lunes, 28 de julio de 2025

 

Cómo extraño aquellos tiempos, por Tulio Ramírez

Cómo extraño aquellos tiempos
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X: @tulioramirezc

No daré señas sobre mi edad por estrictas razones de seguridad geopolítica, pero les cuento que, en mi época de muchacho, jugábamos beisbol en terrenos baldíos, en calles poco transitadas o en peladeros donde se levantaban construcciones de edificios y centros comerciales. 
Siempre se conseguían unos metros desocupados para tirar la partidita. En esa Caracas, los peloteros crecían silvestres, sin entrenadores, ni masajistas, ni kinestésicos, ni psicólogos deportivos para manejar la frustración cada vez que se te iba un rolling por debajo de las piernas con la de perder en tercera.

En la ciudad había espacios de todo tipo para organizar caimaneras. Íbamos al campo a pie o en autobús, los guantes no eran costosos, los bates eran de madera y si se rompían, se unían las partes rotas con un clavo, se enrollaban con alambre y teipe negro. Las pelotas duraban toda la vida, cuando se rompía el cuero, se les colocaba lo que quedaba del teipe con el que arreglábamos el bate. Solo hacían falta 9 guantes para jugar, porque los que bateaban, los prestaban a los que cubrían y viceversa. Si había solo 8 guantes se jugaba sin cátcher y listo. 

Ninguno pensaba dejar la vida en el terreno para convertirse en pelotero profesional. La meta era estudiar en la universidad. El beisbol era para los sábados y los domingos. Se jugaba en blue jeans (no aparecían los monos todavía), zapatos de «goma» y con la franela más viejita que conseguíamos en el closet.

En esos tiempos, las caimaneras siempre fueron un dolor de cabeza para los padres. No solo porque volvíamos a casa con los pantalones rotos, sino porque el efecto sobre las calificaciones del liceo, era devastador. «Si quieres ser pelotero profesional allá tú, pero primero sacas el bachillerato, no vaya a ser que al final te quedes sin el chivo y sin el mecate». Esa era la perorata que escuchaba cada vez que agarraba el guante y dejaba la tarea a medio hacer. 

Hoy las cosas han cambiado. Cada vez es más difícil que un pobre practique ese deporte. El que quiere jugar beisbol debe hacerlo en equipos organizados y comprar costosos implementos que antes no se usaban. Cada uno debe llevar su bate, guantines, rodilleras, esos guantes que parecen «agarra ollas» para deslizarse en las bases y evitar partirse las uñas. También hay que comprar lentes de sol, tinta para los pómulos, spikes más caros que los zapatos de salir, una sudadera Armani o Lacoste y un cooler con la bebida energizante. Todo para uso personal. Nadie presta nada a nadie.

Si antes nuestros padres veían al beisbol como un distractor de los estudios, los de ahora tienen una posición radicalmente opuesta. A pesar de lo costoso de su práctica, si un padre observa a su niño de 3 años, lanzar la pelota de plástico que le regalo el padrino, más lejos de los normal, inmediatamente se le ponen los ojos como caja registradora. «Ese muchacho es el que nos va a sacar de abajo, hay que buscar una academia de beisbol de inmediato para que lo vean y lo firmen».

Ya no se escucha aquel «estoy orgulloso de mi hijo, porque le echó un camión para ser el primer profesional universitario de la familia, ojalá sus hermanos y primos sigan su ejemplo”, o aquella frase que toda mi vida le escuche a mis padres, “cuando me muera no te dejaré nada material, solo los estudios. Ese será mi legado y me lo agradecerás por siempre».

Aclaro para los que están arrugando la cara, por supuesto que aplaudo y me siento orgulloso por esa cantidad de peloteros venezolanos que están en las ligas mayores. Por su esfuerzo y disciplina han logrado lo que han logrado, y los frutos, bien merecidos que están. La alegría que le brindan a sus compatriotas por su hazañas y metas deportivas, aligeran en algo la carga pesada que llevamos a cuesta día a día. Siempre es más grato levantarse en la mañana e informarse en cuanto subió el average de bateo de Luís Arráez, que ver en cuánto subió el «dólar criminal». 

Lo que me preocupa, es que ahora el deporte profesional como el beisbol, el futbol y otros también muy rentables, sean la referencia de éxito social y bienestar económico, y no los estudios, como cuando yo era muchacho. Bueno, en todo caso, es mejor que sean esas las nuevas referencias y no otras que exigen menos esfuerzo, menos sacrificio y menos talento, pero que son más riesgosas por poner en peligro la libertad personal y hasta la vida propia y de otros.

Cómo sociólogo entiendo que las expectativas para escoger caminos que faciliten el ascenso social, varían cuando varía el entorno. Hoy para los venezolanos un título universitario no es percibido como garantía de empleo ni remuneración acorde con los méritos alcanzados. Eso explica, en parte, el por qué nuestras universidades, otrora receptoras de cifras enormes de estudiantes, hoy vean reducir significativamente su número de matriculados.

