lunes, 24 de marzo de 2025

 

Caracas, motos y motorizados, por Tulio Ramírez

Caracas, motos y motorizados
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X: @tulioramirezc

All salir todas las mañanas a la universidad (no para ganarme el pan de cada día, eso es materialmente imposible en estos tiempos), enciendo la radio para informarme sobre el reporte del tránsito. Es una rutina que tengo desde la época en que Efraín de la Cerda desde la avioneta Tango Tango Fox, nos daba datos sobre cómo evitar las colas que a diario y a ciertas horas se hacían en la ciudad capital.

En esa época, esos trancones se debían básicamente al volumen de carros. Eran los años 70 y gracias a la subida de los precios del petróleo, los venezolanos podían tener acceso a la adquisición de vehículos. Se vendían a crédito y solo bastaba aportar una cuota inicial y firmar unas letras de cambio (un joven de hoy no sabe de lo que hablo); y listo, las agencias te entregaban las llaves de una «nave» que podías luego cambiar a los dos años entregando el carro usado como parte de pago. Eran otros tiempos, por supuesto.

Las autopistas y avenidas, diseñadas para el tránsito de un menor volumen de vehículos, se vieron de pronto colapsadas. Los gobiernos, para aliviar esta nueva situación, se dedicaron a construir vías alternas como la Cota Mil y distribuidores como El Ciempiés, la Araña y el Pulpo. También se amplió la autopista del Este con la construcción de un segundo piso. Recuerdo que se inauguró en 1973.

Además del parque automotor, había aumentado la densidad demográfica. Caracas continuaba siendo atractiva para quienes vivían en el interior del país, donde el Boom petrolero todavía no había hecho llegar sus efectos. Recuerdo que el compadre Güicho y la comadre Camucha estuvieron tentados a mudarse a Caracas, pero desistieron cuando se enteraron que en la capital, el pescado se conseguía solo en las pescaderías porque el mar estaba algo lejos. 

Por supuesto, en esa época la moto también formaba parte de la escenografía vehicular. Sus conductores eran variados, la mayoría eran trabajadores de empresas, esos que llevaban la bola de real para depositar en los bancos y garantizar el pago de los empleados; estaban los que la utilizaban solo como medio de transporte, es decir, no trabajaban con la moto; los repartidores de farmacias y panaderías que eran los menos; y los patoteros que, con sus motos de alta cilindrada y resonadores, andaban en manada y atormentando a la gente, solo por joder. Por supuesto que habían accidentes donde estaba involucrada alguna motocicleta, pero nunca en la cantidad de ahora. 

Hoy Caracas se ha vuelto una ciudad caótica por la enorme cantidad de motos circulando y el irrespeto a las normas de tránsito por parte de sus conductores. Se han convertido casi en un problema de salud pública. De cada 4 accidentes que se reportan a diario (de los que sabemos), por lo menos en tres está involucrado un motorizado, llevando, por cierto, la peor parte.

Es seguro que hay muchos que andan juiciositos por la vía, pero la mayoría anda como si tuvieron un ataque estomacal imprevisto e incontrolable, o sea, en zigzag y a alta velocidad. En la autopista parecen una lluvia anárquica de meteoritos. Cuando menos lo esperas, aparecen por la derecha, por la izquierda o por el frente y a contravía. No puedes cambiar de canal porque el flujo de motos no te lo permite. Me ha tocado salir de la autopista por los Ruices, luego de intentar infructuosamente salir por la vía hacia El Valle, Bello Monte, Las Mercedes, Altamira y el Parque del Este. Iba originalmente hacia El Valle. 

Para colmo, hablan por el celular mientras conducen y suelen montar hasta 3 personas. Otra veces, el parrillero lleva a cuestas un televisor de 65 pulgadas, una lavadora o un caucho de camión en la cintura, tipo ula. Pero ni se le ocurra a usted tocar el celular para apagarlo y evitar contestar la llamada porque anda manejando.

Por arte de magia se le pondrá al lado un par de policías en moto, señalando que se pare a la derecha. Mientras lo disuaden que es mejor colaborarles «pa´l fresco» que llevarlo a escuchar la charla y pagar la multa, usted ve que pasan hileras de motorizados a 70 km chateando para precisar donde entregará el arroz chino, y no pasa nada. Hasta se saludan. 

Aprovechando el tema, y como quiera que la cifra de accidentes donde está involucrado un motorizado es hoy alarmante, se me ocurre que, por vía de la responsabilidad social empresarial, las firmas que venden motos, apoyen financieramente el abastecimiento y mantenimiento de equipos de los servicios de traumatología de los hospitales públicos. Al fin y al cabo, los principales usuarios de esas salas son sus clientes.

