lunes, 29 de diciembre de 2025

 

Un cuento de Navidad y su moraleja, por Tulio Ramírez

Un cuento de Navidad y su moraleja
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X: @tulioramirezc


Escribo este artículo hoy 24 de diciembreEn realidad, podría escribirlo mañana jueves 25, ya que es el día en que me corresponde enviarlo a TalCual, pero prefiero escribirlo hoy miércoles y tenerlo listo. No vaya a ser.

Sería un riesgo esperar a mañana para escribirlo. Aunque no es muy alta la probabilidad de que me den las 12:00 m. bailando el trencito, uno nunca sabeEn casos como este de incertidumbre extrema, suelo acogerme a la sabiduría popular y aplico aquellos dichos como «Hombre prevenido, ni que lo fajen chiquito» o «Guerra avisada nunca su tronco endereza» o es, «¿se lo lleva la corriente?». Bueno, no importa, ustedes me entienden.

Decidí escribir sobre la Navidad en Venezuela, a pesar de que ustedes leerán este artículo el lunes 29 de diciembrePero esta crónica será sobre aquellas que se celebraban en mis adorados 70, 80 y el principio de los 90.

Recuerdo que, por esos años, los venezolanos celebraban las fiestas decembrinas con más abundancia que ahora y, por supuesto, con más gente que ahora. Cobrar los aguinaldos o las utilidades era de los momentos más esperados y planificados del año.

Desde el mes de julio se comenzaban a sacar las cuentas«Con las utilidades pagamos la inicial de una nevera moderna, de esas que dispensan hielo. Las cuotas en Imgeve son cómodas» o «aprovecharé para comprarme el carrito que me gusta, ya lo tengo vistiao en Lino Fayen»Por supuesto, la jefa también reclamaba su parte: «no se te olvide la renovación de la cocina, en Cocinas Rústicas hay buenas ofertas»

Era la época en la que en todos los hogares se escuchaba aquel clásico de Luisito Aguilé «Ven a mi casa esta Navidad». Por cierto, tengo varios años que no la escucho. De seguro para evitar que algún vecino se lo tome en serio y se sienta invitado. Hoy apenas alcanza para la cenita de los de la casa, y sin repetición.

Cómo olvidar que por estas fechas la gente llegaba a sus hogares con tremendas cestas navideñas. Tenían botellas de whisky, Ponche Crema, turrones, panetones, jamón planchado, nueces en bolsitas de malla, vino La Sagrada Familia, torta de Navidad y una cajita de almendras. Las empresas no escatimaban en mantener a sus empleados contentos, por lo menos en esas fechas. Sobre esto tengo un cuento buenísimo.

Era la Navidad de 1991. El compadre Güicho, quien para la época trabajaba en una enlatadora de sardinas ubicada por Playa Grande (Carúpano), llegó a su casa con una cesta navideña tan pesada que había que cargarla entre dos.

Su mujer, Camucha, estaba más contenta que guacamaya volando hacia la libertad. El compadre se ganó un merecido permiso de Camucha. Podía pasar la tarde jugando truco con sus amigos pescadores de Macarapana. La condición que le impuso fue que llegara a tiempo para recibir al Niño Dios en familia.

De regreso, más prendido que farol de pueblo, pero a buena hora para la cena, Güicho encuentra a Camucha más caliente que caraquista eliminado. «¿Qué te pasa mija querida, llegué a la hora que me dijiste?».

Ella le respondió con tono elevado (su tono natural): «me haces el favor y en enero renuncias a esa empresa, esto es un insulto, no soporto tanta humillación». Murmurando improperios lo llevó de la mano a la cocina señalándole la olla sancochera.

«Te dieron ese pernil todo podrido y duro. Te lo disfrazaron envolviéndolo en papel celofán como si fuera un ramo de flores, y además con lacito y tarjeta, ¡qué cinismo! Esa carne ni los perros se la comen. Tiene ya seis horas llevando candela y no se ablanda».

Con las manos en la cabeza el compadre exclamó: «Ah Dio, qué hiciste hija’er diablo, eso no es ningún pernil, es una pierna de jamón serrano de Jabugo, importado de España. Es lo más caro de la cesta. Le fue tan bien a la empresa que nos hicieron ese tremendo regalo. En años anteriores se lo daban solo a los gerentes».

Esa noche el compadre me llamó desde un teléfono público (no existían los celulares). Me comentó que tenía solo dos «bolivitas» (moneda de cuproníquel hoy extinta), por lo que hablaría rápido (o más rápido), porque la llamada se podía cortar. Solo alcancé a entender, en su carupanero fluido y sin frenos, que necesitaba asesoramiento porque se quería divorciar. Lo convencí de que me llamara más calmado al día siguiente.

Esa Nochebuena hizo su magia; el espíritu de la Navidad hizo posible la reconciliación y el amor en familia. Y aseguro que fue así, porque me quedé esperando una llamada que nunca se dio. 

