrespetuosas de grupos de fundamentalistas que han huido, paradójicamente, de la intolerancia de sus propios países. Estos grupos dicen encarnar una suerte de supremacismo religioso que les justifica el derecho a destruir iglesias, sabotear a niños que cantan villancicos y a agredir físicamente a «los infieles», bajo el peregrino argumento de seguir las enseñanzas de su libro sagrado.
El venezolano es diferente. Quizás esa forma nuestra de ser se deba, como dijeran los antropólogos, a que en esta parte del mundo ha privado lo real maravilloso con guaguancó incluido, por sobre las intolerancias y las discriminaciones. O quizás, como diría, en clave de joda, mi apreciado amigo y excepcional biólogo, el doctor Félix Tapia, se deba a un cromosoma «puyao» compuesto por histonas rumberas, parejeras y tolerantes que se nos coló a través de tantos cruces entre los de aquí, los de allá y los de más allá.
Quizás esto explicaría por qué el Grinch no nació por estos lados. Aunque, y ustedes seguramente estarán de acuerdo conmigo, algunos especímenes locales bien conocidos por todos, pretenden seguir empeñados en arruinar la natural alegría y condescendencia del venezolano. ¡Pero, por este puñao de cruces, no lo lograrán! Feliz Navidad y que el Niño Dios les traiga todo lo que desean.

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