lunes, 22 de septiembre de 2025

 

El profesor Martínez, el de matemáticas, por Tulio Ramírez

El profesor Martínez, el de matemáticas
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La verdad, no me imagino que los grandes maestros que hicieron historia por su labor pedagógica y entrega vocacional, hayan tenido que vender bollitos pelones en el mercado para redondearse el sueldo. Los maestros de escuela y profesores de bachillerato no han sido históricamente los profesionales mejor pagados, pero entiendo que nunca vivieron al borde de la indigencia.

Me viene a la mente el caso de Don Simón Rodríguez. En 1791 fue nombrado maestro de primeras letras en la escuela pública de Caracas con un salario de 100 pesos. Ese sueldo le rendía tanto, que llegó a tener un emprendimiento que le generaba algo extra. Montó un taller donde fabricaba y vendía velas de sebo, jabón y otros productos. Quizás no ganaba más que los militares y hacendados de la época, pero vivía decentemente. No recuerdo alguna anécdota de su vida, donde haya tenido que dejar de asistir a sus clases, por no contar con dinero para la comida y el traslado.

El caso de Don Andrés Bello es también ilustrativo. Si bien no fue maestro de aula como Rodríguez, fue profesor privado de personalidades como Simón Bolívar y otros niños sifrinos de la época. En esa Caracas colonial era reconocido, respetado y admirado. Ese reconocimiento trascendió su terruño natal. Fue designado en 1842, como Rector de la Universidad de Chile. Allí se destacó como defensor de la educación primaria y redactor de la legislación educativa. De seguro, en su tiempo libre, no se redondeaba el sueldo vendiendo chicha andina o empanadas de chicharrón en algún mercado de Santiago.

Tampoco creo que educadores como Johann Pestalozzi, María de Montessori, John Dewey, Paulo Freire o más recientemente, los ganadores del Global Teacher Prize como el keniano Peter Kabichi, la británica Andria Zafirakou y la palestina Hanan al-Hroub, hayan aprovechado los recreos de las jornadas escolares para organizar un San con sus colegas o vender relojes piratas para procurarse unos churupitos, como fórmula para sobrevivir y seguir haciendo la gran labor pedagógica que les hizo merecedores de ese importante premio. 

Sin ir muy lejos, hasta hace unos años, ser maestro de una escuela o profesor de un Liceo en Venezuela, no solo era sinónimo de empleo estable y socialmente reconocido, sino también de protección para el docente y su familia. Indudablemente que los sueldos no eran superiores a los de otros profesionales de la administración pública, pero era suficiente para vivir sin apuros. 

Un maestro podía adquirir una modesta vivienda con el crédito hipotecario del Ipasme, cuyos intereses eran tan bajos que su descuento del sueldo era prácticamente imperceptible. Los docentes poseían una seguridad social excelente. Además de los créditos hipotecarios podían optar por préstamos para adquirir vehículos. Otra ventaja consistía en que gozaban, ellos y su familia, de atención médico odontológica en las dependencias de un Instituto de Previsión que, por cierto, tenía sedes para la atención en casi todo el país. En esa época los docentes tenían capacidad de ahorro y, en las vacaciones, podían hasta viajar a Curazao o Aruba para comprar la ropa de diciembre para sus muchachos.

Recuerdo que mis maestras de la escuela municipal del Barrio donde viví buena parte de mi niñez, iban a dar sus clases muy bien vestidas, con las uñas pintadas y peinadas de peluquería. En el Liceo ni se diga, la mayoría de los profesores tenían vehículo y buenas pintas. Desde el director del liceo para abajo, todo era buen gusto en el vestir. Los profesores usaban paltó y corbata y las profesoras, vestido y tacones. Indudablemente el sueldo alcanzaba.

Todos eran respetados y referencias para nosotros, unos imberbes de 15 o 16 años. De hecho, muchos de mis compañeros decidieron convertirse en profesor. En 5to. Año cuando nos tocó llenar la planilla de solicitud de ingreso a la educación superior, más de uno colocó la opción de profesor y el Instituto Pedagógico de Caracas como institución. El sueño de ser un docente respetado y admirado como los que nos daban clases, podía hacerse realidad. La prestancia de esas maestras y profesores, siempre fue inspiradora. 

Ayer vi a lo lejos al profesor Martínez, el de matemáticas (obvio, no es su apellido verdadero), el que me hizo la vida de cuadritos con la factorización, la radicación y los polinomios. Aquel que, explicando el Teorema de Pitágoras, parecía un gentleman por su elegancia y sobriedad pedagógica. 