Por lo pronto, ya concluido el artículo, me apresto a preparar mi maletín porque tengo juego de softball este sábado.

lunes, 14 de julio de 2025

 

¿Quién se queda con el apartamento?, por Tulio Ramírez

¿Quién se queda con el apartamento?
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X: @tulioramirezc

Hace 15 días el tema del divorcio fue lo que me permitió cumplir con mi entrega quincenal al periódico. Una conversación casual en el abasto entre dos cajeras, me dio luz sobre que escribir. Entre ellas comentaban que tenían mucho tiempo sin conocer a alguien que se estuviera divorciando. Esto hizo que me cayera la locha. Últimamente tampoco he escuchado sobre parejas que se estén divorciando. En el pasado reciente, divorciarse era tan normal como casarse.

Lo cierto fue que decidí escribir sobre el asunto. La idea era más para reflexionar sobre algunas posibles causas de su aparente disminución entre los venezolanos, que para lograr brindar una nota entretenida y ligera para contrarrestar tantas noticias malas y peores.

Contra todos los pronósticos, al segundo día de publicado el artículo, muchísimos lectores me enviaron mensajes por diferentes vías. Me ilustraban sobre sus teorías acerca de la disminución de los divorcios y, sobre todo, narraban las experiencias propias y ajenas en los procesos de separación, cómo evitaron el trámite legal y, muy importante, cómo eludieron la bendita separación de bienes.

Fueron tantas las situaciones narradas que me sería imposible contarlas en el poco espacio del cual dispongo. Pero se me ocurrió algo mejor. Agrupé en categorías los diversos tipos de parejas dependiendo de las decisiones que tomaron con respecto a la separación de bienes. 

Después de analizar cada situación, culminé con una tipología que probablemente sirva de herramienta a los futuros científicos sociales para caracterizar la variedad de salidas que, en esta época tan dura, las parejas en Venezuela han construido para eludir una institución necesaria, pero costosa, como es el divorcio y sus secuelas patrimoniales. Veamos. 

En primer lugar, están las parejas agrupadas bajo la categoría de «Señor y Señora Smith». La denominación tiene que ver con aquella película protagonizada por Angelina Jolie y Brad Pitt en 2005. Son las parejas que no se toleran entre sí y que tampoco ceden, pero por necesidad tienen que vivir juntos. Dividen el apartamento con una tiza. De aquí para acá es mío y de aquí para allá es tuyo. El hombre por lo general instala una cocinita eléctrica y una neverita ejecutiva en su cuarto, porque «la señora Smith» tiende a apropiarse de la cocina. El problema se agudiza cuando el apartamento tiene un solo baño.

Luego están los que se agrupan bajo la figura de «Sociedad con Responsabilidad Limitada». Viven en el mismo apartamento, pero ninguno afloja de sus bolsillos para honrar las deudas por servicios, mantenimiento, condominio, impuestos, etc. Responden con los bienes de la sociedad o bienes gananciales del matrimonio. Si hay una cuota extra de condominio venden la lavadora y pagan, si hay que arreglar la nevera, venden la licuadora y la plancha y pagan. Cada uno come en la calle, compra lo que necesita y lo guarda en su cuarto. Así, luego de vendida la licuadora, cada uno compra la suya para uso personal.

Luego están las parejas identificables como «Salvajemente Neoliberales». No se divorcian y tampoco venden la vivienda. Saben que con el producto de la venta no podrán comprar algo mejor. Acuerdan el «sálvese quien pueda». Comparten espacios, pero no hay ayuda mutua. «Si te enfermaste cúrate y vete a trabajar. Los gastos comunes van por mitad, pero debes pagar lo de uso personal, y si te presto dinero, te cobro intereses». Es la supervivencia del más apto.

Luego están los que tienen un apartamento vacacional y no lo quieren vender. Ellos son las parejas «Resort». Al igual que las multipropiedades por tiempo compartido, establecen fechas del año para que, cada uno y por separado, disfrute del inmueble. Entre ambos pagan el condominio y los servicios, pero sus fechas son intocables. Si no las disfrutan no se acumulan para el año siguiente.

Finalmente, tenemos el grupo «Misión Vivienda». Son los que dicen «ni pa´ti, ni pa´mi, los apartamentos son para los muchachos». El de Caracas para la niña y el de Caraballeda para el niño. Así, cuando se casen tendrán vivienda asegurada. Pagaremos entre los dos el condominio y los servicios, hasta que cumplan mayoría de edad para traspasárselos.

Finalmente hay un grupo misceláneo compuesto por los maleteados(as) y autoexiliados(as). Son los llamados «Solo por joder». Si uno de los dos quiere vender para «terminar con eso», el otro(a) responde «sobre mi cadáver». Luego, si este último con el tiempo decide que «lo mejor es vender para evitar la desvalorización de la propiedad», el otro(a), antiguamente dispuesto a vender, responde «¿ahora si quieres?, pues ahora será sobre mi cadáver».

Amigo(a) lector(a), si usted terminó su relación y no se ha divorciado ni han separado bienes, ¿cuál de estas categorías describe mejor su situación?