martes, 26 de agosto de 2025

 

Adiós Víctor, gracias por todo, por Tulio Ramírez

Adiós Víctor, gracias por todo / Víctor Márquez Corao
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Eran los tardíos años 80, las asambleas de profesores en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela eran recurrentes. Las luchas por un presupuesto que cubriera las demandas de la institución, estaban en un punto tal de ebullición, que hacían la proclama de un paro indefinido, más que una arenga retórica, algo inminente. De hecho, fuimos a un paro por 8 meses.

La tribuna en ese icónico escenario, era compartida por profesores que eran curtidos dirigentes gremiales, así como por eminentes académicos e investigadores quienes hicieron un alto en su intensa labor intelectual para incorporarse de manera decidida en una lucha que consideraban justa. Era la época posterior al viernes negro, y la crisis económica estaba horadando la actividad universitaria.

Recuerdo entre los oradores a apreciados y admirados profesores como Don Pedro Grasses, Simón Sáez Mérida, Luís Fuenmayor Toro (quien luego fue Rector), Earle Herrera, Luís Brito García, Agustín Blanco Muñoz, Enrique Vásquez Fermín, Carmen Elena Sánchez y tantos otros académicos que se apartaron un momento de sus laboratorios, bibliotecas y aulas para asumir la noble tarea de defender a la universidad que le dio espacio para desarrollar su vida intelectual.

En medio de esos agitados momentos que puso en más de una oportunidad en vilo la autonomía universitaria, surgió la voz de un joven profesor que, desde las primeras de cambio, se hizo sentir en esas aguerridas asambleas. Sus intervenciones, caracterizadas por la firmeza de los argumentos sin caer en innecesarias estridencias, fue ganando el respeto de tan exigente auditorio. 

Ese profesor venía de la facultad de medicina, para más señas de la escuela básica, poseía un título de psicólogo que imagino le sirvió para evaluar y ponderar las actuaciones de dirigentes y expectativas de dirigidos, durante esos tormentosos y aciagos días. Su nombre, Víctor Márquez Corao.

A partir de ese momento, Víctor Márquez se convirtió en una referencia gremial y política para los profesores ucevistas. Se entregó a la Universidad Central de Venezuela en cuerpo y alma, desechando la oportunidad, como el mismo lo afirmo en un encuentro reciente, de hacer de su profesión de psicólogo una actividad lucrativa, ya que en el breve tiempo que la ejerció, fue muy bien valorado por su calidad profesional.

Víctor le sirvió a la UCV desde diferentes frentes. Siempre estuvo presto a contribuir con su esfuerzo a la buena marcha de la institución. No solo fue presidente de la Asociación de Profesores, fue también director de la Organización de Bienestar Estudiantil, Coordinador de la Secretaría, Representante Profesoral al Consejo Universitario en varios períodos, en fin, un incansable y comprometido ucevista.

Pero la inquebrantable condición democrática de Víctor, lo llevó a asumir responsabilidades que trascendían al ámbito universitario, pero sin abandonarlo. Desde la presidencia de la Asociación de Profesores se involucró solidariamente con la lucha de los trabajadores de todos los sectores y gremios, ganándose el respeto y reconocimiento del movimiento sindical venezolano.

Al cierre de su vida, aceptó la convocatoria a formar parte de la Plataforma Unitaria. Firme con sus convicciones democráticas, ayudó a organizar las elecciones primarias. Fue un riesgo calculado, sabía que su participación acarreaba situaciones impredecibles, pero así era Víctor, un hombre que actuaba de acuerdo a su pensamiento y no de acuerdo a las necesidades de su bolsillo.

Ayer domingo enterramos a Víctor. Como era de esperarse la funeraria se llenó con sus amigos. El espacio se hizo pequeño. Se nos fue un ucevista intachable, un ejemplo de universitario comprometido, un ciudadano ejemplar, un amigo que siempre brindó la palabra orientadora. Adiós Víctor, gracias por todo.

 

lunes, 25 de agosto de 2025

 

Divagando sobre el mes de agosto, por Tulio Ramírez

Divagando sobre el mes de agosto
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X: @tulioramirezc


El calor de agosto es agobiante, si estás en la costa es peor. En mi diaria caminata para evitar un gimnasio que no puedo pagar, me preguntaba ¿quién fue primero, las vacaciones o el mes de agosto? No los estoy vacilando, esa pregunta no es una chanza. Metámosle lógica.

Antes de la existencia del calendario Maya, en el hemisferio norte el calor siempre ha sido más fuerte en la misma época del año. Esto no es debido, como se creyó por mucho tiempo, a una supuesta cercanía de la tierra al sol. Más bien, es la consecuencia del nivel de inclinación del planeta que ocurre en determinado momento de la traslación u órbita elíptica alrededor del astro rey.

