Un cuento de Navidad y su moraleja, por Tulio Ramírez
X: @tulioramirezc
Escribo este artículo hoy 24 de diciembre. En realidad, podría escribirlo mañana jueves 25, ya que es el día en que me corresponde enviarlo a TalCual, pero prefiero escribirlo hoy miércoles y tenerlo listo. No vaya a ser.
Sería un riesgo esperar a mañana para escribirlo. Aunque no es muy alta la probabilidad de que me den las 12:00 m. bailando el trencito, uno nunca sabe. En casos como este de incertidumbre extrema, suelo acogerme a la sabiduría popular y aplico aquellos dichos como «Hombre prevenido, ni que lo fajen chiquito» o «Guerra avisada nunca su tronco endereza» o es, «¿se lo lleva la corriente?». Bueno, no importa, ustedes me entienden.
Decidí escribir sobre la Navidad en Venezuela, a pesar de que ustedes leerán este artículo el lunes 29 de diciembre. Pero esta crónica será sobre aquellas que se celebraban en mis adorados 70, 80 y el principio de los 90.
Recuerdo que, por esos años, los venezolanos celebraban las fiestas decembrinas con más abundancia que ahora y, por supuesto, con más gente que ahora. Cobrar los aguinaldos o las utilidades era de los momentos más esperados y planificados del año.
Desde el mes de julio se comenzaban a sacar las cuentas. «Con las utilidades pagamos la inicial de una nevera moderna, de esas que dispensan hielo. Las cuotas en Imgeve son cómodas» o «aprovecharé para comprarme el carrito que me gusta, ya lo tengo vistiao en Lino Fayen». Por supuesto, la jefa también reclamaba su parte: «no se te olvide la renovación de la cocina, en Cocinas Rústicas hay buenas ofertas».
Era la época en la que en todos los hogares se escuchaba aquel clásico de Luisito Aguilé «Ven a mi casa esta Navidad». Por cierto, tengo varios años que no la escucho. De seguro para evitar que algún vecino se lo tome en serio y se sienta invitado. Hoy apenas alcanza para la cenita de los de la casa, y sin repetición.
Cómo olvidar que por estas fechas la gente llegaba a sus hogares con tremendas cestas navideñas. Tenían botellas de whisky, Ponche Crema, turrones, panetones, jamón planchado, nueces en bolsitas de malla, vino La Sagrada Familia, torta de Navidad y una cajita de almendras. Las empresas no escatimaban en mantener a sus empleados contentos, por lo menos en esas fechas. Sobre esto tengo un cuento buenísimo.
Era la Navidad de 1991. El compadre Güicho, quien para la época trabajaba en una enlatadora de sardinas ubicada por Playa Grande (Carúpano), llegó a su casa con una cesta navideña tan pesada que había que cargarla entre dos.
Su mujer, Camucha, estaba más contenta que guacamaya volando hacia la libertad. El compadre se ganó un merecido permiso de Camucha. Podía pasar la tarde jugando truco con sus amigos pescadores de Macarapana. La condición que le impuso fue que llegara a tiempo para recibir al Niño Dios en familia.
De regreso, más prendido que farol de pueblo, pero a buena hora para la cena, Güicho encuentra a Camucha más caliente que caraquista eliminado. «¿Qué te pasa mija querida, llegué a la hora que me dijiste?».
Ella le respondió con tono elevado (su tono natural): «me haces el favor y en enero renuncias a esa empresa, esto es un insulto, no soporto tanta humillación». Murmurando improperios lo llevó de la mano a la cocina señalándole la olla sancochera.
«Te dieron ese pernil todo podrido y duro. Te lo disfrazaron envolviéndolo en papel celofán como si fuera un ramo de flores, y además con lacito y tarjeta, ¡qué cinismo! Esa carne ni los perros se la comen. Tiene ya seis horas llevando candela y no se ablanda».
Con las manos en la cabeza el compadre exclamó: «Ah Dio, qué hiciste hija’er diablo, eso no es ningún pernil, es una pierna de jamón serrano de Jabugo, importado de España. Es lo más caro de la cesta. Le fue tan bien a la empresa que nos hicieron ese tremendo regalo. En años anteriores se lo daban solo a los gerentes».
Esa noche el compadre me llamó desde un teléfono público (no existían los celulares). Me comentó que tenía solo dos «bolivitas» (moneda de cuproníquel hoy extinta), por lo que hablaría rápido (o más rápido), porque la llamada se podía cortar. Solo alcancé a entender, en su carupanero fluido y sin frenos, que necesitaba asesoramiento porque se quería divorciar. Lo convencí de que me llamara más calmado al día siguiente.
Esa Nochebuena hizo su magia; el espíritu de la Navidad hizo posible la reconciliación y el amor en familia. Y aseguro que fue así, porque me quedé esperando una llamada que nunca se dio.
Todo cuento tiene una moraleja y la de este es la siguiente: cuando el motivo de la desunión o de la discrepancia es por causa de un error cometido sin intención premeditada de causar daño, siempre habrá posibilidades de reconciliación.
Para las actuaciones que intencionalmente lo causen, siempre estará disponible la justicia. Feliz Navidad para todos.



