lunes, 20 de octubre de 2025

 

Una muy caraqueña experiencia límite, por Tulio Ramírez

Una muy caraqueña experiencia límite
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X: @tulioramirezc


Hoy les quiero comentar sobre las llamadas «experiencias límite»Este no es un concepto extraño a los caraqueños porque, aunque se diera el caso de que alguno no conociera el significado, lo viven a diario como habitantes de lo que antiguamente era conocida como «la capital del cielo»

 Comencemos por el principio. Este concepto fue acuñado por el filósofo y psiquiatra Karl Jaspers. En términos sencillos, es una circunstancia de la vida que, en las primeras de cambio, pareciera imposible de cambiar, eludir o evitar. Son límites fundamentales de la existencia humana, momentos de crisis profunda que nos llevan a confrontar la fragilidad de nuestra existencia y la finitud del ser.

Si bien estas experiencias no siempre terminan en tragedias, podrían terminar en un desenlace no deseado. Cuando así sucede y no hay reparación posible como en el caso de la muerte, son catastróficas. En caso contrario, tales experiencias extremas pueden servir de aprendizaje, ayudar a agudizar nuestro instinto y destrezas para sobrevivir, revalorizar la virtud de la prudencia y el autoconocimiento de nosotros mismos.

He vivido experiencias límite. Han sido pocas, pero las he vivido. Recuerdo la vez que aterrizando en el aeropuerto Kennedy en Nueva York, en medio de una tempestad huracanada, vi el ala derecha del avión rozando la pista de aterrizaje. El pánico era colectivo. En mi vida había visto a aeromozas arrodilladas y rezando en voz alta. Tampoco a gringos de 2 metros, abrazando aterrorizados al pasajero del asiento contiguo, cual niños que han visto un fantasma. En esos segundos rebobiné mi vida completa.

Pensé que no lo contaría. Milagrosamente el piloto logró levantar la nariz del avión y aterrizar después de tres vueltas buscando el mejor ángulo. Esa experiencia fue tan límite como aquella cuando mi suegra apareció en la casa con dos maletas y un chinchorro terciado en el hombro. Se me fueron los tiempos, vi mi vida completa transcurrir en cámara rápida. Afortunadamente me repuse rápidamente cuando advirtió que no venía a quedarse sino a guardar las maletas y el chinchorro ya que no tenía espacio en su casa.

Esas son experiencias límite muy personales que no necesariamente le pasan a mi vecino o a todo el que viaja en un avión. Cada uno de nosotros tiene alguna experiencia de este tipo que contar, de eso estoy seguro. Las contamos en fiestas, velorios, en la cola para esperar el camión que trae las bombonas de gas, en los reencuentros con los amigos de la infancia, en la barra del bar de siempre, en fin, donde haya alguien dispuesto a escucharla.

Otro asunto son las experiencias límite colectivas. Son las generadas cuando estamos en medio de catástrofes naturales como terremotos, tsunamis o inundaciones. La experiencia colectiva no aminora el miedo individual, pero puede desarrollar acciones de solidaridad y de ayuda mutua, haciendo florecer lo más altruista de nuestra personalidad. No son sucesos que se presentan a diario, pero cuando se presentan aterran.

Cosa diferente son las experiencias límite que se viven día a día y son normalizadas. Es el caso del diario transitar por la autopista Francisco Fajardo. Si vas de Petare a Caricuao, es una hora y media de angustia, estrés, miedo, palpitaciones aceleradas y pensamientos catastróficos ante la posibilidad de que una tragedia trunque la llegada a tu destino.

Además de tener que cuidarnos de los motorizados que, de manera imprudente, chatean mientras transitan en una eterna caravana a 100 kilómetros por hora; también debemos cuidarnos de las busetas que transitan por la vía rápida y se te enciman peligrosamente mientras piden paso a cornetazos. Ante el acoso de la buseta, no te puedes cambiar de canal por los motorizados que te lo impiden y, paralelamente, debes estar muy atento a la vía para no arrollar a los suicidas que cruzan la autopista cargando un tobo con lo que consiguieron en el Guaire.

Por si no bastará a esa experiencia se le suma la altísima probabilidad de que funcionarios motorizados de esos de los que no se pueden nombrar, haga señales para que te orilles a la derecha. Si tienes los papeles en regla, te piden la factura de los cauchos y, si la tienes, es posible que te amenacen, no con una multa, sino con años de cárcel porque «obstaculizaste» una supuesta persecución policial y por lo tanto eres «cómplice» de un imaginario delincuente. Por supuesto tan graves cargos se resuelven con el típico «vamos a hacer una cosa, ayúdame para poderte ayudar».

En esas condiciones llegas a Caricuao tembloroso, con dolor de cabeza, taquicardia, náuseas, respiración entrecortada, la glicemia en 320, la tensión 20/10, el estómago volteado y con ganas de darle un pescozón a quien te reclame por llegar tarde. Eso es lo que se llama una muy caraqueña experiencia límite. Lo peor, es que todavía falta retornar.