Todo cuento tiene una moraleja y la de este es la siguiente: cuando el motivo de la desunión o de la discrepancia es por causa de un error cometido sin intención premeditada de causar daño, siempre habrá posibilidades de reconciliación.

Para las actuaciones que intencionalmente lo causen, siempre estará disponible la justicia. Feliz Navidad para todos.

lunes, 15 de diciembre de 2025

 

Navidad y tolerancia, por Tulio Ramírez

Navidad y tolerancia
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Confieso que no soy un católico practicante. De hecho, no recuerdo la última vez que fui a misa. Sobre la comunión, creo que la última ostia la consumí cuando hice la Primera ídem, por allá por los años mil seiscientos, en la Iglesia del Dulce Nombre de Jesús, la que está ubicada en el casco colonial de Petare.

Gracias a Dios y a todos los santos no soy ateo. Fui criado bajo los preceptos de la religión católica, en el seno de una familia que iba todos los domingos a misa y con la fortuna, a pesar de tantas mudanzas, de crecer en entornos mayoritariamente católicos. Pero también es cierto que he vivido mi vida siendo un cristiano poco practicante y viva la pepa. Sin embargo, jamás he sido irrespetuoso con quienes practican esa o cualquier otra fe.

Y a las pruebas me remito. Nadie me ha visto robándole la limosna al Divino Niño, aunque con esta peladera, ganas no me han faltado. Tampoco me han visto asistiendo alicorado a bautizos y matrimonios eclesiásticos, y mucho menos me han pillado rayándole el carro a algún cura por venganza. Fui testigo presencial, más no cómplice, cuando mis compañeros de escuela pincharon los cuatro cauchos del Fiita del padre Lisandro, el catequista del barrio. Nos daba de reglazos en público por no recitar de memoria el Credo. 

Por formación de hogar aprendí a ser tolerante. Con un padre magallanero y una madre caraquista, supe lo que era convivir en medio de tensiones y desacuerdos. Pero si se coloca por encima de las diatribas el bien común, es posible agregar felicidad a la convivencia. El secreto: el afecto sincero y el respeto mutuo.

Nunca discriminé a nadie por su fe. He participado en rituales cristianos, judíos, adventistas, evangélicos, carismáticos, budistas y hasta en fiestas de santa Bárbara, siempre guardando la compostura y el respeto. No importa que sus creencias se encuentren alejadas de las mías. Estoy convencido de que cada una de ellas tiene su encanto y todas han servido para domesticar los instintos primarios que naturalmente tenemos.

Esta explicación la hago porque estamos en una época del año, en la cual el cristianismo celebra su fiesta ícono: el nacimiento de Jesús. Es un tiempo de alegría, esperanza y reconciliación, pero no solo para sus seguidores. En el caso venezolano, también lo es para los practicantes de otras creencias y hasta para los ateos. Es una época de fiestas, gaitas, parranda, hallacas, pan de jamón e intercambio de regalos. En las oficinas todos participan y colaboran.

Definitivamente la Navidad en nuestro país es una fiesta que trasciende a la comunidad cristiana. Agrupa a propios y extraños en un ambiente de camaradería, buena voluntad y contagiosa alegría. He visto a practicantes de otras religiones y hasta a redomados ateos, amanecer en las misas de gallo bailando el trencito, bebiendo guarapita del Médico Asesino y coreando con igual sentimiento, una de las estrofas más cristianas de aquella famosa gaita de Ricardo Aguirre, que dice: «La Chinita y papá Dios / andan por el Saladillo / paseando bajo su sol / que les da todo su brillo».

Por esto no comprendo lo que está pasando en muchos países europeos, donde las tradicionales fiestas de Navidad se han visto empañadas por prácticas intolerantes, autoritarias e irrespetuosas de grupos de fundamentalistas que han huido, paradójicamente, de la intolerancia de sus propios países. Estos grupos dicen encarnar una suerte de supremacismo religioso que les justifica el derecho a destruir iglesias, sabotear a niños que cantan villancicos y a agredir físicamente a «los infieles», bajo el peregrino argumento de seguir las enseñanzas de su libro sagrado.

El venezolano es diferente. Quizás esa forma nuestra de ser se deba, como dijeran los antropólogos, a que en esta parte del mundo ha privado lo real maravilloso con guaguancó incluido, por sobre las intolerancias y las discriminaciones. O quizás, como diría, en clave de joda, mi apreciado amigo y excepcional biólogo, el doctor Félix Tapia, se deba a un cromosoma «puyao» compuesto por histonas rumberas, parejeras y tolerantes que se nos coló a través de tantos cruces entre los de aquí, los de allá y los de más allá. 