Imagino a las placas de agradecimiento con contenidos como este, «Tomógrafo y tutores externos donados por KorronchaSpeed, la moto más rápida y económica»; o, «En agradecimiento a The Broken Leg Motorcycle S.R.L. por la donación de 20 pares de muletas». También se deben reconocer labores de mantenimiento con mensajes como, «Sala de Rayos X reinaugurada gracias a Repuestos La Motopirueta Mortal C.A.». Total, a esos servicios van a parar el 90% de los motociclistas heridos en accidentes viales. Esta estrategia de «Atención al Cliente después de la Venta», salvaría muchas vidas y huesos rotos.

jueves, 13 de marzo de 2025

 

Carnavales en Higuerote, por Tulio Ramírez

carnavales higuerote
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X: @tulioramirezc

Hace tiempo que no disfrutaba los días de carnaval fuera de Caracas. Bueno, hace mucho tiempo que no salía de Caracas. Mi sueldo como profesor universitario solo me alcanza para llegar a Los Próceres o al Parque del Este y dar tres vueltas al circuito. Solo tres para no gastar los guachicones que me envió el compadre Güicho. Se los ganó a un ruso en una pelea de gallos allá en Margarita. Afortunadamente el ruso era muy patón. 

En esta oportunidad le metí mano a los pocos ahorros y me fui a Higuerote a disfrutar de las playas. Me merecía ese paseo. Ya veré después como pago el internet, la televisión por cable, el condominio y la cuota de este mes por la reparación del carro. Tener mecánicos que fien es una bendición en estos tiempos.

La ida fue un poco extraña. Conté 14 alcabalas durante el trayecto. Pasaba despacio, bajaba el vidrio y ponía la cara como la del Gato con Botas en la pelicula aquella. Dentro de mí pensaba “si me paran y me matraquean, tendré que regresar a Caracas, porque me van a dejar limpio antes de llegar a mi destino”. Cuando sin problemas pasé la última alcabala en la entrada del pueblo, me dije “deben saber que soy profesor universitario, es la única explicación”.

Había movimiento en el pueblo. Los tarantines estaban llenos de gente comiendo empanadas y las licorerías, ni se diga. La escena de personas acomodando cerveza y hielo en las cavas, era el paisaje más recurrente. Llegué a preguntarme si la crisis solo me atacaba a mí o era un mal administrador. Alejé de mi mente esos pensamientos materialistas y me prometí que disfrutaría hasta donde llegara mi cobija, o pañuelo, dependiendo del costo de la vida en la zona. 

Cené con una lata de sardinas y un pan canilla, luego me acosté a dormir haciendo planes para la ida a la playa al día siguiente. Desperté temprano y me fui al muelle para tomar el peñero que me llevaría a una de las playas más frecuentadas por los turistas (nacionales). El pasaje, la verdad, era económico. Con 6 dólares, pagados en bolívares al cambio promedio, te llevan y te traen.

Hasta ese momento, todo marchaba según los planes y el presupuesto. Tomé previsiones y me llevé una cavita con 8 birras, y un bolso con un par de sándwiches. La gente montaba en los botes cavas repletas de cerveza, sillas de extensión y sombrillas. Presumí que al igual que yo, el presupuesto no les llegaba para alquilar esos implementos ni comprar platos de pescado frito a 30 Dólares. Pensaba “es parte de la estrategia de resiliencia del pueblo venezolano”. Recordaba a Roberto Benigni en la Vida es Bella. Los tiempos serán duros pero no nos dejamos aplastar.

Cavilaba bajo el sol, cuando de pronto llegaron más de 25 lanchas de gran eslora a estacionarse frente a la playa. No eran botecitos tripulados por marineros amateur o pescadores de la zona. Eran enormes yates que parecían casas y que arrastraban motos de agua de alta gama. De la proa surgían jóvenes treintañeros con cadenas de oro y costosos lentes de sol de marcas conocidas. No soy experto, pero puedo asegurar que no eran imitaciones como las que compro a los buhoneros de Sabana Grande. 

El contraste era muy evidente. En la orilla gente divirtiéndose sin excesos ni ostentación, y en los yates, muchachos alardeando sus joyas y bebidas costosas. Un par de ellos se lanzaron al mar y nadaron hasta la playa. Al salir del agua, se pararon cerca de donde estaba y los escuché conversar. “Esa lancha la voy a vendel, pa comprame una más cartelúa y tu ¿cuándo te va a compral la tuya?”, el compañero respondió, “cuando me se dé el negocio mi pana”. Evidentemente no habían pasado por una escuela ni de visita.

Mientras recogía mis macundales para regresar, escuché accidentalmente a una señora, que también recogía. Le comentaba a quien me pareció era su esposo, “si Albertico se llegara a presentar con una cadena de oro de ese tamaño, lo boto de la casa”. El señor, con una sonrisita irónica, le respondió, “quién te entiende mujer, a mi casi me botas cuando te calculé en dólares lo que ganaba en el Ministerio”. Finalmente llegué a Caracas con un tema para el artículo.