Las cosas como que están cambiando, por Tulio Ramírez
X: @tulioramirezc
Acompañé el pasado 2 de febrero a los decanos de las Facultades de Ciencias Políticas y Jurídicas de la UCV, la LUZ y ULA, así como al secretario de la Universidad de Carabobo, quienes se citaron en el TSJ para consignar ante ese máximo tribunal, una demanda contra el Ejecutivo nacional por incumplimiento del artículo 91 constitucional, referido a la obligación de revisar periódicamente los montos del salario de los trabajadores.
Junto a estas autoridades universitarias, se encontraban personalidades del mundo gremial como la presidente de la Federación Venezolana de Maestros, la presidente del Colegio de Enfermeras del Distrito Capital, el presidente de la Asociación de Profesores de la UCV, así como otros representantes de diversos sindicatos y agrupaciones gremiales. Con ellos también asistieron una centena de profesores universitarios quienes se solidarizaron con tal petición.
Sobre la justeza de esta acción no quiero profundizar. Todos, y los incluyo a ellos, sufrimos las penurias asociadas a recibir un salario que no alcanza ni siquiera para sobrevivir.
Con los sueldos previstos en el instructivo Onapre, el cual, de acuerdo al mismo TSJ, es tan inexistente como los presos políticos o los guardaespaldas cubanos, nos convertimos de la noche a la mañana en uno de los países con los más altos niveles de pobreza en el mundo.
Quizás algún camarada diga que mi «sesgo ideológico de ultraderecha, contrarrevolucionario y fascista» me impide ver la realidad objetivamente. Le diría sin ningún empacho que está en lo cierto. Decir que «todos somos pobres» es como exagerado.
Cómo olvidar la cantidad de honestos trabajadores que con sus sueldos de funcionarios públicos, han logrado importar autos Ferrari, viajar por el mundo, celebrar cumpleaños en Dubái y hasta tener una mansión vacacional en Punta Cana. Ante ese argumento seguramente replicará: «el problema es que ustedes no se saben administrar».
Siempre resulta difícil intercambiar puntos de vista con quienes no están dispuestos a ver lo que no está oculto. En alguna parte leí que la diferencia entre los que practican la fe religiosa y los que practican la fe socialista, consiste en que los primeros creen en algo que no ven, mientras que los segundos se niegan a creer en algo que todo el mundo ve.
Pero no es ese el tema que inspiró esta nota. La idea original es comentar algunos hechos curiosos que noté mientras acompañaba a los decanos. En primer lugar, al llegar me sorprendió una muy nutrida marcha de empleados públicos con franelas nuevecitas y recién entregadas, exigiendo el retorno del que te conté.
Esa marcha, «coincidencialmente» se organizó para el mismo día de la entrega de la demanda. Uno de los marchistas nos dijo que fueron convocados, con carácter de urgencia, la noche anterior. Las instrucciones eran marchar para solicitar una fulana «constituyente de los trabajadores bolivarianos», todos debían tener a la vista el gafete con el distintivo de la dependencia pública donde trabajan.
Las consignas eran inaudibles debido al altísimo volumen que salía de un equipo de sonido montado en un camión de festejos, con el que reproducían canciones alusivas al que se llevaron. El ruido impedía saber si, al igual que nosotros, los marchistas pedían aumento de salarios o, para llevarnos la contraria, pedían su disminución. Me quedé con la duda.
Por cierto, liderizaba la marcha ministerial, nada más y nada menos que el ministro del Trabajo, es decir, el patrono. Pero lo verdaderamente llamativo fue que, una vez llegado al sitio de concentración, se escabulló a la vista de todos en su camioneta oficial, dejando a los marchistas debajo de una pepa de sol y en hora de almuerzo, sin almuerzo.
Lo sorprendente es que, así como llegaban, se retiraban en tropel. Eso no lo había visto antes. Otra cosa que me dejó patitieso fue la actitud de los funcionarios policiales. Al llegar la marcha ministerial, se apostaron donde nos encontrábamos los universitarios e hicieron una suerte de cadena protectora que impedía el contacto con los funcionarios públicos. Eso tampoco lo había visto.
Merece un comentario aparte el comportamiento de la gran mayoría de los marchistas. Sus caras no reflejaban confrontación ni se mostraron desafiantes. No hubo las consabidas provocaciones ni gestos retadores. Más bien eran rostros de trámite administrativo.
Si excluimos a los muy pocos que gritaban consignas ininteligibles, la gran mayoría caminaba en silencio, fijando su mirada más en el reloj, que en nosotros. Definitivamente, pareciera que las cosas como que están cambiando.
Tulio Ramírez es abogado, sociólogo y Doctor en Educación. Director del Doctorado en Educación UCAB. Profesor en UCAB, UCV y UPEL.