Supongo que nuestros antepasados neandertales, durante esa ápoca de sequía y calentamiento extremos, no salían de sus cuevas a cazar. Por la pepa de sol, migraban hacia sectores más frescos y con abundante agua. Por ello al principio eran nómadas, no les quedaba más remedio. Una vez aminorada la severidad del clima, regresaban a sus aposentos para reiniciar la rutina diaria. Esas fueron las primeras vacaciones en familia de las que se tenga información. Afortunadamente no había riesgo de que okupas se metieran en la cueva durante la ausencia. 

Para ese entonces no existían los calendarios con sus días libres por asuetos religiosos, fiestas patrias o puentes bancarios. Eso vino después. Era la severidad del clima lo que obligaba a interrumpir las labores de caza, pesca y recolección mangos y aguacates. Lo equivalente a lo que es hoy la tarea de llevar el diario para la casa.

Cuando comenzaron a circular los calendarios romanos (no eran los de los Hermanos Rojas), a esa época calurosa se le denominaba Sextilis, y se correspondía con el sexto mes del año. Muy importante, para esa época, el año romano tenía 10 meses, comenzaba en marzo y culminaba en diciembre. No sé si era para ahorrarse el ratón de enero y el asueto de carnaval.

El emperador Octavio Augustus, decidió rebautizar al mes Sextilis, colocándole su nombre. Alguien puede alegar que eso fue un arranque de la megalomanía a los que nos tienen acostumbrados los dictadores. Pero Augustus no hizo más que recurrir al mismo expediente del gobierno anterior, perdón, del imperio anterior. Recordemos que Julio César le puso su nombre al mes Quintilios, por lo que Augustus no iba a ser menos. Como podemos observar, la manía de cambiar el nombre a las cosas por ocurrencias del jefe, viene desde hace unos siglos.

Ahora bien, el emperador, después de anunciar por cadena nacional el cambio del nombre de Sextilios, decretó la realización de una fiesta para el pueblo. El mandatario pretendía que ese mes fuese siempre recordado por sus victorias militares. No era para menos, le había ganado por paliza a Cleopatra y a Marco Antonio. Cómo era de esperarse, el Senado romano decidió apoyar por unanimidad la decisión de arriba, no vaya a ser. Creo que en esa época se acuñó la frase «vote a favor Senador, mire que pescuezo no retoña».

Por supuesto, con el tiempo, el mes de agosto dejó de ser el mes del camarada emperador Augustus, para convertirse en el mes del «merecido descanso». Los romanos asumieron que esos días libres eran un derecho adquirido y luego, después de tantos siglos, no ha habido manera de conculcarlo. Esta costumbre se extendió por toda la Europa occidental, lo que nos permite entender el furor colectivo cuando en esa región del mundo se acercan las llamadas «vacaciones de verano».

Pero siguiendo con la Historia. Era tan importante ese bendito mes de agosto que, en 1582, el Papa Gregorio XIII no se metió en problemas y en su propuesta de nuevo calendario para dejar atrás al calendario Juliano, no alteró ni rebautizó ese mes, dejándolo como estaba. Esa sabia decisión hizo que se adoptara de manera pacífica en todo el mundo occidental. «Épale mi Papa, métete con el santo, pero no con la limosna, a agosto me lo dejas tranquilo como está», se le escuchó decir a un siervo de la gleba de las tierras de Sir Spencer, feudo ubicado en el Condado de Yorkshire, Inglaterra. 

Cuando los españoles llegaron a América trajeron con ellos sus costumbres, incluyendo el calendario. Pero al notar que, por estos lados, todo el año parecía agosto, decidieron crear las encomiendas de indios y traer esclavos africanos. Alguien tenía que producir, para que los conquistadores disfrutaran de su interminable agosto tropical.

Hoy, después de tantos años, cada vez menos personas pueden disfrutar de ese «merecido descanso». Para muestra, un botón: la gran mayoría de los maestros y profesores de todos los niveles y modalidades educativas en el país, tienen que fajarse durante esa época del año para buscarse la vida. Tomar las merecidas vacaciones, es un lujo que no se pueden dar…

 

lunes, 11 de agosto de 2025

 

Entre palabras te veas, por Tulio Ramírez

Entre palabras te veas
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X: @tulioramirezc


Anda por allí una aplicación llamada Venezolario, sobre la que he leído opiniones diversas. Voy a ponerlos en contexto. Esta aplicación desarrollada por los hermanos Ronald y Katty Kanzler, es un juego que reta a los usuarios a adivinar palabras y expresiones coloquiales de Venezuela a partir de pistas. 