 

lunes, 6 de octubre de 2025

 

La cortesía se fue de viaje, por Tulio Ramírez

La cortesía se fue de viaje
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X: @tulioramirezc


Tuve la suerte de crecer en una época donde la cortesía no era un adorno para impresionar, ni para levantar chamas o dáselas de mucho. La cortesía formaba parte de la cotidianidad. No era monopolio exclusivo de gente «estudiada, de apellidos, viajada y con roce social», como se les escuchaba a las doñas encopetadas de ese entonces, era rasgo natural de nuestra venezolanidad.

Las buenas maneras se cultivaban en la casa a través del aprendizaje vicario o modelaje de sus mayores, por supuesto, de vez en cuando este aprendizaje debía reforzarse con acciones pedagógicas como cholazos que daban en el blanco con tanta puntería como los actuales drones y, por supuesto, los siempre oportunos pellizcos que dejaban marca por semanas. 

Bastaba una mirada «puyúa» de la mamá, para saber que se estaba actuando con desapego a las normas y buenos modales. El «a ver mijo, ¿cómo es que se dice?», ameritaba un rápido «gracias», para evitar males mayores a posteriori. Para la siguiente ocasión, el «gracias» con toda seguridad iba por delante, para evitar que se repitiera la dosis de refuerzo pedagógico arriba señalada. Así, se iba aprendiendo a ser cortés.

Recuerdo que, por allá por los 60, iba con mi padre en un autobús de esos que llamaban «recoge locos», los que tenían la ruta Chacaíto-Magallanes de Catia. Resulta que, a la altura del Mercado Guaicaipuro, al final de la avenida Andrés Bello, se montó una viejita que, además de caminar encorvada, llevaba dos sacos de yute repletos del mercado para la semana. 

Mi viejo, como siempre tan cortés, se levantó para cederle su asiento. Pero además de ese noble gesto, cargó los sacos durante todo el trayecto. Al llegar a la parada de la Plaza Pérez Bonalde, la anciana se bajó agradecida y, al despedirse, se dirigió a mí en los siguientes términos, «eres afortunado, si te comportas como tu papá, siempre te será muy fácil conseguir novia». Desgraciadamente en eso se peló, pero fue muy refrescante el mensaje.

A partir de ese episodio, viejita que veía con bolsas de mercado, viejita que ayudaba. Hasta me atreví a rechazar propinas más de una vez. Me bastaba con el «gracias» y el «mira que muchacho tan amable». Si acaso lo de las novias se concretaba, era por añadidura. Por este puñado de cruces, juro que no lo hacía tentando hacer realidad la profecía de la viejita del autobús.

Hoy pareciera que la cortesía se fue de viaje y no me refiero solo al comportamiento de los muchachos, también al de los adultos. Es posible que la vida que estamos llevando ahora nos está impulsando al «sálvese quien pueda y no me importa lo que te pase». Así, de una sociedad cordial, amable, solidaria y alegre, hemos pasado a ser hostiles, egocéntricos y descorteces. Para muestra, algunos botones. 

El saludo matutino se ha convertido en una prueba de personalidad. En un ascensor, decir «buenos días» es visto con recelo. La gente te mira como si le estuvieras pidiendo dinero. Todos fijan la mirada en el tablero que marca los pisos para evitar saludar.

Fíjense que, en los casos de sobrepeso en el ascensor, nadie sale de manera voluntaria. Solo cuando alguien grita «esta vaina se va a trancar», es cuando el más temeroso abandona su trinchera, refunfuñando porque el último que entró y causo el desbarajuste, se hizo el loco. 

Otro caso. El «por favor» era el aceite que engrasaba la maquinaria social. Antes, si querías que alguien te pasara el agua, decías: «Disculpa, ¿podrías ser tan amable de pasarme la jarra de agua, por favor?». Era un ritual que honraba la buena educación. Ahora, solo lanzas al aire una orden disfrazada de pregunta y sin destinatario específico para evitar el «por favor» y «las gracias». Solo gritas «¿y el agua?», esperando que un voluntario, que no miraras a la cara, te la sirva.

Ni hablar de nuestro comportamiento como conductores. Desde hace mucho tiempo el tránsito ha sido un caos, pero existían reglas no escritas que se cumplían pacíficamente. Por ejemplo, en un cuello de botella donde se estrechaban dos vías en una sola, la solución no verbalizada era el paso de uno por fila.

Era algo ordenado, espontáneo y sin necesidad de un fiscal de tránsito que dirigiera el paso. Hoy, si te descuidas, se te cuelan 3 o 4 vehículos cuyos conductores se te enciman con actitud amenazante, esperando tu reacción para lanzarte el carro.

Otro asunto es cuando te atreves a piropear a una dama diciéndole que está bella. La elogiada, acostumbrada a la falta de caballerosidad, pensará que el piropeador tiene intención de merendársela y te puede demandar por acoso. Lo cumbre es que, si eres cortés y ella percibe que no hay segundas intenciones, sospechará entonces que se te moja la canoa. De tal manera que, con cualquiera de las dos percepciones, salimos nosotros, los corteses, trasquilados. 

Mis queridos lectores, no tengan miedo. Nunca la cortesía fue signo de debilidad. Siempre se ha usado para convivir sin matarnos. Perderla no nos hace más modernos ni más Slay; por el contrario, nos convierte en una versión malhumorada y maleducada de nosotros mismos. Si alguien te cede el paso, te abre una puerta o te dice «gracias», no llames a la policía. Quizás, simplemente, quieren ser amable contigo.