Hoy con muy avanzada edad y después de dedicar su vida a la enseñanza, está en la pobreza extrema. Me le acerqué con mucha pena para darle algo de dinero. Me reconoció. Tomó los pocos billetes y me dijo, «Bachiller Ramírez, gracias, se los acepto porque sin esos billeticos, hoy no como». Me despedí preguntándome, con una mezcla de dolor y rabia, ¿qué hemos hecho para llegar a esto?

lunes, 8 de septiembre de 2025

 

Comienzan las clases, por Tulio Ramírez

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No sé si por estas fechas, pero retrocediendo a hace unos 3 mil años, los muchachos aristócratas de la antigua Mesopotamia, que estaban siendo formados para ser los futuros escribas, saltaban en una pata por la alegría que les generaba el reinicio de las clases en las «Edubba» (casa de las tablillas), para seguir aprendiendo la escritura cuneiforme.

La verdad, cuesta imaginarme a Adad, Marnuk y Akil, angustiados por preparar con suficiente tiempo el uniforme, el bulto y los útiles para comenzar las clases, presionaban a sus padres para regresar a casa y suspender las vacaciones en el resort que alquilaron en el puerto de Uruk, a las orillas del río Éufrates.

Tampoco creo que Dafne, Perikles y Aristos, estudiantes de filosofía y retórica en el Liceo de Aristóteles por allá por el 335 A.C., se hubiesen encadenado en los banquitos del Ágora, protestando porque las clases no habían comenzado, siendo que el mes de las vacaciones había llegado a su último día.

También estoy seguro que la cosa sea muy diferente en el otro lado del mundo. Los chinos, tan modositos, disciplinaditos y trabajadores, no perdían oportunidad para hacerse los locos con el inicio de clases en la Academia Jixia (357 a.C.) ubicada en la provincia de Shandong, en el este de China.

Hao, Jing y Wei, ligaban a que el inicio de clases, coincidiera con el Festival de Primavera, el Festival de la Linterna o el Festival del Bote del Dragón. Esos festivales suponían días festivos que decretaba el Emperador en el momento del año que le viniera en gana, suspendiéndose todas las actividades, incluyendo las clases. Los ancestros de los actuales camaradas, apostaban por esa coincidencia. Unos días extras de vacaciones no le vendrían mal a nadie, por muy chino que sea.

Más recientemente en el siglo XIV, época en que la educación en la Europa Medieval estaba casi exclusivamente en manos de la Iglesia, las vacaciones eran algo pecaminoso. La formación de los futuros clérigos, monjes, y también de algunos nobles con billullo y pedigrí como para ser formados en profesiones más liberales, era exigente y esclavizante. En los tiempos libres se estudiaba o se rezaba, no había tiempo para el ocio por ser pasto fértil para el demonio.

En esos tiempos no había un calendario escolar aprobado por el ministerio de educación. No había ni inicio ni final de períodos escolares. Los pichones de curas se matriculaban, iniciaban las clases y luego iban choleados hasta que se ordenaban. Ese encierro prolongado y sin intermedios para la rumba o el descanso, trajo algunos problemas de locura sin cura, para muchos curas. Lean la novela de Umberto Eco, «En Nombre de la Rosa», se las recomiendo.

Ya en la modernidad, la educación dejó de ser asunto de privilegiados y se convirtió en laica y obligatoria para todos. A partir de ese momento, el estrés por el inicio de las clases se democratizó. Ya no era un problema exclusivo de los sectores pudientes de la sociedad.

Mientras tanto, en América Latina, con tanta playa, tanto sol y tanta rumba, el inicio de clases se convirtió en una fecha de expectativas positivas. ¿Sorprendido?, le explico. Aplicando la máxima de ver el vaso medio lleno, en vez de pensar en el comienzo de un año de duro estudio, se pensaba que, a partir de ese fatídico inicio, se comenzaban a descontar los días que faltaban para el comienzo de las próximas vacaciones escolares.

Esta manera tan tropical de ver las cosas, siempre hizo que los muchachos se fajaran a estudiar para salir bien, y así poder disfrutar las próximas vacaciones de agosto sin castigos por haber reprobado el año escolar, ni fastidiosas reparaciones en septiembre que las arruinaran.

Por supuesto, estamos hablando de los años en los que éramos felices y no lo sabíamos. Años en los que la única preocupación era dónde conseguir la caja de creyones Prismacolor más barata, verificar que el morral no estuviera roto y dar con la costurera que le agarrará el ruedo al pantalón de caqui de Goyito, el hijo mayor que va para sexto grado, y entregarlo a Nelsito, el menor que va para tercero.

Hoy, percibo que el inicio del año escolar ya no es lo que era antes, una mezcla de alegría, expectativas y nerviosismo por el inicio de clases, por ser un paso más para salir de la pobreza.