El juego consiste en poner a prueba el conocimiento de la jerga y la cultura del país. En pocas palabras, se trata de traducir un concepto cotidiano a su equivalente en el lenguaje popular de Venezuela. Por ejemplo, si la pista es «comer», la palabra equivalente y tradicional, por lo tanto correcta, es «papear».

En principio, esta aplicación me pareció interesante. La lluvia de nuevas palabras que se han impuesto en estos tiempos como trolear, influencer, ramdom, conversatorio, postear, fishing, flipar, stalkear, viralizar, webinear, vapear, accesar, way, perreo, entre otras muchas, han dejado en desuso muchas expresiones tradicionales. Tener una aplicación que reviva aquellos venezolanismos que por mucho tiempo fueron utilizados en nuestra jerga cotidiana, podrían evitar que se esfumaran de la memoria colectiva.

Expresiones como «sampablera» para hacer referencia a un desorden inesperado, «tejemaneje» para aludir a una situación de colusión secreta para lograr un objetivo, «guachafita» para referirse a una acción poco seria e irresponsable, «jujú» como sinónimo de algo que no se quiere que se sepa, «musiú» para identificar a todo extranjero anglosajón o europeo, «berejetero» como formador de líos; «Engatusado» para referirse a quien fue engañado y seducido para conseguir un beneficio, «Culebra» como sinónimo de enemistad, son algunas de las cientos de palabras que se han perdido en el tiempo.

Revivir esas expresiones de mi época, es lo que hace que me caiga simpático el fulano juego. Pero somos venezolanos y por lo tanto difíciles de complacer. Ya he leído críticas a esta APP por «inducir a una fractura generacional y regional, ya que no representa la realidad lingüística de todos los venezolanos». Otros han planteado que «crea confusión entre los jóvenes ya que muchos de ellos consideran que son palabras inventadas que nunca han existido». En fin, si pones a la Billo´s, siempre habrá quien quiera escuchar a Los Melódicos y viceversa. Es muy nuestro criticar al que hace, pero si no hace, también lo criticamos.

A propósito de lo anterior y el uso de las palabras, tuve un interesante intercambio con algunos amigos sobre la expresión «resiliente», la cual es usada con mucha frecuencia en el mundo académico para hacer referencia a un tipo de reacción ante la adversidad. 

Para unos (yo, incluido), esta palabra aludía a la capacidad de superar y adaptarse positivamente a los desafíos; sin embargo, para el resto de los interlocutores, esa palabra era equivalente a resignación. Argumentaban que «la adaptación era resignarse a la nueva situación, por lo que impedía la acción».

En ese intercambio, los de mi bando pusieron como ejemplo a la película «La vida es bella” (1997). En ella, Guido (Roberto Benigni), construye una elaborada fantasía para proteger a su hijo y hacerle creer que la terrible situación de estar en un campo de concentración nazi, era tan solo un juego.

Explicábamos que esta historia nos permitía visualizar actitudes y habilidades de personas con espíritu de superación, es decir, con autonomía personal, generosidad, alegría de vivir, con perspectivas diferentes sobre lo habitual, que toman con humor las cosas sin perder la fidelidad a los propios valores.

El contrargumento a nuestra postura era que esta estrategia eludía la realidad, no la enfrentaba y por tanto inhabilitaba a la persona como agente de cambio. En verdad que tanto nuestros argumentos como las réplicas tenían sentido y por tanto algo de cierto. Esto hizo que me asaltaran algunas dudas. Ya no estaba tan seguro de mi posición inicial.

Ante lo trancado del juego, decidí enviar un correo a un colega profesor cubano que conocí en un congreso en La Habana. Recuerdo que no apoyaba al gobierno, pero que tenía que simular ser comunista. Era la única alternativa para conservar su cátedra en la universidad. No podía exponerse al repudio de los profesores afectos al régimen. Ahora que las cosas están más difíciles en la isla ¿cómo lo estará afrontando?

Su respuesta me la dio con una anécdota. «Si, tienes razón, la cosa está más complicada que hace 20 años cuando estuviste por acá. Pero en casa nos inventamos una para sobrellevar la galleta (la pela, traducción mía)».

Seguí leyendo, «te cuento que, para hacer este drama lo más llevadero, hacemos una apuesta todos los días. En la mañana lanzamos una moneda para decidir quién abrirá el refrigerador. La apuesta consiste en que, si el aparato funciona, el que la abrió tiene que brindar la comida a toda la familia en algún paladar (restaurant autorizado por el gobierno con solo 4 mesas, traducción mía). Cómo comprenderás, rezamos para que, cuando nos toque, no haya electricidad. Es la única forma de sentirse contento ante la falta de luz».

Quedé en la misma.