Quizás esto explicaría por qué el Grinch no nació por estos lados. Aunque, y ustedes seguramente estarán de acuerdo conmigo, algunos especímenes locales bien conocidos por todos, pretenden seguir empeñados en arruinar la natural alegría y condescendencia del venezolano. ¡Pero, por este puñao de cruces, no lo lograrán! Feliz Navidad y que el Niño Dios les traiga todo lo que desean.

lunes, 1 de diciembre de 2025

 

Güicho y la educación financiera, por Tulio Ramírez

Güicho y la educación financiera
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En el marco de la Feria del Libro del Oeste, evento que organiza la UCAB desde hace 10 años, tuve la oportunidad de presentar el libro titulado Navega tus finanzas personales. Ruta hacia la libertad económica, de la Doctora Elizabeth Teixeira, editado por Pan House.

Es una edición en físico, cosa extraña hoy en día porque en nuestro país se ha migrado a las ediciones digitales por lo costoso que es conseguir papel y tinta. Por otra parte, tampoco es que sobra quien lo imprima. Las editoriales, como las golondrinas, han levantado vuelo, buscando en otras tierras el indispensable alpiste para vivir.

En otros tiempos, he tenido la suerte de prologar, presentar y bautizar algunos libros escritos por colegas y amigos. Esto lo hacía en la época en la cual estos eventos se organizaban en las librerías y en las Ferias de Libros que anualmente se instalaban en diferentes sitios de Caracas.

Estos espacios eran muy concurridos por la intelectualidad caraqueña. Además del vinito, el quesito, los tequeños y la posibilidad de obtener un ejemplar firmado por el autor, se establecían relaciones e intercambio de números telefónicos que ayudaba a ensanchar la red de amantes de la lectura o de los infaltables gorrones que tienen la habilidad de olfatear la ubicación del próximo bautizo.

Hoy día estos eventos se han reducido a su mínima expresión, no solo por la desaparición de las librerías sino porque se vería muy ridículo echarle pétalos a una laptop que contiene un folder con la edición digital o lanzar los pétalos al aire, como si se estuviera haciendo algún ritual hindú para congraciarse con alguna deidad. 

Disculpen, no era mi intención desviarme del tema, vuelvo al redil. El libro de la Dra. Teixeira, al contrario de lo que se podría pensar por lo que sugiere su título, no está escrito para millonarios panzones, hombres de negocios que en vez de dominó juegan golf, inversionistas potentados que andan en chola para no llamar la atención, ni tampoco para aquellos que no saben qué hacer con el dinero mal habido. 

Más bien, ese libro está escrito para quienes sobrevivimos 15 y último por el sueldito que recibimos, el cual, por cierto, como las librerías, también se está extinguiendo.

La obra de la Dra. Teixeira, nos brinda unas claves para administrar de manera inteligente los pocos recursos que nos caen cuando llueve café en el campo. Por supuesto, esos recursos serán más o menos dificultosos de conseguir, dependiendo de la dinámica económica del país donde se habita. De igual manera, su administración, tendrá que ver mucho con la cultura financiera que se haya enraizado en el ADN de esa sociedad.

Por ejemplo, Klaus, un mecánico de una industria automotriz alemana, cuando recibe su quincena no salta eufórico en una pata porque los churupos llegaron justo cuando andaba más limpio que bata de mecánico de la Mercedes Benz. Por el contrario, Klaus lo toma con calma ya que su cultura administrativa le ha hecho gerenciar sus ingresos de manera inteligente y con precaución.

Apenas llega el mensaje del depósito a su celular, se transfieren automáticamente parte de esos recursos a unas subcuentas o Wallet, abiertas a su nombre. Un porcentaje va para una cuenta denominada Hipoteca, otro para Pago de Servicios, otro para Seguros de vehículo y salud, otra parte va para Ahorros e Imprevistos, otro para Fondo de Jubilación y otra destinada a la subcuenta denominada Vacaciones Familiares para 2028. El 40% restante lo usará para vivir sin lujos, pero sin sobresaltos, hasta la próxima quincena. 

Mi compadre Güicho, quien sobrevive en Carúpano, igual que a Klaus le queda un 40% de la quincena para su libre disposición. Pero, a diferencia del alemán, el 60% restante tiene el siguiente itinerario: 20% para la cuenta de Camucha, su esposa, para hacer el mercado, pagar los servicios, y un repele para posibles préstamos al compadre por si llega rucho al final de quincena. 

Otro 15% se destina a Joao, el dueño del Bar El Carite Enratonado, el que queda por Playa Copey, por concepto de tragos y farras de fin de semana con sus amigos pescadores de Macarapana; otro 10% para pagar al turco Ahmed, el dueño de la mueblería de calle Independencia, quien siempre le está prestando plata para honrar sus deudas de juego; y, finalmente, un 15% para lo que él llama «la partida secreta». Recuerden que el compadre es medio vagabundo.

Ese desorden administrativo tiene a la comadre Camucha siempre en ascuas. Así las cosas, he decidido enviar el libro de la Dra. Teixeira al compadre. Pero como intuyo que no lo leerá por sus múltiples ocupaciones, le pediré a la comadre que se lo lea en las noches, como a los niños chiquitos. Pero debe asegurarse que esté sobrio. Si no lo está, no vale la pena invertir tiempo en su educación financiera. En 3 meses llamaré para averiguar qué tanto ha cambiado.